|
Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres
DIÓGENES - Libro Sexto
DIÓGENES (1)
(2)
(3)
(4)
(sentencias de Diógenes)
31. Preguntado qué había ganado de la filosofía, respondió: «Cuando no otra
cosa, a lo menos he sacado el estar prevenido a toda fortuna». Preguntándole
de dónde era, respondió: «Ciudadano del mundo». Sacrificando unos para
conseguir de los dioses un hijo, les dijo: «¿Y no sacrificáis por cuál deba ser ese hijo?»
Habiéndosele una vez pedido cierto impuesto público, dijo al recaudador:
«A los otros desnuda;
pero de Héctor apartarás tus manos (407).»
Decía que «las rameras son reinas de los reyes, pues piden cuanto les da la
gana». Como los atenienses decretasen que Alejandro era Libero-Padre (408),
dijo: «Hacedme a mí Sérapis». A uno que le afeaba el que entrase en lugares
inmundos, le respondió: «También el sol entra en los albañales y no se ensucia».
Estando cenando en un templo, como le sacasen el pan corrompido, lo cogió y
arrojó ,diciendo: «En el templo no debe entrar cosa inmunda». A uno que le
decía: «filosofas sin saber cosa alguna», le respondió: «Me arrogo la ciencia, y
esto también es filosofar». A otro que le traía y encargaba un muchacho,
diciéndole que tenía talento y era de muy buenas costumbres, le dijo: «¿Pues
para que necesita de mí?»
32. Solía decir que «los que dicen cosas buenas y no las hacen, no se
diferencian de una cítara, pues ésta ni oye ni siente». Entraba en el teatro
contra la gente que salía, y preguntado por qué, respondió: «Esto tengo resuelto
hacer toda mi vida». Viendo una vez que cierto joven se afeminaba mucho, le dijo:
«¿No te afrentas de hacerte peor de lo que la naturaleza te hizo? ¡Ella te hizo
hombre, y tú te fuerzas en ser mujer!» Viendo que uno muy imprudente acordaba
un salterio, le dijo: «¡No tienes vergüenza de que acordando los sones a un
madero, no concuerdas tu ánimo con la vida!» (409). A uno que decía era inepto
para la filosofía, le dijo: «Pues ¿por que vives si no piensas en vivir bien?»
A otro que menospreciaba a su padre, le dijo: «¿No tienes vergüenza de
menospreciar a aquel por quien tú eres un sabio?» Viendo a un joven dotado de
hermosura y que hablaba cosas feas, le dijo: «¿No te afrentas de sacar de una
vaina de marfil una espada de plomo?» Motejado de que bebía en la taberna,
respondió: «Y en la tienda del barbero me corto el pelo».
33. Notado de que había recibido de Antípatro un palio pequeño, dijo:
No deben desecharse
dones esclarecidos de los dioses (410).
Habiéndole uno dado un encontrón con un madero, y díchole después «guarda,
guarda», le dio él un palo con su báculo, diciendo también: «Guarda, guarda». A
uno que rogaba continuamente a una ramera, le dijo: «¿Por qué anhelas alcanzar,
miserable, una cosa de la cual vale más carecer?» A uno muy ungido con
ungüentos olorosos le dijo: «Mira no sea que la fragancia de tu cabeza cause
hedor en tu vida». Decía que «los esclavos sirven a sus amos, y los hombres
malos (411) a sus deseos». Preguntado por qué los esclavos (412) se llamaban
andrápodas, respondió: «Porque tienen los pies de hombre, y el alma como tú que
me lo preguntas». Pedía una mina a un pródigo, y como éste le preguntase por
qué a los otros pedía un óbolo y a él una mina, respondió: «Porque de los otros
espero recibir otra vez; pero si he de recibir de ti otra vez, sábenlo solamente
los dioses». Objetándole que él pedía y Platón no, dijo: «También él pide,
pero es
la cabeza acercando
para que los demás no lo conozcan.»
Viendo a un arquero inhábil, se sentó junto al blanco diciendo: «No sea que me
hiera». Decía que los amantes son unos infelices en orden a sus deleites.
37. Preguntado si la muerte es mala, respondió: «¿Cómo será mala, cuando estando
presente no es sentida?» Habiendo Alejandro venido repentinamente a su
presencia y díchole: «¿No me temes?», le preguntó si era bueno o malo; diciendo
aquél que bueno, respondió Diógenes: «¿Pues al bueno quién le teme?» Decía que
«el saber es para los jóvenes templanza, para los viejos consuelo, para los pobres
riqueza y para los ricos ornato». A Dídimo, notado de adúltero, que curaba un ojo
enfermo a una muchacha, le dijo: «Mira no sea que curando el ojo a la doncella
corrompas la pupila». Diciéndole uno que era perseguido de sus propios amigos, dijo:
«¿Y qué hemos de hacer, si ya es preciso usar de los amigos del modo mismo que de los
enemigos?» Preguntado qué es lo mejor en los hombres, respondió: «La libertad en el
decir» (413). Habiendo entrado un día en una escuela, como viese muchas musas en ella y
pocos estudiantes, dijo: «Con los dioses (414), maestro, tenéis muchos discípulos».
38. Solía hacer todas las cosas en público, tanto las de Ceres cuanto las de
Venus, valiéndose de estos argumentos: «Si el comer no es absurdo alguno,
tampoco lo será comer en el foro. Es así que el comer no es absurdo; luego ni
lo es en el foro». Ejecutando a menudo con las manos operaciones torpes a vista
de las gentes, decía: «¡Ojalá que restregándome el vientre cesase de tener hambre!»
Atribuyéndosele además otras cosas, que fuera largo traer aquí por ser muchas.
39. Decía que la ejercitación es en dos maneras: una del alma y otra del
cuerpo. Que en esta ejercitación del cuerpo se conciben frecuentes
imaginaciones que dan fácil soltura para acciones valerosas, por lo cual es
imperfecta la una sin la otra, no obstante que el buen hábito y la fortaleza se
agregan al alma o al cuerpo a quienes pertenecen. Daba sus pruebas de que del
ejercicio a la fortaleza se pasa fácilmente, pues veía que en las artes
mecánicas y otras adquieren los artesanos no poca destreza con el ejercicio
continuado. Que los flautistas, v.gr., y los atletas se diferencian entre
sí al paso que se ejercitaron con más o menos aplicación a su trabajo. Y que si
éstos hubiesen trasladado al alma al ejercicio, no hubieran trabajado inútil e
imperfectamente. Así, concluía que nada absolutamente se perfecciona en la
vida humana sin el ejercicio, y que éste puede conseguirlo todo. Por lo cual,
debiendo nosotros vivir felices abandonando los trabajos inútiles y siguiendo
los naturales, somos infelices por demencia propia. Aun el mismo desprecio del
deleite puede sernos gustosísimo una vez acostumbrados, pues así como los
acostumbrados a vivir voluptuosamente con dificultad pasan a lo contrario,
así también los ejercitados contra los deleites fácilmente los desprecian.
40. Estas cosas decía, y aun las practicaba abiertamente,
siendo con ello un falsificador de moneda, que no daba menos estimación a la
natural que a la legítima, y afirmando que «su vida se conformaba con la de
Hércules, que nada prefería a la libertad». Decía que todas las cosas son de los
sabios, afianzándolo con los argumentos arriba puestos, a saber: «Todas
las cosas son de los dioses; los dioses son amigos de los sabios, y las cosas
de los amigos son comunes entre ellos; luego todas las cosas son suyas».
Semejantemente disputaba acerca de las leyes, porque sin ellas no puede gobernarse la
república. Decía así: «Sin ciudad de nada sirve lo ciudadano y urbano; la
ciudad son los mismos ciudadanos; sin leyes de nada sirve la ciudad y los
ciudadanos; luego las leyes son cosa indispensable en la ciudad».
41. Tenía por cosa pueril la nobleza, la gloria mundana y demás cosas así,
diciendo son adornos de la malicia (415); y concluía que sólo la república
natural es la buena en el mundo (416). Decía que las mujeres debieran ser
comunes, sin tener cuenta con el matrimonio (417); sino que cada cual usase
de la que pudiese persuadir, y por consiguiente que fuesen también comunes
los hijos. Que no es mal alguno tomar cosas de los templos, comer de todos los
animales, y aun carne humana, como constaba por costumbre de otras naciones,
pues en la realidad todas las cosas están unas en otras, y entre sí se participan
(418). La carne, v.gr., está en el pan, y el pan en las hierbas, y así en los
demás cuerpos, en todos los cuales por ciertos ocultos poros penetran las partículas
y se coevaporan y unen. Esto lo hace manifiesto en su Tiestes, si acaso son suyas
las tragedias que se le atribuyen, y no de Felisco Egineta su amigo, ni de
Pasifonte Luciano, de quien afirma Favorino en su Historia varia escribió después
de muerto Diógenes.
42. Menospreció la música, la geometría, la astrología y semejantes, como
inútiles y no necesarias. Era prontísimo en ocurrir a lo que se le objetaba,
como consta de lo antedicho. Sufrió constantemente la venta de sí mismo cuando
navegando a Egina fue cogido de piratas, cuyo capitán era Escirpalo, y vendido
en Creta. En esta ocasión, preguntándole el pregonero «qué sabía hacer»,
respondió: «Mandar a los hombres»; y señalando con el dedo a cierto corintio que
pasaba por allí muy bien vestido (era el Jeníades que dijimos arriba), dijo:
«Véndeme a éste; éste necesita de amo». Comprólo en efecto Jeníades; llevóselo
a Corinto; lo hizo preceptor de sus hijos y administrador de toda su casa.
Portóse en ella de manera que Jeníades decía por todas partes: «El buen genio
vino a mi casa».
43. Refiere Cleómenes, en su libro titulado Pedagógico, que sus amigos
quisieron rescatarlo, y que él los trató de necios, diciendo que «los leones no
son esclavos de los que los mantienen, sino que éstos lo son de los leones, pues
es cosa de esclavos el temer, y las fieras son temidas de los hombres».
Tenía una persuasiva maravillosa, tanto, que a cualquiera embelesaba fácilmente
con sus palabras. Por tanto, se refiere que un tal Onesicrito, egineta, envió a
Atenas a uno de sus hijos, llamado Andróstenes, el cual, luego que oyó a Diógenes,
se quedó allí; que envió después al otro hermano, que era mayor, llamado Felisco,
de quien ya hicimos memoria, y se quedó también; y finalmente fue allá el mismo
Onesicrito, y no menos se quedó con sus hijos a estudiar la filosofía. Tanto
hechizo contenía la elocuencia de Diógenes.
44. También fueron discípulos suyos Foción, apellidado el Bueno (419); Estilpón
Megarense y otros muchos ciudadanos. Dícese que murió a los noventa años de su
edad. Acerca del modo de su muerte hay variedad de pareceres. Hay quien dice que
habiéndose comido crudo un pie de buey, se le movió cólico y murió de ello.
Otros dicen que detuvo la respiración; y de éstos es también Cecridas Megalopolitano o Cretense, el cual, en sus Meliambos, dice:
Cierto no lo sufría en otro tiempo
el sinopense, el llevador de palo,
el doblado, el que en público comía;
pero murió cerrando
fuertemente sus dientes y sus labios,
y oprimiendo el aliento. Hijo de Jove
Diógenes fue sin duda, y Can celeste.
Otros dicen que queriendo repartir un pulpo a los perros, le mordió uno el
tendón del pie, y murió de ello. Pero sus amigos, según Antístenes en las Sucesiones,
asienten más a que detuvo la respiración.
45. Vivía en el Cranio, que es un gimnasio que hay cercano a Corinto; y como
sus amigos viniesen según acostumbraban y lo hallasen cubierto con su palio,
no lo tuvieron por dormido, porque era muy poco dormidor (420); y así,
tirándole del palio, vieron que había expirado, y sospecharon que él mismo se había
muerto por deseo de dejar la vida. Dicen que se movió allí cuestión entre sus amigos
acerca de quien lo había de enterrar, de manera que casi vinieron a las manos;
pero habiendo acudido los padres de éstos y algunos señores, lo enterraron
junto a la puerta que conduce al istmo. Erigiéndole una columna, y sobre ella
un perro de mármol pario. Después también sus paisanos lo honraron con
estatuas de bronce, poniendo esta inscripción:
Caducan aun los bronces con el tiempo;
mas no podrán, Diógenes, tu gloria
sepultar las edades, pues tú solo
supiste demostrar a los mortales
facilidad de vida,
y a la inmortalidad ancho camino.
Mi epigrama a él en metro proceleumático es:
-Diógenes, ea, dime:
¿qué muerte a los infiernos te condujo?
-De un perro la cruenta mordedura.
Dicen algunos que en su muerte mandó arrojasen su cadáver sin darle sepultura,
para que todos los animales participasen de él; o bien lo metiesen en un hoyo,
cubriéndolo con un poco de polvo. Otros, que lo echasen al Eliso para ser útil a
sus hermanos (421). Demetrio trae en sus Colombroños que el mismo día en que
murió Alejandro en Babilonia, murió Diógenes en Corinto. Lo cierto es que en la
Olimpíada CXIII era ya viejo.
46. Corren de él estos libros: diálogos titulados Cefalión, Ictias, Grajo,
Leopardo, La plebe ateniense, República, Arte moral, De la riqueza, Amatorio,
Teodoro, Hipsias, Aristarco, De la muerte, Cartas. Siete tragedias, a saber:
Helena, Tiestes, Hércules, Aquiles, Medea, Crisipo y Edipo. Pero Sosícrates en
el libro I de las Sucesiones, y Sátiro en el IV de las Vidas, dicen que nada de
esto es de Diógenes. Las tragedias, dice Sátiro, son de Filisco Egineta,
discípulo de Diógenes. Soción en su libro VII dice que sólo son de Diógenes
las obras siguientes: De la virtud, De lo bueno, Amatorio, El pobre, Tolomeo,
Leopardo, Casandro, Cefalión, Filisco, Aristarco, Sísifo, Ganimedes, Críos y
Cartas.
47. Hubo cinco Diógenes. El primero, natural de Apolonia, fue físico. El
principio de sus escritos es: «Lo primero que ha de practicar el que va a
escribir de alguna materia es poner de ella un principio incontrastable.» El
segundo fue sicionio, y escribió Del Peloponeso. El tercero, éste de que hemos
tratado. El cuarto fue estoico, natural de Selencia, aunque llamado Babilónico
por la cercanía de ambas ciudades. El quinto, de Tarso, y escritor de Cuestiones
poéticas, con sus soluciones. Atenodoro dice en el libro VIII De los paseos
(422) que nuestro filósofo iba siempre muy limpio a causa de que se ungía.
__________
(407) Verso de Homero.
(408) Διόνυσον, Dionisio o Baco.
(409) Con la vida honesta.
(410) Verso 66 del lib. III de la Ilíada.
(411) Φαύγους.
(412) Falta esta voz en el texto: se suple por elipsis.
(413) Παρρησία en propiedad significa la confianza y satisfacción propia
tomada en buena parte; pero bien puede interpretarse de otras maneras.
(414} Σύν θεοϊς traducido literalmente carece de gracia; debe entenderse así: Gracias a los dioses, oh maestro, tenéis muchos discípulos,
esto es, contando las musas por discípulos.
(415) Porque debajo del especioso hábito de noble, caballero, hidalgo, etc., suelen anidar los mayores vicios y licencias.
(416) Añado la voz natural, que es lo que quiere decir Diógenes.
(417) La misma disparatada opinión sigue Platón en su República, lib. V, no haciéndose cargo de que el matrimonio es el
principio y base de la sociedad humana.
(418) Opinión de Anaxágoras, que refuta Lucrecio, lib. I, v. 875.
(419) χρηστός.
(420) νυχταλός χαί ύπνηλός.
(421) A sus hermanos los perros querría entender; pero arrojándolo al río sería útil a los peces, no a los perros. Así, los
ilustradores de Laercio enmiendan de varios modos el texto, sin duda trastornado. Sigo la corrección de Samuel Bochart que
me parece la mejor, pues sólo con anteponer un período a otro que se le pospone en el texto común queda corriente el sentido.
Debe, pues, decir: O que lo metiesen en algún hoyo y lo cubriesen con un poco de polvo, para que fuese útil a sus hermanos.
Otros dicen fue echado al Eliso. Menagio añade que este río Eliso es el que corre por Sición, junto al istmo, no el de Ática,
puesto que Diógenes murió en Corinto, como Laercio y Demetrio dicen.
(422) Véase la nota 198 a la vida de Platón. De este Atenodoro siempre cita Laercio el lib. VIII de esta obra De los paseos.
|