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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
LVIII -
HEGEL
LVIII - HEGEL
338.
Este filósofo alemán es uno de los más famosos de la época; nació en
1770 y murió en 1831. El prurito de fundar escuela, de no ser simple
discípulo, ha multiplicado en Alemania los sistemas; una misma
doctrina, el panteísmo idealista, se expresa bajo distintas formas, con
palabras nuevas, siquiera sean las más extravagantes, con tal que se
satisfaga la pueril vanidad de pasar por inventor.
Hegel admite la
unidad absoluta; pero era preciso no presentarla como Fichte ni
Schelling; la unidad de Hegel no ha de estar expresada simplemente, ni
por el yo, ni por la identidad absoluta de lo subjetivo con lo objetivo,
sino por la idea, cuyo inmenso desarrollo a través del espacio y del
tiempo da por resultado la naturaleza, el espíritu, la historia, la
religión. Esta idea es una especie de abismo sin fondo: el ser absoluto,
encerrado en sí mismo en cuanto contiene las esencias o los tipos
ideales de todo, anteriormente a toda manifestación, forma el objeto de
la Lógica; en cuyo caso esta ciencia no se ocupa de puras formas, sino
de la realidad infinita. A esta época de ensimismamiento sigue otra de
manifestación en el espacio; he aquí la Naturaleza, el mundo corpóreo.
A ésta sucede la concentración, una especie de reversión sobre sí mismo; entonces nace la conciencia: he aquí el Espíritu. Esta conciencia va
perfeccionándose, llega al estado de libertad; se desenvuelve en el
arte, en la historia, en la religión, y se eleva al más alto punto
cuando se manifiesta en la filosofía absoluta, es decir, cuando ha
venido al mundo el mismo Hegel. El filósofo alemán llama a juicio a
todas las filosofías, a todas las religiones; a la humanidad, al
mundo, a Dios; Hegel ha encontrado la última palabra de todo. La
desgracia está en que tanta luz como se reúne en la mente de
Hegel no
podrá ser provechosa a los míseros mortales, porque son incapaces de
comprenderle; él mismo es quien lo dice: «No hay más que un hombre
que me haya comprendido; y ni aun éste me ha comprendido.» Con razón ha
dicho Lermier, hablando de la intolerable vanidad de este filósofo:
«Hegel se glorifica en sí mismo; se sienta como árbitro supremo entre
Sócrates y Jesucristo; toma al cristianismo bajo su protección; y
parece pensar que si Dios ha creado el mundo, Hegel lo ha comprendido.»
(Au delà au Rhin, tomo III.) 339.
Temeroso de fatigar al lector, y seguro de la inutilidad de ulteriores
explicaciones, no me detendré en exponer más por extenso la doctrina de
Hegel, mayormente cuando tengo hecho en otra parte el mismo trabajo.
(Véase Cartas a un escéptico en materia de religión, VIII y IX.)
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