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Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres
ZENÓN DE CITIO - Libro Séptimo
ZENÓN (1)
(2)
(3)
(4)
(5)
(6)
(7)
(8) (9)
(10)
(11)
(12)
(13)
(ética estoica)
65. Panecio establece dos virtudes, teórica y práctica; otros ponen tres,
racional, natural y moral; Posidonio cuatro; Cleantes, Crisipo y Antípatro muchas; y
finalmente Apolófanes reconoce una sola virtud, que es la prudencia. De las virtudes, unas son primeras,
otras súbditas de ellas. Las primeras son la prudencia, la fortaleza, la justicia y la templanza;
y especies de éstas la magnanimidad, la continencia, la paciencia, la diligencia y el consejo.
Que la prudencia es ciencia de lo malo, de lo bueno y de lo neutro o indiferente. La justicia,
ciencia de las cosas elegibles, evitables y neutras. La magnanimidad, ciencia o hábito que
hace las cosas más grandes y excelsas de lo que regularmente suceden, ora sean leves, ora graves.
La continencia es una disposición del ánimo, firme e invariable acerca de las cosas ejecutadas
por la recta razón, o bien un hábito invencible a los deleites. La paciencia o tolerancia
es ciencia o hábito de aquellas cosas a quienes o se ha de resistir, o no se ha de resistir, o
portarse con indiferencia. La agudeza de mente o diligencia es el hábito de hallar en breve
lo que convenga. Y el consejo es la ciencia de considerar maduramente lo que hemos de ejecutar,
y el modo de ejecutarlo para que sea conveniente.
66. Análogamente a esto son también los vicios primeros, y sujetos a ellos:
los primeros son la imprudencia, la cobardía, la injusticia, la intemperancia; y los sujetos
a éstos, la incontinencia, la torpeza de mente y el mal consejo. En una palabra, es vicio la ignorancia de
todas cuantas cosas es virtud saberlas. Que el bien en común es lo útil, y en particular o propiedad o es
la misma utilidad, o no ajeno de ella. Y así la virtud y el bien, su partícipe, se llaman triples en esta
forma: bien ex quo, v.gr., el acto o práctica de la virtud; y bien à quo,
v.gr.,
el diligente partícipe de la virtud (519). De otro modo definen el bien en propiedad, diciendo que es lo
perfecto según la naturaleza del racional o cuasi racional. Que la virtud es tal, que los
participantes de ella son virtuosos, ora sean los sujetos buenos, ora las acciones u operaciones mismas.
Sus secuelas o frutos son el regocijo, la alegría y semejantes. Lo mismo es en los vicios,
v.gr.,
la imprudencia, la cobardía, la injusticia y semejantes, pues vicioso es cuanto participa de vicio, sean
operaciones o sean hombres viciados. Las secuelas y frutos de los vicios son la tristeza, la aflicción
y semejantes.
67. También de los bienes unos son del alma, otros externos y otros ni del alma ni
externos. Los del alma son las virtudes y las operaciones producentes de ellas. Los externos son tener
una patria ilustre, un fiel amigo y felicidad en todo. Y los bienes que ni son del alma ni externos,
son el ser uno para sí mismo y bueno y feliz. Igualmente los vicios (520): unos son del alma, a saber,
los vicios mismos y su práctica; otros externos, como tener una patria oscura (521), un amigo imprudente,
y semejantes infelicidades; y otros ni externos ni del alma, v.gr., el ser uno malo e infeliz para
sí mismo.
68. No menos unos bienes son finales, otros eficaces, y otros finales y eficaces (522).
Un amigo y las felicidades que de él nos vienen son bienes eficaces; la satisfacción propia, la prudencia,
la libertad, el divertimiento, la alegría, el sosiego y todo acto virtuoso son bienes finales. Hay también,
como se ha dicho, bienes eficaces y finales juntamente, pues en cuanto perfeccionan la felicidad son bienes
eficaces, y en cuanto la completan haciéndose como partes de ella son finales. De la manera misma los males,
unos son finales, otros eficaces, y otros ambiguos, o bien finales y eficaces. Un enemigo y los daños
provenidos de él son males eficaces o efectivos; la estupidez, la bajeza, la esclavitud, el no divertirse,
la tristeza, la aflicción y todos los actos viciosos son males finales. Y los males ambiguos, o sea eficaces y
finales, en cuanto consuman la infelicidad son eficaces, y en cuanto la aumentan como a partes son finales.
69. Dicen que de los bienes del alma, unos son hábitos, otros disposiciones, y otros ni
hábitos ni disposiciones. Las disposiciones son las virtudes; los hábitos son los deseos, y los que no son
hábitos ni disposiciones son las operaciones. Comúnmente, de los bienes, algunos son mixtos, como la fecundidad
de prole y la buena vejez. La ciencia es un bien sencillo. Bienes siempre presentes son las virtudes; no siempre
presentes, la alegría, el paseo. Que todo bien es conducente, oportuno, provechoso, útil, comodísimo, honesto, auxiliativo, deseable y justo. Es conducente porque trae cosas que no son de socorro. Oportuno, porque nos
contiene en lo debido. Provechoso, porque satisface excesivamente los gastos de su adquisición. Útil, porque
nos deja la utilidad de su uso. Comodísimo, porque nos produce utilidad laudable. Honesto, porque permite
un uso moderado de sí mismo. Auxiliativo (523), porque es tal que auxilia. Deseable, porque es tal que con
mucha razón lo elegimos. Y justo, porque se conforma con las leyes y crea las sociedades.
70. Llaman también a lo honesto un bien perfecto, porque tiene por naturaleza todo cuanto
se desea y es perfectamente moderado. Ponen cuatro especies de honesto: la justicia, la fortaleza, la modestia
y la ciencia, con las cuales se perfeccionan todas las acciones honestas. Análogamente a esto dividen también
lo torpe en cuatro especies: la injusticia, la cobardía, la inmodestia y la ignorancia. Llámase simplemente
honesto, porque a los que lo poseen los hace dignos de alabanza; porque es creado para operar por sí propio, y porque añade honra cuando decimos que sólo el
sabio es un bien honesto (524).
71. Dicen que sólo lo honesto es bueno: así lo escriben Hecatón en el libro III De los
bienes, y Crisipo en los libros De lo honesto. Que esto sólo es la virtud y lo que de ella participa,
a lo cual se le iguala aquello de que «todo lo que es bueno es también honesto». Que honesto y bueno
valen lo mismo, puesto que aquél es igual a éste, y quien es bueno es honesto: es honesto; luego es bueno.
Son de sentir que todos los bienes son iguales: que todo bien debe desearse en sumo grado, y que no admite aumento
ni disminución. Dicen que de los entes unos son buenos, otros malos y otros neutros. Que son entes buenos las
virtudes prudencia, justicia, fortaleza, templanza, y restantes; son entes malos los opuestos a éstos,
v.gr.,
la imprudencia, injusticia, etc. Y son neutros los que ni aprovechan ni dañan,
v.gr., la vida, la salud, el
deleite, la belleza, la fuerza, la riqueza, la gloria, la nobleza; y los opuestos a éstos, como son la muerte,
la enfermedad, las molestias, la fealdad, las pocas fuerzas, la pobreza, el poco nombre, la innobilidad y semejantes.
Así lo dicen Hecatón en el libro VII Del fin, Apolodoro en su Moral, y Crisipo; pues estas cosas no
son buenas, sino indiferentes, producidas según su especie. Y así como es propio del calor el calentar y no el
enfriar, así lo es del bien el aprovechar, no el dañar. Las riquezas y la salud no son más provechosas que
dañosas: luego ni las riquezas ni la salud son bienes. Más: aquello de que se puede usar bien y mal, no es
bueno; de las riquezas y salud puede usarse bien y mal: luego las riquezas y la salud no son bienes. Esto
no obstante, Posidonio dice que lo son.
72. Ni aun el deleite tienen por bien, como es de ver en Hecatón, libro XIX De los
bienes, y Crisipo en los libros Del deleite; pues hay deleites torpes, y el bien nada tiene de
torpe. Dicen que el aprovechar es moverse o estar quieto según la virtud, y el dañar es moverse
o estar quieto según el vicio. Que las cosas indiferentes son de dos clases: una es de las que no
conducen a la felicidad ni a la infelicidad, v.gr., las riquezas, la salud, las fuerzas, la gloria
y semejantes, pues sin ellas acontece ser feliz, y su uso causa o felicidad o infelicidad. La otra clase
de cosas indiferentes es la de aquellas que ni mueven el apetito ni la aversión,
v.gr., tener los
cabellos pares o impares, o alargar un dedo o contraerlo. No así los indiferentes primeros arriba
referidos, pues aquéllos pueden mover el apetito y la aversión. Así que de las cosas indiferentes unas
son elegibles, y otras igualmente elegibles o evitables.
73. De estas cosas indiferentes, a unas llaman probables o preferibles, a otras reprobables.
Las probables son las importantes y recomendables; reprobables las que nada importan. Esta recomendación
o importancia la dividen diciendo que una es la que conduce a una vida conforme a todo bien; otra, cierta
fuerza media, o que da el uso conducente a una vida conforme a la naturaleza, que es tanto como decir el
uso que las riquezas y sanidad prestan para vivir según la naturaleza. Y la otra recomendación es la
retribución o recompensa de la aprobación que le da el experimentado en las cosas, que es tanto como decir:
«trocar trigo por cebada, dando un mulo encima» (525).
74. Que las cosas preferibles que tienen estimación respecto al alma son el ingenio, el
arte, el aprovechamiento y semejantes; las respecto al cuerpo son la vida, la sanidad, la fuerza, la buena
habitud, la integridad, la belleza; y respecto a las cosas internas las riquezas, la nobleza y semejantes.
Y de las cosas reprobables, las pertenecientes al alma son la estupidez, la ineptitud y semejantes; las
pertenecientes al cuerpo son la muerte, las enfermedades, la debilidad, la mala habitud, la mutilación, la
fealdad y otras así; y las externas son la pobreza, la oscuridad (526), la innobilidad y demás de esta clase,
las cuales, como neutras, ni son probables ni reprobables.
75. Asimismo, de estas cosas probables o preferibles, unas lo son por sí mismas,
otras lo son por otras, y otras por sí mismas y por otras. Las probables por sí mismas
son, v.gr., el ingenio, el aprovechamiento y semejantes; las por otras son la riqueza, la
nobleza y semejantes; y las por sí mismas y por otras, el valor, la integridad de sentidos y la
de miembros. Llámanse por sí mismas porque son conformes a la naturaleza; y llámanse por otras
porque producen no pocas utilidades. Todo lo mismo, por el contrario, es acerca de las cosas reprobables.
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(519) Esta triple división de la virtud y de su partícipe el bien falta en el texto griego. Sexto Empírico la trae entera
en esta forma: «λέγετας γάρ άγαθν (φασί) χαθ΄ ένα μέν τροπον, etc. El
bien, según los estoicos, de un modo se llama id ex quo o à
quo: se sigue provecho; el cual principalísimamente es virtud, pues de ella, como de una
fuente, nace naturalmente toda utilidad. De otro modo se llama id per quod:
se sigue provecho: y por esto no sólo las
virtudes se llamarán bienes, sino también los actos virtuosos, puesto que por ellos nos procuramos las utilidades. Del
tercero y postrer modo se llama bien quod: puede aprovechar, comprendiendo en esta doctrina
(άποδόσεος) las virtudes, los actos
virtuosos, los amigos, los hombres honrados, los dioses y los genios buenos.»
La misma división del bien trae Estobeo con más brevedad, diciendo: «Bien à
quo contigit juvari: per quod contigit juvari: y quod potest juvare.»
(520) Τών χαχιών: de traducirse literalmente, diríamos: las malicias. He puesto los vicios, porque esta voz se adapta algo mejor
a los tres miembros de la división; bien que en el segundo se ha de entender defecto, no vicio y culpa positiva.
(521) άφρονα πατρίδα.
(522) Τά δέ (άγαθά) ποιητιχά.
(523) ωφέλιμον.
(524) Μόνον τόν σοφον, άγαθόν χαλόν εϊναι. El intérprete latino traduce: Solum sapientem bonum honestumque esse.
(525) Joaquín Kühnio lee aquí ήμιόλψ, o bien ήμιολίψ, sesquialtera parte,
por ήμιονψ, mulo. El sentido que saca es: Trocar (una medida de) trigo por una y media de
cebada. Ello es que el mulo parece aquí cosa importuna en trueque de granos para igualar la diferencia de valores.
(526) άδοξίαν.
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