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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes
Capítulo LXIII - OJEADA SOBRE
LA FILOSOFÍA Y SU HISTORIA
LXIII - OJEADA SOBRE LA FILOSOFÍA Y SU HISTORIA
365. Existe algo. ¿Cómo lo sabemos? ¿Cuáles son nuestros medios de
percepción? ¿Es legítimo el testimonio de éstos? En qué se funda su
legitimidad? ¿Qué cosas existentes conocemos? ¿Cuál es la naturaleza de
ellas? ¿Qué relaciones tienen entre sí? ¿Tienen origen? ¿Cuál es?
¿Tienen un fin ? ¿Cuál es ? Estas son las cuestiones que se ofrecen a
la filosofía, a esa ciencia que no sin razón ha tomado un nombre tan
modesto como amplio: «amor de la sabiduría, de esa sabiduría definida
por Cicerón: la ciencia de las cosas divinas y humanas y de sus causas»; es decir, de
todo. Nec quidquam aliud est philosophia, si interpretari valis, praeter studium sapientiae. Sapientia autem est, ut a veteribus
philosophis definitum est, rerum divinarum et humanarum, causarumque
quibus eae res continentur, scientia: cojos studium qui vituperat, haud
sane intelligo quidnam sit quod laudandum puta. (Cic., de Officis, lib.
II, § 2.) 366.
Mal comprende la filosofía quien la mira como un conjunto de vanas
cavilaciones sobre objetos poco importantes: el Hombre, el Universo,
Dios, son sin duda objetos de alta importancia; y tales son los
objetos de la filosofía; todo lo que existe y puede existir no es
objeto de escasa importancia, y todo lo que existe y puede existir es
objeto de la filosofía. 367.
¿Existo? ¿Qué soy? ¿De dónde he salido ? ¿Cuál es mi destino? ¿Qué es
ese conjunto de objetos que me rodean y me afectan? ¿Ha dimanado de
otro? ¿Cuál es este origen? ¿Quién se atreverá a decir que éstas son
cuestiones de poca importancia y que no merecen nuestra atención ? Si
esto no es importante, ¿dónde está la importancia? Si esto no es
digno de ocupar al hombre, ¿dónde se hallará algo que lo sea? 368.
Se ha abusado mucho de la filosofía, ciertamente; pero de qué no se
abusa? No hay absurdo que algún filósofo no haya dicho, es verdad;
pero ¿condenaréis las leyes porque no hay tiranía que no se haya
ejercido en nombre de alguna ley? ¿Abominaréis de los tribunales porque
se han cometido crímenes en nombre de la administración de justicia?
369.
La filosofía fomenta la vanidad; pero el hombre se envanece por
cualquier adelanto; ¿le condenaréis a permanecer estacionario para
siempre? La discusión es un disolvente de las leyes y de las
instituciones; pero la discusión es el ejercicio de la razón;
¿extinguiremos en nuestro espíritu la hermosa centella que nos ha sido
otorgada por la bondad del Creador? 370.
El buen sentido de los antiguos romanos era enemigo de la filosofía;
sin embargo, no se libró Roma del contagio; la patria de Catón lo fué
de Cicerón, y además ese mismo Catón, al ocuparse del individuo, de la
sociedad, de lo que convenía a ésta y a aquél, ¿qué era sino un
filósofo? Los graves romanos, al discutir sobre los grandes intereses de
la república, sobre los secretos de conservar y engrandecer el imperio,
sobre los medios de señorear el entendimiento y la voluntad de los
ciudadanos, sobre la utilidad de preservarlos de la discusión
filosófica, ¿qué eran sino filósofos? 371.
Donde hay un hombre que piensa sobre un objeto inquiriendo su
naturaleza, sus causas, sus relaciones, su origen, su fin, allí hay un
filósofo. Donde hay dos hombres que se comunican recíprocamente sus
ideas, que se ilustran o se contradicen, se ponen de acuerdo o
disienten, allí hay discusión filosófica. 372.
Mira las cosas muy apocadamente quien no ve filosofía sino en las
escuelas. En la India, en la China, en la Persia, en la Caldea, en
Egipto hemos encontrado filosofía, y, no obstante, allí no hemos visto
ni Academia, ni Pórtico, ni Liceo: antes de Platón y Sócrates había
filosofía en Grecia sin formas de escuela; el mismo Platón dista mucho
de Sócrates en su forma: a Platón no se llamaría, como se llamó a
Sócrates, bufón, atticus scurra. 373.
La filosofía es la razón examinando; la diferencia está en el más y en
el menos, en la extensión y en la forma, pero el fondo es el mismo;
donde hay examen, sea cual fuere su especie, allí hay filosofía. Mas el
pensamiento humano, corriendo a través de los tiempos, debía dejar
vestigios: aquí una hondonada, allí un montecillo, acá un arenal,
acullá un terreno cubierto de vegetación; en unas partes con
regularidad, en otras con desorden y a veces sin enlace, quizá un
cierto encadenamiento; he aquí la imagen a las escuelas filosóficas;
y he aquí, por decirlo de paso, la suma dificultad de presentar su
historia bajo un plan uniforme, de fijar y deslindar con exactitud las
varias épocas y determinar con precisión las diversas fases. Los
fenómenos intelectuales, como radicados en seres dotados de
espontaneidad y libertad, presentan por doquiera el carácter de los
sujetos en que se desenvuelven: variedad, oposición, libertad. Cuando
veáis una clasificación muy precisa, como salida de un molde, tened por
seguro que el clasificador, o finge, o se alucina. 374.
¿Cuáles son las conquistas prácticas de la filosofía? En el orden
material, muchas; en el social, harto escasas; en el moral y
religioso, ninguna. 375.
El hombre sondea las inmensidades del espacio; sujeta a medida el mundo
microscópico, domina los elementos y transforma la superficie del Globo: éstas son las conquistas de la filosofía en el orden material; sin
las meditaciones y experimentos de los físicos de los siglos anteriores
no veríamos los prodigios de la mecánica y de todas las artes con los
que nos asombra el actual. 376.
La sociedad no se ha formado ni se conserva por la filosofía; cuando
los filósofos la han querido fundir en sus crisoles, el resultado ha
sido producir una conflagración espantosa; parte se ha volatilizado,
parte se ha carbonizado; para aprovechar algo ha sido necesario
arrumbar las teorías, y apelar al buen sentido: abandonar la filosofía
de Platón y recurrir a la de Solón. 377.
Se ha visto que en las sociedades hay un organismo, hay principios
vitales, como en los individuos; y que la filosofía puede explayarse
observando, pero que debe guardarse de tocar. No hay inconveniente en
que estudie el pulso, pero no puede manosear el corazón; si abre al
viviente, le mata.
Pero esto. se nos dirá, ha producido grandes bienes: escarmiento y
desengaño; y, por consiguiente, un caudal de prudencia; cierto, y en
verdad que esto es una ventaja; pero si bien se observa, es del mismo
género que las quemaduras, que nos enseñan desde niños a no tocar el
fuego. 378.
Bajo el aspecto moral, ¿qué nos ha enseñado la filosofía? ¿Ha podido
añadir algo a estos sublimes preceptos: «Ama a Dios sobre todas las
cosas; ama al prójimo como a ti mismo»? ¿ Hay algún libro filosófico
que se acerque ni con mucho al sermón de Jesucristo sobre la montaña?
379.
Tocante a Dios y al alma, preciso es confesarlo, la filosofía no ha
hecho más que desbarrar cuando se ha desviado del Catecismo. Ahí está su
historia; y quien con esto no se convenza de que la filosofía por sí
sola es impotente para dirigir al género humano, no alcanzamos qué
otras pruebas pueda desear. Quien duda de esto no conoce la historia de
la filosofía, porque entre los filósofos más eminentes, no obstante su
vanidad, lo que más alto descuella, lo que se expresa con el acento de
una convicción más profunda es la conciencia de su flaqueza. Esto
producía que anduvieran en pos de los restos de las tradiciones
antiguas, que interrogasen a la India, a la Persia, al Egipto: con la
sola razón se hundían, y buscaban, como dice Platón, una barquilla para
atravesar el mar tempestuoso de la vida terrestre. 380.
¿Cuál es el origen del mundo? Los filósofos han estado disputando sin
cesar, y han excogitado innumerables sistemas; sin embargo, muchos
siglos antes de que nacieran Platón y Pitágoras estaban escritas
aquellas palabras, cuya sublimidad constrasta con su sencillez: «Ea el
principio creó Dios el cielo y la tierra.» A ellas siguen otras en que
se explica la formación del mundo; y los modernos geólogos se asombran
al encontrar tamaña sabiduría en un libro tan antiguo, trazado por la
mano de un habitante del desierto, en un rincón de la tierra. 381.
¿Cuál es el origen del hombre? Si lo preguntáis a la filosofía, os
responde con monstruosidades; pero en el mismo libro está escrito:
«Formó, pues, el Señor Dios al hombre del lodo de la tierra, e inspiróle
en el rostro un soplo de vida, y quedó hecho el hombre viviente con
alma.» 382.
Los filósofos se pierden en conjeturas sobre el origen y el fin de las
cosas; los sabios que llenan el mundo con el ruido de sus nombres no
tienen ni un rayo de luz para alumbrar el caos, ni una palabra de
consuelo para las desgracias de la humanidad, ni aciertan a encontrar
un dique contra la corrupción que todo lo inunda; entretanto, en el
mismo pueblo que conserva los libros y las tradiciones de Moisés se
hallan ejemplos de alta sabiduría, desprendimiento, heroísmo, no sólo
en los sabios, sino también entre los sencillos. Siete hermanos
prefieren morir antes que violar la ley de Dios; y su madre les habla
con este lenguaje, que oirían asombrados Sócrates V Platón: «Yo no sé
cómo fuisteis formados en mi seno, porque ni yo os di el alma, el
espíritu y la vida, ni fuí tampoco la que coordiné los miembros de cada
uno de vosotros, sino el Creador del Universo, que es el que formó al
hombre en su origen y el que dió principio a todas las cosas; y él
mismo os volverá por su misericordia al espíritu y la vida puesto que
ahora por amor de sus leyes os sacrificáis.» Y dirigiéndose después al
más pequeño, único que le quedaba con vida, le dice: «Ruégote, hijo
mío, que mires al cielo y a la tierra, y a todas las cosas que en ellos
se contienen; y que entiendas bien que Dios las ha creado todas de la
nada, como igualmente al linaje humano. De este modo no temerás a este
verdugo; antes bien, haciéndote digno de participar de la suerte de tus
hermanos, abraza la muerte, para que así en el tiempo de la misericordia
te recobre yo junto con tus hermanos.» (Macabeos, lib. II, cap. VII.)
Mientras así habla sobre el origen y destino del hombre, no un filósofo,
sino una humilde mujer, los sofistas disuelven la Grecia y los
hinchados académicos vierten raudales de palabras, tan ligeras como el
polvo que levantan con sus mantos rozagantes. 383. ¿Hay Dios? ¿ Hay uno o muchos? ¿ Cuál es su naturaleza? ¿Cuáles sus
atributos? Leed a Platón, Aristóteles, Cicerón y a los más grandes
hombres de la antigüedad, ¿y qué encontráis?: errores, incertidumbre,
tinieblas. Pero abrid la Biblia. Hay un Dios eterno, infinito,
inmutable, inmenso, creador, conservador, ordenador de todas las cosas,
cuya providencia se extiende a los astros que giran por las
profundidades del espacio, como al imperceptible insecto que se alberga
en las hojas del árbol; a sus ojos está patente todo lo pasado y lo
por venir; descubre los más íntimos secretos del corazón del hombre;
todo lo conoce, todo lo ve; con irresistible fuerza abarca todos los
extremos, lo dispone todo con suavidad, vela sobre el justo y el
malvado y reserva para otra vida el premio o el castigo conforme a los
merecimientos. La inmortalidad del alma, el libre albedrío, la
diferencia entre el bien y el mal, el origen de las contradicciones que
se hallan en el hombre, la causa de sus calamidades, sus remedios, sus
compensaciones, todo está explicado con tan admirable sabiduría que al
volverlos ojos a los vanos sistemas de la filosofía humana parece que
asistimos a juegos infantiles. 384.
El estudio de la filosofía y de su historia engendra en el alma una
convicción profunda de la escasez de nuestro saber, por manera que el
resultado especulativo de este trabajo es un conocimiento científico de
nuestra ignorancia. 385.
¿Despreciaremos por esto la filosofía? No, ciertamente: basta que
conozcamos su insuficiencia. El desprecio de la filosofía es una
especie de insulto a la razón. ¿Y sabéis en qué suele parar ese insulto?
En apoteosis; la víctima se convierte en ídolo y el agresor en su gran
sacerdote. Lutero despreciaba la razón y tuvo la modestia de erigirse en
legislador supremo; no se han escrito contra la razón páginas más
elocuentes que las de Lamennais, y, sin embargo, también intenta con su
propia razón regenerar el mundo. 386.
Guardémonos de la exageración esos arrebatos de abatimiento son
inspiraciones del orgullo; las dificultades que se encuentran en la
investigación de la verdad deben producirnos la convicción de nuestra
flaqueza, mas no irritación ni despecho. ¿Podemos, acaso, mudar nuestra
naturaleza? ¿Está en nuestro poder el alterar el grado que ocupamos en
la escala de los seres? 387.
La filosofía no muere ni se debilita por estar a la sombra de la
religión, antes bien, se vivifica y fortalece; el espíritu nada pierde
de su brío, antes vuela con más osadía y soltura cuando está seguro de
que no se puede extraviar. Al que quiere ser filósofo sin abandonar la
religión, se le imponen condiciones, es verdad; pero ¡que condiciones
tan felices!: no ser ateo, ni materialista; no ser fatalista, no
negar la moral, no negar la inmortalidad del alma. ¿Y es, por ventura,
ofuscar la razón el prohibirle que empiece por sumirse en el caos,
negando a Dios? ¿Es degradar el espíritu el vedarle que se niegue a sí
propio, confundiéndose con la materia? ¿Es afear el alma el precisarla a
admitir una cosa tan bella como el orden moral? ¿Es esclavizar al hombre
el imponerle la obligación de reconocer su propia libertad? ¿Es apocar
el alma el precisarla a reconocer su inmortalidad? Dichosa obligación
la que nos preserva de ser ateos y de confundirnos con los brutos.
388.
Salvos los grandes principios que no pueden negarse ni en religión ni
en filosofía, so pena de degradar la naturaleza humana, ¿en qué coarta
la fe el vuelo de la inteligencia? San Justino, San Clemente de
Alejandría, San Agustín, San Alselmo, Santo Tomás de Aquino, Descartes,
Bossuet, Fenelón, Malebranche, ¿no encontraron regiones filosóficas
donde extender las alas de su genio? ¿Necesitáis más espacio que ellos?
¿Sois más grandes que Leibnitz, quien, nacido y educado en el
protestantismo, recorre en todas direcciones los espacios de la ciencia,
y, lejos de encontrar nada contrario a la verdad católica, se siente
atraído hacia ella como a un inmenso foco de vida y de luz? 389.
Además, el conocer de antemano y con toda certeza las verdades
fundamentales relativas al hombre, al mundo y a Dios, en vez de dañar a
la profundidad del examen filosófico, la favorece; jamás, entre los
antiguos, se elevó la filosofía al alto grado a que ha llegado después
de la aparición del cristianismo. La existencia de Dios, su infinidad,
su providencia, la espiritualidad del alma, su libertad, su
inmortalidad, la diferencia entre el bien y el mal, todas las relaciones
morales en su inmensa amplitud han sido tratadas en las escuelas de los
filósofos cristianos con una sublimidad que asombraría a Platón y
Aristóteles. En las regiones de la metafísica y de la moral, el
espíritu humano se muestra tanto más poderoso cuanto más participa de
la influencia del cristianismo.
Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes
Capítulo LXIII - OJEADA SOBRE
LA FILOSOFÍA Y SU HISTORIA
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