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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes
Capítulo XVII -
PLATÓN
XVII. PLATÓN
75.
Ningún filósofo antiguo ha llegado a reputación más alta que Platón: el
sobrenombre de divino expresa bastante la admiración tributada a su
genio. Nació en Atenas, según unos, en 426 antes de la era vulgar;
según otros, en 429 ó 430. Vivió hasta una edad muy avanzada; los que
menos años le dan le hacen llegar a los ochenta. 76.
Oyó a Sócrates durante ocho años, y en seguida viajó por el Egipto, la Sicilia
y la Gran Grecia, donde a la sazón florecían las escuelas pitagórica y
eleática. Enriquecido con los tesoros de Oriente y Occidente, amplió las
doctrinas de su maestro; al paso que éste sólo se había ocupado de la
moral, Platón se dilató por todas las regiones de los conocimientos
humanos. A levantar su fama contribuyó mucho su talento oratorio y
poético. Sabido es el dicho de Tulio: «Si los dioses quisieran hablar el
lenguaje de los hombres, emplearían el de Platón.» 77.
Su escuela se llamó académica, porque enseñaba en un lugar de este
nombre, que era jardín de un ciudadano llamado Academus. La forma de
sus discusiones era el diálogo, a imitación de Sócrates, y conservando
algo de la máxima de su maestro, sólo sé que no sé nada, era muy cauto
en afirmar, y examinaba con calma y detenimiento las opiniones
opuestas. De aquí resulta la dificultad de conocer muchas veces su
verdadera opinión, pues no se alcanza fácilmente si la adopta o si la
deja a la responsabilidad de los personajes que introduce en sus
diálogos. 78.
Esta dificultad se aumenta a causa de que encubría bajo el misterio una
parte de sus doctrinas, imitando a los pitagóricos, que tenían una
explicación para el público y otra para los iniciados, con lo cual, si
bien nos dejaba en la oscuridad sobre varios puntos, evitaba al menos
el que se le obligase, como a Sócrates, a pagar su filosofía con un vaso
de cicuta. 79.
De esta oscuridad se han quejado muchos, entre ellos Fontenelle, quien,
además, pretendía encontrar en el filósofo no pocas contradicciones.
Esto no es extraño si se reflexiona que cuando se fluctúa o se aparenta
fluctuar entre doctrinas opuestas es fácil que los escritos ofrezcan
cierta variedad, que se acerquen a la contradicción. Antes que el
filósofo francés le había hecho el mismo cargo Cicerón, bien que en boca
del epicúreo Veleyo (De Nat. Deor., lib. I). «Largo sería, dice, el
contar las variaciones de Platón.» Jam de Platonis inconstantia longum
esset disserere. 80.
A semejanza de muchos filósofos de la antigüedad, admitía Platón la
eternidad de la materia, pero explicaba la formación del universo como
obra de una inteligencia infinita. En la importancia que daba a las
matemáticas se ve que alcanzaba cuán necesarias son para el estudio de
la Naturaleza. Conocida es la inscripción de la puerta de su escuela:
«No entre aquí el que ignore la geometría.» 81.
La inmortalidad del alma se halla sostenida con calor y elocuencia en
los escritos de este filósofo; calcúlese cuál sería el efecto de sus
palabras por lo que Cicerón nos refiere de Cleombrato de Ambracia,
quien, habiendo leído el libro de Platón sobre esta materia, concibió
tal deseo de pasar a la otra vida que desde un muro muy alto se
precipitó al mar: Quem ait (Callimacus) cum ei nihil adversi accidesset,
e muro se in mare abjecisse, lecto Platonis libro (Tusc.,
lib. 1, § 34), En algunos pasajes habla de la metempsicosis o transmigración de las
almas, que habría aprendido en las escuelas de Oriente y de Italia.
También se pudiera dudar si ésta era su opinión o solamente una de
tantas teorías como pone en escena. 82.
Las doctrinas morales de Platón son las de Sócrates, y a más de la
sanción de la conciencia y de su origen divino señala premios y castigos
en la vida futura. 83.
El alma, según Platón, no sólo existirá después del cuerpo, sino que
existía antes que él; por manera que sus ideas actuales son recuerdos
de un estado anterior a su unión con la materia organizada. 84.
Sin ser escéptico ni idealista, pudo Platón dar lugar a que el
escepticismo y el idealismo se desarrollasen en los tiempos posteriores: el escepticismo, a causa de que en sus escritos se hallan razones en
pro y en contra de todo y propuestas en tal forma que no siempre se
descubre a cuál da la preferencia; el idealismo, porque llevando
hasta el refinamiento su ideología espiritualista, parece a veces
olvidarse de la realidad de la materia. Para comprender esto es preciso
tener noticia de lo que él llamaba ideas. 85.
Las ideas del sistema de Platón no eran simples especies o conceptos de
las inteligencias; no eran meros tipos que hubiesen servido para la
formación de las cosas, ni tampoco seres débiles y pasajeros que
tuviesen una existencia fugitiva; por el contrario, las ideas eran lo
que en el mundo hay de real, de necesario, de absoluto; eran al propio
tiempo origen del conocimiento y de la realidad, eran tipo y causa de
todo lo que existe en el universo. 86.
En esta doctrina se descubre un extraordinario esfuerzo contra el
sensualismo; un deseo de levantar la ciencia a un orden absoluto,
necesario, superior a los pasajeros fenómenos de la sensibilidad,
notándose una grande elevación de ingenio en el consignar la parte
fija, invariable, eterna que se halla en el mundo de la razón. Pero,
según como se la interprete, puede dar ocasión a graves errores, y he
aquí uno de los puntos en que se echan de menos la claridad y precisión
en las obras de este filósofo. 87. La doctrina de Platón es incontestable si se limita a señalar la
línea, mejor diremos el abismo, que separa de la esfera sensible la
racional, la necesidad de admitir un orden de ideas absoluto, que no
nazca de los fenómenos individuales y contingentes del espíritu, sino
que sea su regla y criterio (V. Ideología, caps. III y XIII). Es
incontestable también si afirma que las verdades ideales deben tener un
fundamento real y que la necesidad del mundo racional no se explica en
no buscándole una fuente superior a las razones individuales. (Ibid. y
Filosof. fund., libro IV, caps. XXIII y sig.). Esto es verdadero, es
cierto; esto no han podido destruirlo Condillac y sus discípulos; la
escuela sensualista ha sido vencida en los tiempos modernos como lo fue
en los antiguos; entonces como ahora el espíritu humano no ha
consentido que se le arrebatasen sus más altas prerrogativas. Pero
¿dónde busca Platón la necesidad, la realidad de las ideas, de los
tipos de todas las cosas? ¿En la inteligencia divina? Entonces su
doctrina es incontestable también. En el ser infinito se halla la razón,
el tipo, la causa de todo ser finito, así en el orden ideal como en el
real; allí está la fuente, no sólo de la realidad, sino también de la
posibilidad. Nada existiría, nada sería inteligible, nada posible, si
no existiera Dios.
Si Platón tomase las ideas en este sentido, bien pudiera decir que son
absolutas, necesarias, eternas, tipo y causa de todas las cosas, fuente
de toda verdad y realidad; pero si por ideas entiende seres distintos e
independientes del ser infinito, su teoría es insostenible. ¿Cómo puede
haber nada necesario fuera del ser absolutamente necesario? ¿Cómo
puede haber nada real independiente de la realidad infinita? ¿Cómo
puede haber una luz de los entendimientos independiente de la infinita
inteligencia? Si las ideas son absolutas y necesarias, cada una de por
sí será Dios, y Platón cae en un politeísmo ideal, y se verá precisado
a admitir muchedumbre de dioses, no subordinados entre sí, sino todos
necesarios e infinitos.
La subsistencia de las ideas, independientemente de Dios, parece no
estar de acuerdo con sus doctrinas respecto al origen del mundo. En
efecto: supuesto que mira al universo como obra de la inteligencia
divina, debe convenir en que Dios tenía en su entendimiento ideas de lo
que hacía; si, pues, se ha hecho todo con arreglo a los tipos eternos
de que nos habla Platón, dichos tipos estaban en el entendimiento
divino. Decir que la misma inteligencia de Dios recibe su luz de las
ideas absolutas, considerándolas como seres distintos a los cuales se
conforma, es la más extravagante de las ficciones, porque si hallamos
en el ser necesario las ideas con que hace las cosas, ¿por qué hemos de
buscar a estas ideas un ulterior origen en algo distinto del ser
necesario? ¿Buscamos necesidad? Allí está. ¿Buscamos plenitud de ser?
Allí está. ¿Buscamos infinita inteligencia? Allí está. ¿Buscamos unidad
donde se halle el principio, origen y vínculo de todas las verdades?
Allí está. ¿Con qué razón, pues, saldríamos del ser infinito, e
imaginaríamos otros independientes de él? 88.
Las teorías morales de Platón son sublimes; baste decir que hace
consistir la virtud en la imitación de Dios. No es tan feliz cuando
desciende a la práctica: en su famosa República se hallan cosas que
ruborizan, y a sus Diálogos los ha llamado Jefferson libelos contra
Sócrates. 89.
El bello ideal de su política era la absorción del individuo por la
sociedad, la cual habría llegado a su más alta perfección cuando todo
fuese común, inclusas las mujeres. «El estado más perfecto, dice Platón,
será aquel en el cual se practique más al pie de la letra y
cumplidamente el antiguo adagio de que todo es realmente común entre
los amigos. Dondequiera que suceda o deba suceder un día que sean
comunes las mujeres, los hijos, los bienes, empleándose todo el cuidado
posible a fin de que desaparezca del trato de los hombres hasta la
palabra propiedad, de modo que lleguen a ser comunes en cuanto sea
dable aun las cosas que la Naturaleza ha concedido al hombre en
propiedad, como los ojos, los oídos, las manos, hasta tal punto que
todos los ciudadanos crean obrar, oír, ver, en común, y aprueben o
censuren todos unas mismas cosas, y sus penas y placeres tengan unos
mismos objetos; en una palabra, dondequiera que las leyes se propongan
hacer al Estado perfectamente uno, allí hay el colmo de la virtud
política, y las leyes no pueden tener dirección mejor. Ese Estado, ya
sea morada de dioses o hijos de dioses, es la mansión de la más cumplida
felicidad» (De las leyes, lib. V). 90. Las ideas de Platón sobre la esclavitud y todo lo concerniente a la
organización de la sociedad, se resienten del espíritu de su tiempo; se
experimenta una impresión desagradable al encontrar ciertas doctrinas y
sistemas en los escritos de un varón tan eminente (V. El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la
civilización europea, tomos I y 2).
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