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Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres
DIÓGENES - Libro Sexto
DIÓGENES (1)
(2)
(opiniones de Diógenes)

23. Decía que «los hombres buenos son imágenes de los dioses»; y
el amor «ocupación de desocupados». Preguntado qué cosa es miserable en esta vida,
respondió: «El viejo pobre». Preguntado también qué animal muerde más perniciosamente,
respondió: «De los bravíos, el calumniador; de los domados, el adulador». Habiendo en
una ocasión visto dos centauros muy mal pintados, dijo: «¿Cuál de éstos es Quirón?» (386).
Decía que «una oración hecha para conseguir favores es un dogal almibarado». Al vientre
lo llamaba «Caribdis de la vida». Sabiendo que Dídimo había sido preso por adúltero, dijo:
«De su propio nombre es digno de que lo cuelguen» (387). Preguntado por qué causa es el oro
de color pálido, respondió: «Porque tiene muchos que lo buscan» (388). Viendo a una mujer
en silla de manos, dijo: «No es la jaula ajustada a la fiera». Como viese a un esclavo fugitivo
que estaba sentado junto a un pozo, le dijo: «Mozo, mira no caigas». Viendo en los
baños un muchacho ladroncillo de ropa, le dijo: «¿Vienes por algún poco de
ungüento o de ropa?» (389).
24. Habiendo visto una vez unas mujeres ahorcadas en un olivo, dijo: «¡Ojalá
que todos los árboles trajesen este fruto!» Viendo a uno que solía robar las
vestiduras de los muertos, le dijo:
«¿A qué venís, amigo? ¿Por ventura
pretendes desnudar algún difunto?» (390)
Preguntado si tenía algún criado o criada, dijo que no; y replicándole que quién
lo llevaría al sepulcro cuando muriese, respondió: «El que necesite de casa».
Habiendo visto a un joven muy hermoso que dormía sin que nadie lo cuidase, lo
despertó diciéndole: «Levántate,
No sea que durmiendo
por detrás con su dardo alguien te hiera» (391)
A uno que prevenía muchos y preciosos comestibles, le dijo:
Presto, hijo, morirás, que tanto compras.
Disputando Platón acerca de las ideas, y usando de las voces mesalidad y
vaseidad, dijo: «Yo, oh Platón, veo la mesa y el vaso; pero no la mesalidad ni
la vaseidad». A esto respondió Platón: «Dices bien; pues tienes ojos con que se
ven el vaso y la mesa, pero no tienes mente con que se entiende la mesalidad y
vaseidad». Preguntado por uno quién le parecía que había sido Sócrates,
respondió: «Un loco». Preguntado cuándo deben casarse los hombres, respondió:
«Los jóvenes todavía no; los viejos nunca». Preguntándole uno qué quería, y
dejarse dar una bofetada, respondió; «Un morrión». Visto un mocito que se
adornaba mucho, le dijo: «Si lo haces por los hombres, es inútil; si por las
mujeres, malo». Viendo a un otro joven a quien le salían los colores al
rostro, le dijo: «Ten ánimo, que ése es el color de la virtud».
25. Habiendo una vez oído a dos abogados, los condenó a entrambos diciendo: «El
uno nada ha quitado; el otro nada ha perdido». Preguntado qué vino le gustaba
más, respondió: «El ajeno». A uno que le decía: «Muchos se burlan de ti», le
respondió: «Pero yo no soy burlado». A otro que decía que el vivir es malo, le
dijo: «No el vivir, sino el vivir mal». A los que lo instaban a que buscase un
esclavo que se le había huido, les respondió: «Cosa es ridícula que pudiendo
Manes vivir sin Diógenes, no haya Diógenes de poder vivir sin Manes». Estando
comiendo aceitunas, como le sacasen una torta, arrojó las aceitunas, diciendo:
Cede al momento, oh huésped,
a los tiranos el lugar que ocupas (392).
Y aun añadió:
Azotó la aceituna (393).
Preguntado qué raza de perro era la suya, respondió: «Cuando hambriento,
melitense (394); cuando harto, molósico. También soy de aquellos perros que
muchos alaban, pero por el trabajo no se atreven a salir con ellos a caza; y
así, ni conmigo podéis vivir por miedo de los trabajos».
26. Preguntado si los sabios comen tortas, respondió: «De todo, como los demás
hombres». Siendo igualmente preguntado por qué los hombres socorren a los
mendigos y no a los filósofos, dijo: «Porque ser cojos y ciegos bien lo
esperan; pero hacerse filósofos no lo esperan». Estaba pidiendo a un avaro, y
como éste se excusase, le dijo: «Hombre, para comer te pido, no para el
sepulcro». Objetándole uno el que había hecho moneda falsa, le dijo: «Hubo un
tiempo en que era yo tal cual tú ahora; pero cual yo soy ahora, no serás tú nunca».
Culpándolo otro sobre lo mismo, dijo: «También antes (395) me meaba encima, y
ahora no». Habiendo ido a Mindo, como viese las puertas grandes siendo la ciudad
pequeña, dijo: «¡Oh varones mindios!, cerrad las puertas, no sea que la ciudad se
salga por ellas».
27. Habiendo una vez visto a un ladrón de púrpura cogido en el hurto, dijo:
Una purpúrea muerte (396),
y una Parca violenta lo cogieron.
Rogándole Crátero se viniese a vivir con él, respondió: «Mas quiero yo lamer
sal en Atenas que disfrutar con Crátero mesas abundantísimas». Habiendo ido a
ver al retórico Anaxímenes, que era muy recio de cuerpo, dijo: «Danos
también a nosotros pobres un poco de tripa, y con eso tú te aligerarás y a
nosotros nos serás útil». Disputando en cierta ocasión el mismo Anaxímenes,
levantó Diógenes en alto un pedacito de pescado salado (397), con lo cual se le
volvió el auditorio, y como Anaxímenes se indignase, dijo Diógenes: «Un óbolo
de pescado salado disolvió la disputa de Anaxímenes». Notándole una vez de que
comía en el foro, respondió: «En el foro me cogió el hambre».
28. Dicen algunos que es suyo lo siguiente: habiéndole visto Platón lavando
unas hierbas, se le acercó y le dijo: «Si sirvieras a Dionisio, cierto no lavarías
hierbas»; mas él, acercándosele también, le respondió: «Y si tú lavaras
hierbas, seguramente no sirvieras a Dionisio». A uno que le dijo que muchos se
reían de él, le respondió: «Y acaso de ellos los asnos; pero ni ellos se cuidan
de los asnos ni yo de ellos». Viendo a un joven que filosofaba, le dijo:
«¡Grandemente!, tú induces a los adoradores del cuerpo a la belleza del alma».
Admirando uno los muchos votos que había en Samotracia, dijo: «Muchos más
habría si también los hubieran puesto los que perecieron». Algunos atribuyen
esto a Diágores Melio (398).
29. A un joven hermoso que iba a un banquete, le dijo: «Peor volverás»
(399). Como éste volviese al día siguiente y le dijese: «Fui y no volví peor»,
le respondió: «Si peor no, más laxo sí» (400). Pedía algo a un hombre duro, y
como éste le dijese: «Si me lo persuadieres», le respondió: «Si yo pudiera
persuadirte algo, te persuadiría que te ahogaras». Volvía de Lacedemonia a Atenas,
y como uno le preguntase de dónde venía y adónde iba, respondió: «Vengo de los hombres
y voy a las hembras» (401). Volviendo de los Juegos Olímpicos le preguntó uno si había
concurrido mucha gente, a que respondió: «Gente mucha; hombres pocos». Decía
que «los voluptuosos son semejantes a las higueras que nacen en los
despeñaderos, de cuyo fruto no goza el hombre, sino que se lo comen cuervos y buitres».
Habiendo Friné (402) dedicado en Delfos una Venus de oro, Diógenes le puso esta
inscripción: SE HIZO DE LA INCONTINENCIA DE LOS GRIEGOS. Viniendo una vez a él
Alejandro y diciéndole: «Yo soy Alejandro, aquel gran rey», le respondió: «Y yo
Diógenes el can». Preguntado qué hacía para que lo llamasen can, respondió:
«Halago a los que dan, ladro a los que no dan, y a los malos los muerdo».
30. Cogía higos de una higuera, y como el guarda le dijese: «De ella hace poco
se colgó un hombre», respondió: «Pues yo la dejaré pura». Viendo que un
olimpiónico miraba mucho a una ramera, dijo: «He aquí el carnero belicoso cómo
es llevado del cuello por una muchacha vulgar». Decía que las meretrices
hermosas son semejantes al vino-miel envenenado (403). Comiendo una vez en el
foro, las gentes que estaban allí lo llamaron perro repetidas veces; pero él les
decía: «Vosotros sois los perros, que estando yo comiendo me estáis alrededor».
Como dos muy afeminados se escondiesen de él, les dijo: «No temáis, que el perro
no come acelgas». Como le preguntasen de dónde era cierto muchacho estuprado,
respondió: «De Tegea» (404). Habiendo visto que uno que había sido palestrita
muy flojo profesaba medicina, le dijo: «¿Qué es esto? ¿Ahora vences tú a los
que te vencieron en otro tiempo?» Viendo al hijo de una meretriz que tiraba una
piedra a la gente, le dijo: «Mira no des a tu padre». A un muchacho que le
enseñaba una espada que le había dado su amante, le dijo: «La espada es bella,
pero el puño feo» (405). Alabando algunos a quien le había dado socorro, dijo:
«¿Y no me alabáis a mí que soy digno de recibirlo?» Como uno le pidiese el
palio que le había prestado, dijo: «Si me hiciste gracia de él, lo tengo; si para
usarlo, lo uso». Un bastardo prohijado (406) le dijo que tenía oro en el palio, a que
respondió: «Verdad es: por eso duermo sobre él».
31. Preguntado qué había ganado de la filosofía, respondió: «Cuando no otra
cosa, a lo menos he sacado el estar prevenido a toda fortuna». Preguntándole
de dónde era, respondió: «Ciudadano del mundo». Sacrificando unos para
conseguir de los dioses un hijo, les dijo: «¿Y no sacrificáis por cuál deba ser ese hijo?»
Habiéndosele una vez pedido cierto impuesto público, dijo al recaudador:
«A los otros desnuda;
pero de Héctor apartarás tus manos (407).»
Decía que «las rameras son reinas de los reyes, pues piden cuanto les da la
gana». Como los atenienses decretasen que Alejandro era Libero-Padre (408),
dijo: «Hacedme a mí Sérapis». A uno que le afeaba el que entrase en lugares
inmundos, le respondió: «También el sol entra en los albañales y no se ensucia».
Estando cenando en un templo, como le sacasen el pan corrompido, lo cogió y
arrojó ,diciendo: «En el templo no debe entrar cosa inmunda». A uno que le
decía: «filosofas sin saber cosa alguna», le respondió: «Me arrogo la ciencia, y
esto también es filosofar». A otro que le traía y encargaba un muchacho,
diciéndole que tenía talento y era de muy buenas costumbres, le dijo: «¿Pues
para que necesita de mí?»
32. Solía decir que «los que dicen cosas buenas y no las hacen, no se
diferencian de una cítara, pues ésta ni oye ni siente». Entraba en el teatro
contra la gente que salía, y preguntado por qué, respondió: «Esto tengo resuelto
hacer toda mi vida». Viendo una vez que cierto joven se afeminaba mucho, le dijo:
«¿No te afrentas de hacerte peor de lo que la naturaleza te hizo? ¡Ella te hizo
hombre, y tú te fuerzas en ser mujer!» Viendo que uno muy imprudente acordaba
un salterio, le dijo: «¡No tienes vergüenza de que acordando los sones a un
madero, no concuerdas tu ánimo con la vida!» (409). A uno que decía era inepto
para la filosofía, le dijo: «Pues ¿por que vives si no piensas en vivir bien?»
A otro que menospreciaba a su padre, le dijo: «¿No tienes vergüenza de
menospreciar a aquel por quien tú eres un sabio?» Viendo a un joven dotado de
hermosura y que hablaba cosas feas, le dijo: «¿No te afrentas de sacar de una
vaina de marfil una espada de plomo?» Motejado de que bebía en la taberna,
respondió: «Y en la tienda del barbero me corto el pelo».
33. Notado de que había recibido de Antípatro un palio pequeño, dijo:
No deben desecharse
dones esclarecidos de los dioses (410).
Habiéndole uno dado un encontrón con un madero, y díchole después «guarda,
guarda», le dio él un palo con su báculo, diciendo también: «Guarda, guarda». A
uno que rogaba continuamente a una ramera, le dijo: «¿Por qué anhelas alcanzar,
miserable, una cosa de la cual vale más carecer?» A uno muy ungido con
ungüentos olorosos le dijo: «Mira no sea que la fragancia de tu cabeza cause
hedor en tu vida». Decía que «los esclavos sirven a sus amos, y los hombres
malos (411) a sus deseos». Preguntado por qué los esclavos (412) se llamaban
andrápodas, respondió: «Porque tienen los pies de hombre, y el alma como tú que
me lo preguntas». Pedía una mina a un pródigo, y como éste le preguntase por
qué a los otros pedía un óbolo y a él una mina, respondió: «Porque de los otros
espero recibir otra vez; pero si he de recibir de ti otra vez, sábenlo solamente
los dioses». Objetándole que él pedía y Platón no, dijo: «También él pide,
pero es
la cabeza acercando
para que los demás no lo conozcan.»
Viendo a un arquero inhábil, se sentó junto al blanco diciendo: «No sea que me
hiera». Decía que los amantes son unos infelices en orden a sus deleites.
37. Preguntado si la muerte es mala, respondió: «¿Cómo será mala, cuando estando
presente no es sentida?» Habiendo Alejandro venido repentinamente a su
presencia y díchole: «¿No me temes?», le preguntó si era bueno o malo; diciendo
aquél que bueno, respondió Diógenes: «¿Pues al bueno quién le teme?» Decía que
«el saber es para los jóvenes templanza, para los viejos consuelo, para los pobres
riqueza y para los ricos ornato». A Dídimo, notado de adúltero, que curaba un ojo
enfermo a una muchacha, le dijo: «Mira no sea que curando el ojo a la doncella
corrompas la pupila». Diciéndole uno que era perseguido de sus propios amigos, dijo:
«¿Y qué hemos de hacer, si ya es preciso usar de los amigos del modo mismo que de los
enemigos?» Preguntado qué es lo mejor en los hombres, respondió: «La libertad en el
decir» (413). Habiendo entrado un día en una escuela, como viese muchas musas en ella y
pocos estudiantes, dijo: «Con los dioses (414), maestro, tenéis muchos discípulos».
38. Solía hacer todas las cosas en público, tanto las de Ceres cuanto las de
Venus, valiéndose de estos argumentos: «Si el comer no es absurdo alguno,
tampoco lo será comer en el foro. Es así que el comer no es absurdo; luego ni
lo es en el foro». Ejecutando a menudo con las manos operaciones torpes a vista
de las gentes, decía: «¡Ojalá que restregándome el vientre cesase de tener hambre!»
Atribuyéndosele además otras cosas, que fuera largo traer aquí por ser muchas.
39. Decía que la ejercitación es en dos maneras: una del alma y otra del
cuerpo. Que en esta ejercitación del cuerpo se conciben frecuentes
imaginaciones que dan fácil soltura para acciones valerosas, por lo cual es
imperfecta la una sin la otra, no obstante que el buen hábito y la fortaleza se
agregan al alma o al cuerpo a quienes pertenecen. Daba sus pruebas de que del
ejercicio a la fortaleza se pasa fácilmente, pues veía que en las artes
mecánicas y otras adquieren los artesanos no poca destreza con el ejercicio
continuado. Que los flautistas, v.gr., y los atletas se diferencian entre
sí al paso que se ejercitaron con más o menos aplicación a su trabajo. Y que si
éstos hubiesen trasladado al alma al ejercicio, no hubieran trabajado inútil e
imperfectamente. Así, concluía que nada absolutamente se perfecciona en la
vida humana sin el ejercicio, y que éste puede conseguirlo todo. Por lo cual,
debiendo nosotros vivir felices abandonando los trabajos inútiles y siguiendo
los naturales, somos infelices por demencia propia. Aun el mismo desprecio del
deleite puede sernos gustosísimo una vez acostumbrados, pues así como los
acostumbrados a vivir voluptuosamente con dificultad pasan a lo contrario,
así también los ejercitados contra los deleites fácilmente los desprecian.
40. Estas cosas decía, y aun las practicaba abiertamente,
siendo con ello un falsificador de moneda, que no daba menos estimación a la
natural que a la legítima, y afirmando que «su vida se conformaba con la de
Hércules, que nada prefería a la libertad». Decía que todas las cosas son de los
sabios, afianzándolo con los argumentos arriba puestos, a saber: «Todas
las cosas son de los dioses; los dioses son amigos de los sabios, y las cosas
de los amigos son comunes entre ellos; luego todas las cosas son suyas».
Semejantemente disputaba acerca de las leyes, porque sin ellas no puede gobernarse la
república. Decía así: «Sin ciudad de nada sirve lo ciudadano y urbano; la
ciudad son los mismos ciudadanos; sin leyes de nada sirve la ciudad y los
ciudadanos; luego las leyes son cosa indispensable en la ciudad».
41. Tenía por cosa pueril la nobleza, la gloria mundana y demás cosas así,
diciendo son adornos de la malicia (415); y concluía que sólo la república
natural es la buena en el mundo (416). Decía que las mujeres debieran ser
comunes, sin tener cuenta con el matrimonio (417); sino que cada cual usase
de la que pudiese persuadir, y por consiguiente que fuesen también comunes
los hijos. Que no es mal alguno tomar cosas de los templos, comer de todos los
animales, y aun carne humana, como constaba por costumbre de otras naciones,
pues en la realidad todas las cosas están unas en otras, y entre sí se participan
(418). La carne, v.gr., está en el pan, y el pan en las hierbas, y así en los
demás cuerpos, en todos los cuales por ciertos ocultos poros penetran las partículas
y se coevaporan y unen. Esto lo hace manifiesto en su Tiestes, si acaso son suyas
las tragedias que se le atribuyen, y no de Felisco Egineta su amigo, ni de
Pasifonte Luciano, de quien afirma Favorino en su Historia varia escribió después
de muerto Diógenes.
42. Menospreció la música, la geometría, la astrología y semejantes, como
inútiles y no necesarias. Era prontísimo en ocurrir a lo que se le objetaba,
como consta de lo antedicho. Sufrió constantemente la venta de sí mismo cuando
navegando a Egina fue cogido de piratas, cuyo capitán era Escirpalo, y vendido
en Creta. En esta ocasión, preguntándole el pregonero «qué sabía hacer»,
respondió: «Mandar a los hombres»; y señalando con el dedo a cierto corintio que
pasaba por allí muy bien vestido (era el Jeníades que dijimos arriba), dijo:
«Véndeme a éste; éste necesita de amo». Comprólo en efecto Jeníades; llevóselo
a Corinto; lo hizo preceptor de sus hijos y administrador de toda su casa.
Portóse en ella de manera que Jeníades decía por todas partes: «El buen genio
vino a mi casa».
43. Refiere Cleómenes, en su libro titulado Pedagógico, que sus amigos
quisieron rescatarlo, y que él los trató de necios, diciendo que «los leones no
son esclavos de los que los mantienen, sino que éstos lo son de los leones, pues
es cosa de esclavos el temer, y las fieras son temidas de los hombres».
Tenía una persuasiva maravillosa, tanto, que a cualquiera embelesaba fácilmente
con sus palabras. Por tanto, se refiere que un tal Onesicrito, egineta, envió a
Atenas a uno de sus hijos, llamado Andróstenes, el cual, luego que oyó a Diógenes,
se quedó allí; que envió después al otro hermano, que era mayor, llamado Felisco,
de quien ya hicimos memoria, y se quedó también; y finalmente fue allá el mismo
Onesicrito, y no menos se quedó con sus hijos a estudiar la filosofía. Tanto
hechizo contenía la elocuencia de Diógenes.
44. También fueron discípulos suyos Foción, apellidado el Bueno (419); Estilpón
Megarense y otros muchos ciudadanos. Dícese que murió a los noventa años de su
edad. Acerca del modo de su muerte hay variedad de pareceres. Hay quien dice que
habiéndose comido crudo un pie de buey, se le movió cólico y murió de ello.
Otros dicen que detuvo la respiración; y de éstos es también Cecridas Megalopolitano o Cretense, el cual, en sus Meliambos, dice:
Cierto no lo sufría en otro tiempo
el sinopense, el llevador de palo,
el doblado, el que en público comía;
pero murió cerrando
fuertemente sus dientes y sus labios,
y oprimiendo el aliento. Hijo de Jove
Diógenes fue sin duda, y Can celeste.
Otros dicen que queriendo repartir un pulpo a los perros, le mordió uno el
tendón del pie, y murió de ello. Pero sus amigos, según Antístenes en las Sucesiones,
asienten más a que detuvo la respiración.
45. Vivía en el Cranio, que es un gimnasio que hay cercano a Corinto; y como
sus amigos viniesen según acostumbraban y lo hallasen cubierto con su palio,
no lo tuvieron por dormido, porque era muy poco dormidor (420); y así,
tirándole del palio, vieron que había expirado, y sospecharon que él mismo se había
muerto por deseo de dejar la vida. Dicen que se movió allí cuestión entre sus amigos
acerca de quien lo había de enterrar, de manera que casi vinieron a las manos;
pero habiendo acudido los padres de éstos y algunos señores, lo enterraron
junto a la puerta que conduce al istmo. Erigiéndole una columna, y sobre ella
un perro de mármol pario. Después también sus paisanos lo honraron con
estatuas de bronce, poniendo esta inscripción:
Caducan aun los bronces con el tiempo;
mas no podrán, Diógenes, tu gloria
sepultar las edades, pues tú solo
supiste demostrar a los mortales
facilidad de vida,
y a la inmortalidad ancho camino.
Mi epigrama a él en metro proceleumático es:
-Diógenes, ea, dime:
¿qué muerte a los infiernos te condujo?
-De un perro la cruenta mordedura.
Dicen algunos que en su muerte mandó arrojasen su cadáver sin darle sepultura,
para que todos los animales participasen de él; o bien lo metiesen en un hoyo,
cubriéndolo con un poco de polvo. Otros, que lo echasen al Eliso para ser útil a
sus hermanos (421). Demetrio trae en sus Colombroños que el mismo día en que
murió Alejandro en Babilonia, murió Diógenes en Corinto. Lo cierto es que en la
Olimpíada CXIII era ya viejo.
46. Corren de él estos libros: diálogos titulados Cefalión, Ictias, Grajo,
Leopardo, La plebe ateniense, República, Arte moral, De la riqueza, Amatorio,
Teodoro, Hipsias, Aristarco, De la muerte, Cartas. Siete tragedias, a saber:
Helena, Tiestes, Hércules, Aquiles, Medea, Crisipo y Edipo. Pero Sosícrates en
el libro I de las Sucesiones, y Sátiro en el IV de las Vidas, dicen que nada de
esto es de Diógenes. Las tragedias, dice Sátiro, son de Filisco Egineta,
discípulo de Diógenes. Soción en su libro VII dice que sólo son de Diógenes
las obras siguientes: De la virtud, De lo bueno, Amatorio, El pobre, Tolomeo,
Leopardo, Casandro, Cefalión, Filisco, Aristarco, Sísifo, Ganimedes, Críos y
Cartas.
47. Hubo cinco Diógenes. El primero, natural de Apolonia, fue físico. El
principio de sus escritos es: «Lo primero que ha de practicar el que va a
escribir de alguna materia es poner de ella un principio incontrastable.» El
segundo fue sicionio, y escribió Del Peloponeso. El tercero, éste de que hemos
tratado. El cuarto fue estoico, natural de Selencia, aunque llamado Babilónico
por la cercanía de ambas ciudades. El quinto, de Tarso, y escritor de Cuestiones
poéticas, con sus soluciones. Atenodoro dice en el libro VIII De los paseos
(422) que nuestro filósofo iba siempre muy limpio a causa de que se ungía.
__________
(386) Juego de palabras que en un sentido dicen: ¿Cuál de estos dos es el centro Quirón?, y en otro:
¿Cuál de éstos es peor?, pues χείρων significa también peor.
(387) Digno es de que lo cuelguen de su nombre, ex didimis.
(388) Quia multos habet insidiatores. ΄Ότέ πολλούς έχει τούς έπι
βονλεύοντας.
(389) Es otro juego de palabras entre άλειμάτιον, ungüentillo o uncioncilla, y
άλλ΄ιμάτιον, otra ropa o vestidura.
(390) Es el verso 343 del lib. X de la Ilíada, repetido al v. 387 del mismo libro.
(391) Es el verso 95 del lib. VIII de la Ilíada, algo trovado o acomodado al caso presente.
(392) Es el verso 40 de las Fenisas de Eurípides.
(393) También éste es medio verso de Homero, aplicado a significación diversa. Hállase en la Ilíada, lib. V, v. 366 y
se repite en el lib. VIII, v. 45.
(394) Es más probable quiso significar la inclinación de los perros de Malta, no obstante que hubo otra Mélite. También parece
que hay aquí un equívoco, pues μελιταιόν χυνίδιον llaman también al perrito falderito y de recreo.
Molósico, esto es,
mordedor y fiero, como los de Molosia.
(395) Esto es, cuando era infante. Καί γάρ ένεούρουν θχττον΄ άλλά νϋν, οϋ. Aquí
θχττον significa antea, olim, quondam, y no celerius,
como algunos entendieron, quitando toda la gracia a la respuesta.
(396) Es el verso 83 del lib. V de la Ilíada.
(397) Τάριχος.
(398) Efectivamente, Cicerón, lib. III, De nat. Deor., lo atribuye a Diágoras, y pone la respuesta misma. Samotracia es isla
pequeña del mar Egeo, cercana al Quersoneso. Había allí una cueva en donde sacrificaban a Hécate.
Suidas.
(399) Χείρωνέπανίξεις; Quirón volverás; y también: Peor volverás.
Χείρων significa un centauro que hubo ebrio y vinoso, llamado Eurutión; y
asimismo significa peor. Véase la nota 386.
(400) Eurutión significa en parte amplior, laxior.
(401) Εχ τής ανδρωνίτιδυς είς τήν γυνατχωνίτιν. Del cuarto o pieza de los hombres al de las mujeres.
(Vitrubio, lib. VI, cap. X.)
(402) Fue una célebre ramera.
(403) Οανασίμψ, lethali.
(404) Juego de palabras. Tegea era una ciudad de Arcadia, y tegos significa el lupanar.
(405) Es un equivoco de la palabra χα βή, que significa mango o puño, y también dádiva o don recibido.
(406) ύπο βολιμαίον τινός έιπόντος άυτώ. Supposititio quodam ipsi dicente,
etc.- Véase Suidas en dicha voz. Consta que éstos solían prohijarse ad poederantiam; en cuyo caso pudo haber
mayor malicia de lo que parece en la respuesta de Diógenes.
(407) Verso de Homero.
(408) Διόνυσον, Dionisio o Baco.
(409) Con la vida honesta.
(410) Verso 66 del lib. III de la Ilíada.
(411) Φαύγους.
(412) Falta esta voz en el texto: se suple por elipsis.
(413) Παρρησία en propiedad significa la confianza y satisfacción propia
tomada en buena parte; pero bien puede interpretarse de otras maneras.
(414} Σύν θεοϊς traducido literalmente carece de gracia; debe entenderse así: Gracias a los dioses, oh maestro, tenéis muchos discípulos,
esto es, contando las musas por discípulos.
(415) Porque debajo del especioso hábito de noble, caballero, hidalgo, etc., suelen anidar los mayores vicios y licencias.
(416) Añado la voz natural, que es lo que quiere decir Diógenes.
(417) La misma disparatada opinión sigue Platón en su República, lib. V, no haciéndose cargo de que el matrimonio es el
principio y base de la sociedad humana.
(418) Opinión de Anaxágoras, que refuta Lucrecio, lib. I, v. 875.
(419) χρηστός.
(420) νυχταλός χαί ύπνηλός.
(421) A sus hermanos los perros querría entender; pero arrojándolo al río sería útil a los peces, no a los perros. Así, los
ilustradores de Laercio enmiendan de varios modos el texto, sin duda trastornado. Sigo la corrección de Samuel Bochart que
me parece la mejor, pues sólo con anteponer un período a otro que se le pospone en el texto común queda corriente el sentido.
Debe, pues, decir: O que lo metiesen en algún hoyo y lo cubriesen con un poco de polvo, para que fuese útil a sus hermanos.
Otros dicen fue echado al Eliso. Menagio añade que este río Eliso es el que corre por Sición, junto al istmo, no el de Ática,
puesto que Diógenes murió en Corinto, como Laercio y Demetrio dicen.
(422) Véase la nota 198 a la vida de Platón. De este Atenodoro siempre cita Laercio el lib. VIII de esta obra De los paseos.
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