TORRE DE BABEL EDICIONES HISTORIA DE LA FILOSOFÍA DICCIONARIO DE FILOSOFÍA RAZÓN VITAL BIOGRAFÍAS Y SEMBLANZAS Diccionario filosófico
Portal de Filosofía,  Psicología y Humanidades Explicación de la filosofía de los principales pensadores, resúmenes, ejercicios... Breve definición de los términos y conceptos filosóficos más importantes

Foro telemático dedicado a José Ortega y Gasset

Vidas y referencias biográficas de  pensadores, filósofos y personajes ilustres

de Voltaire
!Nuevos materiales¡

 

BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO - Catálogo


VIDAS, OPINIONES Y SENTENCIAS DE LOS FILÓSOFOS MÁS ILUSTRES

Diógenes Laercio - Índice general



 

Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres                              DIÓGENES - Libro Sexto

 

Google
 

BIOGRAFÍA DE DIÓGENES (1) (2) (3) (4)

Biografía de Diógenes el cínico1. Diógenes, hijo de Icesio, banquero, fue natural de Sinope. Diocles dice que como su padre tuviese banco público y fabricase moneda adulterina, huyó Diógenes. Pero Eubúlides, en el libro De Diógenes, afirma que el mismo Diógenes fue quien lo hizo, y salió desterrado con su padre. Aun él mismo dice de sí en su Podalo que fue monedero falso. Algunos escriben que habiendo sido hecho director de la Casa de Moneda se dejó persuadir de los oficiales a fabricar moneda, y que pasó a Delfos, o a Delos, patria de Apolo, donde fue preguntado «si ejecutaba aquello a que lo habían inducido». Que no habiendo entendido el oráculo, y creído se le permitía la falsificación de la moneda pública, lo ejecutó, fue cogido y, según algunos, desterrado; bien que otros dicen se fue voluntariamente por miedo que tuvo. Otros, finalmente, afirman que falsificó moneda que le dio su padre; que éste murió en la cárcel, pero que Diógenes huyó y se fue a Delfos. Que preguntó no si adulteraría moneda, sino qué debía practicar para ser hombre célebre, y de esto recibió el oráculo referido.

2. Pasádose a Atenas, se encaminó a Antístenes; y como éste, que a nadie admitía, lo repeliese, prevaleció su constancia. Y aun habiendo una vez alzado el báculo, puso él la cabeza debajo, diciendo: «Descárgalo, pues no hallarás leño tan duro que de ti me aparte, con tal que enseñes algo.» Desde entonces quedó discípulo suyo, y como fugitivo de su patria, se dio a una vida frugal y parca. Habiendo visto un ratón que andaba de una a otra parte (refiérelo Teofrasto en su Megárico), sin buscar lecho, no temía la oscuridad ni anhelaba ninguna de las cosas a propósito para vivir regaladamente, halló el remedio a su indigencia. Según algunos, fue el primero que duplicó el palio, a fin de tener con él lo necesario y servirse de él para dormir. Proveyóse también de zurrón, en el cual llevaba la comida, sin dejarlo jamás en cualquier parte que se hallase, ya comiendo, ya durmiendo, ya conversando; y decía señalando al pórtico de Júpiter que «los atenienses le habían edificado otro pompeyo donde comiese» (357).

3. Hallándose un tiempo débil de fuerzas, caminaba con un báculo; mas después lo llevó ya siempre, no en la ciudad, sino viajando, y entonces llevaba también el zurrón, como refieren Olimpiodoro, príncipe de los atenienses; Polieucto, orador, y Lisanias, hijo de Escrión. Habiendo escrito a uno que le buscase un cuarto para habitar, como éste fuese tardo en hacerlo, tomó por habitación la cuba del metroo (358), según él mismo lo manifiesta en sus Epístolas. Por el estío se echaba y revolvía sobre la arena caliente, y en el invierno abrazaba las estatuas cubiertas de nieve, acostumbrándose de todos modos al sufrimiento. Era vehemente en recargar a los demás; y a la escuela de Euclides la llamaba χολήν (cholen) (359); a la disputa de Platón le daba el nombre de consunción (360); a los juegos bacanales grandes maravillas para los necios; a los gobernadores del pueblo ministros de la plebe. Cuando veía a los magistrados, los médicos y los filósofos empleados en el gobierno de la vida, decía que el hombre es el animal más recomendable de todos; pero al ver los intérpretes de sueños, los adivinos y cuantos los creen, o a los que se ciegan por la gloria mundana y riquezas, nada tenía por más necio que el hombre. Decía que su ordinario modo de pensar era que «en esta vida, o nos hemos de valer de la razón o del dogal». Viendo una vez a Platón que en un gran convite comía aceitunas, dijo: «¿Por qué causa, oh sabio, navegas a Sicilia en busca de semejantes mesas, y ahora que la tienes delante no la disfrutas?» Y respondiendo Platón: «Yo cierto, oh Diógenes, también comía allá aceitunas y cosas semejantes», repuso Diógenes: «¿Pues de qué servía navegar a Sicilia? ¿Acaso el Ática no producía entonces aceitunas?» Favorino escribe en su Historia varia que esto lo dijo Aristipo; y que una vez, comiendo higos secos, se le puso delante, y le dijo: «Puedes participar de ellos»; y como Platón tomase y comiese, le dijo: «Participar os dije, no comer».

4. Pisando una vez las alfombras de Platón en presencia de Dionisio, dijo: «Piso la vana diligencia (361) de Platón»; mas éste le respondió: «¡Cuánto fasto manifiestas, oh Diógenes, queriendo no parecer fastuoso!» Otros escriben que Diógenes dijo: «Piso el fasto de Platón», y que éste respondió: «Pero con otro fasto, oh Diógenes». Soción dice en el libro IV que este Can dijo a Platón lo siguiente: Habíale Diógenes una vez pedido vino y al mismo tiempo higos secos, y como le enviase un cántaro lleno, le dijo: «Si te preguntaren cuántos hacen dos y dos, ¿responderías que veinte? Tú ni das según te piden, ni respondes según te preguntan». Con esto lo motejaba de verboso.

5. Habiendo sido preguntado dónde había visto en Grecia hombres buenos, respondió: «Hombres en ninguna parte; muchachos sí los he visto en Lacedemonia». Haciendo una vez un discurso muy sabio y provechoso, como nadie llegase a oírlo, se puso a cantar (362). Concurrieron entonces muchos; mas él, dejando el canto, los reprendió diciendo que «a los charlatanes y embaidores concurrían diligentes, pero tardos y negligentes a los que enseñan cosas útiles». Decía que «los hombres contienden acerca del cavar y del acocear (363), pero ninguno acerca de ser honestos y buenos». Admirábase de los gramáticos que «escudriñan los trabajos de Ulises e ignoran los propios.» También de los músicos que «acordando las cuerdas de su lira, tienen desacordes las costumbres del ánimo». De los matemáticos, «porque mirando al sol y a la luna no ven las cosas que tienen a los pies» (364): De los oradores, «porque procuran decir lo justo, mas no procuran hacerlo». De los avaros, «porque vituperan de palabra el dinero y lo aman sobre manera». Reprendía a «los que alaban a los justos porque desprecian el dinero, pero imitan a los adinerados». Se conmovía «de que se ofreciesen sacrificios a los dioses por la salud, y en los sacrificios mismos hubiese banquetes, que le son contrarios». Admirábase de los esclavos «que viendo la voracidad de sus amos nada hurtaban de la comida». Loaba mucho «a los que pueden casarse y no se casan; a los que les importa navegar y no navegan; a los que pueden gobernar la república y lo huyen; a los que pueden abusar de los muchachos y se abstienen de ello; a los que tienen oportunidad y disposición para vivir con los poderosos y no se acercan a ellos» (365). Decía que «debemos alargar las manos a los amigos con los dedos extendidos, no doblados».

6. Refiere Menipo en La almoneda de Diógenes que, habiendo sido hecho cautivo, como al venderlo le preguntasen qué sabía hacer, respondió: «Sé mandar a los hombres» Y al pregonero le dijo: «Pregona si alguno quiere comprarse un amo». Prohibiéndole que se sentase, respondió: «No importa; los peces de cualquier modo que estén se venden.» Decía que «se maravillaba de que no comprando nosotros olla ni plato sin examinarlo bien, en la compra de un hombre nos contentamos sólo con la apariencia». A Jeníades, que lo compró, le decía: «Que debía obedecerle, por más que fuese su esclavo; pues aunque el médico y el piloto sean esclavos, conviene obedecerlos».

7. También Eubulo, en el libro igualmente titulado La almoneda de Diógenes, dice que instruyó a los hijos de Jeníades, de manera que después de haberles enseñado las disciplinas, los adiestró en el montar a caballo, a disparar la flecha, tirar con honda y arrojar dardos. Después no permitía que el que instruía a los muchachos en la palestra ejercitase los suyos para ser atletas, sino sólo para adquirir buen color y sanidad. Sabían de memoria estos muchachos varias sentencias de los poetas, de los otros escritores y aun de Diógenes mismo; y para que mejor aprendiesen, les enseñaba todas las cosas en compendio. Enseñábales también a servir en casa, a comer poco y a beber agua. Hacíales raer la cabeza a navaja; los llevaba por las calles sin adornos, sin túnica, descalzos, con silencio y sólo mirándolo a él. Llevábalos también a caza. Los discípulos tenían igual cuidado que él, y lo recomendaban a sus padres encarecidamente. Refiere el mismo autor que envejeció y murió en casa de Jeníades y lo enterraron sus hijos; y preguntándole Jeníades cómo lo había de enterrar, respondió: «Boca abajo». Diciéndole aquél por qué causa, respondió: «Porque de aquí a poco se volverán las cosas de abajo arriba». Dijo esto porque ya entonces los macedones tenían mucho poder, y de humildes iban a hacerse grandes.

8. Habiéndolo uno llevado a su magnífica y adornada casa y prohibídole escupiese en ella, arrancando una buena reuma se la escupió en la cara diciendo que «no había hallado lugar más inmundo». Otros atribuyen esto a Aristipo. Clamando una ocasión y diciendo: «hombres, hombres», como concurriesen varios, los ahuyentó con el báculo diciendo: «Hombres he llamado, no heces». Refiérelo Hecatón en el libro I de sus Críos. También cuentan haber dicho Alejandro que «si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes». Llamaba άναπμρος (366) (anaperous), lisiados, no a los sordos y ciegos, sino a los que no llevaban zurrón. Habiendo entrado una vez al convite de ciertos jóvenes con la cabeza a medio esquilar, le dieron algunos golpes; pero él, escribiendo después los nombres de los que le habían dado en una tablita blanca, se la ató encima y anduvo con ella. De este modo vindicó su injuria, exponiéndolos a la reprensión y censura de todos. Esto lo trae Metrocles en sus Críos. Llamábase perro a sí mismo; pero decía que «lo era de los famosos y alabados, no obstante que ninguno de los que lo alababan saldría con él de caza».

9. A uno que decía que vencía los hombres en los juegos pitios, le respondió: «Yo soy quien venzo a los hombres: tú vences a los esclavos» (367). A unos que le dijeron: «Viejo eres, minora el trabajo», les respondió: «¿Cómo? ¿pues si yo corriera un largo espacio, y estuviera ya cercano a la meta, no debía entonces aligerar el paso en vez de remitirlo?» Convidado a un banquete, dijo que «no iría; porque habiendo estado el día antes no había tenido gusto». Caminaba a pie descalzo sobre la nieve y demás cosas que dijimos arriba. Probó también a comer carne cruda; pero no pudo digerirla. Halló una vez al orador Demóstenes comiendo en un figón; y como éste se retirase, le dijo: «Cuanto más adentro te metas, más en el figón estarás». En otra ocasión, queriendo unos forasteras ver a Demóstenes, extendiendo el dedo de en medio dijo: «Éste es el conductor del pueblo ateniense». Para reprender a uno que tenía vergüenza de coger el pan que se le había caído, le colgó al cuello una vasija de barro y lo condujo por el Cerámico diciendo «imitaba a los maestros de coro, los cuales se salen a veces del tono para que los demás tomen el correspondiente».

10. Decía que «muchos distan sólo un dedo de enloquecer, pues quien lleva el dedo de en medio extendido, parece loco; pero que no si el índice (368). Que las cosas mejores se venden por muy poco precio, y al contrario; pues una estatua se vende por tres mil dracmas, y un quénice (369) de harina no más que por dos dineros». A Jeníades, que lo compró, le dijo: «Cuidado de hacer lo mandado», al cual, como le dijese:

Eso es correr los ríos hacia arriba.

le respondió: «Si estando enfermo hubieras comprado un médico, ¿no lo obedecerías? ¿diríasle que los ríos corren hacia arriba?» A uno que quería ser su discípulo en la filosofía le dio un pececillo que llaman saperda para que lo siguiese con él; mas como el tal por vergüenza lo arrojase y se fuere, habiéndolo después encontrado, le dijo: «Una saperda deshizo tu amistad y la mía».

11. Diocles cuenta el caso de este otro modo. Diciéndole uno: «Mándanos, Diógenes», sacó un pedacito de queso, y se lo dio que lo llevase. Rehusándolo aquél, dijo Diógenes: «Medio óbolo de queso deshizo tu amistad y la mía». Habiendo visto una vez que un muchacho bebía con las manos, sacó su colodra (370) del zurrón y la arrojó, diciendo: «Un muchacho me gana en simplicidad y economía». Arrojó también el plato, habiendo igualmente visto que otro muchacho, cuyo plato se había quebrado, puso las lentejas que comía en una poza de pan.
 

__________

(357) Del Pompeyo se trató en la nota 106 de la vida de Sócrates.
(358) Acerca del metroo, véase la nota 102 de la vida de Sócrates.
(359) Esto es, bilis o cólera.
(360) Llamando χατατρι βήν, consumación, a la διατρι βή, disputa o concurso.
(361) χενοσπουδίαν.
(362) τερετίξειν, cantillare, lascive canere.
(363) Entiendo esto de las luchas de las palestras.
(364) Esto lo decía sin duda por Tales Milesio, el cual, observando las estrellas, cayó en un hoyo, como se dice en su vida, pár. 10.
(365) Todo este período está dudoso, y puede admitir diverso sentido, pues el texto έπήιει τούς μέλλοντας γαμεϊν χαί μή γαμεϊν, χαί τούς μέλλοντας χαταπλεϊν χαί μή χαταπλ είν, etc., puede muy bien traducirse así: Loaba a los que se habían de casar y a los que no, etc. Pero la interpretación que pongo en el texto traducido me parece la más natural.
(366) άναπήρος significa el lisiado del cuerpo; y también el que no tiene zurrón o burjaca.
(367) Juega con las voces άνόρας y άνδράποδα.
(368) El dedo largo de la mano era tenido por ignominioso e impúdico, y quien lo llevaba extendido era juzgado loco o impudente; pero nada de esto tenía el dedo índice que está al lado. Así, la sentencia de Diógenes se interpreta bien diciendo que el parecer loco o no, dista entre sí sólo un dedo.
(369) El quénice ático era una medida de cosas áridas, cuya capacidad era igual a la de dos sextarios romanos, o dos cuartillos nuestros de vino.
(370) χολύλην.

 

DIÓGENES (1) (2) (3) (4)

Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres                              DIÓGENES - Libro Sexto

 

 

 

  © TORRE DE BABEL EDICIONES - Edición: Isabel Blanco