|
Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos... ARISTIPO,
filosofía cirenaica - Libro Segundo
ARISTIPO (1)
(2)
(discípulos de Aristipo, la filosofía
cirenaica)
16. Habiendo, pues, ya nosotros descrito su
Vida,
trataremos ahora de los que fueron de su secta, llamada cirenaica.
De éstos, unos se apellidaron ellos mismos hegesianos; otros
annicerianos; y otros teodorios. A éstos añadiremos los que
salieron de la escuela de Fedón, de los cuales fueron celebérrimos
los eretrienses. Su orden es este: Aristipo tuvo por discípulos a
su hija Areta, a Etíope, natural de Ptolemayda y a Antípatro
Cireneo. Areta tuvo por discípulo a Aristipo el llamado Metrodidacto; éste a Teodoro, llamado
Ateo y después Dios. Epitimedes Cireneo fue discípulo de Antípatro, y de Epiménides lo
fue Parebates. De Parebates lo fueron Hegesias, apodado Pisitanato, y Anníceres el que rescató a Platón (132).
17. Los que siguen los dogmas de Aristipo, apellidados
cireneos,
tienen las opiniones siguientes: Establecen dos pasiones (133), el
dolor y el deleite, llamando al deleite «movimiento suave» y al
dolor «movimiento áspero». «Que no hay diferencia entre un deleite
y otro, ni es una cosa más deleitable que otra. Que todos los
animales apetecen el deleite y huyen del dolor». Panecio en el
libro De las sectas dice que por deleite entienden el corporal, al
cual hacen último fin del hombre, mas no el que consiste en la constitución (134) del cuerpo mismo y carencia del dolor, y como
que nos remueve de todas las turbaciones, al cual abrazó Epicuro y
lo llamó último fin. Son del parecer estos filósofos que este
fin se
diferencia de la vida feliz, pues dicen que «el fin es un deleite particular, pero la vida feliz es un agregado de deleites
particulares pasados y futuros. Que los deleites particulares se
deben apetecer por sí mismos; pero la vida feliz no por sí misma,
sino por los deleites particulares. De que debemos tener - dicen -
el deleite por último fin puede servir de testimonio el que desde
muchachos y sin uso de razón se nos adapta, y cuando lo
disfrutamos, no buscamos otra cosa, ni la hay que naturalmente más
huyamos que el dolor. Que el deleite es bueno aunque proceda de las
cosas más indecorosas - según refiere Hipoboto en el libro De
las sectas -; pues aunque la acción sea indecente, se disfruta su
deleite, que es bueno».
18. «No tienen por deleite la privación de dolor
como Epicuro, ni tienen por dolor la privación del deleite». Dicen
que «ambas pasiones estriban en el movimiento, y sin embargo no es movimiento la privación del dolor ni la del deleite, sino un
estado como el de quien duerme. Que algunos pueden no apetecer el
deleite por tener trastornado el juicio. Que no todos los deleites
o dolores del ánimo provienen de los dolores o deleites del cuerpo,
pues nace también la alegría de cualquier corta prosperidad de la
patria o propia». Pero dicen que «ni la memoria ni la esperanza de
los bienes pueden ser deleite»; lo cual es también de Epicuro; pues
el movimiento del ánimo se extingue con el tiempo. Dicen asimismo
que «de la simple vista u oído no nacen deleites, pues oímos sin
pena a los que imitan ayes y lamentos, pero con disgusto a los que
realmente se lamentan». Al estado medio entre el deleite y el
dolor llamaban «privación del deleite» e «indolencia». «Que los
deleites del cuerpo son muy superiores a los del ánimo, y muy
inferiores las aflicciones del cuerpo a las del ánimo, por cuya
causa son castigados en él los delincuentes». Dicen que «se acomoda
más a nuestra naturaleza el deleite que el dolor, y por esto
tenemos más cuidado del uno que del otro (135). Y así, aunque el
deleite se ha de elegir por sí mismo, no obstante huimos de algunas
cosas que lo producen por ser molestas; de manera que tienen por
muy difícil aquel complejo de deleites que constituyen la vida
feliz».
19. Son de la opinión que «ni el sabio vive siempre en el deleite, ni
el ignorante en el dolor; pero sí la mayor parte del tiempo, bien
que les basta uno u otro deleite para restablecerse a la felicidad».
Dicen que «la prudencia es un bien que no se elige por sí mismo, sino
por lo que de él nos proviene. Que el hacerse amigos ha de ser por
utilidad propia, así como halagamos los miembros del cuerpo mientras
los tenemos. Que en los ignorantes se hallan también algunas
virtudes. Que la ejercitación del cuerpo conduce para recobrar la
virtud. Que el sabio no está sujeto a la envidia (136), a deseos
desordenados ni a supersticiones, pues estas cosas nacen de
vanagloria; pero siente el dolor y el temor, como que son pasiones
naturales. Que las riquezas no se han de apetecer por sí mismas,
sino porque son productivas de los deleites». Decían que «las pasiones pueden
comprenderse, sí, pero no sus causas. No se ocupaban en indagar las
cosas naturales, porque demostraban ser incomprensibles. Estudiaban
la lógica por ser su uso frecuentísimo».
20. Meleagro en el libro
II De las opiniones, y Clitómaco en el
primero De las sectas, dicen que «tenían por
inútiles la física y la dialéctica, porque quien haya aprendido a
conocer lo bueno y lo
malo puede muy bien hablar con elegancia, estar libre de supersticiones y evitar el miedo de la muerte. Que nada
hay justo,
bueno o malo por naturaleza, sino por ley o costumbre; sin embargo,
el hombre de bien nada ejecuta contra razón porque le amenacen daños
imprevistos o por gloria suya (137), y esto constituye el varón sabio. Concédenle
asimismo el progreso en la filosofía y otras
ciencias». Dicen que «el dolor aflige más a unos que a otros, y
que muchas veces engañan los sentidos« (138).
21. Los llamados
hegesíacos son de la misma opinión en orden al deleite y al dolor. Dicen que «ni el favor, ni la amistad, ni
la
beneficencia son en sí cosas de importancia, pues no las apetecemos
por sí mismas, sino por el provecho y uso de ellas; lo cual si
falta, tampoco ellas subsisten. Que una vida del todo feliz es
imposible, pues el cuerpo es combatido de muchas pasiones (139), y
el alma padece con él y con él se perturba; como también porque la
fortuna impide muchas cosas que esperamos. Esta es la razón de no
ser dable la vida feliz, y tanto, que la muerte es preferible a tal
vida (140). Nada tenían por suave o no suave por naturaleza, sino
que unos se alegran y otros se afligen por la rareza, la novedad o
la saciedad de las cosas. Que la pobreza o la riqueza nada importan
a la esencia del deleite, pues éste no es más intenso en los ricos
que en los pobres. Que para el grado del deleite nada se diferencian
el esclavo y el ingenuo, el noble y el innoble, el honrado y el
deshonrado. Que al ignorante le es útil la vida; al sabio le es
indiferente. Que cuanto hace el sabio es por sí mismo, no creyendo a
nadie tan digno de él, pues aunque parezca haber recibido de alguno grandes favores, sin embargo no son iguales a su
merecimiento».
22. «Tampoco admitían los sentidos, porque no nos dan seguro
conocimiento de las cosas, sino que debemos obrar aquello que nos
parezca conforme a razón». Decían que «los errores de los hombres
son dignos de venia, pues no los cometen voluntariamente, sino coartados de alguna pasión. Que no se han de aborrecer las
personas, sino instruirlas. Que el sabio no tanto solicita la
adquisición de los bienes cuanto la fuga de los males, poniendo su
fin en vivir sin trabajo y sin dolor, lo cual consiguen aquellos que
toman con indiferencia las cosas productivas del deleite».
23. Los
annicerios convienen con éstos en todo; pero «cultivan las
amistades, el favor, el honor a los padres y dejan algún servicio
hecho a la patria. Por lo cual, aunque el sabio padezca molestias,
vivirá sin embargo felizmente, aunque consiga poco deleite. Que la
felicidad del amigo no se ha de desear por sí misma, puesto que ni
está sujeta a los sentidos del prójimo, ni hay bastante razón para
confiar en ella y salir vencedores por opinión de muchos. Que
debemos ejercitarnos en cosas buenas, por los grandes afectos
viciosos que nos son connaturales. Que no se ha de recibir al amigo
sólo por la utilidad (pues aunque ésta falte, no se ha de abandonar
aquél), sino por la benevolencia ya tomada; y por ella aún se han de
sufrir trabajos, aunque uno tenga por fin el deleite y sienta dolor
privándose de él». Quieren, pues, que «se deben tomar trabajos
voluntarios por los amigos, a causa del amor y benevolencia».
24. Los nombrados
teodorios se apellidaron así del arriba citado
Teodoro, cuyos dogmas siguieron. Este Teodoro quitó todas las
opiniones acerca de los dioses; y yo he visto un libro suyo nada
despreciable, titulado De los dioses, del cual dicen tomó Epicuro
muchas cosas. Fue Teodoro discípulo de Anniceris y de Dionisio el
Dialéctico, según Antístenes en las Sucesiones de
los filósofos.
Dijo que «el fin es el gozo y el dolor: que aquél dimana de la sabiduría; éste de la ignorancia. Que son verdaderos bienes la
prudencia y la justicia: seguros males las costumbres contrarias;
y que el deleite y el dolor tienen un estado medio». Quitó la amistad, por razón que «ni se halla en los ignorantes
ni en los
sabios: en los primeros, quitado el útil se acaba también la
amistad; y los sabios, bastándose a sí propios, no necesitan
amigos». Decía ser muy conforme a razón que el sabio no se
sacrifique por la patria; pues no ha de ser imprudente por la
comodidad de los ignorantes. Que la patria es el mundo. Que dada
ocasión se puede cometer un robo, un adulterio, un sacrilegio; pues
ninguna de estas cosas es intrínsecamente mala, si de ella se quita
aquella vulgar opinión introducida para contener a los ignorantes
(141). Que el sabio puede sin pudor alguno usar en público de las
prostitutas; y para cohonestarlo hacía estas preguntillas: «La
mujer instruida en letras, ¿no es útil por lo mismo de estar
instruida?» Cierto. «Y el muchacho y mancebo, ¿no serán útiles
estando también instruidos?» Así es. Mas «la mujer es ciertamente
útil sólo por ser hermosa, y lo mismo el muchacho y mancebo
hermosos. Luego el muchacho y mancebo hermosos, ¿serán útiles al
fin para el que son hermosos?» Sin duda. «Luego, ¿será útil su uso?»
Concedido todo lo cual, infería: «Luego no pecará quien use de ellos
si le es útil; ni menos quien así use de la belleza». Con estas y
semejantes preguntas persuadía a las gentes.
25. Parece se llamaba
dios, porque habiéndole preguntado Estilpón
así: «¿Crees, oh Teodoro, ser lo que tu nombre significa?» Y
diciendo que sí, respondió: «Pues tu nombre dice que eres dios».
Concediéndolo el, dijo Estilpón: «¿Luego lo eres?» Como oyese esto
con gusto, respondió Estilpón, riendo: «¡Oh miserable!, ¿no ves
que por esa razón podrías confesarte también corneja y otras mil
cosas?» Estando una vez sentado junto a Euriclides Hierofanta (142),
le dijo: «Decidme, Euriclides: ¿quiénes son impíos acerca de los
misterios de la religión?» Respondiendo aquél que eran los que los
manifestaban a los iniciados, dijo: «Impío, pues, eres tú que así lo
ejecutas».
26. Hubiera sido llevado al Areópago de no haberlo librado Demetrio Falereo (143). Y aun Anficrates dice en el libro De los
hombres ilustres que fue condenado a beber la cicuta. Mientras estuvo con
Tolomeo, hijo de Lago, éste lo envió como embajador a Lisímaco, y como
le hablase con mucha libertad, le dijo Lisímaco: «Dime, Teodoro, ¿tú
no estás desterrado de Atenas?» A que respondió: «Es cierto; pues no
pudiendo los atenienses sufrirme, como Semele a Baco, me echaron de
la ciudad». Diciéndole además Lisímaco: «Guárdate de volver a mí
otra vez», respondió: «No volveré más, a no ser que Tolomeo me
envíe». Hallábase presente Mitro, tesorero (144) de Lisímaco; y
diciéndole: «¿Parece que tú ni conoces a los dioses ni a los
reyes?», respondió: «¿Cómo puedo no conocer a los dioses cuando te
tengo a ti por su enemigo?»
27. Dicen que hallándose una vez en Corinto y siendo acompañado de una multitud de discípulos, como Metrocles Cínico estuviese levantando
unas hierbas silvestres (145), y le dijese: «Oh tú, sofista, no
necesitarías de tantos discípulos si lavases hierbas», respondió:
«Y si tú supieras tratar con los hombres, cierto no necesitarías
esas hierbas». Semejante a esto es lo que se cuenta de Diógenes y
Aristipo, según dijimos arriba. Tal fue este Teodoro y su doctrina.
Finalmente, partió a Cirene donde vivió con Mario, y fue muy honrado
de todos; pero desterrándole después, se refiere que dijo con
gracejo: «Mal hacéis, oh cireneos,
desterrándome de Libia a Grecia».
28. Hubo veinte Teodoros. El primero fue samio, hijo de Rheco (146),
el cual aconsejó se echase carbón en las zanjas del templo de
Éfeso por razón que siendo aquel paraje pantanoso, decía que el
carbón, dejada ya la naturaleza lígnea, resistía invenciblemente a la
humedad. El segundo fue cireneo y geómetra, cuyo discípulo fue
Platón. El tercero este filósofo de que tratamos. El cuarto es el
autor de un buen librito acerca del ejercicio de la voz (147). El
quinto uno que escribió de las reglas musicales, empezando de Terpandro.
El sexto fue estoico. El séptimo escribió de historia romana. El
octavo fue siracusano y escribió de Táctica. El noveno fue
bizantino, versado en negocios políticos; y lo mismo el décimo, de
que hace mención Aristóteles en el Epítome de los
oradores. El
undécimo fue un escultor tebano. El duodécimo un pintor de quien Polemón
hace memoria, El decimotercero fue ateniense, también pintor, de quien escribe Menodoto. El decimocuarto fue asimismo pintor, natural de
Éfeso, del cual hace memoria Teófanes en el libro De la
pintura. El decimoquinto fue poeta epigramático. El decimosexto, uno que
escribió De los poetas. El decimoséptimo fue médico, discípulo de
Ateneo. El decimoctavo fue filósofo estoico, natural de Quío. El
decimonono fue milesio, también estoico. Y el vigésimo, poeta
trágico.
__________
(132) El Anniceris que rescató a Platón, como se dice en su vida, parece no
pudo ser este discípulo de Parebates; pues siendo Parebates discípulo de
Epiménides, Epiménides discípulo de Antípatro, y éste discípulo de Aristipo,
condiscípulo de Platón, debió sin duda de pasar mucho tiempo hasta los
discípulos de Parebates. Reinesio pone por lo menos ochenta años. Así, o
Laercio confundió el Anniceris, fundador de la secta anniceriana, con otro
Anniceris más antiguo, redentor de Platón, o los libros metieron en el texto
alguna nota marginal puesta por algún semidocto.
(133) Δύο πάθη.
(134) ού τήν χαταστηματιχήν ήδονήν: otros traducen, no el deleite permanente.
Creo que el adjetivo χαταστηματιχήν quiere algo más.
(135) Merico Casaubono, conociendo lo frívolo y vulgar de esta sentencia,
desea corregir el texto, mudando la voz ήδεσθχι deleitarse,
en άχθεσθαι, entristecerse, sacando esta sentencia: «Que los cirenaicos tenían más
cuidado del cuerpo que del ánimo, por ser mayores los dolores y deleites del
primero que los del segundo.»
(136) Esto es, no tendrá envidia de nadie.
(137) χαίδόξας. El intérprete latino traduce opiniones siniestras.
(138) Que los sentidos no siempre nos anuncian la verdad lo dijeron y dicen
infinitos; pero más que todos lo disputaron los pirrónicos, como veremos
en la vida de Pirrón.
(139) παθημάτών.
(140) En la traducción de este pasaje sigo parte de la corrección de
Mer. Casaubono, no dudando de que el texto ha padecido alteración.
(141) Sin embargo de este desatino, San Clemente Alejandrino, en su
Amonestación a los gentiles, pone a este Teodoro entre los filósofos que
vivieron honesta y moderadamente.
(142) Era el maestro y presidente de los ritos y ceremonias en los templos
gentílicos.
(143) El Areópago fue un tribunal de justicia de los atenienses, cuyos
jueces se llamaban areopagitas.
(144) διοιχητοϋ.
(145) σχάνδιχαςπλύονϊα, scandices larantem. Ignoro a qué hierba o raíz corresponde la scandix. Véase Plin., 21, 15; y 22, cap. XXII y XXIV.
(146) Reco fue un célebre arquitecto de Samos, que floreció unos 700 años antes de Jesucristo. También Teodoro fue arquitecto y ayudó
a su padre en la reedificación del templo de Juno Samia. - Herodoto, Vitrubio.
(147) Φωναστιχόν
βι
βλίον.
|