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Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres EPICURO - Libro
Décimo
EPICURO (1)
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(9) (10)
(11)
(12)
(epístolas de Epicuro)
«EPICURO A MENECEO: GOZARSE.
91. »Ni el joven dilate el filosofar, ni el viejo de
filosofar se fastidie; pues a nadie es intempestivo ni por muy joven ni por muy
anciano el solicitar la salud del ánimo. Y quien dice que o no ha llegado el
tiempo de filosofar, o ya ha pasado, es semejante a quien dice que no ha llegado el tiempo de
buscar la felicidad o ya ha pasado (759). Así, que deben filosofar
viejos y jóvenes: aquéllos para reflorecer en el bien a beneficio de los
nacidos; éstos para ser juntamente jóvenes y ancianos, careciendo del
miedo de las cosas futuras. Conviene, pues, cuidar de las cosas que producen
la felicidad, siendo así que con ella lo tenemos todo, y
no teniéndola, lo ejecutamos todo para conseguirla. Practica, por tanto, y
solicita las cosas que te he amonestado repetidas veces, teniendo por cierto
que los principios para vivir honestamente son éstos: primero,
que Dios es animal inmortal y bienaventurado, según suscribe de Dios la común
inteligencia, sin que les des atributo alguno ajeno de la inmortalidad e
impropio de la bienaventuranza; antes bien, has de opinar de él todo aquello que
pueda conservarle la bienaventuranza e inmortalidad. Existen, pues, y hay
dioses, y su conocimiento es evidente; pero no son cuales los juzgan muchos,
puesto que no los atienden como los juzgan. Así,
no es impío el que niega los dioses de la plebe o vulgo,
sino quien acerca de los dioses tiene las opiniones vulgares; pues las
enunciaciones del vulgo, en orden a los dioses, no son anticipaciones, sino
juicios falsos (760). De aquí nacen las causas de enviar los dioses daños gravísimos a los
hombres malos y favores a los buenos, pues siéndoles sumamente gratas las
virtudes personales, abrazan a los que las poseen, y tienen por ajeno de sí
todo lo que no es virtuoso.
92. »Acostúmbrate a considerar que la muerte nada es contra nosotros, porque
todo bien y mal está en el sentido, y la muerte no es otra cosa que la privación
de este sentido mismo. Así, el perfecto conocimiento de que la muerte no es
contra nosotros hace que disfrutemos la vida mortal, no añadiéndola tiempo
ilimitado, sino quitando el amor a la inmortalidad. Nada hay, pues, de molesto
en la vida para quien está persuadido de que no hay daño alguno en dejar de
vivir. Así, que es un simple quien dice que teme a la muerte, no porque
contriste su presencia, sino la memoria de que ha de venir; pues lo que
presente no conturba, vanamente contrista o duele esperado. La muerte, pues,
el más horrendo de los males, nada nos pertenece; pues mientras nosotros
vivimos, no ha venido ella; y cuando ha venido ella, ya no vivimos nosotros.
Así, la muerte ni es contra los vivos ni contra los muertos; pues en aquéllos
todavía no está, y en éstos ya no está. Aun muchos huyen la muerte como el
mayor de los males, y con todo eso suelen también tenerla por descanso de los
trabajos de esta vida. Por lo cual el sabio ni teme el no vivir, puesto que la
vida no le es anexa, ni tampoco lo tiene por cosa mala. Y así como no elige la
comida más abundante sino la más sabrosa, así también en el tiempo no escoge
el más diuturno, sino el más dulce y agradable.
93. »No es menos simple quien amonesta los jóvenes a vivir honestamente, y a los
viejos a una muerte honesta; no sólo porque la vida es amable, sino porque el
mismo cuidado se debe tener de una honesta vida, que de una honesta muerte.
Mucho peor es quien dice:
Bueno es no ser nacido, o en naciendo
caminar del averno a los umbrales;
pues si quien lo dijo lo creía así, ¿qué hacía que no partía de esta vida? Esto
en su mano estaba, puesto que sin duda se le hubiera otorgado la petición; pero
si lo dijo por chanza, fue un necio en tratar con burlas cosa que no las admite.
94. »Se ha de tener en memoria que lo futuro ni es nuestro, ni tampoco deja de
serlo absolutamente: de modo que ni lo esperemos como que ha de venir
infaliblemente, ni menos desesperemos de ello como que no ha de venir nunca.
Hemos de hacer cuenta que nuestros deseos los unos son naturales, los otros
vanos. De los naturales unos son necesarios, otros naturales solamente. De los
necesarios unos lo son para la felicidad, otros para la tranquilidad del cuerpo,
y otros para la misma vida. Entre todos ellos, la especulación es quien sin
error hace que conozcamos lo que debemos elegir y evitar para la sanidad del
cuerpo y tranquilidad del alma; pues el fin no es otro que vivir felizmente. Por
amor de esto hacemos todas las cosas, a fin de no dolernos ni conturbarnos.
Conseguido esto, se disipa cualquiera tempestad del ánimo, no pudiendo
encaminarse el animal como a una cosa menor, y buscar otra con que complete el
bien del alma y cuerpo.
95. »Nosotros necesitamos del deleite cuando nos dolemos de no tenerlo; mas
cuando no nos dolemos, ya no lo necesitamos. Por lo cual decimos que el deleite
es el principio y fin de vivir felizmente. A éste conocemos por primero y
congénito bien: de él toman origen toda
elección y fuga; y a él ocurrimos discerniendo todo bien
por medio de la perturbación o pasión como a regla. Y
por cuanto es éste el primero y congénito bien, por eso
no elegimos todos los deleites, antes bien acontece que
pasamos por encima de muchos cuando de ellos se nos ha
de seguir mayor molestia. Aun preferimos algunos dolores
a los deleites, si se ha de seguir mayor deleite a la
diuturna tolerancia de los dolores.
96. »Todo deleite es un bien a causa de tener por
compañera la naturaleza, pero no se ha de elegir todo
deleite. También todo dolor es un mal; pero no siempre
se han de huir todos los dolores. Debemos, pues, discernir
todas estas cosas por conmensuración, y con respecto
a la conveniencia o desconveniencia; pues en algunos
tiempos usamos del bien como si fuese mal, y al contrario,
del mal como si fuese bien. Tenemos por un gran
bien el contentarse con una suficiencia, no porque siempre
usemos escasez, sino para vivir con poco cuando no
tenemos mucho, estimando por muy cierto que disfrutan
suavemente de la magnificencia y abundancia los que
menos la necesitan, y que todo lo que es natural es fácil
de prevenir; pero lo vano, muy difícil. Asimismo, que
los alimentos fáciles y sencillos son tan sabrosos como
los grandes y costosos, cuando se remueve y aleja todo
lo que puede causarnos el dolor de la carencia. El pan
ordinario (761) y el agua dan una suavidad y deleite
sumo cuando un necesitado llega a conseguirlos.
97. »El acostumbrarnos, pues, a comidas simples
y nada magníficas es conducente para la salud; hace
al hombre solícito en la práctica de las cosas necesarias
a la vida; nos pone en mejor disposición para concurrir
una u otra vez a los convites suntuosos, y nos prepara
el ánimo y valor contra los vaivenes de la fortuna.
Así, que cuando decimos que el deleite es el fin, no queremos entender
los deleites de los lujuriosos y derramados, y los que consisten en la fruición,
como se figuraron algunos, ignorantes de nuestra doctrina o contrarios a ella, o
bien que la entendieron siniestramente; sino que unimos el no padecer dolor en
el cuerpo con el estar tranquilo en el ánimo. No son los convites y banquetes,
no la fruición de muchachos y mujeres, no el sabor de los pescados y de los
otros manjares que tributa una mesa magnífica los que producen la vida suave,
sino un sobrio raciocinio que indaga perfectamente
las causas de la elección y fuga de las cosas, y expele
las opiniones de quienes ordinariamente la turbación
ocupa los ánimos.
98. »De todas estas cosas la primera (762) y principal
es la prudencia; de manera que lo más estimable y precioso de la filosofía
es esta virtud, de la cual proceden todas las demás virtudes. Enseñamos que
nadie puede vivir dulcemente sin ser prudente, honesto y justo; y por el
contrario, siendo prudente, honesto y justo no podrá dejar de vivir dulcemente;
pues las virtudes son congénitas de la suavidad de vida, y la suavidad de vida
es inseparable de las virtudes. Porque ¿quién crees que puede aventajarse a
aquel que opina santamente de los dioses, nunca teme la muerte, y discurre
bien del fin de la naturaleza; que pone el término de los bienes en cosas
fáciles de juntar y prevenir copiosamente, y el de los males en tener por
breves su duración y su molestia; que niega el hado, al cual muchos introducen
como dueño absoluto de todo, y sólo concede que tenemos algunas cosas por la fortuna,
y las otras por nosotros mismos; y en suma, que lo que está en nosotros es libre,
por tener consigo por naturaleza la reprensión o la recomendación? Sería
preferible seguir las fábulas acerca de los dioses a deferir servilmente
al hado de los naturalistas; pues lo primero puede esperar excusa por el
honor de los dioses; pero lo segundo se ve en una necesidad inexcusable (763).
99. [Epicuro no tiene por diosa a la Fortuna, como creen
algunos (pues para Dios nada se hace sin orden), ni tampoco por causa
inestable (esto es, afirma que de la Fortuna ningún bien ni mal proviene
a los hombres para la vida feliz y bienaventurada); pero que suele ocasionar
principios de grandes bienes y males.] «Se ha de juzgar que es mejor
ser infeliz racionalmente, que feliz irracionalmente; y que gobierna la
fortuna lo que en las operaciones se ha juzgado rectamente.
100. »Estas cosas y otras semejantes deberás
meditar continuamente día y noche contigo mismo y con tus
semejantes; con lo cual, ya duermas, ya veles, nunca padecerás
perturbación alguna, sino que vivirás como un dios entre los
hombres; pues el hombre que vive entre bienes inmortales, nada
tiene de común con el animal mortal.» [Niega Epicuro en sus libros
toda arte adivinatoria; y en su Epítome pequeño dice es arte
insubsistente, y aun cuando no lo fuera, se ha de juzgar que nada
nos tocan las cosas acaecidas. Hasta aquí lo perteneciente a la vida;
y aun en otros libros trata de esto repetidas veces.]
101. [En orden al deleite disiente de los cirenaicos,
pues éstos no admiten el habitual y estable, sino sólo el que está en
movimiento; pero aquél admite a entrambos, el del alma y el del cuerpo,
como lo dice en el libro De la elección y fuga, en el Del fin,
en el primero De las Vidas, y en la Carta a sus amigos los de Mitilene.
Lo mismo escribe Diógenes en el libro XVI De las cosas selectas,
y Metrodoro en su Timócrates, por estas palabras: Deleite se
entiende tanto el que está en el movimiento, cuanto el estable.
Y Epicuro en el libro De las elecciones habla así: La tranquilidad
y la carencia del dolor son deleites estables; el gozo y el regocijo se ven
en acto según el movimiento.]
102. [Disiente asimismo de los cirenaicos en otra
cosa. Dicen éstos que los dolores corporales son peores que los del ánimo,
puesto que los delincuentes son castigados en el cuerpo; pero Epicuro
tiene por mayores los dolores del ánimo; pues la carne sólo tiembla por el
dolor presente, más el alma por el pasado, presente y futuro. Así que el
dolor del alma es mayor que el del cuerpo. Que el deleite sea el fin lo
prueba diciendo que los animales luego que nacen ya se amansan con él, y se
irritan con el dolor, todo naturalmente y sin el auxilio de la razón.
Huimos, pues, del dolor espontáneamente, como huía Hércules, el cual,
estándose consumiendo en las llamas de la túnica,
Clama, muerde, lamenta,
gimen en rededor las piedras todas;
las cimas de los montes de los Locros,
y de Eubea las cumbres elevadas.
Las virtudes se han de elegir no por sí, sino por causa
del deleite, como las medicinas por la salud. Así lo dice Diógenes en el
libro XX De las cosas selectas, el cual llama virtud al
divertimiento (764). Pero Epicuro dice que sólo la virtud es
inseparable del deleite (765): todas las demás cosas se apartan
de ella como mortales.]
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(759) San Clemente Alejandrino trae entero este período, libro IV. strom.
(760) Véase dicho lugar de San Clemente, libro II, strom.
(761) μάξα, según Hesiquio, era una especie de pan hecho de harina de cebada
mondada, amasada con agua y aceite.
(762) Αρχή χαί τό μέγιστον άγαθόν ή φρόνησις: initium et maximum bonum est prudentia.
(763) Lean y mediten bien estos dos párrafos los que tienen a Epicuro por un filósofo carnal y corpóreo.
(764) Διαγωγήν parece no puede tener aquí otro significado.
(765) ό δ΄ Επιχόυρος χαί άχώριστον φησί τής ήδονϊς τήν άρετήν μόνην.
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