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Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres EPICURO - Libro
Décimo
EPICURO (1)
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(11)
(12)
(opiniones de Epicuro)
44. También se ha de tener por cierto que el alma tiene
mucha causa en el sentido; pero no la tendría si en cierto modo no la cubriese
todo lo demás del concreto. Y aunque este resto del concreto le prepara esta
causa, y es partícipe del evento mismo, no lo es, sin embargo, de todos los
que ella posee; por lo cual, apartándosele el alma, ya no tiene sentido, pues
él no participa en sí de aquella virtud, sino que la naturaleza la preparó al
otro, como engendrado con él: lo cual, ejecutándolo por una virtud perfecta
para con él y consumándolo luego según el movimiento sensible sobrevenido,
lo comunica por un influjo común y simpatía, como dije. Así, aun coexistiendo
el alma, quitada alguna otra parte, nunca queda el sentido entero (736): como
también ésta parecería juntamente disolviéndose quien la cubre, ya sea todo,
ya sea alguna parte en quien resida la agudeza y eficacia del sentido. Lo
restante del concreto o masa que queda, sea unido, sea por partes,
no tiene sentido separada del alma; pues a la naturaleza de ésta
pertenece una gran multitud de átomos. Y así, disuelta la concreción,
se esparce y difunde el alma, y no tiene ya las mismas fuerzas, ni se
mueve. Tampoco le queda el sentido, porque no
se puede entender que ella sienta si no es
usando dichos movimientos en este compuesto, cuando
lo que la cubre y contiene no es tal cual es aquello
en que existiendo tiene dichos movimientos.
45. [Todavía dice esto mismo en otros lugares; y que el alma
se compone de átomos sumamente lisos y redondos (737), muy
diferentes de los del fuego: y que lo que está esparcido por lo
demás del cuerpo es la parte irracional de ella; pero que la parte
racional es la que reside en el pecho, como se manifiesta por el miedo
y por el gozo. Que el sueño se hace cuando por el trabajo padecen las
partes del alma difundidas por toda la masa corpórea, por ser retenidas o
por divagar, y luego caen unidas con las divagantes. Que el esperma se recoge de
todos los cuerpos (738); y conviene notar que no es incorpóreo, pues lo dice
según la frecuencia del nombre, y no de lo primero que de él se entiende. Según él,
no es inteligible lo incorpóreo sino en el vacuo. Este vacuo ni puede hacer
ni padecer; sino que por sí solo da movimiento a los cuerpos. Así, los que
dicen que el alma es incorpórea, deliran; pues si fuera tal, no podría hacer ni
padecer; pero nosotros vemos prácticamente en el alma ambos efectos.]
46. »Quien refiera a las pasiones y sentidos estos raciocinios acerca del
alma, y tenga presente lo que dijimos al principio, entenderá bastante estar
todo comprendido en los tiempos, de manera que pueda explicarse
por partes con toda seguridad y firmeza. Lo mismo se ha de decir de las
figuras, los colores, las magnitudes, las gravedades y demás cosas predicadas
de los cuerpos como propias de ellos y existentes en todos, a lo menos en los
visibles o en los conocidos por los sentidos y que por sí mismos no son
naturalezas. Esto no puede entenderse ni como lo no existente, ni como
algunas cosas incorpóreas existentes en el cuerpo, ni como partículas de
éste, sino como todo el cuerpo que tiene universalmente naturaleza eterna
compuesta de todas estas cosas, ni puede ser conducido sin ellas: como cuando
de los mismos corpúsculos se forma una masa o concreción mayor, sea de los
primeros, o de magnitudes del todo, pero en algo menores, sino sólo, como digo,
que tiene de todos ellos su naturaleza eterna. También se ha de saber que
todas estas cosas tienen sus propias adiciones e intermisiones, pero
siguiéndole la concreción, y no separándosele nunca, sino aquella que,
según la inteligencia concreta del cuerpo, recibe
el predicado. También acontece muchas veces a los cuerpos el seguírseles lo que
no es eterno ni incorpóreo aun en las cosas invisibles. De manera que, usando
de este nombre según la común acepción, manifestamos que los accidentes ni
tienen la naturaleza del todo a la cual llamamos cuerpo, tomada en
concreto, ni la de los que perpetuamente le siguen, sin los cuales no puede
imaginarse cuerpo. Pero según ciertas adiciones, siguiéndose el concreto,
nombramos cada cosa; y a veces la contemplamos cuando acaece cada una, aun no
siguiéndose perpetuamente todos los accidentes.
47. »Ni esta perspicuidad o evidencia se ha de expeler del ente, porque no
tiene la naturaleza del todo, a quien sobreviene algo, que también llamamos
cuerpo; ni la de los que siguen eternamente, ni la de lo que se cree subsistir
por sí mismo. Esto no se ha de entender acerca de dichas cosas, ni de las que
suceden eternamente: sino que aun los accidentes se han de tener todos por
cuerpos según aparecen, y no perpetuamente adjuntos o siguientes: ni tampoco
que tengan por si mismos orden de naturaleza o sustancia, sino que se ven
conforme al modo que da el mismo sentido.
48. »También se debe considerar mucho que no se ha de inquirir el tiempo como
inquirimos las demás cosas en el sujeto, refiriéndonos a las anticipaciones
(739) que se ven en nosotros, sino que se ha de raciocinar por el mismo efecto,
según el cual pronunciamos, mucho tiempo o poco tiempo, teniendo esto y usándolo
innata o congénitamente. Ni se han de ir cazando en esto ciertas locuciones
como a más hermosas, sino usar las que hay establecidas acerca de ello. Ni
predicar de él ninguna otra cosa como que es consustancial al idioma mismo.
Algunos lo ejecutan así; pero yo quiero se colija que aquí sólo recogemos y
medimos lo que es propio de nuestro asunto; y esto no necesita demostración,
sino reflexión, pues a los días y a las noches, y aun a sus partes, añadimos
tiempo. Lo mismo hacemos en las pasiones, en las tranquilidades, movimientos y
reparos, entendiendo de nuevo algún otro evento propio de ello acerca de estas
cosas, según el cual nombramos el tiempo. [Esto lo dice
también en el libro II De la naturaleza y en el Epítome grande.]
49. [Después de lo referido sigue diciendo: que se ha de creer que los mundos
fueron engendrados del infinito, según toda concreción finita semejante en
densidad a las que vemos, siendo todas éstas discretas y separadas por sus
propias revoluciones mayores y menores; y que luego vuelvan a disolverse todas,
unas con brevedad, otras con lentitud, padeciendo esto unas por éstas, y otros por aquéllas. Es,
pues, constante que dice ser los mundos corruptibles, puesto que se mudan sus
partes. Y en otros lugares dice que la tierra está sentada sobre el aire (740).
Que no se debe juzgar que los mundos necesariamente tienen una misma figura;
antes que son diferentes lo dice en el libro XII tratando de esto, a saber: que
unos son esféricos, otros elípticos, y otros de otras varias figuras; pero, no
obstante, no las admite todas.]
50. »Tampoco los animales procedieron del infinito, porque nadie demostrará cómo
se recibieron en este mundo tales semillas de que constan los animales, las
plantas y todas las demás cosas que vemos, pues esto no pudo ser allá, y se
nutrieron del modo mismo. De la misma forma se ha de discurrir acerca de la
tierra. Se ha de opinar asimismo que la naturaleza de los hombres fue
instruida y coartada en muchas y varias cosas por aquellos mismos objetos que la
circundan, y que sobreviniendo a esto el raciocinio, extendió más aquellas
nociones, aprovechando en unas más presto y en otras más tarde, pues unas cosas
se hallan en períodos y tiempos largos desde el infinito, y otras en cortos.
Así, los nombres al principio no fueron positivos, sino que las mismas
naturalezas de los hombres teniendo en cada nación sus pasiones propias y
propias imaginaciones, despiden de su modo en cada una el aire según sus
pasiones e imágenes concebidas, y al tenor de la variedad de gentes y lugares.
Después generalmente fue cada nación poniendo nombres propios, para que los
significados fuesen entre ellos menos ambiguos y se explicasen con más brevedad.
Luego añadiendo algunas cosas antes no advertidas, fueron introduciendo ciertas
y determinadas voces, algunas de las cuales las pronunciaron por necesidad,
otras las admitieron con suficiente causa, interpretándolas por medio
del raciocinio.
51. »Respecto a los meteoros, el movimiento, el regreso (741), el eclipse, el
orto, el ocaso y otros de esta clase, no se ha de creer se hacen por ministerio,
orden y mandato de alguno que tenga al mismo tiempo toda bienaventuranza con la
inmortalidad, pues a la bienaventuranza no corresponden los negocios, las
solicitudes, las iras, los gustos, sino que estas cosas se hacen por la
enfermedad, miedo y necesidad de los que están contiguos. Ni menos unas
naturalezas ígneas y bienaventuradas querrían ponerse en giro tan arrebatado;
sino que el todo guarda aquel ornato y hermosura, puesto que, según los nombres,
todas las cosas son conducidas a semejantes nociones, y de ellas nada parece
repugna a aquella belleza, porque si no, causaría esta contrariedad gran
perturbación en las almas. Y así, se ha de opinar que esta violenta revolución
se hace según la que recibió al principio en la generación del mundo; y así
cumple exactamente por necesidad este período.
52. »Además, se ha de saber que es obra de la fisiología la diligente
exposición de las causas de las cosas principales, y que lo bienaventurado
incide en ella acerca del conocimiento de los meteoros, escudriñando con
diligencia qué naturalezas son las que se advierten en tales meteoros y cosas
congénitas. Igualmente que tales cosas o son de muchos modos, o en lo posible, o
de otra diversa manera; pero que simpliciter no hay en la naturaleza inmortal y
bienaventurada cosas que causen discordia o perturbación alguna. Y es fácil el
entendimiento conocer que esto es así. Lo que se dice acerca del ocaso, del
orto, del retroceso, del eclipse y otras cosas de este género, nada conduce
para la felicidad de la ciencia; y los que contemplan estas cosas tienen
semejantemente sus miedos, pero ni saben de qué naturaleza sean, ni cuáles las
principales causas, pues si las supiesen anticipadamente, acaso también sabrían
otras muchas, no pudiendo disolverse el miedo por la precognición de todo ello
según la economía de las cosas más importantes. Por lo cual son muchas las
causas que hallamos de los regresos, ocasos, ortos, eclipses y demás de este
modo, como también en las cosas particulares.
53. »Y no se ha de juzgar que la indagación sobre el uso de estas cosas no se
habrá emprendido con tanta diligencia cuanta pertenece a nuestra tranquilidad y
dicha. Así que, considerando bien de cuántas maneras se haga en nosotros la tal cosa, se
debe disputar sobre los meteoros y todo lo no explorado, despreciando a los que
pretenden que estas cosas se hacen de un solo modo; y ni añaden otros modos,
según la fantasía nacida de los intervalos, ni menos saben en quiénes no se
halle la tranquilidad. Juzgando, pues, que debe admitirse el que ello se hace de
tal modo, y de otros por quienes también hay tranquilidad, y enseñando que se
hace de muchos modos, como si viésemos que así se hace, estaremos tranquilos.
54. »Después de todo esto se debe considerar mucho que la principalísima
perturbación que se hace en los ánimos humanos consiste en que estas cosas se
tienen por bienaventuradas e incorruptibles, y que sus voluntades, operaciones
y causas son juntamente contrarias a ellas; en que los hombres esperan y
sospechan, creyendo en fábulas, un mal eterno; o en que, según esta
insensibilidad, temen algo en la muerte, como si quedase el alma en ellos, o
aun en que no discurren en estas cosas y padecen otras por cierta irracional
confianza. Así, los que no definen el daño, reciben igual o aun mayor
perturbación que los ligeros que tales cosas opinaban.
55. »La imperturbabilidad o tranquilidad consiste en que, apartándonos de todas
estas cosas, tengamos continua memoria de las cosas universales y
principalísimas. Así, debemos atender a las presentes y a los sentidos, en
común a las comunes, en particular a las particulares, y a toda la evidencia
del criterio en el juicio de cada cosa. Si atendemos a esto, hallaremos
ciertamente las causas de que procede la turbación y el miedo, y las
disiparemos; como también las causas de los meteoros y demás cosas que de
continuo suceden y que los hombres temen en extremo.
56. »Esto es, en resumen, amigo Herodoto, lo que te pensé escribir en orden a la
naturaleza de todas las cosas. Su raciocinio va tan fundado, que si se retiene
con exactitud, creo que aunque no ponga uno el mayor
desvelo en entenderlo todo por partes, superará incomparablemente en
comprensión a los demás hombres; pues explicará por sí mismo y en particular
muchas cosas que yo trato aquí en general, aunque con exactitud; y
conservándolo todo en la memoria, se aprovechará de ello en muchas ocasiones. En
efecto, ello es tal, que los que ya hubiesen indagado bien las cosas en
particular o hubiesen entrado perfectamente en estos análisis, darán otros
muchos pasos adelante sobre toda la naturaleza; y los que todavía no hubiesen
llegado a perfeccionarse en ellas, o estudiasen esto sin voz viva que se lo explique, con sólo
que apliquen la mente a las cosas principales, no dejarán de caminar a la
tranquilidad de la vida.»
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(736) ΙΙαναισΟησία ponen Meibonio y Künhio, en lugar de άναισύησία que se leía comúnmente.
(737) στρογγυλωτάτων.
(738) De todos los corpúsculos de que el cuerpo humano consta.
(739) Προλήψεις, proenotiones, anticipationes.
(740) Lucrecio, lib. II, v. 601:
Æris in spatio magnam pendere docentes
tellurem...
(741) El regreso del sol desde los trópicos o solsticios.
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