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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
LXII - KRAUSE
LXII - KRAUSE
347. Basta la simple exposición de los sistemas filosóficos de la
moderna Alemania para convencerse de que son un conjunto de hipótesis
sin fundamento alguno en la realidad; pero ahora se trata de hacernos
creer que se les ha encontrado un punto de apoyo, que se ha descubierto
el secreto para convertirlos en verdadera ciencia, y que en adelante la
filosofía alemana, completada en lo defectuoso, fortalecida en lo que
encerraba de flaco, ensanchada en lo que tenía de estrecho, podrá
satisfacer todas las necesidades de la ciencia, explicando los
misterios del hombre, del mundo y de Dios. El autor de esa maravilla
filosófica es Krause, según afirma con pasmosa seguridad su discípulo
Ahrens. Veamos, pues, en qué consiste el nuevo sistema, cuyas
pretensiones tendrán el mismo resultado que las de sus predecesores:
después de haber prometido que lo explicarían todo, no explican nada; o
vertieron un error nuevo, o dieron una nueva forma a un error viejo. 348. En la escuela de Krause se empieza por radicar la metafísica en la
idea de ser, no sólo en cuanto contiene el significado común del verbo
ser, o la existencia, sino en cuanto comprende «todos los seres con
todos sus atributos». De esta suerte se entiende por ser el conjunto de
todos los seres, con todos sus modos, bajo todas las formas: nada se
excluye. En esta idea fundamental se deben distinguir dos: el ser y la
esencia; o en otros términos: el ser subsistente y sus propiedades. La
esencia no es distinta del ser; pero conviene distinguir con el
entendimiento estas dos nociones. El ser y su esencia son las dos
categorías más elevadas. 349. El ser, y todo ser, es uno; su esencia es una también; y así la
unidad es la categoría inmediata a la de ser. 350. Note el lector que aquí hay un sofisma, y que si le dejamos pasar
caemos en el panteísmo. Se dice: «Entendemos por ser el conjunto de
todos los seres (348): es así que el ser es uno o tiene por atributo la
unidad (349)
luego todo el conjunto de los seres es un solo ser.» El sofisma se
deshace diciendo que la unidad es el atributo de cada ser en particular; pero no del ser significado conjunto de todos los seres; la palabra
expresa en la mayor una cosa muy diferente de la que significa en la
menor; la consecuencia es, pues, ilegítima. El sofisma se reduce a una
grosera petición de principio: «El ser es todo: eI ser es uno; luego
todo es uno.» Esto es lo que se busca: si comenzáis afirmando que la
unidad es el atributo de la totalidad, empezáis por suponer lo mismo que
está en cuestión.
Así dejamos rota la cadena del raciocinio de Krause no puede dar un paso; la categoría de unidad no pertenece al ser tal como él le toma, y así
edifica en falso todo lo restante. Pero prosigamos exponiendo su
sistema. 351.
Después de la categoría de la unidad vienen las de sustancialidad y
totalidad. Por sustancialidad se entiende el ser subsistente en sí y
para sí. Se le podría sustituir el nombre de espontaneidad, si a éste
no se le uniese la idea de actividad. La totalidad consiste en ser un
todo, no de partes, sino de unidad. Ambas son absolutas o relativas. Si
el ser existe en sí y para sí, con independencia completa, es absoluto,
incondicional; en el caso contrario es relativo, condicional. Cuando el
ser lo encierra todo en su esencia, es infinito, su totalidad es
completa; cuando no, incompleta. 352.
Lo infinito implica negación de límites; si se niega todo límite, la
infinidad es absoluta; si sólo se niegan ciertos límites, la infinidad
es sólo de cierto género u orden. 353. En todas las cosas hay un fondo que se llama esencia; su
realización es la existencia. La posibilidad es la relación de la
esencia a la existencia; de suerte que es posible todo aquello que está
contenido en la esencia; lo que no está contenido en ella es imposible.
Pero es preciso advertir que por esencia no entiende Krause la idea de
la cosa, sino algo real, que más bien se llamaría germen, y que se va
desenvolviendo y manifestando de diversas maneras. Así, la esencia de
la encina no es su idea considerada en abstracto, sino su germen que ya
estaba en la bellota; aquello, realizado, desenvuelto, toma la forma
de encina. Lo mismo aplican a los demás seres corpóreos e incorpóreos.
La esencia del espíritu no es su idea; es una especie de germen que se
desarrolla con arreglo a sus leyes. Así, para resolver las cuestiones
sobre la posibilidad o imposibilidad con respecto a una cosa, es
preciso conocer el germen, la esencia de la misma: aquello de que se
trata, ¿está contenido en el germen?; entonces es posible. ¿No está
contenido?; entonces es imposible. 354. Antes de pasar adelante preguntemos a la escuela de Krause: ¿cómo
sabe todo eso? Pruebas no alega; sólo expone; se trata, pues, de un
sistema hipotético como tantos otros; obra de la imaginación.
Continuemos. 355.
Ningún ser infinito realiza juntamente todo su contenido; a cada cosa
su época: la esencia del árbol tiene las épocas de germen, raíz,
tronco, ramas, hojas, flor, frutos; la esencia es la misma, sólo que se
manifiesta bajo diversas fases en el espacio y en el tiempo. 356.
La razón de una cosa no es lo mismo que su causa: por razón entiende
esta escuela la relación de lo continente a lo contenido. La razón de
la flor es el árbol; la del árbol es el reino vegetal; la del reino
vegetal es la tierra; la de la tierra es el sistema solar de que forma
parte; en fin, la razón de todos los seres físicos y de todas sus
combinaciones, es la naturaleza entera, que es la razón última de todo
lo que vive en ella. En verdad que no es muy metafísico el señalar la
razón de las cosas por el mero contener, como las bolas en la urna, y que
el sistema de Krause se resiente algo de la idea grosera de Spinosa
sobre el mismo punto; pero esto resalta todavía más cuando lo aplican
al espíritu. La razón de los pensamientos, voliciones y sentimientos
particulares se halla en las respectivas facultades de pensar, querer y
sentir; la razón de estas facultades se encuentra en la constitución,
en la esencia general del espíritu. ¿Quién os ha dicho que hay esa
esencia general? 357.
El espíritu individual, según ellos, no es la razón de sí mismo, ni de
su organización; además, como todos los espíritus, no obstante su
individualidad, tienen algo de común, una organización espiritual común
en las facultades fundamentales y en las leyes que rigen su actividad,
ningún espíritu individual puede ser la razón de esta constitución común
de todos. Toda comunidad de constitución y de relación es un hecho
transcendental que nos impele a buscar la razón de las individualidades
en un ser superior que los contiene. (Ahrens, Curso de filosof., t. II,
lec. X.) El lector notará que se llama razón no a lo que causa, sino a
lo que contiene; y por lo tanto, al inquirir la razón de la comunidad
de la organización de los espíritus, se la busca en un ser superior,
no que los produzca o cree, sino que los contenga. Estamos otra vez en
el panteísmo por un sofisma que es preciso deshacer. La comunidad de
ciertas leyes en los espíritus requiere una razón, es verdad; pero esta
razón vosotros decís que es lo que contiene, nosotros decimos que es lo
que causa; si insistís en que por razón se ha de significar aquí
contener, os preguntaremos: ¿por qué?, seguros de que no podréis dar un
paso. Que hay leyes generales comunes a todos los espíritus, lo
admitimos; pero negamos que el origen
de esta comunidad haya de ser algo que contenga; decimos que es algo
que causa, porque ésta es la única idea digna de la metafísica: lo de
contener es tan grosero que sienta muy mal en una metafísica que se
precia de haber llegado al último término; si por eso la hubiésemos de
juzgar, la miraríamos como ciencia infantil, pues que se atiene a las
formas sensibles. 358.
Roto este eslabón, viene al suelo la consecuencia que se propone sacar
Krause, a saber: que cada espíritu individual es una determinación y
limitación interior de un espíritu universal, de una razón subsistente,
donde se hallan contenidos todos los espíritus individuales como las
figuras en el espacio, como los cuerpos individuales en la totalidad de
la naturaleza física, centros propios, unitarios, pero interiores;
focos particulares que reflejan la misma luz, que viven de la misma
sustancia, la esencia fundamental del espíritu general. 359. Admitido el espíritu universal, verdadero ser sustancial,
personal, existente en sí y para sí, superior a toda individualidad,
pero que encierra a todos los individuos; superior al tiempo, pero
donde están como en sustancia común los espíritus individuales que se
desenvuelven en el tiempo, no cree la escuela de Krause haber llegado
al ser absoluto; porque este espíritu, aunque infinito como espíritu,
no lo es como naturaleza; su infinidad encierra los seres finitos del
solo orden espiritual, y así es necesario buscar otro infinito que
contenga lo perteneciente a lo corpóreo, o sea el orden de la
naturaleza. 360. El espíritu universal, según Krause, no puede ser el Ser Supremo,
porque no es absolutamente infinito; es un mundo particular que tiene a
su lado otro mundo distinto de él; la Naturaleza, la cual es la razón
de lo que existe fuera del orden de los espíritus, es un ser que
contiene toda la serie de los individuos corpóreos, y bajo este aspecto
es infinita; pero no lo es de un modo absoluto, pues no contiene al
mundo de los espíritus. 361. Henos aquí, pues, con dos grandes seres, infinitos cada cual en su
línea, distintos entre sí, independientes el uno del otro: el Espíritu
y la Naturaleza. Ahora es preciso buscar un punto de unión entre los
dos, un origen común, un tronco para esas dos ramas, un mundo superior
que encierre el espiritual y el natural, un infinito absoluto que
contenga los dos infinitos relativos, y aquí es donde Krause encuentra
el Ser Supremo, esencia fundamental, cuyas dos manifestaciones son la
Naturaleza y el Espíritu. A la primera ojeada descubrirá el lector que
después de tantos rodeos venimos a parar, bien que con otras palabras,
a la sustancia única de Spinosa, con sus dos atributos extensión y
pensamiento; veamos, sin embargo, lo que excogita la vanidad filosófica
para aparentar que dice algo más que el judío holandés. 362.
El Espíritu ofrece el carácter de espontaneidad; la Naturaleza, el de
totalidad; la Naturaleza hace sus obras completas, enlazadas, con
sujeción a una ley de continuidad; el Espíritu produce sus actos
aislados, sin unidad, sin sujeción a ninguna ley, por la cual los unos
se sigan a los otros; la Naturaleza no forma una cabeza sin añadirle
los demás miembros que corresponden; el Espíritu concibe una cosa con
separación de las otras, y una misma la considera bajo diferentes
aspectos; la Naturaleza sigue en su desarrollo un orden constante, en
que todo marcha con simultaneidad y en una dirección dada; el Espíritu
se desenvuelve con variedad, con interrupciones, cambiando la dirección
a cada instante, sin necesidad alguna, con entera libertad. Estos dos
modos de manifestarse indican dos seres distintos, independientes el
uno del otro; sin embargo, estos dos seres existen juntos, y no sólo
por yuxtaposición, sino por intimidad de penetración... «Y se penetran
más íntimamente en el hombre, que, formando la síntesis más completa de
los mismos, posee órganos físicos para todo lo que se halla en la
Naturaleza y facultades intelectuales para todo lo que existe en el
Espíritu.» (Ahrens, Ibid.) 363.
Pero la razón de la comunidad de vida y de esta unión de la Naturaleza y
del Espíritu, no puede hallarse ni en el uno ni en el otro, porque ni
uno ni otro es la razón de que el ser opuesto esté constituido en su
esencia de tal modo que pueda entrar con él en esta unión y recibir sus
influencias. La razón de la unión no puede hallar se sino en una
unidad superior que reúne en esencia los dos atributos opuestos. Esta
unidad superior es un Ser Supremo llamado Dios; él es en unidad de
esencia lo que todos los seres finitos y particulares son exclusivamente
y de una manera opuesta y predominante; Dios no es la Naturaleza ni el
Espíritu como tales; es, en la unidad de su esencia, la identidad del
Espíritu y de la Naturaleza; y esta unidad, esta identidad es una
esencia distinta y superior, que hace imposible la confusión del Ser
Supremo con lo que es todavía finito bajo ciertos aspectos. El Ser
Supremo, por el atributo de lo infinito o de la totalidad, es la
Naturaleza; y por el atributo de lo absoluto o de la espontaneidad, es
el Espíritu; pero es todavía más, es la unidad de lo infinito y de lo
absoluto, de la totalidad y de la espontaneidad, y esta unidad
constituye para él un nuevo modo de existir, una modalidad tan
fundamental como la de la Naturaleza y del Espíritu, y fundamentalmente
distinta del Espíritu y de la Naturaleza. Dios, en cuanto Espíritu, es
pensamiento, sentimiento y voluntad; 'en cuanto Naturaleza, es luz,
calor, atracción, etc.; pero es más todavía: es la unidad y la
identidad superior de estas manifestaciones opuestas; es la unidad y
la identidad del pensamiento y de la luz, del sentimiento y del calor,
de la voluntad y de la gravitación. (Id., Ibid.)
Como la luz es la verdad y la identidad de todos los colores, así la
esencia divina es la identidad de esencia de todas las cosas del
universo; y esta unidad es distinta de ellas, como la luz lo es de
todos los colores, aunque toda esencia esté contenida en la unidad de
esencia, como todos los colores lo están en la luz. Así no confundimos a
Dios con el mundo, ni le separamos de él, porque no podemos separar la
esencia divina de la esencia del mundo. Pero por su unidad, Dios es
superior al mundo; Dios no ha existido sin el mundo; el mundo no ha
sido creado en el tiempo, porque la esencia del mundo está contenida en
la esencia divina; pero Dios es la razón eterna del mundo y de todo lo
que él contiene, y aunque por la unidad de su esencia esté en unión, en
contacto con la menor parte del mundo, no obstante la esencia divina no
se resuelve en la del mundo, permanece unitaria, y Dios queda uno e
idéntico, sin dividirse en las existencias particulares. (Id., Ibid.) 364. El sistema de Krause se reduce a lo siguiente: hay dos mundos, el
espiritual y el natural, a cada uno de los cuales corresponde un ser
infinito en su orden respectivo: Espíritu y Naturaleza. Los seres
individuales finitos están en comunidad de esencia con uno de ellos;
los cuerpos, con la Naturaleza; los espíritus, con el Espíritu. La
Naturaleza y el Espíritu son distintos, pero tienen comunidad de
esencia con el Ser Supremo absoluto, que incluye en sí la unidad, la
identidad de la Naturaleza y del Espíritu. Dejo al buen juicio del
lector el resolver si con esta doctrina se evita el panteísmo; y si, a
pesar de todas las protestas, es algo más que el sistema del ser
absoluto, con distintos atributos. El mismo Spinosa, al establecer la
unidad de sustancia, admitía dos atributos: extensión y pensamiento;
Schelling reconocía dos fases en el ser absoluto, mirando al Espíritu
como el predominio de lo infinito y a la Naturaleza como el predominio
de lo finito; Hegel consideraba a la Naturaleza como lo exterior de lo
absoluto; al Espíritu, como lo interior; no hay panteístas que no
admitan bajo una u otra forma, con este o aquel nombre, cierta
distinción en la unidad absoluta; a esto se hallan precisados, porque
la razón, y sobre todo la experiencia, nos presentan evidentemente la
diversidad, y esto es necesario explicarlo de un modo u otro,
considerando en lo absoluto variedades de fases, modos de ser,
evoluciones, manifestaciones, atributos, propiedades, etcétera. Pero
empléense las palabras que se quieran, si no se establece distinción esencial y
sustancial entre lo finito y lo infinito, no se sale del
panteísmo, no se explica a Dios, se le niega; y en cuanto al origen del
mundo, se cae en el sistema de las emanaciones, que es irreconciliable
con la religión y con la metafísica.
Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
LXII - KRAUSE
Capítulo LXI - Cousin
Capítulo LXIII- Ojeada sobre la filosofía y su
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