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Diógenes Laercio - Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres ARISTIPO - Libro Segundo
BIOGRAFÍA DE ARISTIPO (1) (2)
(3)
1.
Aristipo fue natural de Cirene, de donde pasó a Atenas llevado de
la fama de Sócrates, como dice Esquines. Fue el primer discípulo de
Sócrates que enseñó la filosofía por estipendio, y con él socorría a
su maestro, según escribe Fanias Eresio, filósofo peripatético.
Habiéndole enviado una vez veinte minas (118), se las devolvió
Sócrates diciendo que «su genio (119) no le permitía recibirlas».
Desagradaba esto mucho a Sócrates. Jenofonte fue su contrario, por
cuya razón publicó un escrito contra él condenando el deleite que
Aristipo patrocinaba, poniendo a Sócrates por árbitro de la disputa.
También lo maltrata Teodoro en el libro De las sectas, y
Platón hace lo mismo en el libro Del alma, como dijimos en
otros escritos. Su genio se acomodaba al lugar, al tiempo y a las
personas, y sabía simular toda razón de conveniencia. Por esta causa
daba a Dionisio más gusto que los otros, y porque en todas
ocurrencias disponía bien las cosas; pues así como sabía disfrutar
de las comodidades que se ofrecían, así también se privaba sin pena
de las que no se ofrecían. Por esto Diógenes lo llama perro real, y
Timón lo moteja (120) de afeminado por el lujo, diciendo:
Cual la naturaleza de Aristipo,
blanda y
afeminada,
que sólo con el tacto
conoce lo que es falso o verdadero.
2. Dicen que en una ocasión pagó cincuenta dracmas por una perdiz; y
a uno que lo murmuraba, respondió: «¿Tú no la comprarías por un
óbolo?» Y como dijese que sí, repuso: «Pues eso valen para mí
cincuenta dracmas». Mandó Dionisio llevar a su cuarto tres hermosas
meretrices para que eligiese la que gustase; pero las despidió todas
tres, diciendo: «Ni aun Paris es seguro haber preferido a una». Dícese que las sacó hasta el vestíbulo y las despidió: tanta era su
facilidad en recibir o no recibir las cosas. Por esta causa
Estratón o, según otros, Platón, le dijo: «A ti solo te es dado
llevar clámide o palio roto». Habiéndole Dionisio escupido encima,
lo sufrió sin dificultad; y a uno que se admiraba de ello, le dijo:
«Los pescadores se mojan en el mar por coger un gobio, ¿y yo no me
dejaré salpicar de saliva por coger una ballena?» (121).
3.
Pasaba en cierta ocasión por donde Diógenes estaba lavando unas
hierbas, y le dijo éste: «Si hubieses aprendido a prepararte esta
comida, no solicitarías los palacios de los tiranos». A lo que
respondió Aristipo: «Y si tú supieras tratar con los hombres, no
estarías lavando hierbas» (122). Preguntado qué era lo que había sacado de la
filosofía,
respondió: «El poder conversar con
todos sin miedo». Como le vituperasen una vez su vida suntuosa,
respondió: «Si esto fuese vicioso, ciertamente no se practicaría en
las festividades de los dioses». Siendo preguntado en otra ocasión
qué tienen los filósofos más que los otros hombres, respondió:
«Que aunque todas las leyes perezcan, no obstante viviremos de la
misma suerte». Habiéndole preguntado Dionisio por qué los filósofos
van a visitar a los ricos y éstos no visitan a los filósofos, le
respondió: «Porque los filósofos saben lo que les falta, pero los
ricos no lo saben». Afeándole Platón el que viviese con tanto lujo,
le dijo: «¿Tienes tú por bueno a Dionisio?» Y como Platón
respondiese que sí, prosiguió: «Él vive con mucho mayor lujo que
yo: luego nada impide que uno viva regaladamente y juntamente
bien». Preguntado una vez en qué se diferencian los doctos de los
indoctos, respondió: «En lo mismo que los caballos domados de los
indómitos».
4. Habiendo una
vez entrado en casa de una meretriz, como se avergonzase uno de los
jóvenes que iban con él, dijo: «No es pernicioso el entrar, sino el
no poder salir». Habiéndole uno propuesto un enigma, como le hiciese instancia por la solución, le dijo: «¿Cómo quieres, oh necio, que desate una cosa que aun
atada nos da en qué entender?» Decía que «era mejor ser mendigo que
ignorante; pues aquél está falto de dinero, pero éste de humanidad»
(123). Persiguiéndolo uno cierta vez con dicterios y malas
palabras, se iba de allí; y como el malediciente le fuese detrás y
le dijese que por qué huía, respondió: «Porque tú tienes poder para
hablar mal, y yo no lo tengo para oírlo». Diciendo uno que siempre veía
a los filósofos a la puerta de los
ricos, respondió: «También los médicos frecuentan las casas de los
enfermos; pero no por eso habrá quien antes quiera estar enfermo que ser curado».
5. Navegaba una vez para Corinto, y como lo conturbase una
borrasca y uno le dijese: «¿Nosotros idiotas no tenemos miedo, y
vosotros filósofos tembláis?», respondió: «No se trata de la
pérdida de una misma vida entre nosotros y vosotros». A uno que se
gloriaba de haber aprendido muchas cosas, le dijo: «Así como no
tiene más salud quien come mucho y mucho se ejercita que quien come
lo preciso, así tampoco debe tenerse por erudito quien estudia muchas cosas, sino quien
estudiar las cosas útiles». Defendiólo cierto orador en un pleito
que ganó, y como le
dijese: «¿De qué te ha servido Sócrates, oh Aristipo?», respondió:
«De que todo cuanto tú has dicho en bien mío sea verdadero».
Instruía a su hija Areta con excelentes máximas, acostumbrándola a
despreciar todo lo superfluo. Preguntándole uno en qué cosa sería
mejor su hijo si estudiaba, respondió: «Aunque no saque más que no
ser en el teatro una piedra sentada sobre otra, es bastante» (124).
Habiéndole uno encargado la instrucción de su hijo, el filósofo le
pidió por ello 500 dracmas; y diciendo aquél que con tal
cantidad podía comprar un esclavo, le respondió Aristipo: «Cómpralo
y tendrás dos».
6. Decía
que «recibía el dinero que sus amigos le daban no para su
provecho, sino para que viesen éstos cómo conviene emplearlo».
Notándole uno en cierta ocasión el que en su pleito hubiese buscado
defensor a su costa, respondió: «También busco a mi costa un
cocinero cuando tengo que hacer algún banquete». Instándole una vez
Dionisio a que dijese algo acerca de la filosofía, respondió: «Es
cosa ridícula que pidiéndome que hable, me prescribáis ahora el
tiempo en que he de hablar». Indignado Dionisio de la respuesta, le
mandó ocupar el último lugar en el triclinio; pero él ocurrió,
diciendo: «Ya veo quisiste sea éste el puesto de más honor». Jactábase uno de que sabía nadar, a que respondió: «¿No te
avergüenzas de jactarte de una cosa que hacen también los
delfines?». Preguntado sobre qué diferencia hay entre el sabio y el
ignorante, respondió: «Envíalos a ambos desnudos
a tierras extrañas y lo sabrás». A uno que se gloriaba de no
embriagarse aunque bebiese mucho, le dijo: «Otro tanto hace un
mulo».
7. Afeándole uno que cohabitase con una meretriz, le respondió: «Dime,
¿es cosa de importancia tomar una casa en que vivieron muchos en
otro tiempo, o bien una en que no habitó nadie?» Y respondiendo que
no, prosiguió: «¿Y qué diferencia hallas entre navegar en una
embarcación en que han navegado muchos y una en que nadie?»
Diciéndole que ninguna, concluyó Aristipo: «Luego nada importa usar
de una mujer haya servido a muchos o a nadie». Culpándole algunos
el que siendo discípulo de Sócrates recibiese dinero, respondió: «Y
con razón lo hago; pues Sócrates siempre retenía alguna porción
del grano y vino que algunos le enviaban, remitiéndoles lo restante.
Además, que sus despenseros eran los más poderosos de Atenas; pero
yo no tengo otro despensero que Eutiques, esclavo comprado». Tenía
comercio con la meretriz Laida, como dice Soción en el libro
segundo de las Sucesiones; y a los que lo acusaban de ello,
respondió: «Yo poseo a Laida, pero no ella a mí; pues el contenerse
y no dejarse arrastrar de los deleites es laudable, mas no el
privarse de ellos absolutamente» (125). A uno que le notaba lo
suntuoso de sus comidas, le respondió: «¿Tú no comprarías todo esto
por tres óbolos?» Y diciendo que sí, repuso: «Luego ya no soy yo tan
amante del regalo como tú del dinero».
8. Simo, tesorero de Dionisio, le enseñaba una vez su palacio, construido suntuosamente con el pavimento enlosado. (Era frigio de
nación y perversísimo.) Escupióle Aristipo en el rostro; y
encolerizándose de ello Simo, le respondió: «No hallé lugar más a propósito». A Carondas (o a Fedón, como quieren algunos), que le
preguntaba quién usaba ungüentos olorosos, respondió: «Yo, que soy
un vicioso en esto, y el rey de Persia, que lo es más que yo. Pero
advierte que así como los demás animales nada pierden aunque sean
ungidos con ungüentos, tampoco el hombre. Así, ¡que sean malditos
los bardajes que nos murmuran por esta causa!» Preguntado cómo había
muerto Sócrates, respondió: «Como yo deseo morir». Habiendo en una ocasión entrado en su casa Políxeno,
sofista, como viese muchas mujeres y un magnífico banquete, lo censuró por ello. Contúvose por un
poco Aristipo; pero luego le dijo: «¿Puedes quedarte hoy con
nosotros?», y respondiendo que sí, replicó: «¿Pues por qué me
censurabas?» En un viaje iba un esclavo suyo muy cargado de dinero;
y como le agobiase el peso, le dijo: «Arroja lo que no puedas
llevar, y lleva lo que puedas». Así lo refiere Bión en sus
Ejercitaciones.
9. Navegando en cierta ocasión, como supiese que la nave era de
piratas, sacó el dinero que llevaba y empezó a contarlo. Luego lo
dejó caer al mar, aparentando con lamentos que se le había caído
por desgracia. Añaden algunos que dijo para sí: «Mejor es que
Aristipo pierda el dinero, que no que el dinero pierda a Aristipo».
Preguntándole Dionisio a qué había venido, respondió: «A dar lo que
tengo y a recibir lo que no tengo». Otros cuentan que respondió:
«Cuando necesitaba de sabiduría, me fui a buscar a Sócrates; ahora
que necesito dinero, vengo a ti». Condenaba el que «los hombres
miren y remiren tanto las alhajas que compran, y examinen tan poco
sus vidas». Algunos atribuyen esto a Diógenes.
10. Habiendo Dionisio, en un refresco que dio, mandado saliesen a
danzar de uno en uno con vestidos de púrpura, Platón no lo quiso
ejecutar, diciendo:
No visto yo ropajes femeniles.
Pero Aristipo, tomando aquella ropa, se la puso, y antes de empezar
la danza, dijo prontamente:
Ni de Libero-Padre en los festejos,
se deja corromper el que es templado (126)
Intercedía una vez con Dionisio por un amigo, y
no obteniendo lo que pedía, se arrojó a sus pies. Como alguno afease
esta acción, respondió: «No soy yo el culpable en esto, sino Dionisio, que tiene
los oídos en los pies». Hallándose en Asia, lo aprisionó Artafernes
Sátrapa; y como uno le preguntase si creía estar allí seguro,
respondió: «¿Y cuándo, oh necio, debo estar
más seguro que ahora que he de hablar con Artafernes?» Decía que
«los instruidos en la disciplina encíclica (127), si carecen de la
filosofía, son como los que solicitaban a Penélope, los cuales antes
poseían a Melanto, a Polidora y demás criadas, que no la esperanza
de poder casarse con el ama». Semejante a esto es lo que dijo a
Aristón, esto es, que «cuando Ulises bajó al infierno, vio y
habló con casi todos los muertos; pero a la reina ni aun llegó a verla».
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(118) La mina o mna era una moneda imaginaria de los áticos,
que valía 100 dracmas, esto es, unos 200 reales vellón. Aunque había otra mina
menor que sólo valía 75 dracmas.
(119) Es sabido lo del espíritu familiar, genio o demonio, Δαιμάνιον, que
Sócrates decía tener, como cuenta Platón en diversos lugares, Jenofonte, Elíano, Apuleyo, Plutarco y otros muchos.
(120) Παρέφαγεν
(121) Con alguna diversidad lo cuenta Ateneo, 12, 169.
(122) Horacio, I, Epíst. 17. Val. Máx., 4, 3, in ext.
(123) Quiere decir que no es hombre, sino bestia, hablando hiperbólicamente.
(124) El ignorante que va al teatro no puede divertir el espíritu, sí sólo
el cuerpo con las bufonadas de los que llaman graciosos. Así que, no
penetrando las sutilezas y primores de los buenos dramas (como fueron los de
los griegos), viene a ser una estatua sentada en una grada; esto es, piedra
sentada sobre piedra. Los teatros antiguos eran todos de piedras y mármoles.
(125) Es un error gravísimo este de Aristipo, al no hacer diferencia entre
los deleites honestos y torpes. Lactancio, lib. III. De falsa sapient., cap.
XV.
(126) Versos de Eurípides in Bacc.
(127) Τούς τών εγχυχλίων παιδευμάτων πεϊασχόθας. Por disciplina encíclica se entiende doctrina circular, o sea un conocimiento general de las ciencias,
aunque no sea profundo ni perfecto
en cada una, como explica Vitrubio, lib. I, capitulo I.
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