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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
VIII - PITAGÓRICOS
VIII -
PITAGÓRICOS
31. El siglo VI antes de la era vulgar fue de verdadero progreso para la
filosofía; en él hemos visto nacer la escuela jónica, y en el mismo se
nos ofrece el origen de la itálica, de las cuales dimanaron en lo
sucesivo todas las griegas.
Pitágoras, fundador de la itálica, es uno de los personajes más
notables que nos presenta la antigüedad. Nació en la isla de Samos por
los años de 560 antes de la era cristiana. Oyó sucesivamente a Ferécides,
Thales y Anaximandro; recorrió la Fenicia y el Egipto, en cuyos
países aprendió la geometría y astronomía, iniciándose al propio tiempo
en los misterios religiosos por la comunicación de los sacerdotes. Pasó
después a Caldea y Persia, donde se perfeccionó en la aritmética y la
música, y después de haber visitado Delfos, Creta, Esparta y otros
países de la Grecia, se fijó en Crotona de Italia, en el país llamado
la Gran Grecia, donde abrió su enseñanza. 32. Entre los discípulos de Pitágoras había dos clases: unos iniciados,
otros públicos. Los iniciados formaban una especie de comunidad
religiosa, pues llevaban vida común. Se los sujetaba a muchas pruebas;
sólo así se los introducía a la presencia del maestro para recibir la
doctrina misteriosa. Fácilmente se concibe el efecto que debía
producir en la imaginación de los discípulos semejante sistema; así no
es extraño que mirasen a Pitágoras como una especie de divinidad y que
le escuchasen como infalible oráculo; es bien conocida la fórmula de
los pitagóricos «el maestro lo ha dicho»; ya no se necesitaba más
prueba.
Los discípulos públicos recibían una enseñanza común; éstos eran en
mayor número y no se instruían en los misterios de la escuela. 33. En las doctrinas de Pitágoras se halla el doble sello de las
escuelas en que se había formado: la elevación, el espíritu místico y
simbólico de los orientales, y el carácter, a un mismo tiempo bello y
positivo, que distingue
a los griegos. Las matemáticas, la física, la astronomía, la música, el
canto, la poesía, al lado de la armonía de las esferas celestes y de la
transmigración de las almas. 34.
El filósofo de Samos admitía una grande unidad, de la cual dimana el
mundo, y a éste le consideraba como un conjunto de otras unidades
subalternas. Daba al número mucha importancia, y afirmaba que nuestra
alma era un número. No es fácil determinar con precisión lo que entendía
aquí por esta palabra; mas parece harto verosímil que sólo la aplicaba
como un símbolo, que prefería tomar de las ciencias matemáticas, en las
cuales estaba muy versado. Esta conjetura se fortalece considerando
que los pitagóricos lo expresaban casi todo por números, ya por su
afición a las matemáticas, ya también para encubrir a los profanos los
misterios de la ciencia. Con el mismo objeto tenían dos doctrinas, o al
menos dos maneras de expresarse: una para el público y otra para los
iniciados; así lograban evitar las persecuciones que les hubiera quizá
acarreado el contrariar en algunos puntos las creencias populares, que
en aquellos tiempos y países debían de ser harto
extraagantes para que las profesaran hombres de tan clara razón. 35.
En el modo con que explicaban la formación del mundo se echa de ver el
carácter simbólico de sus expresiones. Decían que la gran Mónada o
unidad había producido el número binario, después se formó el ternario
y así sucesivamente, continuando por una serie de unidades y números
hasta llegar al conjunto de unidades que constituye el universo.
Representaban la primera unidad por el punto, el número binario por la
línea, el ternario por la superficie y el cuaternario por el sólido.
Despojado este sistema de sus formas geométricas, contiene un fondo
semejante al que hemos visto en la Jonia, la Persia, la China y la
India. 36.
La metempsicosis, o sea la transmigración de las almas de unos cuerpos a
otros, la hemos encontrado también en Oriente, y es probable que allí
la habría aprendido Pitágoras en sus viajes. 37.
Esta escuela reconocía en el alma dos partes: inferior y superior, o
sea pasiones y razón; aquéllas deben
ser dirigidas y gobernadas por ésta, en cuya armonía consiste la
virtud. 38.
Se atribuye a los pitagóricos el haber considerado el universo como un
gran todo armónico, cosmos; y la música de las esferas debió de
significar el orden admirable que reina en los movimientos de los
cuerpos celestes. 39.
A pesar de la escasez de medios de observación, los pitagóricos hicieron
notables adelantos en la astronomía; para dar una idea de la osada
novedad de sus opiniones bastará decir que se atribuye a Pitágoras el
haber enseñado el doble movimiento de la tierra, doctrina a que dió
publicidad y extensión su discípulo Filolao. 40.
La escuela pitagórica ejerció grande influencia en Italia, y Cicerón, al
paso que nota el anacronismo de los que hacían pitagórico al rey Numa,
anterior a Pitágoras cerca de dos siglos, no vacila en reconocer que
debieron mucho a esta escuela los romanos de los primeros tiempos de la
república. Esta conjetura se confirma por el mismo error, bastante
común en Roma, de que Numa era pitagórico. 41.
Los discípulos de Pitágoras no se ocupaban sólo de astronomía y
matemáticas; se aplicaban también al estudio de la organización social
y política. Quizá esto contribuiría un poco a que tuviesen que verter
sus doctrinas en estilo misterioso; aquellos tiempos no eran de mucha
tolerancia. Hasta parece que Pitágoras hizo sus tentativas de
organización social en la Gran Grecia, y el reunir a sus discípulos en
comunidad, y el prescribirles el ayuno, la oración, el trabajo, la
contemplación, indica que el filósofo intentaba algo más que la
formación de una escuela. Mientras la filosofía se ciñe a la mera
enseñanza suele estar exenta de peligros; pero cuando se propone
reformar el mundo, ya corre los azares de las empresas políticas. Así
creen algunos que Pitágoras no murió de muerte natural y que fue
asesinado porque se le suponían designios ambiciosos. 42.
A Pitágoras se debe el modesto nombre de filósofo aplicado a los que se
dedican a esta ciencia. Los griegos llamaban a la sabiduría sofia, y a
sus sabios sofios; parecióle demasiado orgulloso este nombre, y tomó
simplemente el de filo-sofo, que significa amante de la sabiduría;
en vez de atribuirse la realidad de la sabiduría, se contentó con
expresar el deseo, el amor con que la buscaba. He aquí cómo refiere
Cicerón el curioso origen de este nombre: «Heráclides de Ponto, varón
muy docto y discípulo de Platón, escribe que habiendo ido Pitágoras a
Philiasia habló larga y sabiamente con el rey León, y que éste, admirado
de tanto saber y elocuencia, le preguntó cuál era el arte que profesaba.
Ningún arte conozco, respondió Pitágoras; soy filósofo. Extrañando el
rey la novedad del nombre, preguntó qué eran los filósofos, y en qué se
diferenciaban de los demás hombres, a lo cual respondió Pitágoras: «La
vida humana me parece una de las asambleas que se juntan con grande
aparato en los juegos públicos de la Grecia. Allí unos acuden para ganar
el premio con su robustez y destreza, otros para hacer su negocio
comprando y vendiendo; otros, que son, por cierto, los más nobles, no
buscan ni corona ni ganancia, y sólo asisten para ver y observar lo que
se hace y de qué manera; así nosotros miramos a los hombres como
venidos de otra vida y naturaleza a reunirse en la asamblea de este
mundo: unos andan en pos de la gloria, otros del dinero, y son pocos
los que sólo se dedican al estudio de la naturaleza do las cosas
despreciando lo demás. A estos pocos los llamamos filósofos, y así como
en la asamblea de los juegos públicos representa un papel más noble el
que nada adquiere y sólo observa, creemos también que se aventaja mucho
a las demás ocupaciones la contemplación y el conocimiento de las
cosas» (Tuse., lib. V).
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