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Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres
SÓCRATES - Libro Segundo
BIOGRAFÍA DE SÓCRATES
1.
Sócrates fue hijo de Sofronisco, cantero de profesión, y de
Fenáreta, obstetriz, como lo dice Platón en el diálogo intitulado
Teeteto. Nació en Alopeca, pueblo de Ática. Hubo quien creyó que
Sócrates ayudaba a Eurípides en la composición de sus tragedias, por
lo
cual dice Mnesíloco:
Los Frigios drama es nuevo de Eurípides, y consta
que a Sócrates se debe (88).
Y después:
De Sócrates los clavos
corroboran de Eurípides los dramas.
Igualmente Calias en la comedia
Los cautivos dice:
Tú te engríes, y estás desvanecido:
pero puedo decirte
que a Sócrates se debe todo eso.
Y Aristófanes en la comedia Las nubes, escribe:
Y
Eurípides famoso,
que tragedias compone,
lo hace con el auxilio
de ese que habla de todo: así le salen
útiles y sabias.
2. Habiendo sido discípulo de Anaxágoras, como aseguran algunos, y
de Damón, según dice Alejandro en las Sucesiones, después de la condenación de aquél se pasó a Arquelao Físico, el cual usó de él
deshonestamente, como afirma Aristóxenes (89). Duris dice que se
puso a servir y que fue escultor en mármoles: y aseguran muchos que
las Gracias vestidas que están en la Roca (90) son de su mano. De
donde dice Timón en sus Sátiras:
De estas Gracias provino el cortador de
piedras; el parlador de
leyes, oráculo de Grecia.
Aquel sabio aparente y simulado, burlador, y orador semiateniense.
En la oratoria era vehementísimo, como dice
Idomeneo; pero los
treinta tiranos (91) le prohibieron enseñarla, según refiere Jenofonte. También lo moteja Aristófanes porque hacía buenas las
causas malas (92). Según Favorino en su Historia varia, fue el
primero que con Esquines, su discípulo, enseñó la retórica: lo que
confirma Idomeneo en su Tratado de los discípulos de Sócrates. Fue
también el primero que trató la moral, y el primero de los filósofos
que murió condenado por la justicia.
3. Aristóxenes, hijo de Espíntaro,
dice que era muy cuidadoso en juntar dinero; que dándolo a usura, lo recobraba con el aumento; y
reservado éste, daba nuevamente el capital a ganancias. Según
Demetrio Bizantino dice, Critón lo sacó del taller y se aplicó a
instruirlo, prendado de su talento y espíritu. Conociendo que la
especulación de la naturaleza no es lo que más nos importa, comenzó
a tratar de la filosofía moral ya en las oficinas, ya en el foro;
exhortando a todos a que inquiriesen
qué mal o bien tenían en sus casas.
Muchas veces, a excesos de vehemencia en el decir, solía darse de
coscorrones y aun arrancarse los cabellos; de manera que muchos
reían de él y lo menospreciaban; pero él lo sufría todo con
paciencia. Habiéndole uno dado un puntillón, dijo a los que se
admiraban de su sufrimiento: «Pues si un asno me hubiese dado una coz, ¿había yo de citarlo ante la justicia?»
Hasta aquí Demetrio.
4. No
tuvo necesidad de peregrinar como otros, sino cuando así lo pidieron
las guerras. Fuera de esto, siempre estuvo en un lugar mismo,
disputando con sus amigos, no tanto para rebatir sus opiniones
cuanto para indagar la verdad. Dicen que habiéndole dado a leer
Eurípides un escrito de Heráclito, como le preguntase qué le
parecía, respondió: «Lo que he entendido es muy bueno, y juzgo lo
será también lo que no he entendido; pero necesita un nadador delio».
Tenía mucho cuidado en ejercitar su cuerpo, el cual era de muy buena
constitución.
5. Militó en la expedición de Amfípolis; y dada la batalla junto a
Delio, libró a Jenofonte, que había caído del caballo. Huían todos
los atenienses, mas él se retiraba a paso lento, mirando
frecuentemente con disimulo hacia atrás, para defenderse de
cualquiera que intentase acometerlo. También se halló en la
expedición naval de Potidea, no pudiendo ejecutarse por tierra en
aquellas circunstancias. En esta ocasión dice estuvo toda una noche
en una situación misma. Peleó valerosamente, y consiguió la
victoria; pero la cedió voluntariamente a Alcibíades, a quien amaba
mucho, como dice Aristipo en el libro IV De las delicias antiguas.
6. Ion Quío dice que Sócrates en su juventud estuvo en Samos con
Arquelao. Aristóteles escribe que también peregrinó a Delfos (93). Y Favorino afirma en el libro primero de sus
Comentarios que
también estuvo en el Istmo. Era de un ánimo constante y republicano:
consta principalmente que habiendo mandado Cricias y demás
jueces traer a Leonte de Salamina, hombre opulento, para quitarle la
vida, nunca Sócrates convino en ello; y de los diez capitanes de la
armada fue él solo quien absolvió a Leonte. Hallándose ya
encarcelado, y pudiendo huir e irse adonde quisiese, no quiso
ejecutarlo, ni atender al llanto de sus amigos que se lo rogaban;
antes les reprendió, y les hizo varios razonamientos llenos de
sabiduría.
7. Era parco y honesto.
Pánfila escribe en el libro VII de sus
Comentarios que habiéndole Alcibíades dado una área muy espaciosa
para construir una casa, le dijo: «Si yo tuviese necesidad de
zapatos, ¿me darías todo un cuero para que me los hiciese? Luego
ridículo sería si yo la admitiese». Viendo frecuentemente las muchas
cosas que se venden en público, decía para sí mismo: «¡Cuánto hay
que no necesito!» Repetía a menudo aquellos yambos:
Las alhajas de plata, de púrpura las ropas,
útiles podrán ser en las tragedias; pero de nada sirven a la vida.
Menospreció generosamente a Arquelao Macedón, a Escopas Cranonio y a
Eurilo Lariseo; pues ni admitió el dinero que le regalaban, ni quiso
ir a vivir con ellos. Tanta era su templanza en la comida, que
habiendo habido muchas veces peste en Atenas, nunca se le pegó el
contagio.
8. Aristóteles escribe que tuvo dos mujeres propias: la primera
Jantipa, de la cual hubo a Lamprocle; la segunda Mirto, hija de
Arístides el Justo (94), a la que recibió indotada y de la cual tuvo
a Sofronisco y a Menéxeno. Algunos quieren casase primero con
Mirto; otros que casó a un mismo tiempo con ambas, y de este
sentir son Sátiro y Jerónimo de Rodas; pues dicen que queriendo los atenienses poblar la ciudad, exhausta de ciudadanos por las guerras
y contagios,
decretaron que los ciudadanos casasen con una ciudadana, y además
pudiesen procrear hijos con otra mujer; y que
Sócrates lo ejecutó
así.
9. Tenía
ánimo para sufrir a cuantos lo molestaban y perseguían. Amaba la frugalidad en la mesa, y nunca pidió
recompensa de sus servicios. Decía que «quien come con apetito, no
necesita de viandas exquisitas; y el que bebe con gusto, no busca
bebidas que no tiene a mano». Esto se puede ver aún en los poetas
cómicos, los cuales lo alaban en lo mismo que presumen vituperado.
Así habla de él Aristófanes:
¡Oh tú, justo amador de la sapiencia, cuán felice serás con los de
Atenas,
y entre los otros griegos cuán felice!
Y luego:
Si memoria y prudencia no te faltan, y en las calamidades
sufrimiento,
no te fatigarás si en pie estuvieres, sentado, o caminando.
Tú no temes el frío ni la hambre, abstiéneste del vino y de
la gula, con otras mil inútiles inepcias.
Amipsias lo pinta con palio, y dice:
¡Oh Sócrates, muy bueno entre los pocos, y todo vanidad entre los
muchos! ¡Finalmente, aquí vienes y nos sufres! Ese grosero manto
¿de dónde lo tomaste?
Esa incomodidad seguramente nació de la malicia del ropero.
Por más hambre que tuviese, nunca pudo hacer de
parásito. Cuánto aborrecía esta vergonzosa adulación lo testifica Aristófanes,
diciendo:
Lleno de vanidad las calles andas, rodeando la vista a todas partes.
Caminando descalzo, y padeciendo
trabajos sin cesar, muestras no obstante
siempre de gravedad cubierto el rostro.
Sin embargo, algunas veces se acomodaba al tiempo y vestía con más
curiosidad, como hizo cuando fue a cenar con Agatón: así lo dice
Platón en su Convite.
10. La misma eficacia tenía para persuadir que para disuadir; de
manera que, según dice Platón en un Discurso que pronunció
sobre la ciencia, trocó a Teeteto de tal suerte, que lo hizo un
hombre extraordinario (95). Queriendo Eutrifón acusar a su padre por
haber muerto a un forastero que hospedaba, lo apartó
Sócrates del
intento por un discurso que hizo concerniente a la piedad. También
hizo sobrio a Lisis con sus exhortaciones. Tenía un ingenio muy
propio para formar sus discursos según las ocurrencias. Redujo con
sus amonestaciones a su hijo Lamprocles a que respetase a su madre,
con la cual se portaba duro e insolente, como refiere Jenofonte.
Igualmente que removió a Glaucón, hermano de Platón, de meterse en
el gobierno de la república según pretendía, para lo cual era
inepto; y, por el contrario, indujo a Cármides a que se aplicase a
él, conociendo era capaz de ejecutarlo.
11. Avivó el ánimo de
Ifícrates, capitán de la república,
mostrándole unos gallos del barbero Midas que reñían con los de
Calias. Glaucónides lo tenía por tan digno de la ciudad como un
faisán o pavo (96). Decía que «es cosa maravillosa que siendo fácil
a cualquiera decir los bienes que posee, no puede decir ninguno los
amigos que tiene»: tanta es la negligencia que hay en conocerlos.
Viendo a Euclides muy solícito en litigios del foro, le dijo: «¡Oh
Euclides!, podrás muy bien vivir con los sofistas, pero no con los
hombres». Tenía por inútil y poco decente este género de estudio,
como dice Platón en su Eutidemo. Habiéndole dado Cármides algunos
criados que trabajasen en su provecho, no los admitió; y hay quien
dice que menospreció la belleza de cuerpo de AIcibíades. Loaba el
ocio como una de las mejores posesiones, según escribe Jenofonte en
su Convite (97). También decía que «sólo hay un bien, que es
la sabiduría, y sólo un mal, que es la ignorancia. Que las riquezas
y la nobleza no contienen circunstancia recomendable; antes bien
todos los males».
12. Habiéndole dicho uno que la madre de
Antístenes fue de Tracia, respondió: «¿Pues creías tú que dos
atenienses habían de procrear varón tan grande?» Propuso a Critón
rescatase a Fedón que, hallándose cautivo, se veía obligado a ganar
el sustento por medios indecentes. Salió, en efecto, de la
esclavitud, y lo hizo un ilustre filósofo. Aprendía a tocar la lira cuando tenía oportunidad,
diciendo no hay absurdo alguno en aprender cada cual aquello que
ignora. Danzaba también con mucha frecuencia, teniendo este
ejercicio por muy conducente para la salud del cuerpo, como lo dice Jenofonte en su
Convite. Decía asimismo que un genio le revelaba
las cosas venideras. «Que el empezar bien no era poco, sino cercano
de lo poco. Que nada sabía excepto esto mismo: que nada sabía. Que
los que compran a gran precio las frutas tempranas desconfían llegar
al tiempo de la sazón de ellas.»
13. Preguntado una vez qué cosa es virtud en un joven, respondió:
«El que no se exceda en nada». Decía que «se debe estudiar la
geometría hasta que uno sepa recibir y dar tierra medida» (98).
Habiendo Eurípides en la tragedia Auge dicho de la virtud
que es acción valerosa
dejarla de repente y sin consejo,
se levantó y se fue diciendo «era cosa ridícula tener por digno de
ser buscado un esclavo cuando no se halla, y dejar perecer la
virtud». Preguntado si era mejor casarse o no casarse, respondió:
«Cualquiera de las dos cosas que hagas te arrepentirás». Decía que
«le admiraba ver que los escultores procuraban saliese la piedra
muy semejante al hombre, y descuidaban de procurar no parecerse a
las piedras». Exhortaba a los jóvenes «a que se mirasen
frecuentemente al espejo, a fin de hacerse dignos de la belleza, si
la tenían; y si eran feos, para que disimulasen la fealdad con la
sabiduría».
14. Habiendo convidado a cenar a ciertas personas ricas, como
Jantipa tuviese rubor de la cortedad de la cena, la dijo: «No le
aflijas, mujer; pues si ellos son parcos lo sufrirán, y si comilones
(99) nada nos importa». Decía que «otros hombres vivían para comer;
pero él comía para vivir. Que quien alaba al pueblo bajo se parece
a uno que reprobase un tetradracmo (100) y recibiese por legítimos
muchos de ellos». Habiéndole dicho Esquines: soy pobre; nada más
tengo que mi persona, me doy todo a vos, respondió: «¿Has advertido
cuán grande es la dádiva que me haces?» A uno que estaba indignado
por hallarse sin autoridad, habiéndole usurpado el mando los treinta
tiranos, le dijo: «¿Y qué es lo que en esto te aflige? Que los
atenienses, respondió, te han condenado a muerte. Y la
Naturaleza a ellos», repuso Sócrates. Algunos atribuyen esto a
Anaxágoras. A su mujer, que le decía que moriría injustamente, le
respondió: «¿Quisieras acaso tú que mi muerte fuese justa?»
Habiendo soñado que uno le decía:
Tú dentro de tres días
a la glebosa Ftía harás pasaje,
dijo a Esquines que «pasados tres días moriría». Estando para beber
la cicuta, le trajo Apolodoro un palio muy precioso para que muriese
con este adorno, y le dijo Sócrates: «Pues si el mío ha sido bueno
para mí en vida, ¿por qué no lo será en muerte?» Habiéndole uno
dicho que otro hablaba mal de él, respondió: «Ése no aprendió a
hablar bien». Como Antístenes llevase siempre a la vista la parte
más rasgada de su palio, le dijo: «Veo por esas aberturas tu
vanagloria». A uno que le dijo: «¿No está aquél hablando mal de
ti?», respondió: «No, por cierto: nada me toca de cuanto dice».
Decía que «conviene exponerse voluntariamente a la censura de los
poetas cómicos; pues si dicen la verdad nos corregiremos, y si no
nada nos toca su dicho».
15. Habiéndole injuriado de palabras una vez su mujer Jantipa, y
después arrojádole agua encima, respondió: «¿No dije yo que cuando
Jantipa tronaba ella llovería?» A Alcibíades, que le decía no era
tolerable la maledicencia de Jantipa, respondió: «Yo estoy tan
acostumbrado a ello como a oír a cada momento el estridor de la
polea; y tú también toleras los graznidos de los ánsares».
Replicando Alcibíades que los ánsares le ponían huevos y educaban
otros ánsares, le dijo: «También a mí me pare hijos Jantipa».
Quitóle ésta en una ocasión el palio en el foro, y como los
familiares instasen a Sócrates a que castigase la injuria, respondió:
«Pardiez, que sería una bella cosa que nosotros riñésemos y
vosotros clamaseis: No más Sócrates, no
más Jantipa». Decía que
«con la mujer áspera se debe tratar como hacen con los caballos
falsos y mal seguros los que los manejan; pues así como éstos,
habiéndolos domado, usan con más facilidad de los leales, así
también yo después de sufrir a Jantipa me es más fácil el comercio
con todas las demás gentes».
16. Estas y otras muchas cosas que decía y ejecutaba fueron causa de
que la pitonisa testificase de él tan ventajosamente, dando a
Querefón aquel oráculo tan sabido de todos:
Sócrates es el sabio entre los
hombres.
Esto excitó contra él la envidia de muchos que se tenían también por
sabios, infiriendo que el oráculo los declaraba ignorantes. Meleto
y Ánito eran de éstos, como dice Platón en el diálogo Memnón. No
podía Ánito sufrir que Sócrates se burlase de él, e incitó primeramente
a Aristófanes contra él; después indujo a Meleto a que lo
acusase de impío y corrompedor de la juventud. En efecto, Meleto
lo acusó y dio la sentencia Polieucto, según dice Favorino en su
Historia varia. Escribió la disertación acusatoria (101) el sofista Polícrates,
como refiere Hermipo, o bien Ánito, según otros afirman; pero el
orador Licón lo ordenó todo. Antístenes en las Sucesiones de
los filósofos y Platón en la Apología dicen que los
acusadores
de Sócrates fueron tres, a saber: Ánito, Licón y Meleto. Que Ánito instaba en nombre de los artesanos
y magistrados del pueblo; Licón por parte de los oradores, y Meleto por la de los poetas, a todos los cuales había reprendido
Sócrates. Favorino en el libro II de sus Comentarios dice que no
es de Polícrates la disertación contra Sócrates, puesto que en ella se hace mención de los
muros de Atenas que restauró Conón; lo cual fue seis años después de la muerte de
Sócrates, y así
es la verdad.
17. La acusación jurada que,
según Favorino, todavía se conserva
en el Metroo (102), fue como sigue: «Meleto Piteense, hijo de
Meleto, acusa a Sócrates Alopecense, hijo de Sofronisco, de los
delitos siguientes: Sócrates quebranta las leyes negando la
existencia de los dioses que la ciudad tiene recibidos e
introduciendo otros nuevos; y obra contra las mismas leyes
corrompiendo la juventud. La pena debida es la muerte».
18. Habiéndole leído Lisias una apología que había escrito en su
defensa, respondió: «La pieza es buena, Lisias; pero no me conviene a
mí» (103). Efectivamente, era más una defensa jurídica que
filosófica (104). Preguntándole, pues, Lisias por qué no le convenía
la disertación, supuesto que era buena, respondió: «¿Pues no puede
haber vestidos y calzares ricos, y a mí no venirme bien?» Justo Tiberiense cuenta en su
Crónica que cuando se ventilaba la causa de
Sócrates subió Platón al púlpito del tribunal, y que habiendo
empezado a decir así: «Siendo yo, oh atenienses, el más joven de los
que a este lugar subieron ... », fue interrumpido por los jueces,
diciendo: «Bajaron, bajaron»; significándole por esto que bajase de
allí. Fue, pues, condenado por 281 votos más de
los que lo absolvían; y estando deliberando los jueces sobre si
convenía más quitarle la vida o imponerle multa,
Sócrates dijo daría
veinticinco dracmas. Eubúlides dice que prometió cien. Pero
viendo desacordes y alborotados a los jueces, añadió: «Yo juzgo que
la pena a que debo ser condenado por mis operaciones es que se me
mantenga del público en el Pritaneo» (105). Oído lo cual, se
agregaron ochenta votos a los primeros y lo condenaron a muerte. Prendiéronlo luego, y no muchos días después bebió la cicuta,
tras acabar un sabio y elocuente discurso que recuerda Platón en su
Fedón.
19. Hay quien le atribuye un himno a Apolo, que empieza:
Yo os saludo, Apolo Delio
y Diana, ilustres niños.
Pero Dionisiodoro dice que este himno no es suyo.
Compuso una fábula como las de Esopo, no muy elegante, que empieza:
Dijo una vez Isopo a los corintios la virtud no juzgasen
por la persuasión y voz del pueblo.
Éste fue el fin de Sócrates; pero los atenienses
se arrepintieron en tal grado, que cerraron las palestras y
gimnasios. Desterraron a algunos, y sentenciaron a muerte a Meleto.
Honraron a Sócrates con una estatua de bronce que hizo Lisipo, y la
colocaron en el Pompeyo (106). Los de Heraclea echaron de la ciudad
a Ánito el mismo día
en que llegó.
20. No fue sólo con Sócrates con quien los atenienses se portaron así,
sino también con otros muchos, pues multaron a Homero con cincuenta
dracmas, teniéndolo por loco. A Tirteo lo llamaron demente, y lo
mismo a Astídamante, imitador de Esquilo, habiéndolo antes honrado
con una estatua de bronce. Eurípides en su Palamedes también objeta
a los atenienses la muerte de Sócrates, diciendo:
Matasteis, sí, matasteis al más sabio,
a la más dulce musa,
que a nadie fue molesta ni dañosa.
Esto es así, aunque Filicoro dice que Eurípides murió antes que
Sócrates. Nació
Sócrates, según Apolodoro en sus Crónicas, siendo
arconte Apsefión, el año cuarto de la Olimpíada LXXVII, a 6 de
Targelión (107), en cuyo día los atenienses lustran la ciudad, y
dicen los delios que nació Diana. Murió el año primero de la Olimpíada XCV,
a los setenta años de su edad. Lo mismo dice Demetrio; pero aseguran
otros que murió de sesenta años. Ambos fueron discípulos de
Anaxágoras, Sócrates y Eurípides. Nació éste siendo arconte Calias,
el año primero de la Olimpíada LXXV.
21. Pienso que Sócrates trató también de las cosas naturales, puesto
que dice algo de la providencia, según escribe Jenofonte; aunque él
mismo asegura que sólo disputó de lo perteneciente a la moral.
Cuando Platón en su Apología hace memoria de Anaxágoras y otros
físicos, dice de éstos muchas cosas que Sócrates niega, siendo así
que todas las suyas las atribuye a Sócrates. Refiere Aristóteles que
cierto mago venido de Siria a Atenas reprobó muchas cosas de
Sócrates, y le predijo moriría de muerte violenta. El epitafio mío a
Sócrates es el siguiente:
Tú bebes con los dioses, oh Sócrates, ahora.
Sabio te llamó Dios, que es sólo el sabio. Y si los atenienses
la cicuta te dieron, brevemente se la bebieron ellos por tu boca.
22. Aristóteles dice en el libro II de su
Poética que Sócrates
tuvo disputas con cierto Antióloco de Lemnos y con Anfitrón,
intérprete de portentos, al modo que Pitágoras las tuvo con Cidón y
con Onata. Sagaris fue émulo de Homero cuando todavía vivía, y
después de muerto lo fue Jenofonte Colofonio. Píndaro tuvo sus
contenciones con Anfimenes Coo; Tales con Ferecides; Biante con
Salaro Prieneo; Pítaco con Antiménides y con Alceo; Anaxágoras con
Sosibio; y Simónides con Timocreón.
23. De los sucesores de Sócrates, llamados socráticos, los
principales fueron Platón, Jenofonte y Antístenes. De los que
llaman los diez, fueron cuatro los más ilustres, a saber: Esquines, Fenón, Euclides y Aristipo. Trataremos primero de Jenofonte. De
Antístenes hablaremos entre los cínicos. Luego de los socráticos, y
en último lugar de Platón, que es el jefe de las diez sectas e
instituidor de la primera Academia. Este será el orden que
guardaremos.
24. Hubo otro Sócrates historiador, que describió con exactitud la
región argólica. Otro peripatético, natural de Bitinia. Otro poeta
epigramático. Y otro natural de Coo, escritor de los sobrenombres
de los dioses.
__________
(88) La frase griega es: «Los Frigios es nuevo drama de Eurípides, a quien
Sócrates puso la leña debajo.»
(89) Οϋ χαϊ παιδιχά γενέυθαι.
(90) Es la fortaleza o alcázar de Atenas, tan celebrada en toda la antigüedad;
y de cuya magnificencia todavía conserva vestigios.
(91) Estos treinta pretores fueron creados en la Olimpiada XCIV, cuyo poder
al principio no se extendía a más que a elegir el Senado; pero después
pasaron a tiranizar a Atenas. Muchos autores griegos, cuando los nombran, no
dicen más que los treinta.
(92) Aristófanes en sus Nubes, v. 115.
(93) Πυθώδε, o Πυθώθε, es adverbio que significa Delphis, en Delfos.
(94) Véase sobre esto Ateneo, lib. XIII, poco después del principio.
(95) La frase griega es: ένθεσν αχέμψε , lo volvió divino, o deificado:
ένδεος significa aquél en que está Dios.
(96) Como suele estimarse un ave rara y peregrina por la vista y aun por el
sabor. - Kuhnio.
(97) Véase EIiano, lib. X, cap. XVI de su Varia historia, y Valerio Máximo,
lib. VIII, cap. VIII, De otio laudato.
(98) Es decir, que esta disciplina y las demás deben encaminarse a la recta
moral y justicia en los tratos; mas no quedarse en meras especulaciones, que las
más veces son inútiles.
(99) φαύλος, malos, perversos,
ímprobos, destemplados, malignos, imprudentes, ignorantes, etc.
(100) Tetradracma o tetradracmo era la cuarta parte de un dracma, y
vendría a valer unos cuatro cuartos nuestros o medio real.
(101) La oración acusatoria.
(102) Era un templo de Atenas, dedicado a la Gran Madre de los dioses. Podrá
verse acerca de él Juan Meursio.
(103) Véanse Cicerón, lib. I, De oratore; Valerio Máximo, 6, 4,
número 2, in extern.
(104) Esto es, se reducía toda a súplicas y ruegos, confesando
haber errado en la doctrina, proponiendo enmendarse o retractarse de ello,
dando la razón a los acusadores, etc.
(105) El Pritaneo era un edificio ilustre y suntuoso en el alcázar de Atenas,
en el cual no sólo se juntaba el Senado cuando quería, sino que también eran
allí mantenidos por la patria los que le habían hecho algún servicio
señalado.
(106) El Pompeyo era en Atenas un edificio público donde se guardaban las
cosas para las pompas, funciones y festividades de la república. Había
también allí estatuas de varones ilustres.
(107) Era el mes de abril.
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