|
Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
LV -
KANT
LV - KANT
310. El nombre de Kant anda en boca de cuantos hablan de la filosofía
moderna; y, sin embargo, es probablemente uno de los autores menos
leídos, porque serán pocos los que tengan la necesaria paciencia, que
en verdad no debe ser escasa, para engolfarse en aquellas obras difusas,
oscuras, llenas de repeticiones, donde, si chispea a las veces un gran
talento, se nota el prurito de envolver las doctrinas en un lenguaje
misterioso, que nos recuerda los iniciados de Pitágoras y Platón. Kant
ha ejercido mucha influencia en la filosofía de este siglo, y muy
particularmente en Alemania, donde se reúnen las dos condiciones más a
propósito para la lectura de sus obras: paciente laboriosidad y amor
de lo nebuloso. Encerrado en su gabinete de Koenisberg, donde pasó su
larga vida, terminada a los ochenta años, en 1804, cuidaba poco el
filósofo de la realidad del mundo; encastillado en su yo, a la manera
de Descartes, da a sus teorías una dirección muy diferente de la del
filósofo francés; éste sale al instante del yo para elevarse a Dios y
ponerse en comunicación con el mundo físico; pero Kant se establece
allí definitivamente, como en una isla de que no es posible salir sin
ahogarse en los abismos del Océano. 311.
No niega Kant la existencia de Dios, ni del mundo físico, ni del orden
moral; hasta admite estas cosas acomodándose al sentido común; lo que
niega es que la razón pueda llegar a ellas. Su Crítica de la razón pura
es la muerte de la razón. Sea como fuere, ya que es necesario tener
idea de su sistema, procuraré presentarla tan clara como me sea
posible, consultando la brevedad. 312.
Partiendo Kant de un hecho de conciencia, o sea del yo, los primeros
fenómenos que se le ofrecen son las sensaciones y las representaciones
internas que de ellas resultan. A la explicación de esto dedica lo que
él llama Estética trascendental. 313.
Kant entiende por sensación «el efecto de un objeto sobre la facultad
representativa, en cuanto nosotros somos afectados por él». Es necesario
advertir que prescinde absolutamente de la naturaleza del objeto
afectante y que sólo atiende al efecto que resulta en nosotros, a lo
puramente subjetivo. 314.
Por intuición entiende Kant una percepción cualquiera que se refiere a
un objeto; de suerte que hay intuición cuando el conocimiento es
considerado como un medio. 315.
La intuición empírica es «la que se refiere a un objeto por medio de la
sensación». Vemos un árbol: la representación interna, en cuanto es una
afección del yo, es sensación; en cuanto se refiere a un objeto (real o
aparente) es intuición empírica o experimental. 316.
El fenómeno es «el objeto indeterminado de la intuición empírica». ¿Qué
es eso que corresponde a la representación y a que llamamos árbol? Kant
no lo sabe; pero eso, sea lo que fuere, en cuanto es el término o
punto de referencia de la representación interna, lo llama fenómeno,
porque es algo que aparece; Kant prescinde de lo que es. 317.
La realidad de la cosa en sí misma es el noumeno noumena; hasta qué
punto el fenómeno, lo que aparece, está acorde con el noumeno o la
realidad; ésta es otra cuestión de que por ahora prescinde el filósofo.
318.
Aun en el orden sensible no todo dimana de la experiencia; hay algo a
priori: el espacio. Para que ciertas sensaciones sean referidas a
objetos externos, esto es, a alguna cosa que ocupe un lugar diferente
del nuestro, y hasta para que podamos representarnos las cosas como
exteriores unas a otras, es decir, no sólo como diferentes, sino como
situadas en lugares distintos, debemos tener anteriormente la
representación del espacio. De donde se infiere que la representación
del espacio no puede dimanar de la relación de los fenómenos ofrecidos
por la experiencia; por el contrario, es indispensable presuponer esta
representación para que la experiencia sea posible. La representación
del espacio no es, pues, un producto de la experiencia, es una condición
necesaria para el ejercicio de la sensibilidad, una forma a priori que
hay en nosotros; un espacio de tabla rasa donde se pintan los
fenómenos. En sí misma no contiene nada real, pero todo lo sensible se
puede retratar en ella. 319.
De esto se sigue que cuando trasladamos a lo exterior eso que llamamos
extensión, aplicamos a los objetos una cosa que no les pertenece, un
hecho puramente subjetivo: la forma, la condición de nuestra
sensibilidad, y, por consiguiente, todo esto que llamamos mundo
corpóreo se reduce a un conjunto de representaciones internas, a que
damos sin fundamento una realidad externa. Así la teoría de Kant lleva
derechamente al idealismo; no se alcanza cómo, admitido el principio,
se podrá eludir la consecuencia. 320.
En la primera edición de su Crítica de la razón pura no se asusta Kant
en vista del idealismo; por el contrario, parece establecer sin rodeos
la posibilidad de que todo sea pura ilusión, pues dice: «El concepto
trascendental de los fenómenos en el espacio es una advertencia
crítica de que en general nada de lo percibido en el espacio es una
cosa en sí; que el espacio es además una forma de las cosas que tal vez
les sería propia si fuesen consideradas en sí mismas; pero que los
objetos en sí nos son completamente desconocidos, y que lo que llamamos
objetos exteriores no es otra cosa que las representaciones puras de
nuestra sensibilidad, cuya forma es el espacio y cuyo correlativo
verdadero, es decir, la cosa en sí misma, es por esta razón totalmente
desconocida, y lo será siempre, pero sobre la cual no se interroga
jamás a la experiencia.» (Estética trascendental, sec. I.) 321.
La intuición del espacio es la forma de la sensibilidad externa; pero
hay además en los fenómenos, tanto externos como internos, lo que
llamamos sucesión o tiempo; sin esto no nos percibiríamos a nosotros
mismos. Así, pues, el tiempo es la forma y la condición de la
sensibilidad interna o de los fenómenos en la conciencia. El tiempo es
a priori, es decir, independiente de la experiencia; pues que hace la
experiencia posible en la sucesión, como el espacio en la extensión;
por lo mismo no está inherente a las cosas, es una condición puramente
subjetiva de nuestra intuición interna. De esto se sigue que nosotros
sabemos únicamente que percibimos las cosas en una sucesión, pero
ignoramos si esta sucesión se halla en las cosas, pues que no siendo
ella más que un hecho puramente subjetivo, una condición necesaria para
nuestra experiencia, no podemos atribuirla a los objetos mismos sin
faltar a las reglas de una sana lógica. Así discurre el filósofo
alemán. 322.
Por donde se ve que Kant no se limita a decir que el tiempo no es una
cosa real distinta de las cosas, en lo cual convendrían la mayor parte
de los metafísicos; afirma que ignoramos si hay en las cosas sucesión
real, pues que la sucesión que nosotros percibimos es una condición
puramente subjetiva, una mera forma de nuestra intuición. Así, después
de haber hecho dudosa la realidad de la extensión, esparce la misma duda
sobre la realidad de la sucesión, de suerte que todo cuanto se refiera
al tiempo y al espacio no es más para nosotros que un conjunto de
representaciones, y la ciencia que tiene por objeto el mundo no se
debería llamar cosmología, sino fenomenología, pues que no se ocupará
del mundo o cosmos, sino de los fenómenos. 323. En esta doctrina está el idealismo de Berkeley; se hizo a Kant
esta observación, y él procuró sincerarse en un pasaje que se halla en
la segundo edición de su Crítica de la razón pura, y que pongo a
continuación, ya en prueba de mi imparcialidad, ya también para dar una
muestra del estilo de este filósofo: «Cuando digo: en el espacio y en
el tiempo la intuición de los objetos exteriores y la del espíritu
representan estas dos cosas tales como ellas afectan nuestros sentidos,
no quiero decir que los objetos sean una pura apariencia, porque en el
fenómeno los objetos, y hasta las propiedades que nosotros les atribuímos, son siempre considerados como alguna cosa dada realmente; sino
que como esta calidad de ser dada depende únicamente de la manera de
percibir del sujeto en su relación con el objeto dado, este objeto, como
fenómeno, es diferente de sí mismo como objeto en sí. Yo no digo que los
cuerpos parezcan simplemente ser exteriores, o que mi alma parezca
simplemente haber sido dada en mi conciencia: cuando yo afirmo que la
calidad del espacio y del tiempo (conforme a la cual yo pongo el cuerpo
y el alma como siendo la condición de su existencia) existe únicamente
en mi modo de intuición y no en los objetos en sí mismos, caería en
error si convirtiese en pura apariencia lo que debo tomar por un
fenómeno; pero esto no tiene lugar si se admite mi principio de la
idealidad de todas nuestras intuiciones sensibles. Por el contrario, si
se atribuye una realidad objetiva a todas esas formas de
las representaciones sensibles, no se puede evitar el que todo se
convierta en pura apariencia; porque si se consideran el espacio y el
tiempo corno calidades que deban hallarse en cuanto a su posibilidad en
las cosas en sí, y se reflexiona sobre los absurdos en que entonces se
cae, porque dos cosas infinitas que no pueden ser sustancias, ni nada
inherente a las sustancias, y que son, no obstante, alguna cosa
existente y hasta la condición necesaria de la existencia de todas las
cosas, subsisten todavía aun cuando todo lo demás quede anonadado, en
tal caso no se puede reprender al excelente Berkeley de haber reducido
los cuerpos a una mera apariencia.» (Estética trascendental.)
324.
Por este pasaje se echa de ver que Kant distingue entre la pura
apariencia y el fenómeno; por ejemplo: eso que nos aparece como un
árbol, no dice Kant que sea una cosa del todo ilusoria; sólo sostiene
que lo aparente no tiene nada de común con la realidad; no destruye,
pues, la realidad misma o la cosa en sí; sólo afirma que esta cosa no
es tal como aparece. Admite que con respecto a nosotros el mundo es una
apariencia, pero no que en sí sea una pura apariencia. Dudo mucho que
Berkeley quisiese significar más; el filósofo irlandés no negaría la
realidad de los seres que nos afectan, no negaría que los fenómenos de
la sensibilidad dimanasen de objetos reales; sólo quería significar que
estas cosas no eran, como nosotros creíamos, objetos realmente
extensos, lo cual le bastaba para su teoría idealista. Todo esto se lo
concede Kant, pues que la extensión o la forma del espacio la reduce a
un hecho puramente subjetivo, al que no corresponde en la realidad nada
extenso, sino una cosa en si que ignoramos lo que es; por consiguiente,
admite la posibilidad del idealismo, y como añade que el trasladar la
forma del espacio al exterior conduce a absurdos, no sólo admite la
posibilidad del idealismo, sino la necesidad; y como por fin aplica al
tiempo lo mismo que al espacio, resulta que el idealismo es quizás más
refinado que el de Berkeley, pues que destruye la existencia y la
posibilidad no sólo de la extensión, sino también de la sucesión.. (V.
Filosof. fund., lib. XIV, caps. XII y XVII.) 326.
A más de la facultad de sentir, admite la de concebir, o el
entendimiento; la primera nos ofrece los objetos en intuiciones; la
segunda los concibe; aquélla es una receptividad o potencia pasiva,
ésta una espontaneidad; sin la sensibilidad, ningún objeto nos sería
dado; sin el entendimiento, ningún objeto sería concebido;
pensamientos sin materia y sin objetos, son vanos; intuiciones sin
conceptos, son ciegas. El entendimiento no tiene otra materia de sus
conceptos que la ofrecida por las intuiciones sensibles; su modo de
conocer es puramente discursivo, no intuitivo; es decir, que en sí no
tiene un objeto dado; sólo puede discurrir sobre los que se le dan en
la representación sensible. Así para el conocimiento se necesita la
facultad de pensar y la de sentir; no se las puede separar sin
destruir el conocimiento. 326. La ideología de Kant se reduce, pues, a los puntos siguientes:
Iº El origen de todos nuestros conocimientos está en los sentidos. El
espacio es la forma, la condición de las intuiciones sensibles externas.
El tiempo es la forma de la intuición interna. 2º A más de la facultad
sensitiva hay la conceptiva o el entendimiento. 3º Las intuiciones
sensibles por sí solas no engendran conocimiento, son ciegas. 4º Las
intuiciones sensibles son materia de conocimiento en cuanto se someten
a conceptos o a la actividad intelectual. 5º El conocimiento humano no
es intuitivo, sino discursivo. Este sistema tiene mucha analogía con el
de los escolásticos; sólo que Kant le da interpretaciones que conducen
a resultados funestos. Filosof. fund., lib. IV, cap. VIII.) 327. Estos conceptos, considerados entre sí, son meras formas lógicas
en la opinión de Kant; nada encierran; es necesario que se las aplique
a un objeto para que tengan valor y sentido; esta aplicación sólo
pueden tenerla en las intuiciones sensibles; fuera de ahí, el uso que
de los conceptos se haga es ilegítimo, es vano, no tiene ningún valor.
Son un juego del entendimiento los conceptos, son formas vacías que es
preciso llenar con fenómenos sensibles; lo que se llama categorías, si
se las toma como conceptos de las cosas en general, se reducen a simples
funciones lógicas; pueden ser miradas corno condiciones de posibilidad
de las cosas mismas, «pero sin poderse mostrar en qué caso su aplicación
y su objeto, y por consiguiente ellas mismas, pueden tener en el
entendimiento puro, y sin la intervención de la sensibilidad, un sentido
y un valor objetivo». (Lógica trascendental, lib. II, capítulo III.)
Mas entonces se nos condena a no saber nada fuera del orden sensible, a
no poder elevarnos científicamente al conocimiento de las cosas en sí
mismas, pues que ni aun respecto a las sensibles podemos hacer uso de
los conceptos sino en cuanto a la parte fenomenal o a la
forma bajo que se presentan a la sensibilidad; entonces se hace
imposible el conocimiento de Dios, del alma y de todo lo que no sea
fenómeno sensible... Kant no retrocede ante esas terribles
consecuencias, y dice sin rodeos: «Estos principios (los del
entendimiento) son simples principios de la exposición de los
fenómenos, y el fastuoso nombre de una ontología que pretende dar un
conocimiento sintético a priori de las cosas en una doctrina
sistemática, por ejemplo, el principio de causalidad, debe reemplazarse
por la denominación modesta de simple analítica del entendimiento
puro.» 328. Los incautos que hablan muy seriamente del espiritualismo de Kant
y de sus triunfos sobre el sensualismo, mirándole como uno de los
restauradores de las buenas doctrinas, todo, por supuesto, sin haber
abierto una obra del filósofo alemán, y sólo por haberlo visto citado
con elogio; esos incautos deben penetrarse de la exposición que
precede. Por ella sabrán que Kant no admite más conocimiento posible en
el hombre que simples funciones lógicas sobre los fenómenos sensibles;
que Kant no admite ninguna de las demostraciones con que los más
eminentes metafísicos han probado la espiritualidad del alma; que ni
siquiera admite que pueda probarse que el alma es sustancia; que
tampoco admite ninguno de los argumentos con que se ha probado la
existencia de Dios, y que, por fin, el autor de la Crítica de la razón
pura, coloca al espíritu en un puesto del todo aislado, donde sólo se
le ofrecen fenómenos sensibles sobre los cuales puede pensar, pero de
los que le es imposible salir, y cuando intenta extenderse por otras
regiones con el auxilio de la ciencia, al querer descubrir lo que habrá
con respecto a Dios, a otros seres y aun a sí propio, se halla reducido
a un desconsolador ¡quién sabe!... En vano se esfuerza por salvar esa
barrera; la Crítica de la razón pura le encierra allí con un rigor
inexorable. (V. Filosof. fund., libs. IV, IX y X.—Metaf.)
Las funestas teorías de Kant no podían menos de producir efectos
desastrosos; desde entonces data el extravío filosófico de Alemania:
por una parte el escepticismo más disolvente, por otra el dogmatismo más
extravagante, expuesto en monstruosos sistemas. 329. Kant reduce toda nuestra ciencia a los fenómenos sensibles, y como
a éstos no les otorga ni siquiera la realidad de la extensión y de la
sucesión, pues que hace del espacio y del tiempo meras formas
subjetivas, resulta que toda la ciencia es subjetiva, sin más
objetividad que la puramente fenomenal o de apariencia. Así todo está en
el yo; el entendimiento es la facultad de las reglas: «No es
simplemente una facultad de hacerse reglas comparando fenómenos; es
hasta la legislación para la Naturaleza, es decir, que sin el
entendimiento no habría naturaleza o unidad sintética de la diversidad
de los fenómenos según ciertas reglas...
»Todos los fenómenos como experiencia posible están a priori en el
entendimiento y de él sacan su posibilidad formal; de igual modo que
están a título de puras intuiciones en la sensibilidad, y no son
posibles sino por ella con relación a la forma.» (Lógica trascendental.)
Sean cuales fueren las explicaciones con que haya pretendido Kant
suavizar las consecuencias de sus principios, es cierto que el germen
del error estaba en ellos y el desarrollo de ese germen no podía
impedirle el filósofo de Koenisberg. En el estudio de sus obras se
formaron los metafísicos alemanes; la filosofía del yo estaba en la
Critica de la razón pura. Desde Kant a Fichte no hay más que un paso.
Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
LV -
KANT
Capítulo LIV - Condillac
Capítulo LVI - Fichte |