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Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres EPICURO - Libro
Décimo
EPICURO (1)
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(9) (10)
(11)
(12)
(opiniones de Epicuro)

35. «Conviene, pues, juzgar que cuando entra alguna cosa externa en
nosotros, vemos sus formas y las percibimos con la mente. Ni las cosas externas
pueden descubrirnos su naturaleza, su color y su figura de otro modo que por el aire
que media entre nosotros y ellas; o bien por los rayos o por cualesquiera
emisiones o
efluvios que de nosotros parten a ellas. Así que nosotros vemos viniendo de las
cosas a nosotros ciertos tipos o imágenes de los colores y formas semejantes,
arregladas a una proporcionada magnitud, y entrándonos brevísimamente en la
vista o en el entendimiento. Después, cuando volvemos la fantasía por la misma
causa de uno y continuo, y conservamos la simpatía del sujeto según la
conmensurada fijación nacida de allí y de la plasmación de los átomos según la
profundidad en el sólido, y la imaginación que concebimos claramente por el
entendimiento, por los órganos sensorios, sean de forma, sean accidentes; ésta
es la forma del sólido, engendrada según la densidad sobrevenida, o sea el
vestigio remanente de la imagen.
36. »En lo que opinamos hay siempre falsedad y error
cuando por testimonio no se confirma o por testimonio se refuta: y no atestiguado
después según el movimiento que persevera en nosotros de la accesión fantástica
o imaginaria, por medio de cuya separación se comete el engaño. La semejanza
de los fantasmas recibidos como imágenes, ya sea en sueños, ya por cualesquiera
otras acepciones de la mente, ya por los demás sentidos, no estarían donde están,
ni se llamarían verdaderas si no fuesen algo, a saber, aquello a que nos dirigimos
o arrojamos. Ni habría error si no recibiésemos también algún otro movimiento en
nosotros mismos, unido sí, pero que tiene intervalo. Según este movimiento unido
(bien que con intervalo) a la accesión fantástica, si no se confirma con testimonio,
o si con testimonio se contradice, se hace la falsedad o mentira; pero si se confirma
con testimonio, o con testimonio no se refuta, se hace la verdad. Importa, pues,
mucho retener esta opinión, a fin de que ni se borren los criterios acerca de las
operaciones, ni el error confirmado igualmente lo perturbe todo.
37. »La audición se hace siendo llevado algún viento de voz
o de ruido que de algún modo prepare la pasión acústica o auditiva. Esta efusión
se esparce en partículas de igual mole, que conservan consigo cierta mutua
simpatía, unidad y virtud propia, la cual penetra hasta donde se envían o dirigen,
y por lo regular es causa de que el otro sienta o perciba. Pero si no, prepara
por lo menos lo externo solamente, pues sin dimanar de allí alguna simpatía,
ciertamente no se haría semejante percepción. Así que no conviene creer que es
el aire quien recibe la impresión de la voz (o de otras cosas) que viene,
pues sufrirá muchos defectos en el padecer esto por ella; sino que la percusión
que nos da la voz despedida se hace por ciertas partículas o moléculas de la
efusión aérea capaces de obrarla, la cual nos prepara la pasión acústica. Lo mismo
es del olfato que de la audición, pues nunca operaría esta pasión si no hubiera
ciertas moléculas dimanadas de las cosas conmensuradas a mover el órgano sensorio.
Algunas de ellas andan perturbada e inapropiadamente; otras ordenada y propiamente.
38. »Se ha de suponer que los átomos no traen cualidad
alguna de cuanto aparece, excepto la figura, gravedad, magnitud y
demás cosas que necesariamente se siguen a la figura (728), pues toda
cua1idad se muda; pero los átomos no se mudan, porque es preciso que en
las disoluciones de los concretos quede alguna cosa sólida e
indisoluble, la cual no se mude en lo que no es, ni de aquello que no es,
sino según la transposición en muchas, y en algunas según la accesión y
retrocesión. Así que es preciso que las inmutables sean incorruptibles y no
tengan naturaleza de cosa mudable, sino corpúsculos y figuraciones
propias. Es necesario, pues, que permanezcan. Y en las
cosas que en nosotros voluntariamente se transforman, se recibe la figura
que en ellos permanece; pero las cualidades que no están en lo que se muda
no quedan con ella, sino que de todo el cuerpo se aniquilan y destruyen.
Pueden, pues, las cosas que restan hacer suficientemente diversas concreciones,
ya que es preciso queden algunas cosas y no todas paren en el
no ser.
39. »No se ha de creer que en los átomos hay magnitud
absoluta (729), pues acaso lo que aparece podría atestiguar lo
contrario; sino que hay ciertas mutaciones el las magnitudes.
Siendo esto así, se podrá mejor dar razón de las cosas que se hacen según
las pasiones y sentidos. El tener los
átomos magnitud absoluta o sensible (730) de nada serviría a las diferencias
de las cualidades. Además, que si la tuvieran, los átomos se nos presentarían
visibles, lo cual no vemos acontezca, ni podemos concebir cómo pueda el átomo
hacerse visible. Añádase a esto que no se debe juzgar que en un cuerpo finito
haya infinitos corpúsculos y de cualquiera tamaño. Y así, no sólo se debe
quitar la sección o división en infinito de mayor en menor (a fin de no
debilitar todas las cosas, y luego nos veamos obligados con la comprensión a
extenderlas, como se hace con la comprensión de muchos corpúsculos agregados),
sino que ni se ha de tener por dable la transición de las cosas finitas en
infinitas, aun de mayor a menor. Ni tampoco luego que se dice que una cosa tiene
infinitos corpúsculos o de cualesquiera tamaños, se puede entender claramente
cómo esta magnitud puede ser también finita, pues cuando los corpúsculos
tienen cantidad cierta, es evidente que no son infinitos; y al contrario,
siendo ellos de magnitud determinada, lo sería también la magnitud misma, siendo
así que su extremidad es de tenuidad infinita (731). Y si esta extremidad no se
ve por sí misma, no hay modo de entender lo que desde ella se sigue; y
siguiendo así en adelante, será fuerza proceder en infinito con la mente.
40. »Débese también considerar en lo mínimo (732) que hay en el sentido, que ni
es tal como lo que tiene mutaciones, ni tampoco del todo desemejante, sino que
tiene algo de común con las digresiones; pero no tiene intervalo de partes. Y
cuando por la semejanza de comunión creemos haber comprendido algo de él,
prescindiendo de una y otra parte, precisamente hemos de incidir en igualdad.
Luego contemplamos estas cosas comenzando de lo primero; y no en sí mismo, ni
porque une partes a partes, sino en la propiedad de éstas, la cual mide sus
magnitudes, mucho las grandes y poco las pequeñas. Por esta analogía se ha de
juzgar el uso de la pequeñez o mínimo del átomo, pues consta que en pequeñez se
diferencia de lo que vemos por el sentido, pero usa de la misma analogía. Y
que el átomo tenga magnitud por dicha analogía lo hemos argüido, dándole
pequeñez solamente, excluyendo la longitud. Más: se ha de juzgar que las longitudes tienen
sus confines mínimos, pero no confusos, los cuales por sí mismos proporcionan
dimensión a los átomos mayores y menores, por la contemplación del raciocinio
en las cosas visibles; pues lo que tienen de común con los inmutables basta
para llegar a perfeccionar lo que son hasta entonces.
41. »La conducción unida (733) de los que tienen movimiento no puede hacerse; y
de lo infinito, sea supremo o ínfimo, no se ha de decir que está arriba o abajo, pues sabemos que si
lo que se entiende estar sobre la cabeza lo suponemos procedente en infinito,
nunca se nos manifestará; ni lo que está debajo de lo así entendido será
tampoco infinito a un mismo tiempo hacia arriba y hacia abajo, pues esto no
puede entenderse. Así que de la conducción o progreso en infinito sólo se ha de
concebir una hacia arriba y otra hacia abajo; aunque infinitas veces lo que
nosotros llevamos hacia lo que está sobre nuestra cabeza llega a los pies de
las cosas superiores, o bien a las cabezas de las inferiores lo que llevamos
hacia abajo. Con todo, el movimiento universal opuesto uno a otro se entiende
en infinito.
42. »Es también preciso tengan los átomos igual velocidad cuando son llevados
por el vacuo sin chocar con nadie (734), pues suponiendo que nada encuentran que
les obste, ni los graves corren más que los leves, ni los menores más que los
mayores, teniendo todos su conducto conmensurado o proporcionado (735), y no
hallando tampoco quien les impida ni el llevamiento o movimiento superior, ni
el oblicuo por los choques, ni el inferior por los pesos propios. En cuanto uno
retiene a otro, en tanto tendrá movimiento, unido a la mente e inteligencia,
mientras que nada se le oponga o extrínsecamente, o por el propio peso, o por
la fuerza del que choca. Aun las concreciones hechas no serán llevadas una más
velozmente que otra, siendo los átomos iguales en velocidad, por ser llevados a
un lugar mismo los átomos de tales concreciones, y en tiempo indivisible. Pero
si no van a un lugar mismo, irán en tiempo considerado por la razón, si son o no
frecuentes sus choques, hasta que la misma continuación del llevamiento los
sujete a los sentidos.
43. »Lo que opinan juntamente acerca de lo invisible, a saber,
que los tiempos que se han de considerar por la razón deben tener movimiento perenne,
no es verdadero en nuestro asunto, pues todo lo que se ve, o lo que por accesión
recibe la inteligencia, es verdadero. Después de todo esto conviene discurramos
del alma en orden a los sentidos y a las pasiones, pues así tendremos una solidísima
prueba de que el alma es cuerpo compuesto de partes tenuísimas, difundida por toda
la concreción o conglobación, pero muy semejante a espíritu, que tiene temperamento
cálido, de un modo parecido a éste, de otro modo parecido a aquél. En particular
recibe muchas mutaciones por la tenuidad de sus partes, y aun por las partes mismas;
pero ella tiene más simpatía con la concreción suya que con toda la restante.
Todo esto lo declaran las fuerzas del alma, las pasiones, los movimientos ligeros,
los pensamientos y demás cosas, las cuales, si nos fallan, morimos.
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(728) Meibonio dice que el color es una de éstas.
(729) Como en la nota 725.
(730) También aquí como en dicha nota 725.
(731) Lucrecio, lib. l, v. 593, dice:
Tum porro, quoniam extremum cujusque cacumen
corporis est aliquod nostri quod cernere sensus
jam nequeunt, id nimirum sine partibus extat,
et minima constat natura...
(732) Lucrecio, lib. I, v. 749:
Nec prorsum in rebus Minimum consistere quiequam:
Cum videamus id extremum cujusque cacumen
esse, quod ad sensus nostros Minimum esse videtur,
conjicere ut possis ex hoc, quod cernere non quis
extremum quod habent, Minimum consistere rebus.
(733) συμφόρησις, esto es, el llevarse consigo lo que es movido, a otro que no lo era.
(734) Lucrecio, lib. II, v. 238:
Omnia quapropter debent per inane quietum
aeque, ponderibus non aequis concita ferri.
(735) Lucrecio, lib. II, v. 397:
Singula per cujusque foramina permeare.
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