|
Sus arengas y discursos eran sumamente concisos. Como
nunca se desanimaba, venia siempre a cabo de lo que emprendía. Su modo
de hablar denodado y elocuente, había dado lugar a un proverbio. Cuando
alguno le imitaba, decían que hablaba a lo escita.
Anacarsis dejó a su país y pasó a residir en Atenas. Llegado que
fue,
llamó a la puerta de Solón, y dijo al que le fue a abrir: «Di a Solón
que vengo sólo a verle y a pasar algún tiempo en su casa.» Solón le
envió a decir: que nadie debía ser huésped sino en su propio país, o en
otro en que tuviera relaciones. Anacarsis, al oír esto, entró en la
pieza en que estaba Solón y le dijo: «Pues estás en tu propio país, se
mi huésped, hospedándome en tu casa.» Solón gustó de esta respuesta y
en lo sucesivo fue muy amigo de Anacarsis.
Anacarsis gustaba mucho de la poesía, y escribió en verso las leyes de
su patria y un tratado del arte de la guerra.
Decía comúnmente que la viña producía tres clases de uvas, el placer, la
embriaguez y el arrepentimiento.
Extrañaba mucho que en todas las reuniones públicas de los atenienses
los sabios se contentaban con proponer, y los necios eran los que
decidían, más no podía comprender porqué se castigaba al que decía
injurias a otro, en tanto que se daban grandes recompensas a los
atletas, que se daban golpes crueles y se hacían tanto daño.
También le cansaba admiración que los griegos, al principio de la
comida, se sirviesen de vasos medianos, y usasen los grandes a los
postres, cuando ya empezaban a embriagarse.
Censuraba amargamente las modales libres que los atenienses practicaban
en sus convites.
Un día le preguntaron qué convendría hacer para evitar que un hombre
bebiese vino: «El mejor medio, respondió, es presentarle un
borracho y dejar que le contemple despacio.»
Le preguntaban si había instrumentos de música en Escitia; respondió
que ni aun había viñas.
Decía que el aceite con que se untaban los atletas antes del combate
debía llamarse preparación de una locura rabiosa.
Examinando un día las tablas de un buque, dijo que el navegante no está
más que a cuatro dedos de la muerte. Le preguntaron cual era el navío
más seguro y respondió: el que ha llegado al puerto.
Decía con mucha frecuencia que el hombre debía ser dueño de su lengua y
de su vientre. Un ateniense le reconvino porque era de un país bárbaro,
en que no se conocían las artes: «Me avergüenzo, respondió, de
haber nacido en mi patria, más la tuya debe avergonzarse de que tú hayas
nacido en ella.»
¿Qué es, le preguntaron, lo mejor y lo peor que el hombre tiene? «La
lengua» respondió Anacarsis.
«Vale mucho más, decía, tener un solo
amigo, con tal de que sea verdadero, que tener muchos, que solo son
amigos de la Fortuna.»
Cuando se hablaba de la diferencia entre la vida y la muerte,
preguntaba: «¿a cual de las dos pertenecen los navegantes?»
Decía que los mercados eran establecimientos públicos que los hombres
habían formado para engañarse unos a otros.
Comparaba las leyes a las telarañas, y se burlaba de Solón que creía
poner obstáculo a las pasiones de los hombres con un poco de papel
escrito.
Anacarsis fue el inventor de la rueda aplicada a la alfarería.
Un día fue a consultar a la sacerdotisa de Apolo, para preguntarle quién
era más sabio que él. La sacerdotisa respondió que era un tal Misón de
Quenes. Anacarsis extrañó mucho no haber oído jamás hablar de semejante
hombre. Fue a buscarle al pueblo en que residía y le encontró
componiendo un arado. «¡Oh Misón! exclamó Anacarsis, un hombre
como tú no debe labrar la tierra.» «Un hombre como yo,
respondió Misón, debe componer el arado cuando se ha roto.» Platón habla de Misón como de un
hombre muy sabio. Habíase retirado a una soledad, donde vivía lejos de
los hombres, a quienes aborrecía. Un día le descubrieron en un rincón,
riendo a carcajadas. Le preguntaron porque se reía, estando solo: «De
eso me río, respondió Misón.»
Creso, que había oído hablar mucho de Anacarsis, le ofreció dinero y le
rogó que fuese a Sardes; Anacarsis respondió: «He venido a Grecia, o rey
de los Lidios, para aprender el idioma, las leyes y las costumbres del
país. No necesito oro ni plata; quisiera, sí, volver a un patria con más
sabiduría que la que traje. Iré sin embargo a verte, pues deseo estar en
el número de tus amigos. »
Después de haber permanecido algún tiempo en Grecia, Anacarsis pensó en
regresar a su patria. Al pasar por el país de los cisicenianos, los vio
disponer una gran fiesta en honor de la madre de los dioses. Anacarsis
hizo entonces voto de hacerle la misma fiesta en su país, en caso de
regresar a el sin peligro. Cuando llegó quiso introducir las costumbres
griegas, lo cual desagradó sobremanera a sus compatriotas.
Un día Anacarsis se retiró a un espeso bosque para celebrar la fiesta
que había ofrecido a la madre de los dioses. Un escita le descubrió y
fue a dar cuenta al rey, el cual fue al bosque a ver si era cierta la
acusación. Anacarsis estaba en efecto haciendo las ceremonias propias
del culto de aquella divinidad. El rey entonces le disparó una flecha de
cuya herida murió.
Sus compatriotas le erigieron muchas estatuas en lo sucesivo. |