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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
LI - LEIBNITZ
LI - LEIBNITZ
292.
Leibnitz nació en Leipzig en 1646 y murió en 1716. No hay que buscar en
sus obras a un discípulo de Descartes ni de otro filósofo cualquiera:
es original en todo. No puede tocar una cuestión sin emitir alguna idea
nueva. Este es un hombre extraordinario en quien el genio rebosa, aun
en sus teorías más extrañas. 293.
Según Leibnitz, Dios, ser infinito, eterno, inmutable, ha sacado de la
nada el universo. Dios es la unidad suprema: Monas, que conoce con
infinita perfección todo lo actual y lo posible. Al querer Dios escoger
entre los mundos que pudiera criar, es necesario suponer un motivo a su
elección, y la razón de este motivo puede sólo hallarse en los grados
de perfección de los mundos posibles. De aquí el famoso sistema del
optimismo, según el cual el mundo es el más perfecto de los posibles.
Esta teoría se opone al poder divino, y además no se funda en razón
alguna. ¿Por qué se afirma que Dios debió escoger lo más perfecto?
¿Podía Dios dejar de criar el mundo, sí o no? Si podía, se infiere que
Dios no está precisado a hacer su obra lo más perfecta posible, pues que
hasta podía no hacer ninguna, en cuyo caso no habría ciertamente el
mayor grado de perfección, pues no habría ninguno. Si no podía, resulta
que la creación es necesaria, y el optimismo quita la libertad a Dios.
¿Cómo podemos saber la razón que la sabiduría infinita ha tenido para
escoger esto o aquello? En pro de la menor perfección, ¿no puede haber
motivos que se ocultan a nuestra flaca inteligencia? 294.
Las almas racionales son, según Leibnitz, una serie de mónadas o
unidades dotadas de una representación intelectual clara y distinta. Las
de los brutos forman otra serie inferior, que tienen también sus
representaciones, pero confusas. En la última escala de los seres se
halla otra serie de mónadas que son los elementos de todos los cuerpos,
las cuales, sin embargo, también poseen cierta representación, aunque
confusa y oscura. Esta percepción no incluye apercepción, o sea
percepción de la percepción; por manera que perciben en una especie de
estupor, sin conciencia de lo que experimentan, como cree el mismo
filósofo que le sucede a nuestra alma en el sueño profundo y en el
desmayo. Según Leibnitz, todo el universo es viviente; o más bien es un
conjunto de vivientes; cada mónada tiene su conciencia propia, en la
cual se representa el mundo desde el punto de vista que corresponde al
lugar ocupado por ella en la escala de los seres. A todas las llama espejos vivos del universo.
295.
La mónada creada no puede recibir nada de otra mónada creada; todas las
evoluciones que en ella se realizan nacen de un principio de fuerza
intrínseca, cuya in-comunicabilidad produce el que la una no puede
influir físicamente sobre la otra, y de aquí la necesidad de la harmonía
proesta.
Este famoso sistema no mira únicamente a las relaciones entre el cuerpo
y el alma, es una ley general del universo. Todas las mónadas tienen
fuerza intrínseca, principio de sus determinaciones, donde se hallan,
como en un germen, todas las evoluciones que han de sufrir en el espacio
y en el tiempo. Claro es que si este conjunto de principios
independientes entre sí no hubiesen estado subordinados a una ley de
unidad, habría resultado la más profunda anarquía; y como el orden no
podía fundarse en la acción recíproca de las mónadas entre sí, fue
necesario que se estableciese una ley de armonía, de suerte que sin
influir la una sobre la otra se encontrasen obrando armónicamente para
contribuir a la perfección y unidad del universo. Así el mundo es
conjunto de pequeños relojes montados con tanta perfección que los
movimientos del uno corresponden exactísimamente a los del otro, todos a
los de todos, sin la menor discrepancia. 296.
De donde se infiere que la mónada que es el alma no influye físicamente
sobre el conjunto de mónadas constitutivas del cuerpo, sino que así el
cuerpo como el alma van ejerciendo sus respectivas funciones con entera
independencia el uno del otro, pero siempre con la más perfecta
armonía.
Esta hipótesis es ingeniosa; pero ¿en qué se funda? Además, ¿cómo se
salva en ella la libertad de albedrío?
(V. Psicología, cap. V.). 297.
Opina Leibnitz que todas las mónadas no sólo son distintas, sino
diferentes; de suerte que en cada una de ellas hay ciertas propiedades
características que no se hallan en las demás. No hay dos mónadas
enteramente semejantes, y así no hay dos seres que no se puedan
discernir por lo que en sí tienen. Si así no fuese no habría medio de
distinguirlos, y además, no habría razón suficiente para multiplicarlos.
De aquí la teoría de los indiscernibles, que consiste en no admitir la
posibilidad de que existan dos seres semejantes en todo, distintos sólo
numéricamente. Esta teoría se enlaza con la del optimismo y de la razón
suficiente; cree Leibnitz que no puede haberla para criar dos seres que
sólo se distingan en número. Así, la imposibilidad no la saca de la
misma esencia de las cosas, como Spinosa, sino de la falta de un motivo
determinante de la voluntad creadora. Spinosa pretende que dos
sustancias del todo semejantes son imposibles por razones ontológicas,
Leibnitz cree que la imposibilidad nace de razones finales. Conviene
notar esta diferencia para no confundir cosas tan diversas. 298.
El argumento fundamental de Leibnitz es que nada se hace sin razón
suficiente; pero ¿cómo probará que no puede haberla para criar dos o
más seres semejantes en todo y sólo distintos en número? Para un
artefacto no pueden ser necesarias o convenientes dos o más piezas
enteramente iguales? ¿Por qué no será posible lo mismo en el universo?
299.
Una de las cosas más notables en la filosofía de Leibnitz es la idea de
la sustancia; no la concibe como un mero sujeto, un substratum, sino
como una fuerza, un principio de actividad, en lo cual constituye su
esencia.
He aquí sus palabras: «Cuán importante sea esto se ve por la noción de
la sustancia que yo señalo, la cual es tan fecunda que de ella se siguen
verdades primarias, relativas a Dios, al alma y a los cuerpos;
verdades en parte conocidas, mas poco demostradas; en parte
desconocidas hasta ahora, pero que serán de grande utilidad para las
demás ciencias. Con el fin de dar de ello alguna idea, diré que la
noción de las fuerzas o actividad, virium seu virtutis (que los alemanes
llaman krafft y los franceses force), a cuya explicación he destinado yo
la ciencia dinámica, suministra mucha luz para entender la noción de la
sustancia. La fuerza activa se diferencia de la potencia activa de los
escolásticos en que esta última no es más que la próxima posibilidad de
obrar, que para reducirse en acto necesita de la excitación y como del
estímulo ajeno; pero la fuerza activa contiene un acto o entelechia; es
un medio entre la facultad de obrar y la acción; envuelve un conato, y
de tal modo se inclina a la operación que para obrar no necesita de
auxilio, sino únicamente de que se remueva el impedimento. Esto se puede
ilustrar con el ejemplo de un cuerpo grave suspendido, o bien de un
arco que tiene una cuerda en tensión, pues aun cuando la gravedad y la
elasticidad puedan y deban explicarse mecánicamente por el movimiento
de un fluido, la última razón del movimiento en la materia es la fuerza
impresa en la creación, fuerza que hay en todos los cuerpos, pero que
por el conflicto de éstos se limita de varias maneras. Afirmo yo que
esta fuerza de obrar está en toda sustancia, y que siempre nace de ella
alguna acción, y que, por consiguiente, la sustancia corpórea (no menos
que la espiritual) jamás cesa de obrar, lo cual parece que no
entendieron bastante los que constituyeron su esencia en la sola
extensión o también en la impenetrabilidad, y creyeron concebir un
cuerpo en completa quietud. Nuestras meditaciones manifestarán que la
sustancia creada no recibe de otra creada la misma fuerza de obrar, sino
únicamente los límites y la determinación de conato, nisus, o fuerza de
obrar preexistente, lo que, pasando por alto lo demás, nos servirá para
explicar el difícil problema de la acción recíproca de las sustancias.»
(De primae philosophiae emendatione et notione substantiae.)
300.
Sean cuales fueren las dificultades a que están sujetas las teorías de
Leibnitz, procuraba el ilustre filósofo soltarlas conciliándolas con la
libertad de Dios y la del hombre; no sería justo atribuirles
consecuencias que él rechazaba; en tal caso debe impugnarse la
doctrina, pero respetando la intención del autor. Los extravíos que
padece provienen de lo extraordinario de su genio, ávido siempre de
explicaciones nuevas, y que era atrevido porque se sentía poderoso.
Rival de Malebranche en metafísica, de Newton en matemáticas, insigne
anticuario, profundo filólogo, adornado de vasta erudición, versado en
las ciencias sagradas hasta el punto de sostener una polémica con el
mismo Bossuet; eminente político, que pronosticaba las revoluciones
modernas con un siglo de anticipación, absorbido continuamente en
meditaciones filosóficas y religiosas, buscaba la verdad con un ardor
increíble; siendo de notar que nacido y educado en la religión
protestante, supo elevarse sobre las preocupaciones de sus correligionarios haciendo justicia al catolicismo en casi todos los puntos y
escribiendo su famoso Systema theologicum, que pudiera hacernos dudar de
que muriera protestante. Comoquiera, Leibnitz, a pesar de lo peligroso
de algunas de sus doctrinas, merece ser tratado con respeto, y si se
levantase del sepulcro confundiría de una mirada a esa turba de
filósofos que sin poseer ni su saber ni su ciencia disuelven las ideas
en su patria alemana y preparan desde allí grandes calamidades al mundo
entero. 3001.
Para que la ignorancia o la malicia no confundan jamás a Leibnitz con
sus indignos sucesores, para que no puedan éstos ligarse nunca con él en
ninguna clase de parentesco, fijemos en pocas palabras las ideas de
este grande hombre.
Leibnitz no admite la unidad de sustancia; por el contrario, sus
mónadas son sustancias distintas y diferentes entre sí.
El Universo ha procedido de Dios, no por emanación, como pretenden los
panteístas, sino por creación, tal cual la entienden los cristianos.
En Dios se halla la razón suficiente de todo.
Dios ha otorgado libremente a las mónadas creadas el conocimiento que
tienen. (V. Filosof. fund., l. I, not. X.).
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