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Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres
SÓCRATES - Libro Segundo
SÓCRATES (1)
(2)
(3)
(proceso y muerte de Sócrates)
16. Estas y otras muchas cosas que decía y ejecutaba fueron causa de
que la pitonisa testificase de él tan ventajosamente, dando a
Querefón aquel oráculo tan sabido de todos:
Sócrates es el sabio entre los
hombres.
Esto excitó contra él la envidia de muchos que se tenían también por
sabios, infiriendo que el oráculo los declaraba ignorantes. Meleto
y Ánito eran de éstos, como dice Platón en el diálogo Memnón. No
podía Ánito sufrir que Sócrates se burlase de él, e incitó primeramente
a Aristófanes contra él; después indujo a Meleto a que lo
acusase de impío y corrompedor de la juventud. En efecto, Meleto
lo acusó y dio la sentencia Polieucto, según dice Favorino en su
Historia varia. Escribió la disertación acusatoria (101) el sofista Polícrates,
como refiere Hermipo, o bien Ánito, según otros afirman; pero el
orador Licón lo ordenó todo. Antístenes en las Sucesiones de
los filósofos y Platón en la Apología dicen que los
acusadores
de Sócrates fueron tres, a saber:
Ánito, Licón y Meleto. Que Ánito instaba en nombre de los artesanos
y magistrados del pueblo; Licón por parte de los oradores, y Meleto por la de los poetas, a todos los cuales había reprendido Sócrates. Favorino en el libro II de sus Comentarios dice que no
es de Polícrates la disertación contra Sócrates, puesto que en ella se hace mención de los
muros de Atenas que restauró Conón; lo cual fue seis años después de la muerte de Sócrates, y así
es la verdad.
17. La acusación jurada que,
según Favorino, todavía se conserva
en el Metroo (102), fue como sigue: «Meleto Piteense, hijo de
Meleto, acusa a Sócrates Alopecense, hijo de Sofronisco, de los
delitos siguientes: Sócrates quebranta las leyes negando la
existencia de los dioses que la ciudad tiene recibidos e
introduciendo otros nuevos; y obra contra las mismas leyes
corrompiendo la juventud. La pena debida es la muerte».
18. Habiéndole leído Lisias una apología que había escrito en su
defensa, respondió: «La pieza es buena, Lisias; pero no me conviene a
mí» (103). Efectivamente, era más una defensa jurídica que
filosófica (104). Preguntándole, pues, Lisias por qué no le convenía
la disertación, supuesto que era buena, respondió: «¿Pues no puede
haber vestidos y calzares ricos, y a mí no venirme bien?» Justo Tiberiense cuenta en su
Crónica que cuando se ventilaba la causa de Sócrates subió Platón al púlpito del tribunal, y que habiendo
empezado a decir así: «Siendo yo, oh atenienses, el más joven de los
que a este lugar subieron ... », fue interrumpido por los jueces,
diciendo: «Bajaron, bajaron»; significándole por esto que bajase de
allí. Fue, pues, condenado por 281 votos más de
los que lo absolvían; y estando deliberando los jueces sobre si
convenía más quitarle la vida o imponerle multa, Sócrates dijo daría
veinticinco dracmas. Eubúlides dice que prometió cien. Pero
viendo desacordes y alborotados a los jueces, añadió: «Yo juzgo que
la pena a que debo ser condenado por mis operaciones es que se me
mantenga del público en el Pritaneo» (105). Oído lo cual, se
agregaron ochenta votos a los primeros y lo condenaron a muerte. Prendiéronlo luego, y no muchos días después bebió la cicuta,
tras acabar un sabio y elocuente discurso que recuerda Platón en su
Fedón.
19. Hay quien le atribuye un himno a Apolo, que empieza:
Yo os saludo, Apolo Delio
y Diana, ilustres niños.
Pero Dionisiodoro dice que este himno no es suyo.
Compuso una fábula como las de Esopo, no muy elegante, que empieza:
Dijo una vez Isopo a los corintios la virtud no juzgasen
por la persuasión y voz del pueblo.
Éste fue el fin de Sócrates; pero los atenienses
se arrepintieron en tal grado, que cerraron las palestras y
gimnasios. Desterraron a algunos, y sentenciaron a muerte a Meleto.
Honraron a Sócrates con una estatua de bronce que hizo Lisipo, y la
colocaron en el Pompeyo (106). Los de Heraclea echaron de la ciudad
a Ánito el mismo día
en que llegó.
20. No fue sólo con Sócrates con quien los atenienses se portaron así,
sino también con otros muchos, pues multaron a Homero con cincuenta
dracmas, teniéndolo por loco. A Tirteo lo llamaron demente, y lo
mismo a Astídamante, imitador de Esquilo, habiéndolo antes honrado
con una estatua de bronce. Eurípides en su Palamedes también objeta
a los atenienses la muerte de Sócrates, diciendo:
Matasteis, sí, matasteis al más sabio,
a la más dulce musa,
que a nadie fue molesta ni dañosa.
Esto es así, aunque Filicoro dice que Eurípides murió antes que
Sócrates. Nació Sócrates, según Apolodoro en sus Crónicas, siendo
arconte Apsefión, el año cuarto de la Olimpíada LXXVII, a 6 de
Targelión (107), en cuyo día los atenienses lustran la ciudad, y
dicen los delios que nació Diana. Murió el año primero de la Olimpíada XCV,
a los setenta años de su edad. Lo mismo dice Demetrio; pero aseguran
otros que murió de sesenta años. Ambos fueron discípulos de
Anaxágoras, Sócrates y Eurípides. Nació éste siendo arconte Calias,
el año primero de la Olimpíada LXXV.
21. Pienso que Sócrates trató también de las cosas naturales, puesto
que dice algo de la providencia, según escribe Jenofonte; aunque él
mismo asegura que sólo disputó de lo perteneciente a la moral.
Cuando Platón en su Apología hace memoria de Anaxágoras y otros
físicos, dice de éstos muchas cosas que Sócrates niega, siendo así
que todas las suyas las atribuye a Sócrates. Refiere Aristóteles que
cierto mago venido de Siria a Atenas reprobó muchas cosas de
Sócrates, y le predijo moriría de muerte violenta. El epitafio mío a
Sócrates es el siguiente:
Tú bebes con los dioses, oh Sócrates, ahora.
Sabio te llamó Dios, que es sólo el sabio. Y si los atenienses
la cicuta te dieron, brevemente se la bebieron ellos por tu boca.
22. Aristóteles dice en el libro II de su
Poética que Sócrates
tuvo disputas con cierto Antióloco de Lemnos y con Anfitrón,
intérprete de portentos, al modo que Pitágoras las tuvo con Cidón y
con Onata. Sagaris fue émulo de Homero cuando todavía vivía, y
después de muerto lo fue Jenofonte Colofonio. Píndaro tuvo sus
contenciones con Anfimenes Coo; Tales con Ferecides; Biante con
Salaro Prieneo; Pítaco con Antiménides y con Alceo; Anaxágoras con
Sosibio; y Simónides con Timocreón.
23. De los sucesores de Sócrates, llamados socráticos, los
principales fueron Platón, Jenofonte y Antístenes. De los que
llaman los diez, fueron cuatro los más ilustres, a saber: Esquines, Fenón, Euclides y Aristipo. Trataremos primero de Jenofonte. De
Antístenes hablaremos entre los cínicos. Luego de los socráticos, y
en último lugar de Platón, que es el jefe de las diez sectas e
instituidor de la primera Academia. Este será el orden que
guardaremos.
24. Hubo otro Sócrates historiador, que describió con exactitud la
región argólica. Otro peripatético, natural de Bitinia. Otro poeta
epigramático. Y otro natural de Coo, escritor de los sobrenombres
de los dioses.
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(101) La oración acusatoria.
(102) Era un templo de Atenas, dedicado a la Gran Madre de los dioses. Podrá
verse acerca de él Juan Meursio.
(103) Véanse Cicerón, lib. I, De oratore; Valerio Máximo, 6, 4,
número 2, in extern.
(104) Esto es, se reducía toda a súplicas y ruegos, confesando
haber errado en la doctrina, proponiendo enmendarse o retractarse de ello,
dando la razón a los acusadores, etc.
(105) El Pritaneo era un edificio ilustre y suntuoso en el alcázar de Atenas,
en el cual no sólo se juntaba el Senado cuando quería, sino que también eran
allí mantenidos por la patria los que le habían hecho algún servicio
señalado.
(106) El Pompeyo era en Atenas un edificio público donde se guardaban las
cosas para las pompas, funciones y festividades de la república. Había
también allí estatuas de varones ilustres.
(107) Era el mes de abril.
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