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Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres
DIÓGENES - Libro Sexto
BIOGRAFÍA DE DIÓGENES (1)
(2)
(3)
(4)
1. Diógenes, hijo de Icesio, banquero, fue natural de Sinope. Diocles dice que
como su padre tuviese banco público y fabricase moneda adulterina, huyó
Diógenes. Pero Eubúlides, en el libro De Diógenes, afirma que el mismo Diógenes
fue quien lo hizo, y salió desterrado con su padre. Aun él mismo dice de sí en
su Podalo que fue monedero falso. Algunos escriben que habiendo sido hecho
director de la Casa de Moneda se dejó persuadir de los oficiales a fabricar
moneda, y que pasó a Delfos, o a Delos, patria de Apolo, donde fue preguntado
«si ejecutaba aquello a que lo habían inducido». Que no habiendo entendido el
oráculo, y creído se le permitía la falsificación de la moneda pública, lo
ejecutó, fue cogido y, según algunos, desterrado; bien que otros dicen se fue
voluntariamente por miedo que tuvo. Otros, finalmente, afirman que falsificó
moneda que le dio su padre; que éste murió en la cárcel, pero que Diógenes huyó
y se fue a Delfos. Que preguntó no si adulteraría moneda, sino qué debía
practicar para ser hombre célebre, y de esto recibió el oráculo referido.
2. Pasádose a Atenas, se encaminó a Antístenes; y como éste,
que a nadie admitía, lo repeliese, prevaleció su constancia. Y aun
habiendo una vez alzado el báculo, puso él la cabeza debajo, diciendo:
«Descárgalo, pues no hallarás leño tan duro que de ti me aparte, con tal que
enseñes algo.» Desde entonces quedó discípulo suyo, y como fugitivo de su
patria, se dio a una vida frugal y parca. Habiendo visto un ratón que andaba de
una a otra parte (refiérelo Teofrasto en su Megárico), sin buscar lecho, no
temía la oscuridad ni anhelaba ninguna de las cosas a propósito para vivir
regaladamente, halló el remedio a su indigencia. Según algunos, fue el primero
que duplicó el palio, a fin de tener con él lo necesario y servirse de él para
dormir. Proveyóse también de zurrón, en el cual llevaba la comida, sin dejarlo
jamás en cualquier parte que se hallase, ya comiendo, ya durmiendo, ya
conversando; y decía señalando al pórtico de Júpiter que «los atenienses
le habían edificado otro pompeyo donde comiese» (357).
3. Hallándose un tiempo débil de fuerzas, caminaba con un báculo; mas después
lo llevó ya siempre, no en la ciudad, sino viajando, y entonces llevaba también
el zurrón, como refieren Olimpiodoro, príncipe de los atenienses; Polieucto,
orador, y Lisanias, hijo de Escrión. Habiendo escrito a uno que le buscase un
cuarto para habitar, como éste fuese tardo en hacerlo, tomó por habitación la
cuba del metroo (358), según él mismo lo manifiesta en sus Epístolas.
Por el estío se echaba y revolvía sobre la arena caliente, y en el invierno
abrazaba las estatuas cubiertas de nieve, acostumbrándose de todos modos al
sufrimiento. Era vehemente en recargar a los demás; y a la escuela de Euclides
la llamaba χολήν (cholen) (359); a la disputa de Platón le daba el nombre
de consunción (360); a los juegos bacanales grandes maravillas para
los necios; a los gobernadores del pueblo ministros de la
plebe. Cuando veía a los magistrados, los médicos y los filósofos empleados en
el gobierno de la vida, decía que el hombre es el animal más recomendable de
todos; pero al ver los intérpretes de sueños, los adivinos y cuantos los creen,
o a los que se ciegan por la gloria mundana y riquezas, nada tenía por más necio
que el hombre. Decía que su ordinario modo de pensar era que «en esta vida, o
nos hemos de valer de la razón o del dogal». Viendo una vez a Platón que en
un gran convite comía aceitunas, dijo: «¿Por qué causa, oh sabio, navegas a
Sicilia en busca de semejantes mesas, y ahora que la tienes delante no la disfrutas?»
Y respondiendo Platón: «Yo cierto, oh Diógenes, también comía allá aceitunas y cosas
semejantes», repuso Diógenes: «¿Pues de qué servía navegar a Sicilia? ¿Acaso el
Ática
no producía entonces aceitunas?» Favorino escribe en su Historia varia que esto
lo dijo Aristipo; y que una vez, comiendo higos secos, se le puso delante, y le dijo:
«Puedes participar de ellos»; y como Platón tomase y comiese, le dijo: «Participar os
dije, no comer».
4. Pisando una vez las alfombras de Platón en presencia de Dionisio, dijo:
«Piso la vana diligencia (361) de Platón»; mas éste le respondió: «¡Cuánto
fasto manifiestas, oh Diógenes, queriendo no parecer fastuoso!» Otros escriben
que Diógenes dijo: «Piso el fasto de Platón», y que éste respondió: «Pero con
otro fasto, oh Diógenes». Soción dice en el libro IV que este Can dijo a
Platón lo siguiente: Habíale Diógenes una vez pedido vino y al mismo tiempo
higos secos, y como le enviase un cántaro lleno, le dijo: «Si te preguntaren
cuántos hacen dos y dos, ¿responderías que veinte? Tú ni das según te piden, ni
respondes según te preguntan». Con esto lo motejaba de verboso.
5. Habiendo sido preguntado dónde había visto en Grecia hombres buenos,
respondió: «Hombres en ninguna parte; muchachos sí los he visto en
Lacedemonia». Haciendo una vez un discurso muy sabio y provechoso, como nadie
llegase a oírlo, se puso a cantar (362). Concurrieron entonces muchos; mas él,
dejando el canto, los reprendió diciendo que «a los charlatanes y embaidores
concurrían diligentes, pero tardos y negligentes a los que enseñan cosas
útiles». Decía que «los hombres contienden acerca del cavar y del acocear
(363), pero ninguno acerca de ser honestos y buenos». Admirábase de los
gramáticos que «escudriñan los trabajos de Ulises e ignoran los propios.»
También de los músicos que «acordando las cuerdas de su lira, tienen
desacordes las costumbres del ánimo». De los matemáticos, «porque mirando al
sol y a la luna no ven las cosas que tienen a los pies» (364): De los oradores,
«porque procuran decir lo justo, mas no procuran hacerlo». De los avaros,
«porque vituperan de palabra el dinero y lo aman sobre manera». Reprendía a «los
que alaban a los justos porque desprecian el dinero, pero imitan a los adinerados». Se
conmovía «de que se ofreciesen sacrificios a los dioses por la salud, y en los
sacrificios mismos hubiese banquetes, que le son contrarios». Admirábase de los
esclavos «que viendo la voracidad de sus amos nada hurtaban de la comida». Loaba
mucho «a los que pueden casarse y no se casan; a los que les importa navegar y
no navegan; a los que pueden gobernar la república y lo huyen; a los que pueden
abusar de los muchachos y se abstienen de ello; a los que tienen oportunidad y
disposición para vivir con los poderosos y no se acercan a ellos» (365). Decía
que «debemos alargar las manos a los amigos con los dedos extendidos, no doblados».
6. Refiere Menipo en La almoneda de Diógenes que, habiendo sido hecho
cautivo, como al venderlo le preguntasen qué sabía hacer, respondió: «Sé mandar
a los hombres» Y al pregonero le dijo: «Pregona si alguno quiere comprarse un
amo». Prohibiéndole que se sentase, respondió: «No importa; los peces de
cualquier modo que estén se venden.» Decía que «se maravillaba de que no
comprando nosotros olla ni plato sin examinarlo bien, en la compra de un hombre
nos contentamos sólo con la apariencia». A Jeníades, que lo compró, le decía:
«Que debía obedecerle, por más que fuese su esclavo; pues aunque el médico y el
piloto sean esclavos, conviene obedecerlos».
7. También Eubulo, en el libro igualmente titulado La almoneda de Diógenes,
dice que instruyó a los hijos de Jeníades, de manera que después de haberles
enseñado las disciplinas, los adiestró en el montar a caballo, a disparar la
flecha, tirar con honda y arrojar dardos. Después no permitía que el que
instruía a los muchachos en la palestra ejercitase los suyos para ser atletas,
sino sólo para adquirir buen color y sanidad. Sabían de memoria estos muchachos
varias sentencias de los poetas, de los otros escritores y aun de Diógenes
mismo; y para que mejor aprendiesen, les enseñaba todas las cosas en compendio. Enseñábales también a servir en casa, a comer poco y a beber agua. Hacíales raer
la cabeza a navaja; los llevaba por las calles sin adornos, sin túnica,
descalzos, con silencio y sólo mirándolo a él. Llevábalos también a caza.
Los discípulos tenían igual cuidado que él, y lo recomendaban a sus padres encarecidamente.
Refiere el mismo autor que envejeció y murió en casa de Jeníades y lo enterraron sus hijos;
y preguntándole Jeníades cómo lo había de enterrar, respondió: «Boca abajo». Diciéndole aquél
por qué causa, respondió: «Porque de aquí a poco se volverán las cosas de abajo
arriba». Dijo esto porque ya entonces los macedones tenían mucho poder, y de
humildes iban a hacerse grandes.
8. Habiéndolo uno llevado a su magnífica y adornada casa y prohibídole
escupiese en ella, arrancando una buena reuma se la escupió en la cara diciendo
que «no había hallado lugar más inmundo». Otros atribuyen esto a Aristipo.
Clamando una ocasión y diciendo: «hombres, hombres», como concurriesen varios,
los ahuyentó con el báculo diciendo: «Hombres he llamado, no heces».
Refiérelo Hecatón en el libro I de sus Críos. También cuentan haber dicho
Alejandro que «si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes». Llamaba
άναπμρος (366) (anaperous), lisiados, no a los sordos y ciegos, sino a los
que no llevaban zurrón. Habiendo entrado una vez al convite de ciertos jóvenes
con la cabeza a medio esquilar, le dieron algunos golpes; pero él, escribiendo
después los nombres de los que le habían dado en una tablita blanca, se la ató
encima y anduvo con ella. De este modo vindicó su injuria, exponiéndolos a la
reprensión y censura de todos. Esto lo trae Metrocles en sus Críos. Llamábase
perro a sí mismo; pero decía que «lo era de los famosos y alabados, no obstante
que ninguno de los que lo alababan saldría con él de caza».
9. A uno que decía que vencía los hombres en los juegos
pitios, le respondió: «Yo soy quien venzo a los hombres: tú vences a los
esclavos» (367). A unos que le dijeron: «Viejo eres, minora el trabajo», les
respondió: «¿Cómo? ¿pues si yo
corriera un largo espacio, y estuviera ya cercano a la meta, no debía entonces
aligerar el paso en vez de remitirlo?» Convidado a un banquete, dijo que «no
iría; porque habiendo estado el día antes no había tenido gusto». Caminaba a
pie descalzo sobre la nieve y demás cosas que dijimos arriba. Probó también a
comer carne cruda; pero no pudo digerirla. Halló una vez al orador Demóstenes
comiendo en un figón; y como éste se retirase, le dijo: «Cuanto más adentro te
metas, más en el figón estarás». En otra ocasión, queriendo unos forasteras ver a
Demóstenes, extendiendo el dedo de en medio dijo: «Éste es el conductor del pueblo
ateniense». Para reprender a uno que tenía vergüenza de coger el pan que se le había
caído, le colgó al cuello una vasija de barro y lo condujo por el Cerámico diciendo
«imitaba a los maestros de coro, los cuales se salen a veces del tono para que los
demás tomen el correspondiente».
10. Decía que «muchos distan sólo un dedo de enloquecer, pues quien lleva el
dedo de en medio extendido, parece loco; pero que no si el índice (368). Que las
cosas mejores se venden por muy poco precio, y al contrario; pues una estatua se
vende por tres mil dracmas, y un quénice (369) de harina no más que por dos
dineros». A Jeníades, que lo compró, le dijo: «Cuidado de hacer lo mandado», al
cual, como le dijese:
Eso es correr los ríos hacia arriba.
le respondió: «Si estando enfermo hubieras comprado un médico, ¿no lo
obedecerías? ¿diríasle que los ríos corren hacia arriba?» A uno que quería ser
su discípulo en la filosofía le dio un pececillo que llaman saperda para que
lo siguiese con él; mas como el tal por vergüenza lo arrojase y se fuere,
habiéndolo después encontrado, le dijo: «Una saperda deshizo tu amistad y la
mía».
11. Diocles cuenta el caso de este otro modo. Diciéndole uno: «Mándanos,
Diógenes», sacó un pedacito de queso, y se lo dio que lo llevase. Rehusándolo
aquél, dijo Diógenes: «Medio óbolo de queso deshizo tu amistad y la mía».
Habiendo visto una vez que un muchacho bebía con las manos, sacó su colodra (370) del zurrón y la arrojó,
diciendo: «Un muchacho me gana en simplicidad y economía». Arrojó también el
plato, habiendo igualmente visto que otro muchacho, cuyo plato se había
quebrado, puso las lentejas que comía en una poza de pan.
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(357) Del Pompeyo se trató en la nota 106 de la vida de Sócrates.
(358) Acerca del metroo, véase la nota 102 de la vida de Sócrates.
(359) Esto es, bilis o cólera.
(360) Llamando χατατρι
βήν, consumación,
a la διατρι βή, disputa o concurso.
(361) χενοσπουδίαν.
(362) τερετίξειν, cantillare, lascive canere.
(363) Entiendo esto de las luchas de las palestras.
(364) Esto lo decía sin duda por Tales Milesio, el cual, observando las estrellas, cayó en un hoyo, como se dice en su
vida, pár. 10.
(365) Todo este período está dudoso, y puede admitir diverso sentido, pues el texto
έπήιει τούς μέλλοντας γαμεϊν χαί μή γαμεϊν, χαί τούς μέλλοντας χαταπλεϊν χαί μή
χαταπλ είν, etc., puede muy bien traducirse así:
Loaba a los que se habían de casar y a los que no, etc. Pero la interpretación que pongo en el texto traducido me parece
la más natural.
(366) άναπήρος significa el lisiado del cuerpo; y también el que no tiene zurrón o burjaca.
(367) Juega con las voces άνόρας y άνδράποδα.
(368) El dedo largo de la mano era tenido por ignominioso e impúdico, y quien lo
llevaba extendido era juzgado loco o impudente; pero nada de esto tenía el dedo
índice que está al lado. Así, la sentencia de Diógenes se interpreta bien
diciendo que el
parecer loco o no, dista entre sí sólo un dedo.
(369) El quénice ático era una medida de cosas áridas, cuya capacidad era igual a la de dos sextarios romanos, o dos cuartillos
nuestros de vino.
(370) χολύλην.
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