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Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres EPICURO - Libro
Décimo
EPICURO (1)
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(7)
(8) (9) (10)
(11)
(12)
(epístolas de Epicuro)
57. Esta es su carta sobre la naturaleza; la de los meteoros es la siguiente:
«EPICURO A PITOCLES: GOZARSE
»Diome Cleón tu carta, por la cual vi permaneces en tu benevolencia para
conmigo, digna por cierto del amor que yo te profeso, y que no sin inteligencia
procurabas introducirte en asuntos tocantes a la vida feliz. Pedísteme te
enviase un compendio de los meteoros, escrito con buen estilo y método para
aprenderlo fácilmente, ya que los demás escritos míos dices son arduos de
conservar en la memoria, por más que uno los estudie de continuo. Abracé
gustosamente tus ruegos, y quedé sorprendido con gratísimas esperanzas. Así,
habiendo escrito ya todas las otras cosas, concluí también el tratado que
deseas, útil sin duda a otros muchos, principalmente a los que poco ha
comenzaron a gustar de la genuina fisiología, y a los que se hallan en la
profunda ocupación de negocios encíclicos (742) y continuos. Recibe, pues,
atentamente estos preceptos, y recórrelos con cuidado tomándolos de memoria,
junto con los demás que en un breve compendio envié a Herodoto.
58. »Primeramente se ha de saber que el fin en el conocimiento de los meteoros
(ya se llamen conexos, ya absolutos) no es otro que el librarnos de
perturbaciones, y con la mayor seguridad y satisfacción, al modo que en otras
cosas. Ni en lo imposible se ha de gastar la fuerza,
ni tener consideración igual en todas las cosas, o a los discursos escritos
acerca de la vida o a las interpretaciones de otros problemas físicos,
v.gr., que el universo es cuerpo y naturaleza intocable, o que el
principio son los átomos, y otras cosas así, que tiene única conformidad con las
que vemos, lo cual no sucede en los meteoros. Pero éstos tienen muchas causas
de donde provengan, y un predicado de sustancia cónsono a los sentidos. Ni se ha
de hablar de la naturaleza según axiomas y legislaciones nuevas, sino
establecerlos sobre los fenómenos; pues nuestra vida no ha menester razones privadas o propias,
ni menos gloria vana, sino pasarla tranquilamente.
59. »Todo, pues, en todos los meteoros se hace constantemente de diversos
modos, examinado concordemente por los fenómenos, cuando uno deja
advertidamente lo probable que de ellos se dice. Cuando uno, pues, deja esto y
desecha aquello que es igualmente conforme a lo que se ve, claro es que cayendo
de todo el conocimiento de la naturaleza, se ha difundido en la fábula. Conviene
tomar algunas señales de lo que se perfecciona en los meteoros, y algunas
también de los fenómenos que se hacen en nosotros, que se observan y que
realmente existen, y no las que aparecen en los meteoros (743), pues no se
puede recibir se hagan esas cosas de muchos modos. Debe, no obstante, separarse
cualquiera imagen o fantasma y dividirlo con sus adherentes; lo cual no se
opone a las cosas que, acaecidas en nosotros, se perfeccionan de varios modos.
60. »El mundo es un complejo que abraza el cielo, los astros, la tierra y todo
cuanto aparece, el cual es una parte del infinito, y termina en límite raro o
denso; disuelto éste, todo cuanto hay en él se confunde. O bien que termina en
lo girado (744) o en lo estable, por circunscripción redonda (745);
triangular o cualquiera otra; pues todas las admite cuando no hay fenómeno que
repugne a este dicho mundo, en el cual no podemos comprender término. Que estos
mundos sean infinitos en número puede comprenderse con el entendimiento, y que
un tal mundo puede hacerse ya en el mundo mismo, ya en el intermedio (así
llamo al intervalo entre los mundos) en lugar de muchos vacuos, y no en grande,
limpio y sin vacuo, como dicen algunos. Quieren haya
ciertas semillas aptas, procedidas de un mundo, de un intermundio, o bien de muchas, las cuales poco a poco
reciben aumento, coordinación y mutación de sitio si
así acontece, y que son idóneamente regadas por algunas
cosas hasta su perfección y permanencia, en cuanto
los fundamentos supuestos son capaces de tal admisión.
No sólo es necesario se haga concreción y vórtice en
aquel vacuo en que dicen se debe formar el mundo por
necesidad, según opinan, y que se aumenta hasta dar
con otro, como afirma uno de los que se llaman físicos;
pero esto es repugnante a lo que vemos.
61. »El sol, la luna y demás astros no hechos según
sí mismos (746), después fueron recibidos del mundo.
Asimismo la tierra y el mar y todos los animales que
luego se iban plasmando y recibían incremento según
las uniones y movimientos de ciertas pequeñas naturalezas,
o llenas de aire o de fuego, o de ambos. Así
persuade estas cosas el sentido. La magnitud del sol y
demás astros, en cuanto a nosotros, es tanta cuanta
aparece (747). [Esto también lo trae en el libro II De la
Naturaleza; porque si perdiese, dice, por la gran distancia,
mucho más perdería el calor; y que para el sol
no hay distancia más proporcionada que la que tiene,
en cuanto a él, sea mayor, sea algo menor o sea igual
a la que se ve.] De la misma suerte nosotros un fuego
que vemos de lejos, por el sentido lo vemos. Y en suma,
toda instancia en esta parte la disolverá fácilmente
quien atienda a las evidencias, según demostraremos en
los libros De la Naturaleza.
62. »El orto y ocaso del sol, luna y demás astros
pueden hacerse por encendimiento y extinción (748) si
tal fuese su estado, y aun de otros modos, según lo antedicho,
pues nada de lo que vemos se opone. Pudiera
igualmente ejecutarse por aparición sobre la tierra, y
por ocultación, como también se ha dicho, pues tampoco
se opone fenómeno alguno. El movimiento de estos astros
no es imposible se haga por el movimiento de todo el
cielo; o bien que estando éste quieto, y moviéndose aquéllos,
por necesidad que se les impusiese al principio en
la generación del mundo, salen del oriente, y luego por
el calor y voracidad del pábulo ígneo, van siempre adelante
a los demás parajes. Los regresos del sol y luna es
admisible se hagan según
la oblicuidad del cielo, así acortado por los tiempos; por el ímpetu del aire, o por
causa de la materia
dispuesta que siempre tiene consigo,
de la cual una parte se
inflama y la otra queda sin inflamarse; o bien desde el
principio este movimiento envuelve y arrebata consigo
dichos astros para que hagan su giro. Todo esto puede
ser así, o semejantemente; ni hay cosa manifiesta que se
oponga, con tal que estando uno firme siempre en estas
partes en cuanto sea posible, pueda concordar cada cosa de
éstas con los fenómenos, sin temer los artificios
serviles de los astrólogos.
63. »Los menguantes y crecientes de la luna pueden
hacerse ya por vuelta de este cuerpo, ya por una semejante configuración del
aire, o por anteposición de alguna cosa, o bien por todos
los modos que, según los fenómenos que vemos,
conducen a semejantes efectos. Si ya no que alguno, eligiendo uno
solamente, deje los otros; y no considerando qué cosa es
posible vea el hombre, y qué imposible, desee por
esto ver imposibles. Más: es dable que la luna tenga
luz propia, y dable la reciba del sol; pues entre
nosotros se ven muchas cosas que la tienen propia, y
muchas que de otros. Y nada impide que de los fenómenos que
hay en los meteoros, teniéndolos de muchos modos en
la memoria, penetre uno sus consecuencias, y juntamente
sus causas, no atendiendo a tales inconsecuencias
que suelen correr diversamente en aquel único modo.
64. »La aparición, pues,
de la fase en ella puede hacerse por mutación de
partes, por sobreposición, y por todos los modos que se
viere convienen con los fenómenos. Ni es menester añadir que en todos los
meteoros se ha de proceder así, pues si
procedemos con repugnancia a las cosas claras,
nunca podremos alcanzar la tranquilidad legítima. Los
eclipses de sol y luna pueden hacerse por extinción, como
vemos se hace esto entre nosotros, y también por
interposición de algunos otros cuerpos, o de la tierra o
del cielo, o cosa semejante. Así se han de considerar
mutuamente los modos congruentes y propios, y juntamente, que
las concreciones de algunas cosas no son imposibles.
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(742) Εγχνλίων, continuos, que circulan.
(743) Aunque por no apartarme de la inteligencia común de este período (acaso corrupto en parte)
lo traduzco literalmente,
tengo por muy probable que Laercio quiso decir que conviene tomar algunas señales de las cosas que se hacen en los meteoros,
para irlas aplicando a los fenómenos ya conocidos, y por éstos indagar aquéllos. Otras muchas veces inculca este mismo precepto.
(744) Περιαγουένψ, como si dijera circungirado.
(745) στρογγϋλλην.
(746) Οδ χαΟ΄ άότά γενόμενα.
(747) Pedro Gasendo procura defender a su Epicuro a toda costa, acomodando el texto a su sistema por medio de infinitas
mutaciones, que pocos sabios admitirán. En el presente lugar, por lo menos, no tiene Epicuro defensa alguna. Cicerón dice:
Epicurus in physicis totus est alienus.
(748) Como quien encendiese una vela por la mañana y la apagase a la noche.
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