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VIDAS, OPINIONES Y SENTENCIAS DE LOS FILÓSOFOS MÁS ILUSTRES

Diógenes Laercio - Índice general



 

Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres                            PLATÓN - Libro Tercero

 

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PLATÓN (1) (2) (3) (4) (5) (6) (7) (8)

(vida de Platón)

Vida de Platón
10. Platón en su sentir sobre las ideas dice: «Que habiendo memoria, las ideas permanecen en los que las tienen, puesto que la memoria lo es de cosa quieta y permanente; y que nada permanece sino las ideas. Porque, ¿cómo, dice Platón, habían los animales de atender a su conservación, si no hubiesen recibido la idea y el instinto natural? Hace mención de la Semejanza y del alimento acostumbrado, demostrando que todos los animales tienen una idea innata de la Semejanza, por la cual sienten las cosas que son de una misma especie». ¿Y qué dice acerca de esto Epicarmo?

 

Oh Eumeo, no imagines
que la sapiencia exista en uno solo:
antes todo viviente
tiene conocimiento o advertencia.
La gallina no pare, si lo notas,
sus polluelos con vida;
sino que fomentando con su cuerpo
los huevos, los anima.
Este saber es sólo conocido
de la Naturaleza que la instruye.

Y después:

No hay que admirarse que esto yo así diga;
ni de que los polluelos ya nacidos
a sus madres agraden,
y hermosos les parezcan;
pues también hermosísimo parece
a un perro un otro perro; un buey a otro;
el asno al otro asno; el cerdo al cerdo.

Estas cosas y otras semejantes escribe Alcimo en sus cuatro libros, indicando lo que Platón se aprovechó de Epicarmo. Y que el mismo Epicarmo no ignoraba su saber, puede notarse de que dice, como vaticinando que tendría quien le imitaría:

Pues como yo imagino,
o por mejor decir, lo estoy ya viendo,
tiempos vendrán en que estas mis palabras
anden en la memoria de los hombres:
habrá quien de estos versos haga prosa;
y engalanando el todo variamente
con púrpura y ornato,
se hará invencible superando a todos.

11. También parece fue Platón quien llevó a Atenas los libros de Sofrón, poeta cómico, hasta entonces poco estimados; que sacó de ellos su moral, y los hallaron bajo de su cabeza (203). Navegó tires veces a Sicilia: la primera a fin de ver la isla y observar el Etna, en cuya ocasión, siendo tirano de la misma Dionisio, hijo de Hermócrates, lo coartó a que comunicase con él. Habiendo, pues, entonces Platón hablado sobre la tiranía, y díchole que «no era lo mejor aquello que era conveniente a él solo, si no se conformaba con la virtud»; enojado Dionisio, le dijo: «Tus razones saben a chochez». «Y las tuyas a tiranía», respondió Platón. Indignado de esto el tirano, quiso quitarle la vida. No lo ejecutó, habiendo intercedido por él Dión y Aristómenes; pero lo entregó a Polido Lacedemonio (que entonces era allí embajador) para que lo vendiese; el cual se lo llevó y lo vendió en Egina. Acusólo a la sazón como reo de muerte Carmandro, hijo de Carmandrides, al tenor de la ley que habían puesto de que muriese sin esperar sentencia de juez el primer ateniense que entrase en la isla; la cual ley les había puesto él mismo (204), como dice Favorino en su Varia historia. Pero como uno dijese por chanza que el que había entrado era filósofo, le dieron libertad.

12. Otros dicen que fue llevado al tribunal; y como lo viesen que nada decía en su defensa y que estaba pronto a recibir cualquiera suerte que le tocase, no lo juzgaron digno de muerte, y determinaron venderlo por esclavo. Redimiólo Anníceris (205) Cireneo, que se halló allí casualmente, por el precio de veinte minas o, según algunos, de treinta; y lo envió a Atenas a sus amigos. Remitiéronle éstos luego el coste del rescate; pero Anníceris no lo recibió, diciéndoles que «no eran ellos solos los que tenían cuidado de Platón». Otros afirman que Dión fue quien envió el dinero, y que no lo quiso recibir sino que compró para él un huertecillo en la Academia. Dícese, además, que Polido fue vencido por Chabrias y después sumergido en el mar de Hélice, perseguido del Genio (206) en venganza del filósofo, como lo dice Favorino en el libro I de sus Comentarios. Ni aun Dionisio pudo quietarse habiéndolo sabido; y escribió a Platón diciéndole no hablase mal de él; a lo que respondió que «no tenía tanto ocio que se acordase de Dionisio».

13. La segunda vez que pasó a Sicilia fue para pedir a Dionisio el joven tierra y hombres que viviesen según la república que él había ordenado; si bien éste, aunque se lo prometió, no llegó a cumplirlo. Algunos dicen que corrió gran riesgo por la sospecha de haber inducido a Dión y a Teotas a que libertasen la isla; pero Arquitas Pitagórico lo defendió por una carta que escribió a Dionisio y lo salvó, enviándolo a Atenas. La carta es ésta:

«ARQUITAS A DIONISIO: SALUD

»Todos los amigos de Platón enviamos a Lamisco y a Fotidas a fin de que les entregues, como se ha estipulado, aquel varón. Bien lo ejecutarás si te acordares de la diligencia con que nos pediste a todos la ida de Platón a ti; que lo exhortásemos al viaje, prometiéndole que tú lo recibirías dignamente, y le permitirías quedarse o volverse libremente. Acuérdate también de lo mucho que apreciaste este su viaje, y de que lo amaste desde entonces cual a ninguno de los otros que están contigo. Y si se ha movido entre vosotros alguna rencilla, conviene obres con humanidad, y nos lo envíes sin daño alguno. Haciendo esto, obrarás con justicia y nos harás cosa grata».

14. Pasó tercera vez a Sicilia a fin de reconciliar a Dión con Dionisio; mas no consiguiéndolo, se los dejó, y se volvió a la patria. Nunca quiso entrar en el gobierno de la república, por más inteligente que era en gobernar, como consta de sus escritos. La causa que tuvo fue que el pueblo estaba imbuido de costumbres muy diversas. Dice Pánfila en el libro XXV de sus Comentarios que, habiendo los arcades y tebanos edificado Megalópolis, lo llamaron para que les viniese a poner leyes; pero como supiese que no querían igualdad (207), no quiso pasar a ella. Dicen que siguió a Chabrias cuando este general huyó de Atenas, habiendo sido condenado a muerte; lo cual no se atrevió a hacer ningún otro ciudadano. Cuando con Chabrias subía al alcázar, ocurriéndole el sicofanta Cleobulo, le dijo: «Tú vienes aquí en auxilio de otro. ¿Sabes que todavía queda para ti de la cicuta de Sócrates?» A que respondió: «Cuando por la patria seguí la milicia me expuse a los peligros: ahora sufriré cuanto convenga por un amigo».

 

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(203) Entiéndese cuando murió, como dicen Valerio Máximo, Quintiliano, Hesiquio y otros; bien que Suidas afirma que solía tenerlos debajo de la cabeza cuando dormía.
(204) El mismo Carmandro acusador.
(205) Véase la nota 132 a la vida de Aristipo.
(206) τνύ δαιμονίον μηνίσαντος άντώ, dœmonio eum persecuente.
(207) El gobierno de iguales, o digamos republicano.

 

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