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Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres EPICURO - Libro
Décimo
BIOGRAFÍA DE EPICURO
1.
Epicuro, hijo de Neocles y Cherestrata, fue natural de Gargetto, pueblo del
territorio de Atenas, y descendiente de la familia de los Filaidas, como dice
Metrodoro en el libro De la nobleza. Otros, con Heráclito en el Epítome de
Soción, dicen que como los atenienses sorteasen los colonos que debían ir a
Samos, fue educado allí, y a los dieciocho años de edad pasó a Atenas en tiempo
que Jenócrates enseñaba en la Academia y Aristóteles en Calcide. Que muerto
Alejandro Macedón, y decaídos los atenienses reinando Perdicas, se fue a
Colofón, donde vivía su padre. Que habiendo estado allí tiempo y juntado
discípulos, regresó a Atenas bajo de Anaxicrates, donde filosofó algún tiempo
juntamente con otros; pero luego estableció secta propia llamada de su nombre.
Según él mismo dice, se dedicó a la filosofía a los catorce años de edad.
Apolodoro Epicúreo, en el libro primero de la Vida de Epicuro, dice se
dio a la filosofía en persecución de los sofistas y
gramáticos, por no haber sabido explicar a uno de ellos lo que significa en
Hesíodo la voz χάους (chaous). Y Hermipo asegura que fue primero maestro de
escuela; pero después, habiendo visto por acaso dos libros de Demócrito, se
entregó a la filosofía, y que por esto dijo Timón de él:
De Samos ha salido
el físico postrero, el impudente,
el maestro de niños,
el más duro y brutal de los mortales.
2. Por exhortación suya filosofaban también con él sus tres hermanos, Neocles, Queredemo
y Aristóbolo: así lo dice Filodemo Epicúreo en el libro X de su Catálogo de los
filósofos. Hasta un esclavo suyo llamado Mus filosofó con él, como lo dice
Mironiano en sus Capítulos históricos. Siendo enemigo suyo Diotimo Estoico, lo
vulneró amarguísimamente, publicando con nombre de Epicuro 50 cartas
impúdicas y escandalosas; como también las referidas a Crisipo, ordenándolas
como si fuesen del mismo Epicuro. Aun Posidonio Estoico, Nicolao, Soción en la
duodécima de las tituladas Demostraciones diócleas, la cual versa sobre la
carta 24, y Dionisio Halicarnaseo, son sus perseguidores.
3. Dicen que andaba con su madre girando por las casucas y habitaciones
populares recitando versos lustratorios, y que enseñó las primeras letras con
su padre, por un estipendio bajísimo. Que prostituyó a uno de sus hermanos, y
que él se servía de la meretriz Leontio. Que se arrogó los escritos de
Demócrito acerca de los átomos y los de Aristipo acerca del deleite. Que no fue
ingenuo ni legítimo ciudadano, como lo dicen Timócrates y Herodoto en el libro
De la pubertad de Epicuro. Que en sus cartas aludió indignamente a Mitres,
mayordomo de Lisímaco, llamándolo Apolo y rey. Que ensalzó y aduló a Idomeneo, a
Herodoto y a Timócrates, que habían explicado sus dogmas hasta entonces
oscuros; y lo mismo hace en las cartas a dicho Leontio, por estas palabras: «¡Oh
Apolo rey, amado Leontillo, cuán grande alegría y conmoción llenó mi ánimo leída
tu pequeña carta!» Y a Temista, mujer de Leonteo, le dice: «Estoy resuelto a ir
corriendo a cualquiera parte que me llaméis vosotros y Temista, caso que vosotros
no vengáis a verme.» Que a Pitocles, que era muy hermoso, le dice: «Aquí estaré
sentado esperando tu ingreso divino y amable.» Que en otra carta a Temista cree
persuadirla, como dice Teodoto en el libro IV Contra Epicuro. Que escribía a
otras muchas amigas, singularmente a Leontio, a la cual amaba Metrodoro.
4. Que en su libro Del fin, escribe así: «Yo ciertamente no tengo cosa alguna
por buena, excepto la suavidad de los licores, los deleites de Venus, las
dulzuras que percibe el oído y las bellezas que goza la vista.» No menos
Epicteto lo llama petulante en el hablar, y lo reprende en extremo. Timócrates,
hermano de Metrodoro y discípulo suyo, después de haber abandonado su
escuela, dice en sus libros De la alegría que Epicuro vomitaba dos veces al día
por los excesos del lujo y molicie; añadiendo que aun él apenas se había podido
escapar de aquella filosofía nocturna y secreto conventículo. Que
Epicuro
ignoró muchas cosas acerca de la oración, y muchas más en el gobierno de la
vida. Que era tan miserable la constitución de su cuerpo, que en muchos años no
pudo levantarse de la silla. Que cada día gastaba una mina en la mesa, como
dice él mismo en su carta a Leontio y en las que escribió a los filósofos de
Mitilene. Que a él y a Metrodoro concurrían también las meretrices
Marmario, Hedía, Erocio, Nicidio y otras.
5. Que en sus treinta y siete libros de Física dice muchísimas cosas de éstas, y
contradice en ellos a muchísimos, singularmente a Nausifanes, hablando así:
«Tuvo éste más que ningún otro una jactancia sofística, como que paría por la
boca, semejante a la mayor parte de los esclavos.» Y que en sus cartas dice
también de Nausifanes: «Estas cosas lo arrebataron al exceso de maldecirme y
llamarse mi maestro.» Llamábalo además «pulmón, iliterato, engañoso y bardaja».
Que a los discípulos de Platón los llamaba «aduladores de Dionisio»; al mismo
Platón le daba el epíteto de «áureo»; y a Aristóteles lo llamó «un perdido,
porque habiendo malgastado todos sus haberes, tuvo que darse a la milicia, y
aun a vender medicamentos». Que a Protágoras lo llamaba «Faquín, escribiente de
Demócrito, y hombre que enseñaba a leer y escribir por los cortijos.» A
Heráclito, «confundidor»; a Demócrito, «Lerócrito» (704); a Antidoro, «Sainidoro»;
a los cirenaicos, «enemigos de Grecia»; a los dialécticos, «demasiado
envidiosos»; y a Pirrón, «indocto y sin educación alguna».
6. Pero todos éstos ciertamente deliran, pues hay muy bastantes que
atestiguan
la ecuanimidad de este varón invicto para con todos: su patria, que lo honró con
estatuas de bronce; sus amigos, que eran en tan gran número que ya no cabían en
las ciudades; todos sus discípulos, atraídos de sus dogmas como por sirenas,
excepto Metrodoro Estratonicense, que se pasó a Carnéades, acaso porque le era
gravosa su benignidad constante; la sucesión de su escuela, la cual permanece
sin interrupción de maestros a discípulos, cuando todas las otras han acabado;
su gran recogimiento y mucha gratitud a sus padres, beneficencia con sus
hermanos y dulzura con los criados (como consta en sus testamentos), algunos de
los cuales estudiaron con él la filosofía, y de cuyo número fue el tan
celebrado Mus arriba nombrado.
7. Su piedad para con los dioses, su amor a la patria y el afecto de su ánimo
son imponderables. Su extrema bondad y mansedumbre no lo dejaron entrar en
asuntos de gobierno. Afligida la Grecia por las calamidades de los tiempos,
siempre se mantuvo en ella, excepto dos o tres veces que pasó a diferentes
lugares de la Jonia a ver a sus amigos, que de todas partes concurrían a
visitarlo y aun a quedarse con él en el jardín que había comprado por ocho
minas, como dice Apolodoro. Vivían éstos, según escribe Diocles en el libro III
de su Excursión, de comestibles sumamente baratos y simples, «pues se contentaba, dice, con una cótila (705) de vino común (706), y cualquier agua les servía
de bebida.» Epicuro no establecía la comunidad de bienes como Pitágoras, el
cual hacía comunes las cosas de los amigos; pues esto es de personas poco
fieles, y entre éstas no puede haber amistad. Él mismo escribe en sus cartas
«que tenía lo suficiente con agua y pan bajo». Y «envíame, dice, queso citridiano, para poder comer con mayor abundancia cuando quisiere». Tal era la
vida de éste que dogmatizaba ser el deleite el fin del hombre y de quien Ateneo
canta así en un epigrama:
«Mortales, ¡oh mortales!
Por lo peor lidiáis y más nocivo.
Un insaciable lucro
a guerras os despeña y contenciones.
Cortos hizo Natura los espacios
de la riqueza humana;
y del vano deseo los confines
interminables son y desmedidos.»
Esto decía el hijo de Neocles
sabia y prudentemente,
habídolo de boca de las musas
o de los sacros trípodes de Pitio.
Esto constará todavía más adelante por sus dogmas y palabras.
8. Diocles dice que de los antiguos tenía en mucho a Anaxágoras (no obstante que
lo contradice en algunas cosas) y a Arquelao, maestro de Sócrates, y que
ejercitaba a sus discípulos hasta que aprendiesen de memoria sus escritos.
Apolodoro dice en las Crónicas que sus maestros fueron Lisifanes y Praxifanes,
pero él no lo dice; antes en la Carta a Eurídico asegura fue discípulo de sí
mismo. Y añade que ni él ni Hermaco dicen hubiese existido jamás el filósofo
Leucipo, no obstante que Apolodoro Epicúreo y otros aseguran fue maestro de
Demócrito. Y Demetrio de Magnesia dice que Epicuro había sido discípulo de Jenócrates.
9. Usa en cada cosa un lenguaje muy propio y autorizado, al
cual censura como demasiado propio el gramático Aristófanes. Efectivamente, era
tan claro, que en el libro de la retórica nada inculca más que la claridad de
los discursos. En las cartas, en vez de χαιρεν (chairein) alegrarse o gozarse,
ponía εΰ πραάττειν (eu prattein), obrar bien; y σπουδαίως
ζήν άριστον
(spoudaios zein ariston), el vivir honestamente es óptimo. Otros dicen en la
Vida de Epicuro que escribió un Directorio al trípode de Nausifanes, de quien
afirman fue discípulo, como también que en Samos lo fue de Pánfilo Platónico.
Que empezó a filosofar de edad de doce años, y que regentó la escuela cerca de
treinta y dos. «Nació, dice Apolodoro en las Crónicas, el año III de la
Olimpíada CIX, siendo arconte Sosígenes, el día 7 del mes de Gamelión (707),
siete años después de muerto Platón. A los treinta y dos de su edad tuvo escuela
en Mitilene y Lampsaco, la que duró cinco años; después pasó a Atenas, donde
murió el segundo de la Olimpíada CXXVII, siendo arconte Pitarato, habiendo vivido
setenta y dos años. Sucedióle en la escuela Hermaco Miteleneo, hijo de Agemarco.»
10. Hermaco escribe en sus Cartas que murió de mal de piedra, que le interceptó
la orina, el día catorce de la enfermedad. Y Hermipo dice sucedió su muerte
habiendo entrado en un labro o baño de bronce lleno de agua caliente, pedido
vino puro para beber, y exhortado los amigos a que se acordasen de sus dogmas. Mis versos a él son
éstos:
«Adiós, y recordaos de mis dogmas.»
Esto dijo Epicuro a sus amigos
en su postrer aliento.
Metióse luego en el caliente labro.
sorbió un poco de mero, y detrás déste
bebió las frías aguas del Leteo.
11. Esta fue la vida de tal varón; ésta fue la muerte. Testó de esta manera:
TESTAMENTO DE EPICURO
«Doy todo cuanto tengo a Aminomaco de Bate, hijo de Filocrates, y a Timócrates
de Pótamo, hijo de Demetrio, al tenor de la donación hecha a entrambos en el
Metroo (708), con la condición de que den el jardín y sus pertenencias a Hermaco
de Mitilene, hijo de Agemarco, a los que filosofan con él, y a los que Hermaco
dejare sucesores en la escuela para filosofar allí. Y a fin de que procuren
conservar perpetuamente en lo posible los que filosofan bajo mi nombre con Aminomaco y Timócrates la escuela que está en el jardín mismo, se lo entrego en
depósito a ellos y a sus herederos del modo más valedero y firme, para que
también ellos conserven el dicho jardín del mismo modo que aquellos a quienes
éstos lo entregaren, como a discípulos y sucesores de mi escuela y nombre.
12. »La casa que tengo en Mélite la entregarán Aminomaco y Timócrates a Hermaco,
para habitarla durante su vida, y los que con él filosofen. De las rentas que
hagan los bienes que he dado a Aminomaco y a Timócrates, de acuerdo con Hermaco,
tomarán la parte que se pueda, y la invertirán en sacrificios por mi padre,
madre y hermanos, y por mí en el día de mi nacimiento que, según costumbre, se
celebra ya cada año en la primera decena de Gamelión. Y también se empleará en
gastos de los confilosofantes que concurran el día 20 (709) de cada mes, que
está señalado para mi memoria y la de Metrodoro. Celebrarán también el día
destinado a mis hermanos en el mes de Posidón, como yo he practicado, y el de
Polieno en el mes de Metagitnión.
13. «Cuidarán igualmente Aminomaco y Timócrates de
Epicuro, hijo de Metrodoro,
y del hijo de Polieno, mientras estudian filosofía y viven con Hermaco. Igual cuidado tendrán de la
hija de Metrodoro, la cual, llegada a la edad competente, la casarán con quien
Hermaco eligiere de los que filosofan con él, siendo ella arreglada en
costumbres y obediente a Hermaco. Entonces, Aminomaco y Timócrates les darán
anualmente de mis rentas, para su mantenimiento, lo que les pereciere bastante,
consultándolo con Hermaco. Harán dueño a Hermaco de las rentas, para que cada
cosa se haga por su dirección y consejo, puesto que ha envejecido filosofando conmigo, y ha
quedado director y principal de mis discípulos y escuela. La dote que se dará a
la muchacha, ya núbil y llegada coyuntura de casarse, lo deliberarán
Aminomaco y Timócrates, tomándola de los bienes, y con acuerdo de Hermaco.
14. »Cuidarán asimismo de Nicanor, según yo lo he practicado, para que cuantos
han filosofado conmigo, puesto sus bienes en uso propio de todos nosotros, y
dándonos prueba de un sumo y estrecho amor han querido envejecer con nosotros
en la filosofía, nada les falte de lo necesario en cuanto mis facultades
alcancen. Entregarán todos mis libros a Hermaco. Si éste muriese antes que los
hijos de Metrodoro lleguen a la edad adulta, Aminomaco y Timócrates les darán,
siendo ellos de vida arreglada, lo que de mis bienes les parezca necesario,
atendido el alcance de la herencia. Y en suma, tomarán a su cuidado el que se
hagan debidamente todas las demás cosas como quedan ordenadas. De mis esclavos,
doy libertad a Mus, a Nicias y a Licón, como también la doy a Fedrilla mi
esclava.»
15. Estando ya para morir, escribió a Idomeo la carta siguiente: «Hallándonos
en el feliz y último día de vida, y aun ya muriendo, os escribimos así: tanto es
el dolor que nos causan la estranguria y la disentería, que parece no puede ser
ya mayor su vehemencia. No obstante, se compensa de algún modo con la
recordación de nuestros inventos y raciocinios. Tú, como es razón, por los
testimonios de amor a mí y a la filosofía que me tienes dado desde tu mocedad,
tomarás a tu cargo el cuidado de los hijos de Metrodoro.» Hasta aquí su
testamento.
DISCÍPULOS DE EPICURO
16. Tuvo muchos y muy sabios discípulos, como
Metrodoro (Ateneo, Timócrates y Sandes)(710) Lampsaceno, el cual,
desde que lo conoció, jamás se apartó de él, excepto seis meses que estuvo en su casa, y se
volvió luego. Fue Metrodoro hombre en todo bueno, como escribe
Epicuro en su testamento inserto arriba, y en su Tercer Timócrates.
Siendo tal como era, casó a su hermana Batide con Idomeneo, y
recibió en concubina a la meretriz Ática Leontio. Era constantísimo de
ánimo contra las adversidades y contra la misma muerte, según dice
Epicuro en el Primer Metrodoro. Dicen que murió siete años antes que
aquél, a los cincuenta y tres de su edad. En efecto, Epicuro mismo, en el
testamento puesto arriba, lo supone ya muerto, encargando encarecidamente
el cuidado de sus hijos. Tuvo Metrodoro en su compañía a su arriba dicho hermano
Timócrates. Los libros que escribió Metrodoro son:
A los médicos, tres libros; De los sentidos, a Timócrates; De
la magnanimidad; De la enfermedad de Epicuro; Contra (711) los dialécticos;
Contra los sofistas, nueve libros; Aparato para la sabiduría; De la
transmutación; De la riqueza; Contra Demócrito; De la nobleza.
17. Fue también discípulo suyo Polieno de Lampsaco, hijo de
Atenodoro, hombre benigno y amable, como lo llamó Filodemo. Lo fue
igualmente su sucesor Hermaco Mitileneo (hijo de Agemarco, hombre pobre), el
cual al principio seguía la oratoria. De éste quedan excelentes libros, que son
éstos: veintidós Cartas acerca de Empédocles; De las Matemáticas,
contra Platón y contra Aristóteles. Murió en casa de Lisias este varón ilustre.
También lo fueron Leonteo Lampsaceno y su mujer Temista, a la cual escribió
Epicuro. Fuéronlo asimismo Colotes e Idomeneo, también lampsacenos.
18. Estos fueron los discípulos más ilustres de
Epicuro, a los cuales se
añaden Polístrato, sucesor de Hermaco (a éste sucedió Dionisio, Basílides),
Apolodoro, el apellidado Κηποτύραννος (cepotyrannos) (712), que
también fue célebre, habiendo escrito más de quinientos libros; los dos Tolomeos
Alejandrinos, el negro y el blanco. Zenón Sidonio, oyente también de Apolodoro,
hombre que escribió mucho; Demetrio, el apodado Lacón; Diógenes Tarsense,
que escribió Escuelas selectas (713); Orión, finalmente, y otros, a quienes
los verdaderos epicúreos llaman sofistas. Hubo además otros tres epicúreos: uno, hijo de
Leonteo y Temista; otro, natural de Magnesia, y otro fue el gladiador.
OBRAS DE EPICURO
19. Epicuro escribió muchísimos libros, tanto que superó a todos en esto, pues sus
volúmenes son hasta trescientos, y por fuera ninguno tiene otro título que Estas son palabras de
Epicuro. Anduvo Crisipo celoso de él en los muchos escritos, como lo dice
Carnéades llamándolo
Parásito de los libros de Epicuro; porque cuando éste escribía algo, luego salía Crisipo con
otro escrito igual. Por esta razón escribió repetidas veces una misma cosa, no reviendo lo visto antes,
y hacinando especies apresuradamente sin corrección alguna. Son también tantas las citaciones y
pasajes de autores que incluye en sus obras, que hay libros enteros que no contienen otra cosa;
lo que también hallamos en Zenón y en Aristóteles.
20. Tantos, pues, y tan grandes son como he dicho los libros
de Epicuro; pero los más importantes son éstos: treinta y siete libros De la naturaleza; De los átomos y del vacuo;
Del amor; Epítome de los escritos contra los físicos; Dudas contra los megáricos; Sentencias selectas;
De las sectas; De las plantas; Del fin; Del criterio o regla; Queredemo o de los dioses; De la
santidad o Hegesianax; cuatro libros De las Vidas; De las obras justas; Neocles, a
Temista; Convite; Euríloco; A Metrodoro; De la vista; Del ángulo del átomo; Del tacto; Del hado; Opiniones
acerca de las pasiones, a Timócrates; Pronóstico; Exhortatorio; De las imágenes mentales;
De la fantasía; Aristóbolo; De la Música; De la justicia y demás virtudes; De los dones y gracia; (714)
Polimedes; Timócrates, tres libros; Metrodoro, cinco; Antidoro, dos; Opiniones
acerca de las enfermedades, a Mitre; Calístolas; Del Reino; Anamenes; Epístolas.
FILOSOFÍA DE EPICURO
21. Procuraré dar un sumario de los dogmas y opiniones contenidas en estos libros,
trayendo tres cartas suyas, en las cuales comprende toda su filosofía. Pondré también sus sentencias
escogidas, y otras cosas que parezcan dignas de notar, a fin de que sepas cuán gran varón fue éste
en todo, si es que yo soy capaz de juzgarlo. La carta primera la escribe a Herodoto, y es acerca
de las cosas naturales; la segunda a Pitocles, y trata de los cuerpos
celestes (715); y la tercera a Meneceo, en la cual se contienen las cosas
necesarias a la vida. Comenzaré, pues, por la primera, luego después de haber
dicho alguna cosa sobre la división de la filosofía, según su sentencia.
22. Divide la filosofía en tres partes o especies: canónica, física y moral. La
canónica contiene el ingreso o aparato de las operaciones, y la da en el libro
titulado Canon. La parte física encierra toda la contemplación de la
naturaleza, y se halla en sus treinta y siete libros De la Naturaleza, y en sus
Cartas por orden alfabético. Y la moral trata de la elección y fuga, y se
contiene en los libros De las Vidas (716), en las Cartas y en el libro Del fin.
Pero se ha acostumbrado poner la canónica unida a la física, y la llaman
criterio, principio y parte elemental o institutiva. A la parte física la
titulan De la generación y corrupción, y De la naturaleza. Y a la moral, De
las cosas elegibles y evitables, De las vidas y Del Fin.
23. Reprueban la dialéctica como superflua, pues en cualquiera cosa les basta a
los físicos entender los nombres. Y Epicuro dice en su Canon que los criterios
de la verdad son los sentidos, las anticipaciones y las pasiones; pero los
epicúreos añaden las accesiones fantásticas de la mente; bien que el mismo
Epicuro dice esto en el Epítome a Herodoto y en las Sentencias escogidas:
«Todo sentido, dice, es irracional e incapaz de memoria alguna; pues ni que se
mueva por sí mismo ni que sea movido por otro, puede añadir ni quitar cosa
alguna. Tampoco hay quien pueda reconvenirlos: no un sentido homogéneo a otro
homogéneo, por ser iguales en fuerzas: no un sentido heterogéneo a otro
heterogéneo, por no ser jueces de unas mismas cosas: ni tampoco un sentido a
otro sentido, pues los tenemos unidos todos. Ni aun la razón puede
reconvenirlos, pues toda razón pende de los sentidos, y la verdad de éstos se
confirma por la certidumbre de las sensaciones. Efectivamente, tanto subsiste
en nosotros el ver y oír, como el sentir dolor. Así que las cosas inciertas se
notan por los signos de las evidencias. Aun las operaciones del entendimiento
dimanan todas de los sentidos, ya por incidencia, ya por analogía, ya por semejanza
y ya por complicación (717); contribuyendo también algo el raciocinio.
Los fantasmas (718) de maniáticos y los que tenemos en sueños son verdaderos y
reales, puesto que mueven; y lo que no es no mueve.»
24. A la anticipación la entienden como comprensión, opinión recta, cogitación
(719), o como un general conocimiento innato, esto es, la reminiscencia de lo
que hemos visto muchas veces, v.gr., tal como
esto es el hombre; pues luego que pronunciamos hombre, al punto por
anticipación conocemos su forma (720), guiándonos los sentidos. Así, que
cualquiera cosa, luego que se le sabe el nombre, ya está manifiesta; y
ciertamente no inquiriríamos lo que inquirimos si antes no lo conociésemos,
v.gr., cuando decimos lo que allá lejos se divisa, ¿es caballo o buey?
Para esto es menester tener anticipadamente conocimiento de la forma del
caballo y del buey, pues no nombraríamos una cosa no habiendo aprendido con
anticipación su figura. Luego las anticipaciones son evidentes. También lo
opinable pende de alguna cosa antes manifiesta, a la cual referimos lo que
hablamos, v.gr., diciendo: ¿De dónde sabemos si esto es hombre?
25. A la opinión la llaman también conjetura o estimación; y dicen que es
verdadera o falsa, a saber: si la atestigua alguna prueba, o bien si no hay
testimonio que la refute, es verdadera; y si no hay prueba que la asevere, o la
hay que la refute, es falsa. De aquí se introdujo la voz permaneciente;
v.gr., permanecer cerca y acercarse a la torre, y observar cuál aparece
de cerca.
26. Dicen que las pasiones son dos, deleite y dolor,
las cuales residen en todos los animales: una es doméstica o propia; la otra es
ajena; y por ellas se juzgan las elecciones y fugas. Que las cuestiones unas
son de cosas, y otras de sólo nombre o voz. Hasta aquí de la división y criterio
sumariamente. Ahora vamos a la carta.
EPICURO A HERODOTO: GOZARSE
(Carta sobre la naturaleza)
27. »Para los que no puedan, oh Herodoto, indagar cada cosa de por sí de las
que he escrito acerca de la naturaleza, ni estudiar libros voluminosos, hago este
resumen de todo ello, a fin de darles un entero y absoluto memorial de mis opiniones
y de que puedan en cualquiera tiempo valerse de él en las cosas más importantes,
caso que se dediquen a la contemplación de la naturaleza. Aun los aprovechados en el
estudio del universo deben esculpir en la memoria una imagen elemental de todo,
pues más necesitamos de un prontuario general y memorial abreviado, que de las
cosas en particular. Entraremos, pues, en él, y lo encomendaremos repetidas
veces a la memoria, para que cuando emprendamos la consideración de cosas importantes
concebidas antes e impresas en la memoria, las imágenes o elementos generales,
hallemos también exactamente las particulares. Lo primero y principal en un
aprovechado es poder usar diestramente de su discurso cuando se ofrezca,
tanto en los compendios simples y elementales cuanto en la contemplación
de las voces. Ello es que no es posible sepa la inmensa muchedumbre de las
cosas en general quien no sabe reducir a pocas palabras toda su serie y
cuanto se halle tratado antes particularmente. Por lo cual, siendo útil a
cuantos se dedican a la fisiología este método de escribir, y amonestado muchas
veces a ejecutarlo por los físicos, singularmente los dados a esta
tranquilidad de vida, conviene formar este tal cual compendio de los primeros
elementos de las opiniones.
28. Primeramente, pues, oh Herodoto, conviene entender el
significado de las voces, para que con relación a él podamos juzgar las
cosas, ya opinemos, ya inquiramos, o ya dudemos, a fin de que no resulte
un proceso en infinito andando las cosas vagas e irresolutas, y no estemos
sólo con lo vano de las voces. Es, pues, necesario lo primero atender a la
noción de cada palabra, y ya nada necesita de demostración, pues tendremos
lo inquirido, lo dudado y lo opinado sobre que nos aprovechemos. O bien
conviene observar todas las cosas según los sentidos, y simplemente según
las accesiones, ya del entendimiento, ya de cualquiera criterio. En el mismo
grado se hallan las pasiones; con lo cual tenemos por donde notar lo permanente
y lo cierto (721).
29. Conocidas estas cosas, conviene ya ver las ocultas.
Será lo primero, que nada se hace de nada o de lo que no existe; pues de lo
contrario, todo nacería de todo sin necesitar de semillas. Y si lo que se
corrompe no pasara a ser otra cosa, sino a la no existencia, ya todo se
hubiera acabado. Pero el universo siempre fue tal cual es hoy, tal será
siempre, y nada hay en que se convierta; pues fuera del mismo universo
nada hay a que pueda pasar y en que pueda hacer mudanza. Esto ya lo dije
al principio del Epítome mayor, y en primero de los libros De
la Naturaleza. El universo es cuerpo; y que hay cuerpos en todo lo
atestigua el sentido, estribando en el cual, es fuerza concluir de lo
oculto por medio del raciocinio, como dije antes. Si no hubiese el que
llamamos vacuo, el lugar, y la naturaleza intocable (722), no tendrían los
cuerpos donde estuviesen, no por donde se moviesen, como es claro se
mueven. Fuera de esto, nada puede entenderse ni aun por imaginación,
comprensivamente, o análogamente a lo comprensible, como que está recibido
por todas las naturalezas, y no como que se llaman secuelas y efectos
de ello. [Esto mismo dice en el libro I De la Naturaleza, en el
XIV, en el XV y en el Epítome grande] (723).
30. «De los cuerpos, unos son concreciones y otros
son cuerpos simples de que las concreciones se forman. Son éstas indivisibles e inmutables,
puesto que no pueden pasar todos a la no existencia, antes bien
perseveran firmes cuando se disuelvan los compuestos, siendo llenos (724)
por naturaleza, y no tienen en qué ni cómo se disuelvan. Así, los principios
de las cosas precisamente son las naturalezas de estos cuerpos átomos o
indivisibles. Aun el universo es infinito e ilimitado: porque lo que es
limitado tiene término o extremo: el extremo se mira por causa de otro:
así, lo que no tiene extremo tampoco tiene fin; lo que no tiene fin es infinito
y no limitado. El universo es infinito, ya por la muchedumbre de estos cuerpos,
ya por la magnitud del vacuo: porque si el vacuo fuese infinito y los
cuerpos finitos, nunca estos cuerpos reposarían, sino que andarían dispersos
por el vacuo infinito, no teniendo quien lo fijase y comprimiese en
sus choques y percusiones. Si el vacuo fuese finito y los cuerpos infinitos,
no tendrían estos cuerpos infinitos donde estar.
31. »Más: estos cuerpos indivisibles y llenos, de los cuales se forman las
concreciones y en los cuales se disuelven, son incomprensibles o incapaces de
ser circunscritos por la variedad de sus figuras; pues no es posible que la
gran diferencia de estas mismas figuras conste de átomos comprendidos. Y más,
que cada figura contiene simplemente infinitos átomos; aunque en las
diferencias o variedades no son simplemente infinitos, sino sólo
incomprensibles. [Pues, como dice más abajo, no hay división en infinito. Dice
esto porque sus cantidades se mudan; si no es que alguno las eche simplemente
al infinito aun en cuanto a las magnitudes.]
32. »Los átomos se mueven continuamente (725). [Y mas abajo dice «que se
mueven con igual celeridad de movimiento, prestándoles el vacuo perpetuamente
semejante viaje, tanto a los levísimos cuanto a los gravísimos. Que unos están
muy distantes entre sí; otros retienen su trepidación cuando están destinados a
complicarse, o son corroborados (726) por los complicables. La naturaleza del
vacuo que separa cada átomo es quien obra esto, ya que no pueden darles firmeza.
La solidez que ellos tienen causa su trepidación y movimiento, a efectos de la
colisión. Que estos átomos no tienen principio, supuesto que ellos y el vacuo
son causa de todo». Dice también más adelante: «Que los átomos no tienen
ninguna cualidad, excepto la figura, la magnitud y la gravedad.» Y en el libro
décimo
de sus Elementos o Instituciones afirma: «Que el color de los átomos se cambia
según la variedad de sus posiciones; como también que acerca de ellos no se
trata de magnitud propiamente tal (727), pues que el átomo nunca se percibió por
los sentidos.»] Esta voz, cuando se recuerda todo esto, envía a la mente un tipo
o imagen idónea de la naturaleza de las cosas.
33. »Hay infinitos mundos, sean semejantes o desemejantes; pues siendo los
átomos infinitos, como poco ha demostramos, son también llevados
remotísimamente. Ni los átomos (de los cuales se hizo o se pudo hacer el mundo)
quedaron absumidos en un mundo ni en infinitos; en semejantes a éste, o en
desemejantes. Así, no hay cosa que impida la infinidad de mundos. Aun los tipos
o imágenes son semejantes en figura a los sólidos y firmes, no obstante que su
pequeñez dista mucho de lo perceptible y aparente. Ni estas separaciones o
apartamientos pueden no hacerse en lugar circunscrito,
ni la aptitud no proceder de la operación de los vacuos y pequeñeces, ni los
efluvios dejar de conservar en adelante la situación y base que tienen en los
sólidos. A estos tipos los llamamos imágenes. Asimismo, este llevamiento hecho
por el vacuo sin choque alguno con otras cosas es tan veloz, que corre una
longitud incomprensible por grande en un punto indivisible de tiempo; pues
igual lentitud y velocidad reciben con la repercusión y la no repercusión. Ni
por eso el cuerpo que es llevado hacia abajo llega a muchos lugares igualmente,
según los tiempos que especulamos por la razón, pues esto es incomprensible; y
él viene juntamente en tiempo sensible de cualquiera paraje del infinito, pero no
viene de aquel de quien concebimos es hecho el llevamiento. Lo mismo sucederá a
la repercusión, aunque mientras tanto dejemos sin interrupción lo breve del
llevamiento.
34. »Es útil poseer este principio, o sea elemento, por razón que las imágenes
buenas y provechosas usan de las más extremadas tenuidades. Tampoco se les opone
ninguna cosa aparente, y por eso tienen una velocidad extrema, siéndoles
proporcionado y conmensurable todo poro o conducto. Además que a su infinito
nada o pocas cosas hay que causen obstáculo, cuando a lo mucho e infinito
siempre hay quien obste. Añádese que la producción de las imágenes se hace tan
velozmente como el pensamiento. El flujo de efluvios de la superficie de los
cuerpos es continuo, y desconocido de los sentidos, por la plenitud opuesta que
guarda en el sólido la situación y orden de los átomos por mucho tiempo; si
bien alguna vez está confusa. Las congresiones en el contenido o circunscrito
son veloces, por no ser necesario que la plenitud se haga según la profundidad;
y hay algunos otros modos que producen estas naturalezas: ni cosa alguna de
éstas relucta a los sentidos si atiende uno a cómo las imágenes producen las
operaciones cuando de las cosas externas remiten a nosotros las simpatías,
o sea correspondencias.
35. «Conviene, pues, juzgar que cuando entra alguna cosa externa en
nosotros, vemos sus formas y las percibimos con la mente. Ni las cosas externas
pueden descubrirnos su naturaleza, su color y su figura de otro modo que por el aire
que media entre nosotros y ellas; o bien por los rayos o por cualesquiera
emisiones o
efluvios que de nosotros parten a ellas. Así que nosotros vemos viniendo de las
cosas a nosotros ciertos tipos o imágenes de los colores y formas semejantes,
arregladas a una proporcionada magnitud, y entrándonos brevísimamente en la
vista o en el entendimiento. Después, cuando volvemos la fantasía por la misma
causa de uno y continuo, y conservamos la simpatía del sujeto según la
conmensurada fijación nacida de allí y de la plasmación de los átomos según la
profundidad en el sólido, y la imaginación que concebimos claramente por el
entendimiento, por los órganos sensorios, sean de forma, sean accidentes; ésta
es la forma del sólido, engendrada según la densidad sobrevenida, o sea el
vestigio remanente de la imagen.
36. »En lo que opinamos hay siempre falsedad y error
cuando por testimonio no se confirma o por testimonio se refuta: y no atestiguado
después según el movimiento que persevera en nosotros de la accesión fantástica
o imaginaria, por medio de cuya separación se comete el engaño. La semejanza
de los fantasmas recibidos como imágenes, ya sea en sueños, ya por cualesquiera
otras acepciones de la mente, ya por los demás sentidos, no estarían donde están,
ni se llamarían verdaderas si no fuesen algo, a saber, aquello a que nos dirigimos
o arrojamos. Ni habría error si no recibiésemos también algún otro movimiento en
nosotros mismos, unido sí, pero que tiene intervalo. Según este movimiento unido
(bien que con intervalo) a la accesión fantástica, si no se confirma con testimonio,
o si con testimonio se contradice, se hace la falsedad o mentira; pero si se confirma
con testimonio, o con testimonio no se refuta, se hace la verdad. Importa, pues,
mucho retener esta opinión, a fin de que ni se borren los criterios acerca de las
operaciones, ni el error confirmado igualmente lo perturbe todo.
37. »La audición se hace siendo llevado algún viento de voz
o de ruido que de algún modo prepare la pasión acústica o auditiva. Esta efusión
se esparce en partículas de igual mole, que conservan consigo cierta mutua
simpatía, unidad y virtud propia, la cual penetra hasta donde se envían o dirigen,
y por lo regular es causa de que el otro sienta o perciba. Pero si no, prepara
por lo menos lo externo solamente, pues sin dimanar de allí alguna simpatía,
ciertamente no se haría semejante percepción. Así que no conviene creer que es
el aire quien recibe la impresión de la voz (o de otras cosas) que viene,
pues sufrirá muchos defectos en el padecer esto por ella; sino que la percusión
que nos da la voz despedida se hace por ciertas partículas o moléculas de la
efusión aérea capaces de obrarla, la cual nos prepara la pasión acústica. Lo mismo
es del olfato que de la audición, pues nunca operaría esta pasión si no hubiera
ciertas moléculas dimanadas de las cosas conmensuradas a mover el órgano sensorio.
Algunas de ellas andan perturbada e inapropiadamente; otras ordenada y propiamente.
38. »Se ha de suponer que los átomos no traen cualidad
alguna de cuanto aparece, excepto la figura, gravedad, magnitud y
demás cosas que necesariamente se siguen a la figura (728), pues toda
cua1idad se muda; pero los átomos no se mudan, porque es preciso que en
las disoluciones de los concretos quede alguna cosa sólida e
indisoluble, la cual no se mude en lo que no es, ni de aquello que no es,
sino según la transposición en muchas, y en algunas según la accesión y
retrocesión. Así que es preciso que las inmutables sean incorruptibles y no
tengan naturaleza de cosa mudable, sino corpúsculos y figuraciones
propias. Es necesario, pues, que permanezcan. Y en las
cosas que en nosotros voluntariamente se transforman, se recibe la figura
que en ellos permanece; pero las cualidades que no están en lo que se muda
no quedan con ella, sino que de todo el cuerpo se aniquilan y destruyen.
Pueden, pues, las cosas que restan hacer suficientemente diversas concreciones,
ya que es preciso queden algunas cosas y no todas paren en el
no ser.
39. »No se ha de creer que en los átomos hay magnitud
absoluta (729), pues acaso lo que aparece podría atestiguar lo
contrario; sino que hay ciertas mutaciones el las magnitudes.
Siendo esto así, se podrá mejor dar razón de las cosas que se hacen según
las pasiones y sentidos. El tener los
átomos magnitud absoluta o sensible (730) de nada serviría a las diferencias
de las cualidades. Además, que si la tuvieran, los átomos se nos presentarían
visibles, lo cual no vemos acontezca, ni podemos concebir cómo pueda el átomo
hacerse visible. Añádase a esto que no se debe juzgar que en un cuerpo finito
haya infinitos corpúsculos y de cualquiera tamaño. Y así, no sólo se debe
quitar la sección o división en infinito de mayor en menor (a fin de no
debilitar todas las cosas, y luego nos veamos obligados con la comprensión a
extenderlas, como se hace con la comprensión de muchos corpúsculos agregados),
sino que ni se ha de tener por dable la transición de las cosas finitas en
infinitas, aun de mayor a menor. Ni tampoco luego que se dice que una cosa tiene
infinitos corpúsculos o de cualesquiera tamaños, se puede entender claramente
cómo esta magnitud puede ser también finita, pues cuando los corpúsculos
tienen cantidad cierta, es evidente que no son infinitos; y al contrario,
siendo ellos de magnitud determinada, lo sería también la magnitud misma, siendo
así que su extremidad es de tenuidad infinita (731). Y si esta extremidad no se
ve por sí misma, no hay modo de entender lo que desde ella se sigue; y
siguiendo así en adelante, será fuerza proceder en infinito con la mente.
40. »Débese también considerar en lo mínimo (732) que hay en el sentido, que ni
es tal como lo que tiene mutaciones, ni tampoco del todo desemejante, sino que
tiene algo de común con las digresiones; pero no tiene intervalo de partes. Y
cuando por la semejanza de comunión creemos haber comprendido algo de él,
prescindiendo de una y otra parte, precisamente hemos de incidir en igualdad.
Luego contemplamos estas cosas comenzando de lo primero; y no en sí mismo, ni
porque une partes a partes, sino en la propiedad de éstas, la cual mide sus
magnitudes, mucho las grandes y poco las pequeñas. Por esta analogía se ha de
juzgar el uso de la pequeñez o mínimo del átomo, pues consta que en pequeñez se
diferencia de lo que vemos por el sentido, pero usa de la misma analogía. Y
que el átomo tenga magnitud por dicha analogía lo hemos argüido, dándole
pequeñez solamente, excluyendo la longitud. Más: se ha de juzgar que las longitudes tienen
sus confines mínimos, pero no confusos, los cuales por sí mismos proporcionan
dimensión a los átomos mayores y menores, por la contemplación del raciocinio
en las cosas visibles; pues lo que tienen de común con los inmutables basta
para llegar a perfeccionar lo que son hasta entonces.
41. »La conducción unida (733) de los que tienen movimiento no puede hacerse; y
de lo infinito, sea supremo o ínfimo, no se ha de decir que está arriba o abajo, pues sabemos que si
lo que se entiende estar sobre la cabeza lo suponemos procedente en infinito,
nunca se nos manifestará; ni lo que está debajo de lo así entendido será
tampoco infinito a un mismo tiempo hacia arriba y hacia abajo, pues esto no
puede entenderse. Así que de la conducción o progreso en infinito sólo se ha de
concebir una hacia arriba y otra hacia abajo; aunque infinitas veces lo que
nosotros llevamos hacia lo que está sobre nuestra cabeza llega a los pies de
las cosas superiores, o bien a las cabezas de las inferiores lo que llevamos
hacia abajo. Con todo, el movimiento universal opuesto uno a otro se entiende
en infinito.
42. »Es también preciso tengan los átomos igual velocidad cuando son llevados
por el vacuo sin chocar con nadie (734), pues suponiendo que nada encuentran que
les obste, ni los graves corren más que los leves, ni los menores más que los
mayores, teniendo todos su conducto conmensurado o proporcionado (735), y no
hallando tampoco quien les impida ni el llevamiento o movimiento superior, ni
el oblicuo por los choques, ni el inferior por los pesos propios. En cuanto uno
retiene a otro, en tanto tendrá movimiento, unido a la mente e inteligencia,
mientras que nada se le oponga o extrínsecamente, o por el propio peso, o por
la fuerza del que choca. Aun las concreciones hechas no serán llevadas una más
velozmente que otra, siendo los átomos iguales en velocidad, por ser llevados a
un lugar mismo los átomos de tales concreciones, y en tiempo indivisible. Pero
si no van a un lugar mismo, irán en tiempo considerado por la razón, si son o no
frecuentes sus choques, hasta que la misma continuación del llevamiento los
sujete a los sentidos.
43. »Lo que opinan juntamente acerca de lo invisible, a saber,
que los tiempos que se han de considerar por la razón deben tener movimiento perenne,
no es verdadero en nuestro asunto, pues todo lo que se ve, o lo que por accesión
recibe la inteligencia, es verdadero. Después de todo esto conviene discurramos
del alma en orden a los sentidos y a las pasiones, pues así tendremos una solidísima
prueba de que el alma es cuerpo compuesto de partes tenuísimas, difundida por toda
la concreción o conglobación, pero muy semejante a espíritu, que tiene temperamento
cálido, de un modo parecido a éste, de otro modo parecido a aquél. En particular
recibe muchas mutaciones por la tenuidad de sus partes, y aun por las partes mismas;
pero ella tiene más simpatía con la concreción suya que con toda la restante.
Todo esto lo declaran las fuerzas del alma, las pasiones, los movimientos ligeros,
los pensamientos y demás cosas, las cuales, si nos fallan, morimos.
44. También se ha de tener por cierto que el alma tiene
mucha causa en el sentido; pero no la tendría si en cierto modo no la cubriese
todo lo demás del concreto. Y aunque este resto del concreto le prepara esta
causa, y es partícipe del evento mismo, no lo es, sin embargo, de todos los
que ella posee; por lo cual, apartándosele el alma, ya no tiene sentido, pues
él no participa en sí de aquella virtud, sino que la naturaleza la preparó al
otro, como engendrado con él: lo cual, ejecutándolo por una virtud perfecta
para con él y consumándolo luego según el movimiento sensible sobrevenido,
lo comunica por un influjo común y simpatía, como dije. Así, aun coexistiendo
el alma, quitada alguna otra parte, nunca queda el sentido entero (736): como
también ésta parecería juntamente disolviéndose quien la cubre, ya sea todo,
ya sea alguna parte en quien resida la agudeza y eficacia del sentido. Lo
restante del concreto o masa que queda, sea unido, sea por partes,
no tiene sentido separada del alma; pues a la naturaleza de ésta
pertenece una gran multitud de átomos. Y así, disuelta la concreción,
se esparce y difunde el alma, y no tiene ya las mismas fuerzas, ni se
mueve. Tampoco le queda el sentido, porque no
se puede entender que ella sienta si no es
usando dichos movimientos en este compuesto, cuando
lo que la cubre y contiene no es tal cual es aquello
en que existiendo tiene dichos movimientos.
45. [Todavía dice esto mismo en otros lugares; y que el alma
se compone de átomos sumamente lisos y redondos (737), muy
diferentes de los del fuego: y que lo que está esparcido por lo
demás del cuerpo es la parte irracional de ella; pero que la parte
racional es la que reside en el pecho, como se manifiesta por el miedo
y por el gozo. Que el sueño se hace cuando por el trabajo padecen las
partes del alma difundidas por toda la masa corpórea, por ser retenidas o
por divagar, y luego caen unidas con las divagantes. Que el esperma se recoge de
todos los cuerpos (738); y conviene notar que no es incorpóreo, pues lo dice
según la frecuencia del nombre, y no de lo primero que de él se entiende. Según él,
no es inteligible lo incorpóreo sino en el vacuo. Este vacuo ni puede hacer
ni padecer; sino que por sí solo da movimiento a los cuerpos. Así, los que
dicen que el alma es incorpórea, deliran; pues si fuera tal, no podría hacer ni
padecer; pero nosotros vemos prácticamente en el alma ambos efectos.]
46. »Quien refiera a las pasiones y sentidos estos raciocinios acerca del
alma, y tenga presente lo que dijimos al principio, entenderá bastante estar
todo comprendido en los tiempos, de manera que pueda explicarse
por partes con toda seguridad y firmeza. Lo mismo se ha de decir de las
figuras, los colores, las magnitudes, las gravedades y demás cosas predicadas
de los cuerpos como propias de ellos y existentes en todos, a lo menos en los
visibles o en los conocidos por los sentidos y que por sí mismos no son
naturalezas. Esto no puede entenderse ni como lo no existente, ni como
algunas cosas incorpóreas existentes en el cuerpo, ni como partículas de
éste, sino como todo el cuerpo que tiene universalmente naturaleza eterna
compuesta de todas estas cosas, ni puede ser conducido sin ellas: como cuando
de los mismos corpúsculos se forma una masa o concreción mayor, sea de los
primeros, o de magnitudes del todo, pero en algo menores, sino sólo, como digo,
que tiene de todos ellos su naturaleza eterna. También se ha de saber que
todas estas cosas tienen sus propias adiciones e intermisiones, pero
siguiéndole la concreción, y no separándosele nunca, sino aquella que,
según la inteligencia concreta del cuerpo, recibe
el predicado. También acontece muchas veces a los cuerpos el seguírseles lo que
no es eterno ni incorpóreo aun en las cosas invisibles. De manera que, usando
de este nombre según la común acepción, manifestamos que los accidentes ni
tienen la naturaleza del todo a la cual llamamos cuerpo, tomada en
concreto, ni la de los que perpetuamente le siguen, sin los cuales no puede
imaginarse cuerpo. Pero según ciertas adiciones, siguiéndose el concreto,
nombramos cada cosa; y a veces la contemplamos cuando acaece cada una, aun no
siguiéndose perpetuamente todos los accidentes.
47. »Ni esta perspicuidad o evidencia se ha de expeler del ente, porque no
tiene la naturaleza del todo, a quien sobreviene algo, que también llamamos
cuerpo; ni la de los que siguen eternamente, ni la de lo que se cree subsistir
por sí mismo. Esto no se ha de entender acerca de dichas cosas, ni de las que
suceden eternamente: sino que aun los accidentes se han de tener todos por
cuerpos según aparecen, y no perpetuamente adjuntos o siguientes: ni tampoco
que tengan por si mismos orden de naturaleza o sustancia, sino que se ven
conforme al modo que da el mismo sentido.
48. »También se debe considerar mucho que no se ha de inquirir el tiempo como
inquirimos las demás cosas en el sujeto, refiriéndonos a las anticipaciones
(739) que se ven en nosotros, sino que se ha de raciocinar por el mismo efecto,
según el cual pronunciamos, mucho tiempo o poco tiempo, teniendo esto y usándolo
innata o congénitamente. Ni se han de ir cazando en esto ciertas locuciones
como a más hermosas, sino usar las que hay establecidas acerca de ello. Ni
predicar de él ninguna otra cosa como que es consustancial al idioma mismo.
Algunos lo ejecutan así; pero yo quiero se colija que aquí sólo recogemos y
medimos lo que es propio de nuestro asunto; y esto no necesita demostración,
sino reflexión, pues a los días y a las noches, y aun a sus partes, añadimos
tiempo. Lo mismo hacemos en las pasiones, en las tranquilidades, movimientos y
reparos, entendiendo de nuevo algún otro evento propio de ello acerca de estas
cosas, según el cual nombramos el tiempo. [Esto lo dice
también en el libro II De la naturaleza y en el Epítome grande.]
49. [Después de lo referido sigue diciendo: que se ha de creer que los mundos
fueron engendrados del infinito, según toda concreción finita semejante en
densidad a las que vemos, siendo todas éstas discretas y separadas por sus
propias revoluciones mayores y menores; y que luego vuelvan a disolverse todas,
unas con brevedad, otras con lentitud, padeciendo esto unas por éstas, y otros por aquéllas. Es,
pues, constante que dice ser los mundos corruptibles, puesto que se mudan sus
partes. Y en otros lugares dice que la tierra está sentada sobre el aire (740).
Que no se debe juzgar que los mundos necesariamente tienen una misma figura;
antes que son diferentes lo dice en el libro XII tratando de esto, a saber: que
unos son esféricos, otros elípticos, y otros de otras varias figuras; pero, no
obstante, no las admite todas.]
50. »Tampoco los animales procedieron del infinito, porque nadie demostrará cómo
se recibieron en este mundo tales semillas de que constan los animales, las
plantas y todas las demás cosas que vemos, pues esto no pudo ser allá, y se
nutrieron del modo mismo. De la misma forma se ha de discurrir acerca de la
tierra. Se ha de opinar asimismo que la naturaleza de los hombres fue
instruida y coartada en muchas y varias cosas por aquellos mismos objetos que la
circundan, y que sobreviniendo a esto el raciocinio, extendió más aquellas
nociones, aprovechando en unas más presto y en otras más tarde, pues unas cosas
se hallan en períodos y tiempos largos desde el infinito, y otras en cortos.
Así, los nombres al principio no fueron positivos, sino que las mismas
naturalezas de los hombres teniendo en cada nación sus pasiones propias y
propias imaginaciones, despiden de su modo en cada una el aire según sus
pasiones e imágenes concebidas, y al tenor de la variedad de gentes y lugares.
Después generalmente fue cada nación poniendo nombres propios, para que los
significados fuesen entre ellos menos ambiguos y se explicasen con más brevedad.
Luego añadiendo algunas cosas antes no advertidas, fueron introduciendo ciertas
y determinadas voces, algunas de las cuales las pronunciaron por necesidad,
otras las admitieron con suficiente causa, interpretándolas por medio
del raciocinio.
51. »Respecto a los meteoros, el movimiento, el regreso (741), el eclipse, el
orto, el ocaso y otros de esta clase, no se ha de creer se hacen por ministerio,
orden y mandato de alguno que tenga al mismo tiempo toda bienaventuranza con la
inmortalidad, pues a la bienaventuranza no corresponden los negocios, las
solicitudes, las iras, los gustos, sino que estas cosas se hacen por la
enfermedad, miedo y necesidad de los que están contiguos. Ni menos unas
naturalezas ígneas y bienaventuradas querrían ponerse en giro tan arrebatado;
sino que el todo guarda aquel ornato y hermosura, puesto que, según los nombres,
todas las cosas son conducidas a semejantes nociones, y de ellas nada parece
repugna a aquella belleza, porque si no, causaría esta contrariedad gran
perturbación en las almas. Y así, se ha de opinar que esta violenta revolución
se hace según la que recibió al principio en la generación del mundo; y así
cumple exactamente por necesidad este período.
52. »Además, se ha de saber que es obra de la fisiología la diligente
exposición de las causas de las cosas principales, y que lo bienaventurado
incide en ella acerca del conocimiento de los meteoros, escudriñando con
diligencia qué naturalezas son las que se advierten en tales meteoros y cosas
congénitas. Igualmente que tales cosas o son de muchos modos, o en lo posible, o
de otra diversa manera; pero que simpliciter no hay en la naturaleza inmortal y
bienaventurada cosas que causen discordia o perturbación alguna. Y es fácil el
entendimiento conocer que esto es así. Lo que se dice acerca del ocaso, del
orto, del retroceso, del eclipse y otras cosas de este género, nada conduce
para la felicidad de la ciencia; y los que contemplan estas cosas tienen
semejantemente sus miedos, pero ni saben de qué naturaleza sean, ni cuáles las
principales causas, pues si las supiesen anticipadamente, acaso también sabrían
otras muchas, no pudiendo disolverse el miedo por la precognición de todo ello
según la economía de las cosas más importantes. Por lo cual son muchas las
causas que hallamos de los regresos, ocasos, ortos, eclipses y demás de este
modo, como también en las cosas particulares.
53. »Y no se ha de juzgar que la indagación sobre el uso de estas cosas no se
habrá emprendido con tanta diligencia cuanta pertenece a nuestra tranquilidad y
dicha. Así que, considerando bien de cuántas maneras se haga en nosotros la tal cosa, se
debe disputar sobre los meteoros y todo lo no explorado, despreciando a los que
pretenden que estas cosas se hacen de un solo modo; y ni añaden otros modos,
según la fantasía nacida de los intervalos, ni menos saben en quiénes no se
halle la tranquilidad. Juzgando, pues, que debe admitirse el que ello se hace de
tal modo, y de otros por quienes también hay tranquilidad, y enseñando que se
hace de muchos modos, como si viésemos que así se hace, estaremos tranquilos.
54. »Después de todo esto se debe considerar mucho que la principalísima
perturbación que se hace en los ánimos humanos consiste en que estas cosas se
tienen por bienaventuradas e incorruptibles, y que sus voluntades, operaciones
y causas son juntamente contrarias a ellas; en que los hombres esperan y
sospechan, creyendo en fábulas, un mal eterno; o en que, según esta
insensibilidad, temen algo en la muerte, como si quedase el alma en ellos, o
aun en que no discurren en estas cosas y padecen otras por cierta irracional
confianza. Así, los que no definen el daño, reciben igual o aun mayor
perturbación que los ligeros que tales cosas opinaban.
55. »La imperturbabilidad o tranquilidad consiste en que, apartándonos de todas
estas cosas, tengamos continua memoria de las cosas universales y
principalísimas. Así, debemos atender a las presentes y a los sentidos, en
común a las comunes, en particular a las particulares, y a toda la evidencia
del criterio en el juicio de cada cosa. Si atendemos a esto, hallaremos
ciertamente las causas de que procede la turbación y el miedo, y las
disiparemos; como también las causas de los meteoros y demás cosas que de
continuo suceden y que los hombres temen en extremo.
56. »Esto es, en resumen, amigo Herodoto, lo que te pensé escribir en orden a la
naturaleza de todas las cosas. Su raciocinio va tan fundado, que si se retiene
con exactitud, creo que aunque no ponga uno el mayor
desvelo en entenderlo todo por partes, superará incomparablemente en
comprensión a los demás hombres; pues explicará por sí mismo y en particular
muchas cosas que yo trato aquí en general, aunque con exactitud; y
conservándolo todo en la memoria, se aprovechará de ello en muchas ocasiones. En
efecto, ello es tal, que los que ya hubiesen indagado bien las cosas en
particular o hubiesen entrado perfectamente en estos análisis, darán otros
muchos pasos adelante sobre toda la naturaleza; y los que todavía no hubiesen
llegado a perfeccionarse en ellas, o estudiasen esto sin voz viva que se lo explique, con sólo
que apliquen la mente a las cosas principales, no dejarán de caminar a la
tranquilidad de la vida.»
57. Esta es su carta sobre la naturaleza; la de los meteoros es la siguiente:
EPICURO A PITOCLES: GOZARSE
(carta sobre los meteoros)
»Diome Cleón tu carta, por la cual vi permaneces en tu benevolencia para
conmigo, digna por cierto del amor que yo te profeso, y que no sin inteligencia
procurabas introducirte en asuntos tocantes a la vida feliz. Pedísteme te
enviase un compendio de los meteoros, escrito con buen estilo y método para
aprenderlo fácilmente, ya que los demás escritos míos dices son arduos de
conservar en la memoria, por más que uno los estudie de continuo. Abracé
gustosamente tus ruegos, y quedé sorprendido con gratísimas esperanzas. Así,
habiendo escrito ya todas las otras cosas, concluí también el tratado que
deseas, útil sin duda a otros muchos, principalmente a los que poco ha
comenzaron a gustar de la genuina fisiología, y a los que se hallan en la
profunda ocupación de negocios encíclicos (742) y continuos. Recibe, pues,
atentamente estos preceptos, y recórrelos con cuidado tomándolos de memoria,
junto con los demás que en un breve compendio envié a Herodoto.
58. »Primeramente se ha de saber que el fin en el conocimiento de los meteoros
(ya se llamen conexos, ya absolutos) no es otro que el librarnos de
perturbaciones, y con la mayor seguridad y satisfacción, al modo que en otras
cosas. Ni en lo imposible se ha de gastar la fuerza,
ni tener consideración igual en todas las cosas, o a los discursos escritos
acerca de la vida o a las interpretaciones de otros problemas físicos,
v.gr., que el universo es cuerpo y naturaleza intocable, o que el
principio son los átomos, y otras cosas así, que tiene única conformidad con las
que vemos, lo cual no sucede en los meteoros. Pero éstos tienen muchas causas
de donde provengan, y un predicado de sustancia cónsono a los sentidos. Ni se ha
de hablar de la naturaleza según axiomas y legislaciones nuevas, sino
establecerlos sobre los fenómenos; pues nuestra vida no ha menester razones privadas o propias,
ni menos gloria vana, sino pasarla tranquilamente.
59. »Todo, pues, en todos los meteoros se hace constantemente de diversos
modos, examinado concordemente por los fenómenos, cuando uno deja
advertidamente lo probable que de ellos se dice. Cuando uno, pues, deja esto y
desecha aquello que es igualmente conforme a lo que se ve, claro es que cayendo
de todo el conocimiento de la naturaleza, se ha difundido en la fábula. Conviene
tomar algunas señales de lo que se perfecciona en los meteoros, y algunas
también de los fenómenos que se hacen en nosotros, que se observan y que
realmente existen, y no las que aparecen en los meteoros (743), pues no se
puede recibir se hagan esas cosas de muchos modos. Debe, no obstante, separarse
cualquiera imagen o fantasma y dividirlo con sus adherentes; lo cual no se
opone a las cosas que, acaecidas en nosotros, se perfeccionan de varios modos.
60. »El mundo es un complejo que abraza el cielo, los astros, la tierra y todo
cuanto aparece, el cual es una parte del infinito, y termina en límite raro o
denso; disuelto éste, todo cuanto hay en él se confunde. O bien que termina en
lo girado (744) o en lo estable, por circunscripción redonda (745);
triangular o cualquiera otra; pues todas las admite cuando no hay fenómeno que
repugne a este dicho mundo, en el cual no podemos comprender término. Que estos
mundos sean infinitos en número puede comprenderse con el entendimiento, y que
un tal mundo puede hacerse ya en el mundo mismo, ya en el intermedio (así
llamo al intervalo entre los mundos) en lugar de muchos vacuos, y no en grande,
limpio y sin vacuo, como dicen algunos. Quieren haya
ciertas semillas aptas, procedidas de un mundo, de un intermundio, o bien de muchas, las cuales poco a poco
reciben aumento, coordinación y mutación de sitio si
así acontece, y que son idóneamente regadas por algunas
cosas hasta su perfección y permanencia, en cuanto
los fundamentos supuestos son capaces de tal admisión.
No sólo es necesario se haga concreción y vórtice en
aquel vacuo en que dicen se debe formar el mundo por
necesidad, según opinan, y que se aumenta hasta dar
con otro, como afirma uno de los que se llaman físicos;
pero esto es repugnante a lo que vemos.
61. »El sol, la luna y demás astros no hechos según
sí mismos (746), después fueron recibidos del mundo.
Asimismo la tierra y el mar y todos los animales que
luego se iban plasmando y recibían incremento según
las uniones y movimientos de ciertas pequeñas naturalezas,
o llenas de aire o de fuego, o de ambos. Así
persuade estas cosas el sentido. La magnitud del sol y
demás astros, en cuanto a nosotros, es tanta cuanta
aparece (747). [Esto también lo trae en el libro II De la
Naturaleza; porque si perdiese, dice, por la gran distancia,
mucho más perdería el calor; y que para el sol
no hay distancia más proporcionada que la que tiene,
en cuanto a él, sea mayor, sea algo menor o sea igual
a la que se ve.] De la misma suerte nosotros un fuego
que vemos de lejos, por el sentido lo vemos. Y en suma,
toda instancia en esta parte la disolverá fácilmente
quien atienda a las evidencias, según demostraremos en
los libros De la Naturaleza.
62. »El orto y ocaso del sol, luna y demás astros
pueden hacerse por encendimiento y extinción (748) si
tal fuese su estado, y aun de otros modos, según lo antedicho,
pues nada de lo que vemos se opone. Pudiera
igualmente ejecutarse por aparición sobre la tierra, y
por ocultación, como también se ha dicho, pues tampoco
se opone fenómeno alguno. El movimiento de estos astros
no es imposible se haga por el movimiento de todo el
cielo; o bien que estando éste quieto, y moviéndose aquéllos,
por necesidad que se les impusiese al principio en
la generación del mundo, salen del oriente, y luego por
el calor y voracidad del pábulo ígneo, van siempre adelante
a los demás parajes. Los regresos del sol y luna es
admisible se hagan según
la oblicuidad del cielo, así acortado por los tiempos; por el ímpetu del aire, o por
causa de la materia
dispuesta que siempre tiene consigo,
de la cual una parte se
inflama y la otra queda sin inflamarse; o bien desde el
principio este movimiento envuelve y arrebata consigo
dichos astros para que hagan su giro. Todo esto puede
ser así, o semejantemente; ni hay cosa manifiesta que se
oponga, con tal que estando uno firme siempre en estas
partes en cuanto sea posible, pueda concordar cada cosa de
éstas con los fenómenos, sin temer los artificios
serviles de los astrólogos.
63. »Los menguantes y crecientes de la luna pueden
hacerse ya por vuelta de este cuerpo, ya por una semejante configuración del
aire, o por anteposición de alguna cosa, o bien por todos
los modos que, según los fenómenos que vemos,
conducen a semejantes efectos. Si ya no que alguno, eligiendo uno
solamente, deje los otros; y no considerando qué cosa es
posible vea el hombre, y qué imposible, desee por
esto ver imposibles. Más: es dable que la luna tenga
luz propia, y dable la reciba del sol; pues entre
nosotros se ven muchas cosas que la tienen propia, y
muchas que de otros. Y nada impide que de los fenómenos que
hay en los meteoros, teniéndolos de muchos modos en
la memoria, penetre uno sus consecuencias, y juntamente
sus causas, no atendiendo a tales inconsecuencias
que suelen correr diversamente en aquel único modo.
64. »La aparición, pues,
de la fase en ella puede hacerse por mutación de
partes, por sobreposición, y por todos los modos que se
viere convienen con los fenómenos. Ni es menester añadir que en todos los
meteoros se ha de proceder así, pues si
procedemos con repugnancia a las cosas claras,
nunca podremos alcanzar la tranquilidad legítima. Los
eclipses de sol y luna pueden hacerse por extinción, como
vemos se hace esto entre nosotros, y también por
interposición de algunos otros cuerpos, o de la tierra o
del cielo, o cosa semejante. Así se han de considerar
mutuamente los modos congruentes y propios, y juntamente, que
las concreciones de algunas cosas no son imposibles.
65. [En el libro XII De
la Naturaleza dice lo siguiente: «El sol se
eclipsa asombrándolo la luna, y la luna se eclipsa dándola la sombra de la tierra,
pero según retroceso.» Esto también lo dice Diógenes Epicúreo en el libro I de sus
Cosas selectas.] El orden del período es como el que entre nosotros toman algunas cosas
fortuitas, y la naturaleza divina en ningún modo concurre a estas cosas, sino
que se mantiene libre de semejantes cuidados y en plena bienaventuranza. Si no
se practica esto, todo discurso acerca de las causas de los meteoros será vano,
como ya lo ha sido para algunos, que no habiendo abrazado el modo posible,
dieron en el vano, y creyendo que aquéllos se hacen de un modo solo,
excluyen todos los demás aún factibles, se arrojan a lo
imposible, y no pueden observar los fenómenos que se han de tener como señales.
66. »La diferencia de longitud de noches y días se hace por apresurar el sol sus
giros sobre la tierra y después retardarlos, o porque la longitud de los lugares
varía, y anda los unos con mayor brevedad, al modo que también entre nosotros se
ven cosas breves y tardas, a cuya comparación debemos tratar de los meteoros.
Los que admiten un modo contradicen a los fenómenos, y no ven de cuánto es
capaz el hombre que observa. Las indicaciones o señales pueden hacerse según las
contingencias de las estaciones, como vemos sucede entre nosotros a las
cosas animadas, y también por otras cosas, como en las mutaciones del aire, pues
estas dos razones no repugnan a los fenómenos. Ahora, por cuál de estas causas
se haga esto, no es dable saberse.
67. »Las nubes pueden engendrarse y permanecer por las condensaciones del aire o
impulsos del viento; por las agregaciones de átomos mutuamente unidos y aptos
para ello; por acopio de efluvios salidos de la tierra, y aun por otros muchos
modos no impide se hagan tales consistencias. Pueden éstas por sí mismas, ya
condensándose, ya mudándose, convertirse en agua y luego en lluvias (749),
según la calidad de los parajes de donde vienen y se mueven por el aire,
haciendo copiosísimos riegos algunas concreciones, dispuestas a emisiones
semejantes.
68. »Los truenos pueden originarse por la revolución del aire en las cavidades
de las nubes, a la manera que en nuestros vasos (750); por el rimbombe que hace
en ellas el fuego aéreo; por los rompimientos o separaciones de las nubes; por
el choque, atrito y quebrantamiento de las mismas cuando han tomado compacción
semejante al hielo; y generalmente, los fenómenos mismos nos llaman a que
digamos que esta vicisitud se hace de muchos modos.
69. »Los relámpagos asimismo se hacen de varios
modos: ya por el choque y colisión de las nubes, pues saliendo aquella
apariencia productriz de fuego, engendra el relámpago;
ya por vibración venida de las nubes, causada por cuerpos
cargados de viento que produce el relámpago; ya por el enrarecimiento de
las nubes antes adensadas, o mutuamente por sí mismas o por los
vientos; ya por recepción de luz descendida de los astros, impelida después por
un movimiento de las nubes y vientos, y caída por medio de las mismas nubes; ya
por transfusión de una sutilísima luz de las nubes; ya porque el fuego
comprime las nubes y causa los truenos; como también por el movimiento de éste,
y por la inflamación del viento hecha por llevamiento arrebatado o giro
vehemente. También puede ser que por rompimiento de las nubes a violencia de
los vientos, y caída de los átomos causadores del fuego, se produzca la imagen
del relámpago. Otros muchos modos observará fácilmente quien atienda a los
fenómenos que vemos, y pueda contemplar las cosas a ellos semejantes.
70. »El relámpago precede al trueno en dichos globos de nubes, porque luego
que cae el soplo del viento es expelida la imagen creatriz del relámpago;
después el viento envuelto allí hace aquel ruido, y según fuere la inflamación
de ambos, lleva también mayor velocidad y ligereza el relámpago hacia nosotros;
pero el trueno llega después, al modo que en las cosas que vemos de lejos que
dan algunos golpes.
71. »Los rayos pueden hacerse, ya por muchos globos de viento; ya por su
revolución y vehemente inflamación; por rompimiento de alguna parte y su
violenta caída a parajes inferiores, y regularmente son los montes elevados
donde los rayos caen; por hacerse la ruptura a causa de que las partes que le
siguen son más densas por la densidad de las nubes revueltas por esta
caída del fuego. Como también puede hacerse el trueno
por haber excitado mucho fuego, el cual, cargado de viento fuerte, rompa la
nube, no pudiendo pasar adelante a causa de que el recíproco adensamiento se
hace de continuo; y de otros muchos modos pueden hacerse los rayos, sin que se
mezclen fábulas, como no las habrá cuando uno juzgue de las cosas ocultas
siguiendo atentamente las manifiestas.
72. »Los présteres o huracanes pueden hacerse por las muchas nubes que un
continuo viento impele hacia abajo, o por un gran viento que corra con violencia
e impela por defuera de las nubes unas a otras; por la
perístasis (751) del viento cuando algún aire es oprimido por arriba
circularmente; por afluencia grande de vientos que no pueden disiparse por
partes opuestas, a cansa de la densidad del aire circunvecino. Si el préster baja
hasta la tierra, se levantan torbellinos, al paso que se hace el movimiento del
viento, y si baja al mar, vórtices de agua.
73. »Los terremotos pueden provenir o del viento encerrado en la tierra, el cual,
pugnando en los entumecimientos menores de ella, se mueve de continuo cuando
prepara la agitación de la tierra, y la va ocupando otro viento de afuera; o por
el aire que entra debajo del suelo, o en parajes cavernosos de la tierra,
adensado a la violencia de los soplos. Según este tránsito, pues, de movimiento
de muchas partes inferiores y sólidas, y de su resorte cuando da en partes de la
tierra más densas, es dable se hagan los terremotos, no negando puedan también
hacerse de otros muchos modos estos movimientos de la tierra.
74. »Los vientos suelen excitarse en ciertos tiempos, cuando continuamente y de
poco en poco se van uniendo partículas heterogéneas, y también por juntarse
gran copia de agua. Los vientos menos fuertes se hacen cuando entran pocos
soplos en muchas cavidades, y se distribuyen en todas ellas.
75. »El granizo se forma o por una concreción fuerte proveniente de todos lados
a causa de la perístasis y distribución de algunas partículas impregnadas de
aire, o por concreción moderada, cuando algunas otras partículas como de agua
salen igualmente y hacen la opresión de los granos, y también por rompimiento,
de manera que cada grano subsista de por sí y se concreten en abundancia. Su forma
esférica no es imposible se haga o por liquidación de sus ángulos y extremos en
rededor al tiempo de tomar consistencia, como dicen algunos, o porque su
circunferencia, sea de partes ácueas o sea de áreas, tiene igual presión por
todas partes.
76. »La nieve puede hacerse o cayendo de las nubes el agua tenue por poros
proporcionados; o condensándose las nubes dispuestas y esparciéndolas los
vientos, adquiriendo luego mayor densidad con el movimiento, por el estado
de vehemente frialdad que tienen las nubes en parajes inferiores; o por
concreción hecha en las nubes de igual variedad, puede hacerse esta emisión de
ellas, encontrándose mutuamente las partículas parecidas al agua, y quedándose unidas, las mismas que
compeliéndose entre sí forman el granizo; todas las cuales cosas se hacen
principalmente en el aire. No menos, por el choque de las nubes ya densas, se
coagula y forma la gran copia de nieve, y todavía se puede hacer de otros muchos
modos.
77. »El rocío se hace congregándose del aire mutuamente las partículas que son
causa de esta humedad; pero también por la extracción de ellas de parajes
húmedos o que contienen aguas, en cuyos sitios se hace principalmente el
rocío. Cuando el acopio de tales vapores toma un lugar y se perfecciona en
humedad, vuelve a moverse hacia abajo y cae en varios parajes, al modo que entre
nosotros se hacen cosas semejantes a ésta (752).
78. »La escarcha se hace tomando estos rocíos cierta consistencia y densidad,
por la fría perístasis del aire. El hielo se hace perdiendo el agua su figura
esférica, compeliéndose los triángulos escalenos y acutángulos del agua, y por
la mezcla y aumento que se hace exteriormente de otras cosas, las cuales,
coartadas y quebrantadas las cantidades o partes esféricas, disponen el agua a
la concreción.
79. »El arco iris se hace hiriendo los resplandores del sol en el aire húmedo: o
por cierta naturaleza propia de la luz y del aire que produce las propiedades
de estos colores (ya sean todos, ya sea uno solo), la cual, reflejando luego en
lo más vecino del aire, recibe el color que vemos brillar en aquellas partes. El
ser circular su figura proviene de que su intervalo se ve igual todo en rededor:
o porque los átomos que andan en el aire reciben tal
impulso; o porque llevados estos átomos con las nubes por el mismo aire
cercano a la luna, dan a esta concreción una forma orbicular.
80. »El halón o corona alrededor de la luna se hace cuando por todas partes
concurre fuego a ella, y los flujos que la misma despide resisten con igual
fuerza, de modo que forman un círculo nebuloso y permanente a su alrededor, sin
discernir del todo uno de otro; o bien sea que removiendo la luna a igual
distancia el aire en contorno, forma aquella densa perístasis o círculo a
su rededor. Lo cual se hace por algunas partes o flujos que impelen
exteriormente, o por calor que atrae allí algunas densidades a propósito para
causar esto.
81. »Los cometas se hacen o porque a ciertos tiempos se coliga en lo alto
cantidad de fuego en ciertos lugares; o porque la perístasis o circunferencia
del cielo tiene a tiempos cierto movimiento propio sobre nosotros que manifiesta
tales astros; o porque ellos mismos, en algunos tiempos, son llevados por a1guna
perístasis, y viniendo a nuestras regiones se hacen manifiestos. Su defecto u
ocultación se hace por las causas opuestas a lo dicho, dando giro a algunas de
estas cosas, la cual acontece no sólo porque esté quieta esta parte del mundo,
a cuyo alrededor gira lo restante, como dicen algunos, sino porque el movimiento
circular del aire le está en rededor, y le impide el giro que tienen los demás;
o porque ya en adelante no les es apta la materia, sino sólo allí donde los
vemos puestos. Aun puede hacerse esto de otros muchos modos, si sabemos inferir
por raciocinio lo que sea conforme a lo que se nos manifiesta.
82. »Algunos astros van errantes cuando acontece que tomen semejantes
movimientos; otros no se mueven. Es dable que aquéllos, desde el principio,
fuesen obligados a moverse contra lo que se mueve circularmente, de modo que
unos sean llevados por una misma igual revolución, y otros por otra que padezca
desigualdades. Puede ser también que en los parajes donde corren haya algunos
en que las extensiones del aire sean iguales, y les impelan así adelante, y
ardan con igualdad; y en otros sea tanta la desigualdad, que aun lo que se ve
haga mutaciones. El dar una sola causa de estas cosas,
siendo muchas las que los fenómenos ofrecen, lo hacen necia e
incongruamente los que andan ciegos en la vana astrología, y dan en vano las
causas de algunas cosas, sin separar a la naturaleza divina de estos
ministerios.
83. »Obsérvese a veces que algunos astros se dejan detrás a otros, ya porque
éstos andan con más lentitud, aunque hacen el mismo giro, ya porque tienen otro
movimiento contrario al de la esfera que los lleva, y ya
porque en su vuelta unos hacen el círculo mayor y otros menor. El definir
absolutamente estas cosas pertenece a los que gustan de ostentar prodigios a las
gentes.
84. »En cuanto a las estrellas que se dice caen, puede esto ser por colisión
con alguna cosa, o con ellas mismas, puesto que caen hacia donde corre el
viento, como dijimos de los rayos. También pueden hacerse por un concurso de
átomos productivo de fuego, dada la oportunidad de producirlo; o por el mismo
movimiento hacia la parte a que desde el principio se dirigió impetuosamente el
agregado de átomos; o por algunas porciones de viento condensadas a manera de
niebla, y encendidas a causa de su revolución, haciendo después ruptura de quien
las sujeta, hacia cualquiera parte que se dirijan sus ímpetus, llevadas allí por
el movimiento. Todavía hay otros modos inexplicables con que esto puede
hacerse.
85. »Las señales o indicios que se toman de ciertos
animales, se hacen según lo que acontece en las estaciones, pues los animales
no nos traen coacción alguna de que sea invierno, v.gr., ni hay naturaleza
divina alguna que esté sentada, observando las salidas y movimientos de estos
animales, y luego produzca las señales referidas. Ni por ventura animal alguno
de alguna consideración caerá en necedad semejante, cuanto menos el que goza de
toda felicidad.
86. »Todas estas cosas, oh Pitocles, debes tener en la memoria, para poder
librarte de patrañas y observar las cosas homogéneas a ellas. Dedícate
principalmente a la especulación de los principios, del infinito y demás cosas
congénitas, los criterios, las pasiones y aquello por cuya causa examinamos
dichas cosas. Una vez bien consideradas, ellas mismas facilitarán el
conocimiento de las cosas particulares. Los que poco o nada aprecian
estas causas, manifiestan que ni pudieron penetrar las que aquí trato, ni
consiguieron aquello por que deben solicitarse (753).
87. [Esto es cuanto opinó de los meteoros. En orden a la conducta de la vida, y
cómo conviene huyamos unas cosas y elijamos otras, escribe así; en lo cual
recorremos principalmente su sentir y el de sus discípulos acerca del sabio]:
Dice que el daño humano, o procede de odio, o de envidia, o de desprecio, y a
todo es superior el sabio con el raciocinio. Que quien una vez llegase a
sabio, ya no podrá recibir disposición contraria ni sujeta a variaciones.
Que estará sujeto a pasiones, pero esto ningún estorbo le hará para la
sabiduría. Que no de todas las disposiciones del cuerpo se hace el sabio, ni de
todas las naciones. Que el sabio, aunque sea atormentado, será feliz. Que sólo
el sabio es agradecido a sus amigos, tanto presentes como ausentes. Y si ve que
alguno es atormentado, tendrá piedad y se condolerá con él (754). Que el sabio
no recibirá mujer que las leyes prohíben, como dice Diógenes en el Epítome de
los dogmas morales de Epicuro. Que no atormentará a sus esclavos, sino que
tendrá misericordia, y perdonará a todos los buenos.
88. »No son de opinión los epicúreos que el sabio deba amar, ni tomarse cuidado
de su sepulcro, ni que haya dios alguno que influya amor, como lo dice el mismo
Diógenes en el libro XII, ni tampoco que el sabio se dé a hablar especiosamente.
Dicen que el congreso carnal jamás ha sido provechoso, y ojalá que no haya sido
dañoso. Que el sabio podrá casarse y procrear hijos, según dice
Epicuro en sus
Ambigüedades y en su Física; pero a veces por las circunstancias de su vida, no
se ha de casar, con lo cual desviaría a otros de casarse. Que no se ha de
perseverar en la embriaguez, lo dice Epicuro en su Simposio; ni mezclarse en el
gobierno de la república, como dice en el libro I De las Vidas; ni procurará la
tiranía; ni vivirá como cínico, como lo dice en el libro II De las Vidas. Que no
será mendigo, antes bien, aunque quede sin vista, gozará de la vida, según
escribe allí mismo (755). Que el sabio también padecerá dolor: así lo dice
Diógenes en el libro V De las cosas selectas.
89. »Que será juzgado; que dejará escritos, mas no perorará en los concursos
generales. Prevendrá su vitalicio y las cosas venideras; amará el campo;
resistirá los embates de la fortuna; no injuriará a ningún amigo, cuidará de su
buen nombre en tanto que no sea menospreciado. Que el sabio en los espectáculos
se divertirá más que los otros. Dicen que los pecados son desiguales; que la
salud para unos es un bien, para otros cosa indiferente. Que la fortaleza no
dimana de la naturaleza, sino de la razón y conveniencia. Que la amistad
se ha de procurar para usar de ella, y debe comenzar de nosotros, pues
también sembramos la tierra (756). Consiste ésta en una comunión de ánimos
en los deleites.
90. »Que la felicidad se entiende en dos modos: la
suprema, que reside en Dios y no admite incremento; y la humana, que recibe
incremento y decremento de deleites. Que el sabio pondrá imágenes si las tiene
(757), y vivirá con indiferencia si no las tiene. Que sólo el sabio disputará
rectamente acerca de la música y poesía. Que compondrá poemas, pero no fingidos.
No se conmoverá de que uno sea más sabio que otro. Si es pobre, podrá lucrar,
pero sólo de la ciencia. Que obsequiará al monarca en todo tiempo (758). Dará
las gracias a quien obrare rectamente. Que tendrá escuela abierta; mas no
solamente para juntar gran número de oyentes. Leerá en público, pero no por sola
su voluntad y antojo. Que establecerá dogmas, y no dudará. Semejante será aún
durmiendo, y caso que importe, morirá también por un amigo.» Así opinan éstos
acerca del sabio. Pasemos ya a la carta:
EPICURO A MENECEO: GOZARSE
91. »Ni el joven dilate el filosofar, ni el viejo de
filosofar se fastidie; pues a nadie es intempestivo ni por muy joven ni por muy
anciano el solicitar la salud del ánimo. Y quien dice que o no ha llegado el
tiempo de filosofar, o ya ha pasado, es semejante a quien dice que no ha llegado el tiempo de
buscar la felicidad o ya ha pasado (759). Así, que deben filosofar
viejos y jóvenes: aquéllos para reflorecer en el bien a beneficio de los
nacidos; éstos para ser juntamente jóvenes y ancianos, careciendo del
miedo de las cosas futuras. Conviene, pues, cuidar de las cosas que producen
la felicidad, siendo así que con ella lo tenemos todo, y
no teniéndola, lo ejecutamos todo para conseguirla. Practica, por tanto, y
solicita las cosas que te he amonestado repetidas veces, teniendo por cierto
que los principios para vivir honestamente son éstos: primero,
que Dios es animal inmortal y bienaventurado, según suscribe de Dios la común
inteligencia, sin que les des atributo alguno ajeno de la inmortalidad e
impropio de la bienaventuranza; antes bien, has de opinar de él todo aquello que
pueda conservarle la bienaventuranza e inmortalidad. Existen, pues, y hay
dioses, y su conocimiento es evidente; pero no son cuales los juzgan muchos,
puesto que no los atienden como los juzgan. Así,
no es impío el que niega los dioses de la plebe o vulgo,
sino quien acerca de los dioses tiene las opiniones vulgares; pues las
enunciaciones del vulgo, en orden a los dioses, no son anticipaciones, sino
juicios falsos (760). De aquí nacen las causas de enviar los dioses daños gravísimos a los
hombres malos y favores a los buenos, pues siéndoles sumamente gratas las
virtudes personales, abrazan a los que las poseen, y tienen por ajeno de sí
todo lo que no es virtuoso.
92. »Acostúmbrate a considerar que la muerte nada es contra nosotros, porque
todo bien y mal está en el sentido, y la muerte no es otra cosa que la privación
de este sentido mismo. Así, el perfecto conocimiento de que la muerte no es
contra nosotros hace que disfrutemos la vida mortal, no añadiéndola tiempo
ilimitado, sino quitando el amor a la inmortalidad. Nada hay, pues, de molesto
en la vida para quien está persuadido de que no hay daño alguno en dejar de
vivir. Así, que es un simple quien dice que teme a la muerte, no porque
contriste su presencia, sino la memoria de que ha de venir; pues lo que
presente no conturba, vanamente contrista o duele esperado. La muerte, pues,
el más horrendo de los males, nada nos pertenece; pues mientras nosotros
vivimos, no ha venido ella; y cuando ha venido ella, ya no vivimos nosotros.
Así, la muerte ni es contra los vivos ni contra los muertos; pues en aquéllos
todavía no está, y en éstos ya no está. Aun muchos huyen la muerte como el
mayor de los males, y con todo eso suelen también tenerla por descanso de los
trabajos de esta vida. Por lo cual el sabio ni teme el no vivir, puesto que la
vida no le es anexa, ni tampoco lo tiene por cosa mala. Y así como no elige la
comida más abundante sino la más sabrosa, así también en el tiempo no escoge
el más diuturno, sino el más dulce y agradable.
93. »No es menos simple quien amonesta los jóvenes a vivir honestamente, y a los
viejos a una muerte honesta; no sólo porque la vida es amable, sino porque el
mismo cuidado se debe tener de una honesta vida, que de una honesta muerte.
Mucho peor es quien dice:
Bueno es no ser nacido, o en naciendo
caminar del averno a los umbrales;
pues si quien lo dijo lo creía así, ¿qué hacía que no partía de esta vida? Esto
en su mano estaba, puesto que sin duda se le hubiera otorgado la petición; pero
si lo dijo por chanza, fue un necio en tratar con burlas cosa que no las admite.
94. »Se ha de tener en memoria que lo futuro ni es nuestro, ni tampoco deja de
serlo absolutamente: de modo que ni lo esperemos como que ha de venir
infaliblemente, ni menos desesperemos de ello como que no ha de venir nunca.
Hemos de hacer cuenta que nuestros deseos los unos son naturales, los otros
vanos. De los naturales unos son necesarios, otros naturales solamente. De los
necesarios unos lo son para la felicidad, otros para la tranquilidad del cuerpo,
y otros para la misma vida. Entre todos ellos, la especulación es quien sin
error hace que conozcamos lo que debemos elegir y evitar para la sanidad del
cuerpo y tranquilidad del alma; pues el fin no es otro que vivir felizmente. Por
amor de esto hacemos todas las cosas, a fin de no dolernos ni conturbarnos.
Conseguido esto, se disipa cualquiera tempestad del ánimo, no pudiendo
encaminarse el animal como a una cosa menor, y buscar otra con que complete el
bien del alma y cuerpo.
95. »Nosotros necesitamos del deleite cuando nos dolemos de no tenerlo; mas
cuando no nos dolemos, ya no lo necesitamos. Por lo cual decimos que el deleite
es el principio y fin de vivir felizmente. A éste conocemos por primero y
congénito bien: de él toman origen toda
elección y fuga; y a él ocurrimos discerniendo todo bien
por medio de la perturbación o pasión como a regla. Y
por cuanto es éste el primero y congénito bien, por eso
no elegimos todos los deleites, antes bien acontece que
pasamos por encima de muchos cuando de ellos se nos ha
de seguir mayor molestia. Aun preferimos algunos dolores
a los deleites, si se ha de seguir mayor deleite a la
diuturna tolerancia de los dolores.
96. »Todo deleite es un bien a causa de tener por
compañera la naturaleza, pero no se ha de elegir todo
deleite. También todo dolor es un mal; pero no siempre
se han de huir todos los dolores. Debemos, pues, discernir
todas estas cosas por conmensuración, y con respecto
a la conveniencia o desconveniencia; pues en algunos
tiempos usamos del bien como si fuese mal, y al contrario,
del mal como si fuese bien. Tenemos por un gran
bien el contentarse con una suficiencia, no porque siempre
usemos escasez, sino para vivir con poco cuando no
tenemos mucho, estimando por muy cierto que disfrutan
suavemente de la magnificencia y abundancia los que
menos la necesitan, y que todo lo que es natural es fácil
de prevenir; pero lo vano, muy difícil. Asimismo, que
los alimentos fáciles y sencillos son tan sabrosos como
los grandes y costosos, cuando se remueve y aleja todo
lo que puede causarnos el dolor de la carencia. El pan
ordinario (761) y el agua dan una suavidad y deleite
sumo cuando un necesitado llega a conseguirlos.
97. »El acostumbrarnos, pues, a comidas simples
y nada magníficas es conducente para la salud; hace
al hombre solícito en la práctica de las cosas necesarias
a la vida; nos pone en mejor disposición para concurrir
una u otra vez a los convites suntuosos, y nos prepara
el ánimo y valor contra los vaivenes de la fortuna.
Así, que cuando decimos que el deleite es el fin, no queremos entender
los deleites de los lujuriosos y derramados, y los que consisten en la fruición,
como se figuraron algunos, ignorantes de nuestra doctrina o contrarios a ella, o
bien que la entendieron siniestramente; sino que unimos el no padecer dolor en
el cuerpo con el estar tranquilo en el ánimo. No son los convites y banquetes,
no la fruición de muchachos y mujeres, no el sabor de los pescados y de los
otros manjares que tributa una mesa magnífica los que producen la vida suave,
sino un sobrio raciocinio que indaga perfectamente
las causas de la elección y fuga de las cosas, y expele
las opiniones de quienes ordinariamente la turbación
ocupa los ánimos.
98. »De todas estas cosas la primera (762) y principal
es la prudencia; de manera que lo más estimable y precioso de la filosofía
es esta virtud, de la cual proceden todas las demás virtudes. Enseñamos que
nadie puede vivir dulcemente sin ser prudente, honesto y justo; y por el
contrario, siendo prudente, honesto y justo no podrá dejar de vivir dulcemente;
pues las virtudes son congénitas de la suavidad de vida, y la suavidad de vida
es inseparable de las virtudes. Porque ¿quién crees que puede aventajarse a
aquel que opina santamente de los dioses, nunca teme la muerte, y discurre
bien del fin de la naturaleza; que pone el término de los bienes en cosas
fáciles de juntar y prevenir copiosamente, y el de los males en tener por
breves su duración y su molestia; que niega el hado, al cual muchos introducen
como dueño absoluto de todo, y sólo concede que tenemos algunas cosas por la fortuna,
y las otras por nosotros mismos; y en suma, que lo que está en nosotros es libre,
por tener consigo por naturaleza la reprensión o la recomendación? Sería
preferible seguir las fábulas acerca de los dioses a deferir servilmente
al hado de los naturalistas; pues lo primero puede esperar excusa por el
honor de los dioses; pero lo segundo se ve en una necesidad inexcusable (763).
99. [Epicuro no tiene por diosa a la Fortuna, como creen
algunos (pues para Dios nada se hace sin orden), ni tampoco por causa
inestable (esto es, afirma que de la Fortuna ningún bien ni mal proviene
a los hombres para la vida feliz y bienaventurada); pero que suele ocasionar
principios de grandes bienes y males.] «Se ha de juzgar que es mejor
ser infeliz racionalmente, que feliz irracionalmente; y que gobierna la
fortuna lo que en las operaciones se ha juzgado rectamente.
100. »Estas cosas y otras semejantes deberás
meditar continuamente día y noche contigo mismo y con tus
semejantes; con lo cual, ya duermas, ya veles, nunca padecerás
perturbación alguna, sino que vivirás como un dios entre los
hombres; pues el hombre que vive entre bienes inmortales, nada
tiene de común con el animal mortal.» [Niega Epicuro en sus libros
toda arte adivinatoria; y en su Epítome pequeño dice es arte
insubsistente, y aun cuando no lo fuera, se ha de juzgar que nada
nos tocan las cosas acaecidas. Hasta aquí lo perteneciente a la vida;
y aun en otros libros trata de esto repetidas veces.]
101. [En orden al deleite disiente de los cirenaicos,
pues éstos no admiten el habitual y estable, sino sólo el que está en
movimiento; pero aquél admite a entrambos, el del alma y el del cuerpo,
como lo dice en el libro De la elección y fuga, en el Del fin,
en el primero De las Vidas, y en la Carta a sus amigos los de Mitilene.
Lo mismo escribe Diógenes en el libro XVI De las cosas selectas,
y Metrodoro en su Timócrates, por estas palabras: Deleite se
entiende tanto el que está en el movimiento, cuanto el estable.
Y Epicuro en el libro De las elecciones habla así: La tranquilidad
y la carencia del dolor son deleites estables; el gozo y el regocijo se ven
en acto según el movimiento.]
102. [Disiente asimismo de los cirenaicos en otra
cosa. Dicen éstos que los dolores corporales son peores que los del ánimo,
puesto que los delincuentes son castigados en el cuerpo; pero
Epicuro
tiene por mayores los dolores del ánimo; pues la carne sólo tiembla por el
dolor presente, más el alma por el pasado, presente y futuro. Así que el
dolor del alma es mayor que el del cuerpo. Que el deleite sea el fin lo
prueba diciendo que los animales luego que nacen ya se amansan con él, y se
irritan con el dolor, todo naturalmente y sin el auxilio de la razón.
Huimos, pues, del dolor espontáneamente, como huía Hércules, el cual,
estándose consumiendo en las llamas de la túnica,
Clama, muerde, lamenta,
gimen en rededor las piedras todas;
las cimas de los montes de los Locros,
y de Eubea las cumbres elevadas.
Las virtudes se han de elegir no por sí, sino por causa
del deleite, como las medicinas por la salud. Así lo dice Diógenes en el
libro XX De las cosas selectas, el cual llama virtud al
divertimiento (764). Pero Epicuro dice que sólo la virtud es
inseparable del deleite (765): todas las demás cosas se apartan
de ella como mortales.]
SUMARIO DE LAS
OPINIONES DE EPICURO
103. Pongamos ya fin a este Epítome y a la
vida de nuestro filósofo, coronándola de un sumario de sus opiniones primarias,
con lo cual dejamos concluida toda la presente obra, usando del fin que es
principio de la felicidad.
1. Lo bienaventurado e inmortal, ni él cuida de negocios,
ni los encarga a otro; de donde nace que ni lo mueve la ira ni el afecto,
pues todo esto arguye enfermedad y flaqueza. En otros lugares dice que los
dioses son asequibles por medio de la razón (766); unos subsistentes según
número, otros según una especie de semejanza, procedida de la perenne
influencia de imágenes semejantes, perfeccionados por la especie
humana,(767).
2. La muerte en nada nos toca, pues lo ya disuelto
es insensible, y lo insensible en nada nos toca.
3. El término y fin de la magnitud de los deleites
es el sustraerse de todo cuanto duela. En donde hubiere cosa deleitable,
mientras ésta dura, no la hay que duela, o aflija, o ambas cosas.
4. Lo que causa dolor no permanece siempre en la carne,
sino que su vehemencia dura poco; y aun lo que sólo priva del deleite según
la carne, suele no durar muchos días. Las enfermedades largas más tienen de
deleitable en el cuerpo, que de aflictivo (768).
5. No puede haber vida dulce si no es también
prudente, honesta y justa; ni se puede vivir con prudencia, honestidad
y justicia, sin que también se viva dulcemente. Aquel, pues, que
no vive con prudencia, honestidad y justicia, tampoco podrá vivir
con dulzura.
6: Para asegurarse de los hombres es un bien físico el
principado y el reino de cualquiera modo que uno puede ganárselo (769).
7. Quisieron algunos ser célebres y famosos, creyendo
así asegurarse de los hombres. Si así quedó segura su vida, recibieron
de la naturaleza este bien; pero si no lograron la seguridad, no tienen
aquello que desde el principio apetecieron contra la costumbre de la
naturaleza.
8. Ningún deleite es malo por sí mismo; pero la
producción de ciertos deleites trae muchas más turbaciones que deleites.
9. Si todo deleite se adensase (770), y con el tiempo,
según su período, se acumulase en las partes principales de la
naturaleza (771), los deleites no se diferenciarían entre sí (772).
10. Si las cosas que deleitan a los voluptuosos
disolvieran de la mente los temores de los meteoros, de la muerte
y de los dolores, y además mostraran el término de los apetitos, no
tendríamos cosa que reprenderles, aunque se anegasen en placeres, como que por
ningún lado tienen dolor ni aflicción, que son el mal.
11. Si nada nos conturbasen los recelos de las cosas
de los meteoros y los de la muerte, caso que en algo nos pertenezca
(si algo entiendo de los confines de dolores y deseos) no tendríamos
necesidad de la filosofía.
12. Quien ignora la naturaleza del universo y se cree de patrañas, no podrá
perder el miedo de las cosas principales. Así no es posible disfrutar deleites
inocentes sin fisiología.
13. No sería útil prevenirse y asegurarse contra los hombres si fuesen temibles
las cosas de arriba, las que están bajo de la tierra, y absolutamente las que
residen en el infinito.
14. Como la seguridad humana llega hasta un cierto término, la que procede de
tranquilidad y dejación de muchedumbre de cosas se consigue por virtud
exterminativa y por una sincerísima suficiencia.
15. Las riquezas naturales tienen término y son fáciles de prevenir; pero los
proyectos de riquezas vanas coinciden con lo infinito.
16. Corta es la fortuna que viene al sabio; pero las cosas grandes y principales
las ordena la razón, las dispone ahora de continuo y las dispondrá siempre (773).
17. El justo está absolutamente libre de turbaciones; al injusto
asedian infinitas.
18. Una vez removido y alejado lo que causaba dolor por la pobreza, no se
aumenta el deleite en la carne, si que sólo se varía.
19. En orden al deleite pone cotos al entendimiento la pesquisa de estas cosas y
otras homogéneas, las cuales efectivamente producen grandes temores en el entendimiento mismo.
20. El tiempo ilimitado tiene igual deleite que el limitado, si medimos por el
raciocinio los términos del deleite.
21. Si la carne recibió ilimitados los confines del deleite, también a éste el
tiempo lo hace ilimitado.
22. Si la mente, comprendiendo por la razón el fin y término de la carne, y
disipando los temores de la eternidad, hiciese una vida del todo perfecta, ya
no tendría necesidad del tiempo ilimitado; pero no evitaría el deleite (aun
cuando los negocios dispusiesen la salida de esta vida), sino que moriría como
dejando algo de una vida ilimitada.
23. Quien conoce y sabe los limites de la vida, sabe también cuán fácil es de
prevenir lo que quita la aflicción de la indigencia y lo que hace a toda la
misma vida absolutamente perfecta. Así no hay necesidad de negocios que traen
luchas consigo.
24. Conviene tener en el entendimiento un fin subsistente y según toda
evidencia al cual refiramos cuanto opinemos; pues de lo contrario, todo andará
irresoluto y lleno de turbulencias.
25. Si repugnas a todos los sentidos, ni tendrás de ellos a quien llames falso,
ni podrás juzgar de aquello que pretendes saber.
26. Si desechas simplemente algún sentido, y en aquello que opinas no lo divides
por lo que se espera, y por lo que ya está presente, según los sentidos y
pasiones, y por toda accesión fantástica de la mente, confundirás los demás
sentidos con una opinión fatua y necia, como que desechas todo criterio.
27. Si afirmas todo cuanto queda en los discursos opinables y no dejas lo
incontestable como a falso que es, serás semejante a quien conserva toda
ambigüedad y toda indiferencia acerca de lo recto o irrecto.
28. Si no refieres en todos tiempos las acciones al fin de la
naturaleza, sino
que te apartas antes, ya huyendo, ya haciendo pesquisa de algo, no serán tus
acciones consecuentes a tus palabras.
29. De cuantas cosas adquiere la sabiduría para la felicidad de toda la vida, la
mayor es la posesión de la amistad. Aun en medio de la cortedad de bienes, se ha
de tener por cierto que la amistad da seguridad.
30. La misma sentencia produce la confianza de que
no hay ningún daño eterno, ni aun muy prolijo.
31. De los apetitos unos son naturales y necesarios;
otros naturales y no necesarios, y otros ni naturales ni
necesarios, sino movidos. Epicuro tiene por naturales
y necesarios a los que disuelven las aflicciones, como
el de la bebida en la sed; por naturales y no necesarios
a los que sólo varían el deleite, mas no quitan la aflicción,
como son las comidas espléndidas y suntuosas; y
por no naturales ni necesarios tiene v.gr. a las coronas y erección de estatuas.
32. Los apetitos que no inducen aflicción mientras
no se consuman, no son necesarios; antes tienen un
grado de deseo fácil de disolver siempre que se tienen
por arduos de conseguir o se juzgan productores de algún daño.
33. Si se tiene gran pasión por los apetitos que nos
traen aflicción si no se consuman, esto ciertamente dimana de vana opinión
y de su propia naturaleza (no por alguna utilidad, sino para la vana
opinión del hombre).
34. Lo justo por naturaleza es símbolo de lo conveniente,
v.gr., no dañar a otros, ni ser dañado.
35. Los animales que no pudieron convenirse con pacto alguno
de no dañar ni ser dañados, no reciben justicia, ni padecen injusticia. Lo mismo
es de las gentes que no pueden o no quieren tales pactos,
por los cuales no dañen ni reciban daño.
36. La justicia nada sería por sí; pero en el trato
común y recíproco se hacen algunas convenciones en todas partes,
de no causar daño ni recibirlo.
37. La injusticia no es un mal por sí misma, sino
por el miedo de que no podrá ocultarse a los vindicadores de ella.
38. Quien hace ocultamente algo contra la mutua convención de no dañar ni ser
dañado, no hay para que crea que puede estar oculto; pues aunque lo esté
algún tiempo por lo presente, no es seguro lo estará hasta la muerte.
39. El derecho común es uno mismo a todos (y es cosa conveniente en la sociedad
humana); pero el privado no siempre es el mismo, por algunas circunstancias de los países.
40. Lo que se confirma por testimonio como conveniente al uso común en la
sociedad civil tomado de cosas ya tenidas por justas, tiene lugar de justo, hágase en
todos lo mismo o no se haga.
41. Si se establece por ley alguna cosa que luego no
trae utilidad a la sociedad civil, ya no tiene la naturaleza de justa. Pero
si sucediese de manera que lo justo correspondió sólo por algún tiempo a los efectos
deseados; con todo eso, durante aquel tiempo en que era útil, era también justo, en
sentir de los que no se asustan de voces huecas y atienden a muchas cosas.
42. Donde no habiendo novedad alguna en los negocios
ordinarios, pareciere que las cosas creídas justas acerca de las operaciones
mismas no corresponden a la esperanza concebida, ciertamente no eran justas;
pero ocurriendo novedad en las mismas cosas ordinarias, ya no son convenientes las
leyes puestas. Así que sólo eran allí justas cuando eran convenientes a la mutua
sociedad de los ciudadanos; después cuando no eran convenientes, ya no eran
justas.
43. Quien se formare debidamente una verdadera seguridad
de las cosas externas, éste se familiarizó e hizo compañero de los que
pueden hacerse, pero enemigo de las imposibles; en las cuales no se inmiscuye,
y expele cuantas no conviene practicar.
44. Los que tuvieron vigor para adquirirse verdadera seguridad
de sus prójimos, vivieron entre ellos dulcísimamente, guardándose una fidelidad
firmísima, y gozando de una muy estrecha amistad, no llorarán como digna de
compasión la temprana muerte de ninguno de ellos.
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(704) Esto es, cegato o cegajoso.
(705) La cótila contenía cerca de media libra de agua, como ya dijimos en otro lugar.
(706) Οίνιδίου, vinillo, como si dijera vino ordinario y vil.
(707) Enero.
(708) Templo de Atenas dedicado a la gran madre de los dioses.
(709) Entiéndese mes lunar, o el día 20 de la luna, como declara Cicerón, libro De finibus.
(710) Las palabras puestas entre paréntesis y claudatur son ciertamente espurias, intercaladas por algún semidocto,
como prueba Gasendo en la Vida de Epicuro y lo conocerá cualquiera por lo que se sigue.
(711) Πρός puede ser á, como antes, A los médicos, A Timócrates.
(712) Como si dijera horti-tyrannus.
(713) Eran anotaciones, escolios u observaciones selectas.
(714) Esto es, del favor conseguido por dones y regalos.
(715) Περί μεταρσίων: rerum sublimium.
(716) Que arriba, pár. 20, dijo eran cuatro. Entiendo que en estos libros
comprendía Epicuro la parte moral de su filosofía, cuyo extracto nos ha quedado
en su tercera Carta. Así, aunque en los tres lugares se traduce comúnmente el περί
βίων De las
vidas, no dudo pueda traducirse Del modo de vida.
(717) σύνΟεσιν.
(718) Φαντάσματα.
(719) Uso esta voz puramente latina para expresar mejor la griega νένοισν. El buen concepto que tengo formado de los lectores me alienta
en estas materias a desestimar el sobrecejo de los puristas.
(720) Τύπος.
(721) Leo δηλον por άδηλον, que tiene el texto común, siguiendo el parecer de Künhio.
(722) άναφή.
(723) Este último período es de Laercio; y tendrá el lector que sufrir otros muchos que va intercalando fastidiosamente entre las
palabras de Epicuro. Yo procuraré indicarlos encerrándolos entre paréntesis rectangulares.
(724) Πλήρη, como si se dijera compactos, sólidos y sin poros.
(725) συνεχώς, crebrè, frequenter.
(726) στεναζόμεναι puede significar cubiertos.
(727) Así traduzco las palabras πάν τε μέγεΟος μη εϊαι περί αύτάς. Kühnio
traduce: non quoevis magnitudo sub sensum cadens; lo cual milita contra Demócrito, que admitió átomos sensibles.
(728) Meibonio dice que el color es una de éstas.
(729) Como en la nota 725.
(730) También aquí como en dicha nota 725.
(731) Lucrecio, lib. l, v. 593, dice:
Tum porro, quoniam extremum cujusque cacumen
corporis est aliquod nostri quod cernere sensus
jam nequeunt, id nimirum sine partibus extat,
et minima constat natura... (732) Lucrecio, lib. I, v. 749:
Nec prorsum in rebus Minimum consistere quiequam:
Cum videamus id extremum cujusque cacumen
esse, quod ad sensus nostros Minimum esse videtur,
conjicere ut possis ex hoc, quod cernere non quis
extremum quod habent, Minimum consistere rebus.
(733) συμφόρησις, esto es, el llevarse consigo lo que es movido, a otro que no lo era.
(734) Lucrecio, lib. II, v. 238:
Omnia quapropter debent per inane quietum
aeque, ponderibus non aequis concita ferri.
(735) Lucrecio, lib. II, v. 397:
Singula per cujusque foramina permeare.
(736) ΙΙαναισΟησία ponen Meibonio y Künhio, en lugar de άναισύησία que se leía comúnmente.
(737) στρογγυλωτάτων.
(738) De todos los corpúsculos de que el cuerpo humano consta.
(739) Προλήψεις, proenotiones, anticipationes.
(740) Lucrecio, lib. II, v. 601:
Æris in spatio magnam pendere docentes
tellurem...
(741) El regreso del sol desde los trópicos o solsticios.
(742) Εγχνλίων, continuos, que circulan.
(743) Aunque por no apartarme de la inteligencia común de este período (acaso corrupto en parte)
lo traduzco literalmente,
tengo por muy probable que Laercio quiso decir que conviene tomar algunas señales de las cosas que se hacen en los meteoros,
para irlas aplicando a los fenómenos ya conocidos, y por éstos indagar aquéllos. Otras muchas veces inculca este mismo precepto.
(744) Περιαγουένψ, como si dijera circungirado.
(745) στρογγϋλλην.
(746) Οδ χαΟ΄ άότά γενόμενα.
(747) Pedro Gasendo procura defender a su Epicuro a toda costa, acomodando el texto a su sistema por medio de infinitas
mutaciones, que pocos sabios admitirán. En el presente lugar, por lo menos, no tiene
Epicuro defensa alguna. Cicerón dice:
Epicurus in physicis totus est alienus.
(748) Como quien encendiese una vela por la mañana y la apagase a la noche.
(749) El texto pone πνεύματα, como si aquí comenzase a tratar de los vientos. Meibonio notó el error
y repuso ρεύματα, flujos,
corrientes, lluvias. Lo que se sigue hasta el fin del párrafo declara legítima esta corrección. Además, que de los vientos
habla más adelante.
(750) Menagio sospecha que podrían entenderse aquí los vasos teatrales de los antiguos, de los cuales trata Vitrubio en el capítulo
V del lib. V. Yo pienso habla de las eolípidas, o sea, ollas animatorias, que también nombra Vitrubio, lib. I, cap. VI.
(751) Circumstantiam la llama Séneca.
(752) En cualesquiera evaporaciones acontece. Véase Vitrubio, libro VII, cap. II.
(753) La tranquilidad.
(754) Sigo la corrección e interpretación de Gatakero.
(755) Vitrubio en el proemio al lib. VI.
(756) La cultivamos y abonamos para recibir la recompensa.
(757) Habla de las imágenes de sus ascendientes, de los cuales los antiguos hacían grande ostentación y pompa.
(758) ένχαιρψ puede interpretarse maturè, opportunè, en sazón.
(759) San Clemente Alejandrino trae entero este período, libro IV. strom.
(760) Véase dicho lugar de San Clemente, libro II, strom.
(761) μάξα, según Hesiquio, era una especie de pan hecho de harina de cebada
mondada, amasada con agua y aceite.
(762) Αρχή χαί τό μέγιστον άγαθόν ή φρόνησις: initium et maximum bonum est prudentia.
(763) Lean y mediten bien estos dos párrafos los que tienen a
Epicuro por un filósofo carnal y corpóreo.
(764) Διαγωγήν parece no puede tener aquí otro significado.
(765) ό δ΄ Επιχόυρος χαί άχώριστον φησί τής ήδονϊς τήν άρετήν μόνην.
(766) θεωρητούςεϊναι. Como si dijera, son contemplables o especulables.
(767) άποτελεσμέσυς άνθρωποειδψς.
(768) Cicerón, lib. II. De finib. Doloris medicamenta illa Epicurea, tanquam
è marthecio promant: Si gravis, brevis: si longus,
levis. Lo mismo trae Plutarco en el opúsculo Del modo de oír los Poetas, cerca del fin.
(769) El texto está aquí muy alterado en ediciones griegas y versiones. Marco Meibonio hace alguna corrección, separando en dos
artículos o párrafos lo que se halla unido en el 5; pero acaso lo corrompe más, y hace decir a
Epicuro cosa que quizás no imaginó.
Algunos antiguos hubo que por reinar dijeron se puede faltar al derecho y a la fe prestada. Sabidos son los versos de Eurípides
que Julio César solía repetir así:
Nam si violandum est jus, regnandi gratia
Violandum est: aliis rebus pietatem colas.
(770) Esto es, se tuviese con mucha frecuencia.
(771) El alma y el cuerpo. - Meibonio.
(772) Que era opinión de los cirenaicos, contra la cual va
Epicuro. El texto está muy dudoso, y acaso corrompido.
(773) Vitrubio en el proemio del lib. VI.
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