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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
XLI - ÉPOCA DE TRANSICIÓN (RENACIMIENTO)
XLI - ÉPOCA DE TRANSICIÓN
250. A proporción que Europa iba adelantando en organización social, se
manifestaban nuevas tendencias intelectuales, notándose en diferentes
sentidos un fuerte espíritu de oposición a la filosofía de Aristóteles,
que dominaba exclusivamente en las escuelas. La caída de
Constantinopla arrojó a Europa algunos sabios fugitivos, y con ellos
las doctrinas de Platón y otros antiguos; así se difundió más y más el
espíritu de innovación filosófica; mayormente cuando la auxiliaba
también el prurito de disputa característico de los griegos, lo cual, si no era muy a propósito
para el verdadero adelanto, servía cuando menos como poderoso ariete
contra las escuelas peripatéticas. Entre los mismos griegos, unos
estaban por Aristóteles, otros por Platón; distinguiéndose como
aristotélicos Argirópulo y
Gennadio, y como platónicos,
Gemisto,
Plethon y el célebre
Bessarion, que después fue cardenal.
Por fin la invención de la imprenta y el descubrimiento de nuevos mundos
acabaron de dar un fuerte impulso al movimiento europeo comenzado en la
época de las Cruzadas; y desde entonces, desplegada la afición al
estudio de la antigüedad en las mismas fuentes, era imposible que los
espíritus se dieran por satisfechos con las traducciones de Aristóteles,
los comentarios de los árabes y las discusiones de los escolásticos.
Precisamente el movimiento ascendente de la oposición antiescolástica
coincidía con el abuso de entregarse en las escuelas a frívolas
disputas, de manera que la reacción, ya de suyo muy fuerte, era
provocada más y más por el exceso del abuso. 251. Dos lados flacos tenían las escuelas peripatéticas: la negligencia
en las formas, o sea en el estilo y lenguaje, y el descuido de las
matemáticas y ciencias naturales; y precisamente a fines del siglo XV y
principios del XVI se habían despertado las dos aficiones diametralmente
opuestas: renació el amor a la literatura y bellas artes, llevado
hasta una exageración a veces ridícula, y el gusto por las matemáticas y
ciencias de observación cundía por todas partes. De aquí resultaba que
la filosofía aristotélica se hallaba vivamente combatida, no sólo por
los que se proponían innovar en sentido dañoso a la religión y a la moral, sino también por los que deseaban sinceramente la conservación de
las sanas ideas, junto con los progresos científicos y literarios.
Lorenzo Valla ataca en Italia las escuelas peripatéticas;
Pedro Ramus
hace lo mismo en París, mezclando graves errores y fundando la escuela
llamada de los ramistas; Paracelso amalgama el fanatismo cabalístico
con la medicina, la química y la teología; Angel Policiano y
Cardano
se inclinan al eclecticismo; Erasmo de Rotterdam
y el insigne español Luis Vives, mientras propagan la afición a las bellas letras y cuidan de
nuevas ediciones de las obras antiguas, no se olvidan de hacer la guerra
a las sutilezas escolásticas. Aquélla es una época de verdadera
revolución; así es que en vano buscaríamos un sistema fijo: hay una
mezcla de las doctrinas de Pitágoras, de Parménides, de Platón, de Zenón
el escéptico. Pico de la Mirándola disputa de omni scibili, y es
llamado el fénix de su siglo; Giordano Bruno enseña el panteísmo;
Bernardino Telesio funda la academia llamada
Telesiana, con el objeto de
combatir a los escolásticos; Berigardo resucita en Pisa la
escuela jónica; los platónicos brillan en Florencia, y
Montaigne, en
sus Ensayos, formula el escepticismo, abriendo la puerta a
Bayle y a la
escuela del siglo XVIII. Vieta,
Fermat, Copérnico y otros hacen grandes
progresos en las matemáticas, y la filosofía aristotélica, combatida por
todos lados, va perdiendo terreno y presiente su muerte cercana. En la
falange innovadora descuellan por fin Bacon de Verulam
y Descartes,
verdaderos revolucionarios de la ciencia que, si bien debieron una parte
de su triunfo al ascendiente de su genio, debieron todavía mucho más a
la fermentación en que encontraron a los espíritus. La revolución estaba
hecha en gran parte; ellos le dieron dirección y regularidad.
Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
XLI - ÉPOCA DE TRANSICIÓN (RENACIMIENTO)
Capítulo XL - Roger Bacon
Capítulo XLII - Bacon de Verulam
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