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VIDAS, OPINIONES Y SENTENCIAS DE LOS FILÓSOFOS MÁS ILUSTRES

Diógenes Laercio - Índice general



 

Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres                        ARISTIPO - Libro Segundo

 

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ARISTIPO (1) (2) (3)

(discípulos de Aristipo, la filosofía cirenaica)

21. Los llamados hegesíacos son de la misma opinión en orden al deleite y al dolor. Dicen que «ni el favor, ni la amistad, ni la beneficencia son en sí cosas de importancia, pues no las apetecemos por sí mismas, sino por el provecho y uso de ellas; lo cual si falta, tampoco ellas subsisten. Que una vida del todo feliz es imposible, pues el cuerpo es combatido de muchas pasiones (139), y el alma padece con él y con él se perturba; como también porque la fortuna impide muchas cosas que esperamos. Esta es la razón de no ser dable la vida feliz, y tanto, que la muerte es preferible a tal vida (140). Nada tenían por suave o no suave por naturaleza, sino que unos se alegran y otros se afligen por la rareza, la novedad o la saciedad de las cosas. Que la pobreza o la riqueza nada importan a la esencia del deleite, pues éste no es más intenso en los ricos que en los pobres. Que para el grado del deleite nada se diferencian el esclavo y el ingenuo, el noble y el innoble, el honrado y el deshonrado. Que al ignorante le es útil la vida; al sabio le es indiferente. Que cuanto hace el sabio es por sí mismo, no creyendo a nadie tan digno de él, pues aunque parezca haber recibido de alguno grandes favores, sin embargo no son iguales a su merecimiento».

22. «Tampoco admitían los sentidos, porque no nos dan seguro conocimiento de las cosas, sino que debemos obrar aquello que nos parezca conforme a razón». Decían que «los errores de los hombres son dignos de venia, pues no los cometen voluntariamente, sino coartados de alguna pasión. Que no se han de aborrecer las personas, sino instruirlas. Que el sabio no tanto solicita la adquisición de los bienes cuanto la fuga de los males, poniendo su fin en vivir sin trabajo y sin dolor, lo cual consiguen aquellos que toman con indiferencia las cosas productivas del deleite».

23. Los annicerios convienen con éstos en todo; pero «cultivan las amistades, el favor, el honor a los padres y dejan algún servicio hecho a la patria. Por lo cual, aunque el sabio padezca molestias, vivirá sin embargo felizmente, aunque consiga poco deleite. Que la felicidad del amigo no se ha de desear por sí misma, puesto que ni está sujeta a los sentidos del prójimo, ni hay bastante razón para confiar en ella y salir vencedores por opinión de muchos. Que debemos ejercitarnos en cosas buenas, por los grandes afectos viciosos que nos son connaturales. Que no se ha de recibir al amigo sólo por la utilidad (pues aunque ésta falte, no se ha de abandonar aquél), sino por la benevolencia ya tomada; y por ella aún se han de sufrir trabajos, aunque uno tenga por fin el deleite y sienta dolor privándose de él». Quieren, pues, que «se deben tomar trabajos voluntarios por los amigos, a causa del amor y benevolencia».

24. Los nombrados teodorios se apellidaron así del arriba citado Teodoro, cuyos dogmas siguieron. Este Teodoro quitó todas las opiniones acerca de los dioses; y yo he visto un libro suyo nada despreciable, titulado De los dioses, del cual dicen tomó Epicuro muchas cosas. Fue Teodoro discípulo de Anniceris y de Dionisio el Dialéctico, según Antístenes en las Sucesiones de los filósofos. Dijo que «el fin es el gozo y el dolor: que aquél dimana de la sabiduría; éste de la ignorancia. Que son verdaderos bienes la prudencia y la justicia: seguros males las costumbres contrarias; y que el deleite y el dolor tienen un estado medio». Quitó la amistad, por razón que «ni se halla en los ignorantes ni en los sabios: en los primeros, quitado el útil se acaba también la amistad; y los sabios, bastándose a sí propios, no necesitan amigos». Decía ser muy conforme a razón que el sabio no se sacrifique por la patria; pues no ha de ser imprudente por la comodidad de los ignorantes. Que la patria es el mundo. Que dada ocasión se puede cometer un robo, un adulterio, un sacrilegio; pues ninguna de estas cosas es intrínsecamente mala, si de ella se quita aquella vulgar opinión introducida para contener a los ignorantes (141). Que el sabio puede sin pudor alguno usar en público de las prostitutas; y para cohonestarlo hacía estas preguntillas: «La mujer instruida en letras, ¿no es útil por lo mismo de estar instruida?» Cierto. «Y el muchacho y mancebo, ¿no serán útiles estando también instruidos?» Así es. Mas «la mujer es ciertamente útil sólo por ser hermosa, y lo mismo el muchacho y mancebo hermosos. Luego el muchacho y mancebo hermosos, ¿serán útiles al fin para el que son hermosos?» Sin duda. «Luego, ¿será útil su uso?» Concedido todo lo cual, infería: «Luego no pecará quien use de ellos si le es útil; ni menos quien así use de la belleza». Con estas y semejantes preguntas persuadía a las gentes.

25. Parece se llamaba dios, porque habiéndole preguntado Estilpón así: «¿Crees, oh Teodoro, ser lo que tu nombre significa?» Y diciendo que sí, respondió: «Pues tu nombre dice que eres dios». Concediéndolo el, dijo Estilpón: «¿Luego lo eres?» Como oyese esto con gusto, respondió Estilpón, riendo: «¡Oh miserable!, ¿no ves que por esa razón podrías confesarte también corneja y otras mil cosas?» Estando una vez sentado junto a Euriclides Hierofanta (142), le dijo: «Decidme, Euriclides: ¿quiénes son impíos acerca de los misterios de la religión?» Respondiendo aquél que eran los que los manifestaban a los iniciados, dijo: «Impío, pues, eres tú que así lo ejecutas».

26. Hubiera sido llevado al Areópago de no haberlo librado Demetrio Falereo (143). Y aun Anficrates dice en el libro De los hombres ilustres que fue condenado a beber la cicuta. Mientras estuvo con Tolomeo, hijo de Lago, éste lo envió como embajador a Lisímaco, y como le hablase con mucha libertad, le dijo Lisímaco: «Dime, Teodoro, ¿tú no estás desterrado de Atenas?» A que respondió: «Es cierto; pues no pudiendo los atenienses sufrirme, como Semele a Baco, me echaron de la ciudad». Diciéndole además Lisímaco: «Guárdate de volver a mí otra vez», respondió: «No volveré más, a no ser que Tolomeo me envíe». Hallábase presente Mitro, tesorero (144) de Lisímaco; y diciéndole: «¿Parece que tú ni conoces a los dioses ni a los reyes?», respondió: «¿Cómo puedo no conocer a los dioses cuando te tengo a ti por su enemigo?»

27. Dicen que hallándose una vez en Corinto y siendo acompañado de una multitud de discípulos, como Metrocles Cínico estuviese levantando unas hierbas silvestres (145), y le dijese: «Oh tú, sofista, no necesitarías de tantos discípulos si lavases hierbas», respondió: «Y si tú supieras tratar con los hombres, cierto no necesitarías esas hierbas». Semejante a esto es lo que se cuenta de Diógenes y Aristipo, según dijimos arriba. Tal fue este Teodoro y su doctrina. Finalmente, partió a Cirene donde vivió con Mario, y fue muy honrado de todos; pero desterrándole después, se refiere que dijo con gracejo: «Mal hacéis, oh cireneos, desterrándome de Libia a Grecia».

28. Hubo veinte Teodoros. El primero fue samio, hijo de Rheco (146), el cual aconsejó se echase carbón en las zanjas del templo de Éfeso por razón que siendo aquel paraje pantanoso, decía que el carbón, dejada ya la naturaleza lígnea, resistía invenciblemente a la humedad. El segundo fue cireneo y geómetra, cuyo discípulo fue Platón. El tercero este filósofo de que tratamos. El cuarto es el autor de un buen librito acerca del ejercicio de la voz (147). El quinto uno que escribió de las reglas musicales, empezando de Terpandro. El sexto fue estoico. El séptimo escribió de historia romana. El octavo fue siracusano y escribió de Táctica. El noveno fue bizantino, versado en negocios políticos; y lo mismo el décimo, de que hace mención Aristóteles en el Epítome de los oradores. El undécimo fue un escultor tebano. El duodécimo un pintor de quien Polemón hace memoria, El decimotercero fue ateniense, también pintor, de quien escribe Menodoto. El decimocuarto fue asimismo pintor, natural de Éfeso, del cual hace memoria Teófanes en el libro De la pintura. El decimoquinto fue poeta epigramático. El decimosexto, uno que escribió De los poetas. El decimoséptimo fue médico, discípulo de Ateneo. El decimoctavo fue filósofo estoico, natural de Quío. El decimonono fue milesio, también estoico. Y el vigésimo, poeta trágico.
 

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(139) παθημάτών.
(140) En la traducción de este pasaje sigo parte de la corrección de Mer. Casaubono, no dudando de que el texto ha padecido alteración.
(141) Sin embargo de este desatino, San Clemente Alejandrino, en su Amonestación a los gentiles, pone a este Teodoro entre los filósofos que vivieron honesta y moderadamente.
(142) Era el maestro y presidente de los ritos y ceremonias en los templos gentílicos.
(143) El Areópago fue un tribunal de justicia de los atenienses, cuyos jueces se llamaban areopagitas.
(144) διοιχητοϋ.
(145) σχάνδιχαςπλύονϊα, scandices larantem. Ignoro a qué hierba o raíz corresponde la scandix. Véase Plin., 21, 15; y 22, cap. XXII y XXIV.
(146) Reco fue un célebre arquitecto de Samos, que floreció unos 700 años antes de Jesucristo. También Teodoro fue arquitecto y ayudó a su padre en la reedificación del templo de Juno Samia. - Herodoto, Vitrubio.
(147) Φωναστιχόν  βι βλίον.

 

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