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Aristipo tenía mucho ingenio y expresiones vivas y agudas. Hablaba muy
agradablemente y chanceaba sobre todos los asuntos. Nada le gustaba
tanto como adular a los reyes y potentados; los hacia reír y les sacaba,
de este modo, todas las gracias que les pedía. Cuando ellos le
insultaban, él decía que aquello era una chanza, y así nunca se
indisponía con ellos. Era tan diestro, que conseguía con maña y astucia
todo lo que deseaba. Se hallaba bien en todas partes y hablaba a cada
cual en su lengua. Platón le solía decir: “Eres el único hombre que sabe
acomodarse a los remiendos y a la púrpura.» Horacio dice que Aristipo
sabia representar todos los papeles, y que aunque quería tener más,
estaba contento con lo que tenia. Dionisio de Siracusa le apreciaba más
que a todos sus cortesanos. Aristipo iba muchas veces a Siracusa solo
por gozar de la buena mesa de aquel tirano. Cuando se fastidiaba iba a
pasar otra temporada con algún gran señor. Diógenes le llamaba el perro
real, porque siempre estaba en las cortes de los príncipes.
Dionisio le escupió un día al rostro, acción que fue desaprobada por los
que estaban presentes; pero Aristipo se echó a reír, y les dijo: «Los
pescadores se mojan todo el cuerpo solo por coger un pececillo, ¡y yo
no me dejaré mojar el rostro por coger una ballena!» En otra ocasión
Dionisio, que estaba muy enfadado con el, le dijo, al tiempo de ir a
comer, que se sentase en el lugar más inferior de la mesa. «Sin duda,
respondió Aristipo, quieres que el lugar más inferior sea el más
honrado.» Aristipo fue el primer discípulo de Sócrates que exigía dinero
de los que venían a oír sus lecciones, y para autorizar esta costumbre,
envió veinte minas a Sócrates; más éste no las admitió, y desaprobó la
codicia de Aristipo, el cual no hizo caso. Cuando le echaban en cara la
diferencia que había entre su conducta y la de su maestro, respondía: «Hay una gran diferencia entre el y yo. Todos los ricos de Atenas envían
a Sócrates cuanto necesita, y yo tengo apenas un mal esclavo que me
cuide.» Un ateniense quiso poner un hijo suyo en la escuela de Aristipo,
encargándole que se esmerase en su enseñanza. Aristipo le pidió
cincuenta dracmas. El ateniense respondió que con esta suma podía
comprar un esclavo. «Pues bien, le dijo Aristipo, cómpralo y
tendrás dos.» No era, sin embargo avaro, y solo deseaba tener dinero para
gastarlo. Hallándose un día en una embarcación, le dijeron que ésta era
de unos corsarios. Aristipo sacó todo el dinero que tenia, lo contó y lo
arrojó al mar. «Vale mas, dijo, perder el dinero, que morir
por causa del dinero.»
En otra ocasión, viendo que el esclavo que le seguía con un saco de
dinero no podía andar tan de prisa como él, le dijo que no llevase más
de lo que pudiese, y que arrojase lo demás. Gustaba de comer bien, y
daba cualquier dinero por un buen bocado. Habiendo dado una vez
cincuenta dracmas por una perdiz, uno de los que estaban presentes
censuró esta prodigalidad. «Si la perdiz no costara más que un óbolo,
le preguntó el filósofo ¿la comprarías? Sin duda, dijo el
otro. Pues bien, repuso Aristipo, tanto caso hago yo de
cincuenta dracmas, como tú de un óbolo.» Otra vez dio mucho dinero por unas golosinas. También le
desaprobó un testigo, y Aristipo le dijo: «Tú darías tres óbolos por
todo esto; así pues, eres tan avaro como yo goloso.»
Cuando criticaban lo mucho qué gastaba en comer bien, decía que si los
buenos bocados tuvieran algo de malo, no se darían tantos banquetes en
las fiestas de loa dioses.
Estando Diógenes layando unas hierbas para comer, vio pasar a Aristipo y
le dijo: «Si te contentases con hierbas no irías a hacer la corte a los
reyes. Y si tú, respondió Aristipo, supieses hacer la corte a los reyes,
no te contentarías con hierbas.» Dionisio le preguntó que por qué iban los
filósofos a ver a los reyes, y los reyes no iban a ver a los filósofos.
Aristipo respondió: «Porque los reyes no saben lo que les hace falta, y
los filósofos sí.»
Decía que era bueno moderar las pasiones, mas que no convenía
desarraigarlas enteramente, y que no era un crimen gozar de los placeres
sino ser esclavo de ellos. Cuando le chanceaban sobre sus relaciones con
la cortesana Lais, decía: «Poseo a Lais, pero Lais no me posee.» Un
joven entró en casa de Lais y hallando allí a Aristipo pareció muy
avergonzado: «Amigo mió, le dijo; no te avergüences de entrar, sino de
no poder salir.»
Dionisio dio un gran banquete, y a los postres quiso que todos los
convidados se pusiesen unos hermosos mantos de púrpura. Platón no quiso
complacerle, diciendo que aquel lujo era propio de mujeres. Aristipo no
hizo dificultad, y no sólo se puso el manto sino que bailó en presencia
de los convidados. “Lo mismo se hace, dijo, en las fiestas de
Baco, y no por eso se corrompe el que no está corrompido.»
Habiendo pedido a Dionisio una gracia en favor de un amigo, y no
pudiendo conseguirla, se arrojó a sus plantas. Sorprendido en esta
posición por algunos cortesanos, les dijo: «No es culpa mía, sino de
Dionisio que tiene las orejas en los pies.»
Hallándose en Siracusa, el tesorero del rey, que era un frigio llamado Simo, le enseñó su palacio, ponderándole los mosaicos del suelo.
Aristipo tosió y le escupió al rostro. Simo se ofendió; más Aristipo le
dijo: “Aquí no hay nada sucio, sino es tu rostro. »
Un día pidió un talento a Dionisio, el cual Le respondió: «¿No me
habías dicho que los filósofos no carecían de dinero? Dame el talento,
continuó Aristipo, y después hablaremos.» Cuando tuvo el talento en su poder, le
dijo: «¿Ves como es cierto que los filósofos no carecen de dinero?»
Dionisio le preguntó: «¿Por que vienes con tanta frecuencia a
Siracusa? Vengo, le respondió, a darte lo que tengo y a que tú me
des lo que tienes.» Reconviniéndole un amigo porque dejaba a Sócrates para ir a ver
a Dionisio, respondió: «Cuando necesito sabiduría, acudo a Sócrates;
cuando necesito dinero, acudo a Dionisio.» Jactándose un joven de nadar
muy bien, le dijo que un delfín nada mejor. Decía que la gran ventaja de
la filosofía era que aunque no hubiese leyes, los filósofos,
continuarían viviendo como si las hubiese.
Los cirenaicos estudiaban la Moral y descuidaban la Lógica. No se
aplicaban a la Física, porque decían que era una ciencia quimérica. El
fin de todas las acciones humanas, según su doctrina, debía ser el
placer; no ya la privación de dolor, sino el placer positivo, que no se
adquiere sin movimiento. Admitían dos clases de movimiento en el alma:
uno suave que da placer, y otro violento que da dolor, y como todo el
mundo huye del uno, y busca el otro, de aquí proviene que el hombre ha
nacido para el placer. No apreciaban la virtud, sino es en cuanto servía
para tener placer, comparándola a la Medicina, que sólo debe ser
apreciada cuando da la salud. Negaban la existencia de lo bueno y de lo
malo, de lo justo y de lo injusto, lo cual sólo debía entenderse con
respecto a las leyes y a las costumbres del país. Decían que el hombre
no debía obrar mal, por las malas resultas.
Aristipo tuvo una hija, llamada Areta, a quien educó en aquellos
principios, y ella educó en los mismos a su hijo Aristipo, llamado
Metrodidacto, que después fue maestro del impío Teodoro. Éste corrompió
la doctrina cirenaica enseñando públicamente que no había dioses. Fue
acusado ante el Areópago, pero Demetrio de Falero le libertó de la pena
en que había incurrido. Pasó a Cirene, donde vivió en casa de Mario,
gozando de mucha consideración. Sin embargo, salió desterrado de allí, y
se refugió en la corte de Tolomeo Lago. Éste le hizo su embajador cerca
de Lisímaco, a quien habló con tanta libertad, que uno de los cortesanos
le dijo: «Sin duda crees que no hay reyes, como crees que no hay
dioses.» Amfícrates dice que Teodoro fue condenado a muerte. |