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Antístenes era hijo de un ateniense del mismo nombre y de una esclava.
Cuando le echaban en cara que su madre era Frigia, contestaba: «¿Que
importa? Cibeles, madre de los dioses, era del mismo país.» Su primer
maestro fue el orador Gorgias. Después puso una escuela privada, y como
era muy elocuente, acudía mucha gente a oírle. Fue a ver a Sócrates,
movido de la curiosidad que le habla causado su gran reputación, y
volvió tan satisfecho, que repitió la visita en compañía de todos sus
discípulos, y con ellos se alistó en la escuela de Sócrates, y cerró la
suya. Vivía en el puerto del Pireo, y andaba cada día más de cuarenta
estadios, por el gusto de oír a Sócrates. Antístenes era muy austero en
sus costumbres y en su modo de vivir. Rogaba a los dioses que le diesen
la locura más bien que el apego a los placeres. Trataba con severidad a
sus discípulos. Cuando le preguntaban que causa tenía para ello,
respondía: «así hacen los médicos con los enfermos.» Él fue el primero
que usó los distintivos de la secta cínica, que se reducían a un gran
manto, a una mochila y a un bastón. Esto era todo lo que poseían, y con
estos bienes, decían que eran más felices que Júpiter.
Se dejaba crecer la barba y no cuidaba de su persona. Solo se empleaba
en estudiar la moral, y decía que las otras ciencias eran inútiles. El
soberano bien a que aspiraba era la virtud y el desprecio del fasto.
Todos los cínicos vivían con mucha austeridad. No comían más que frutos
y legumbres. Sólo bebían agua, y dormían en el suelo. Decían que la
mayor excelencia de los dioses era no necesitar de nada, y que los
hombres que más se acercaban a la Divinidad, eran los que menos
necesidades tenían. Despreciaban la riqueza, la nobleza, y todas las
ventajas que proceden de la Naturaleza y de la fortuna. De nada se
avergonzaban, ni aun de las cosas más infames. No conocían la decencia,
ni tenían consideración con nadie. Antístenes tenía mucha sutileza de
ingenio, y un trato tan agradable, que persuadía a los que le
escuchaban. En la batalla de Tanagra, dio pruebas de gran valor, lo que,
sabido por Sócrates, le causó mucha alegría.
Sócrates le vio en cierta ocasión haciendo ostentación de un manto
roto. «¡Oh Antístenes le dijo el filósofo, los agujeros de tu
manto descubren tu orgullo. » Cuando Antístenes oía que los atenienses se
jactaban de ser indígenas del país que habitaban, se burlaba de ellos
diciéndoles: «Lo mismo les sucede a las tortugas y a los caracoles.»
Decía que la ciencia más necesaria era desaprender el mal. Un hombre le
presentó a un hijo suyo, para que fuera su discípulo, y le preguntó
qué necesitaba para entrar en su escuela. El filósofo le dijo que era
necesario llevase un libro nuevo, una pluma nueva y unas tablas nuevas,
dando a entender, que el alma de su hijo debía ser como una cera nueva,
dispuesta a recibir nuevas impresiones. Preguntáronle qué era lo que el
hombre debía desear, y respondió: «Morir dichoso.» Se irritaba contra
los envidiosos a quienes roía la ojeriza contra los buenos. Creía que
era mejor ser cuervo que envidioso porque los cuervos viven de carne
muerta y el envidioso ataca a los vivos. Dijéronle que la guerra
destruía a muchos desgraciados. «Más son los que hace, respondió,
que los que destruye.» Cuando le pedían que diese alguna idea de la
Divinidad, respondía que no se parecía a nada de cuanto existía, y por
consiguiente que era una locura querer representarla con imágenes
sensibles. Decía que debemos respetar a nuestros enemigos, porque ellos
son los primeros que conocen nuestras faltas y las publican, y por esto
nos eran más útiles que nuestros amigos, dándonos ocasión de
corregirnos.
He aquí algunos de sus Apotegmas.

«Más debemos apreciar a un amigo que a
un pariente, porque los lazos de la virtud son más fuertes que los de la
sangre. Mejor es ser del pequeño número de sabios, que del gran número
de necios. Cuando los malos nos elogian, es señal de que hemos obrado
mal. El sabio no observa otras leyes que las de la virtud. A los ojos
del sabio nada es nuevo ni extraño, porque todo lo ha previsto, y a
todo está dispuesto. La nobleza y la sabiduría son una misma cosa, y así
no hay otro noble que el sabio. El medio más seguro de llegar a la
inmortalidad es vivir según los preceptos de la virtud. Deseemos a
nuestros enemigos todos los bienes que pueden desear, excepto la
sabiduría. El deleite es bueno para los hijos de nuestros enemigos. El
que tiene una mujer hermosa y la deja salir adornada, debe tener buenas
armas y un buen caballo para defenderla. Si no, que no le permita salir
a la calle. El labrador no pone al arado asnos y caballos
indistintamente, porque sabe que los asnos no sirven para labrar la
tierra. Pero los atenienses cuando eligen un magistrado, no miran si
sirve para gobernar. El filósofo puede hablar con hombres de mala vida,
como el médico trata con los enfermos, sin enfermar. El provecho que he
sacado de la filosofía es poder conversar conmigo mismo, y hacer de
buena voluntad lo que otros hacen por fuerza.»
Antístenes vivió siempre muy reconocido a Sócrates, por las lecciones
que le había dado. Él fue quien vengó la muerte de aquel gran hombre,
porque habiendo acudido muchos extranjeros a Atenas con deseo de oírle,
sin saber su muerte, Antístenes los llevó a casa de Anito, y les dijo:
«Ved aquí un hombre más sabio que Sócrates, puesto que él es quien le ha
acusado.» Anito fue arrojado de la ciudad, y Melito, otro acusador de
Sócrates, murió a manos de aquellos extranjeros.
Antístenes cayó malo de una tisis, y parece que el deseo de vivir le
hizo preferir una vida penosa a una muerte pronta. Diógenes entró un día
a verle, y Antístenes exclamó: «¿Quien me librará de los males que
padezco?» Diógenes sacó entonces un puñal que llevaba oculto debajo del
manto. Antístenes le respondió que deseaba librarse de los dolores, más
no de la vida. |