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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes
Capítulo XXXV - ROSCELIN, NOMINALISMO Y REALISMO
XXXV - ROSCELIN, NOMINALISMO Y REALISMO
185.
Aunque las doctrinas de los comentadores árabes no se propagaron mucho
en Europa hasta fines del siglo XII, no faltaba, sin embargo, el
conocimiento de las cuestiones que habían ocupado a las escuelas
antiguas: lo cual sería debido, en parte, a la tradición científica,
que nunca se interrumpió del todo; en parte, a la comunicación con los
árabes, que empezaba a ejercer su influencia. Los realistas y los
nominalistas nos recuerdan las cuestiones ideológicas y ontológicas
suscitadas por Aristóteles y Platón. 186.
Roscelin es considerado como el jefe de los nominalistas: porque
sostuvo que en los universales no hay realidad alguna, que son meras
palabras, sonidos, flatos vocis, como él decía; en oposición a los
realistas, apellidados así porque concedían una realidad a los
universales. Esta disputa, que algunos han mirado como fruto de las
sutilezas de la Edad Media, se liga con lo más elevado de la ideología
y ontología. 187.
El hombre, para adquirir sus conocimientos, necesita de los sentidos,
pero tiene ideas de muchas cosas superiores al orden sensible; y aun
las mismas que pertenecen a este orden, las conoce bajo razones
generales que no corresponden a la jurisdicción de las facultades
sensitivas, externas ni internas. La necesidad de los sentidos, la
viveza con que sus impresiones nos afectan, y la frecuencia con que las
representaciones sensibles se mezclan en nuestro interior con los
conceptos intelectuales, ha dado pie a ciertos filósofos para sostener
que el pensamiento es la sensación, más o menos transformada; de aquí
la escuela sensualista. El conocimiento de los objetos sensibles, bajo
razones generales, no sensibles; los conceptos de un orden puramente
intelectual, superior a toda sensibilidad; y por fin la universalidad y
la necesidad de muchas verdades que conocemos, universalidad y
necesidad que no pueden nacer de la individualidad y contingencia de
los fenómenos sensibles, han manifestado la precisión de admitir ideas
puras, superiores a todo orden sensible: de aquí la escuela idealista.
188.
Acordes los idealistas en el punto capital, la existencia de las ideas
puras se han dividido en la explicación del fenómeno. Unos han admitido
las ideas como subsistentes, como seres necesarios, de los cuales
dimanaba la realidad de las cosas y el conocimiento de ellas: ésta es
la doctrina de Platón. Otros han mirado las ideas como simples formas
del entendimiento: ésta es la doctrina de Aristóteles. 189.
Si no hay más que sensaciones, no hay más que conocimiento de objetos
individuales; las ideas universales son ilusorias: esto sostenía
Roscelin; por consecuencia, decía que los universales eran meras
palabras. De manera que el sistema de Roscelin era una emanación de su
teoría sensualista. Esta opinión participaba de la de Aristóteles en
cuanto negaba a las ideas la subsistencia; pero la exageraba en cuanto
destruía la universalidad de las mismas, siquiera como formas del
entendimiento. 190. Las ideas universales no subsisten en sí mismas separadas de los
entendimientos; pero no dejan de representar una razón general de los
objetos, en la cual hay verdad, fundada en la verdad infinita del
entendimiento divino. Necesitamos de los sentirlos para que se
despliegue la actividad de nuestro espíritu; pero ésta se eleva sobre
las sensaciones. Las ideas puras no subsisten fuera de nosotros como
sustancias independientes; son a manera de formas que modifican nuestro
espíritu, sean o no distintas del ejercicio de la actividad del mismo.
Pero estas formas no encerrarían verdad y necesidad, y hasta serían
imposibles, si no existiese un principio de todas las verdades, una
verdad viviente, infinita, donde se halla la razón de todo. Sólo así
puede explicarse la teoría de nuestras ideas: así se corrigen el
sistema de Platón y el de Aristóteles, reduciéndolos a los límites de la
verdad.
En este caso existen individuos; no existen universales en sí,
abstraídos de aquéllos; pero existe una verdad necesaria donde se
halla la fuente de todas las verdades necesarias aplicables a los
individuos. Cuando conocemos lo universal en lo individual, lo necesario
en lo contingente, debemos este conocimiento a la luz infinita que nos
ilumina a todos y que nos ha comunicado con la creación un destello de
inteligencia. Sólo de esta manera se evitan los escollos de los
nominalistas y de los realistas; sólo de esta suerte se presenta una
teoría completa que pone de acuerdo las ideas con la realidad. (V.
Ideología, capítulo XIII.)
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