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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
XXXIX - FILOSOFÍA ESCOLÁSTICA
XXXIX - FILOSOFÍA ESCOLÁSTICA
200. La importancia del conocimiento del sistema escolástico, aunque no
resultara de su valor intrínseco, se evidenciaría por el extrínseco,
esto es, por el dominio exclusivo que obtuvo en Europa durante cuatro
siglos, habiendo resistido otros dos a los empujes de las teorías
modernas. Voy, pues, a exponer este sistema en sus doctrina
fundamentales, prescindiendo de sus varias ramificaciones, ya que no
podría ocuparme de estas últimas, a no querer internarme en cuestiones
sutiles en demasía y algunas de ellas de escasa o ninguna importancia.
Sin tener ideas claras y exactas sobre la filosofía escolástica es
imposible entender a la mayor parte de los escritores, así de ciencias
filosóficas como teológicas, que se distinguieron desde el siglo XIII
hasta mediados del XVII; a los cuales se pueden añadir muchos de los
que florecieron posteriormente. Esto, que es aplicable a toda Europa, lo
es muy particularmente a España, donde se ha enseñado aquella filosofía
hasta la época de la revolución, y donde conservó todavía algunos
establecimientos hasta los desastres de 1835. 201. Para tomar las cosas en su origen y beber en buenas fuentes, me
referiré casi siempre a doctrinas de Santo Tomás, a quien se puede
considerar si no como el fundador, al menos como el organizador de la
filosofía escolástica. En las obras de este eminente escritor se hallan
las doctrinas peripatéticas con una profundidad y lucidez a que no han
llegado sus sucesores, y se las encuentra libres de ciertas cavilaciones
fútiles con que las enredó más de una vez el espíritu de sutileza y
disputa. 202. La física de los escolásticos era esencialmente anticorpuscular;
nada explicaban por medios puramente mecánicos; a todo extendían las
nociones de acto, forma, fuerza. Esta doctrina, tan ridiculizada en la
época inmemediata a Descartes, fue en algún modo rehabilitada por
Leibnitz, a quien han imitado otros alemanes más modernos. 203.
Tocante a la esencia del cuerpo adoptaban los escolásticos la doctrina
de Aristóteles (XVIII), admitiendo dos principios constituyentes:
materia prima y forma sustancial. El considerar los cuerpos como meros
conjuntos de átomos, y explicarlo todo por simples combinaciones de
éstos en el espacio, creyeron que era propio de una filosofía grosera;
por tal reputaban la de Demócrito y demás antiguos que sostuvieron el
sistema corpuscular; tenían por un verdadero adelanto científico la
distinción entre la materia y la forma. 204.
La materia prima es el primer principio pasivo del mundo corpóreo: un
sujeto enteramente indeterminado que nada es si no le reduce en acto la
forma sustancial. Esta forma es el principio que da a la materia la
actualidad, contrayendo su indeterminación a ser tal o cual especie de
cuerpo. La materia prima como tal: in quantum hujusmodi, es una pura
potencia, es capaz de recibir todas las formas, pero no puede estar sin
una u otra (S. Tom., I p., q. 44, art. 2). 205.
La materia tiene partes y es divisible, porque tiene la cantidad: por
manera que si se la separase de ésta, sería indivisible. Materiam
autem dividi in partes non convenit, nisi secundum quod intelligitur
sub quantitate, qua remota, remanet substantia, ut dicitur in 1 Physic
(S. Tom., 1 p., q. 50, art. 2). 206.
La forma, aunque sea el acto de la materia, no es un acto puro; su
fuerza de actualizar, por decirlo así, es relativa a la constitución de
la especie corpórea, dando a la materia el ser tal o cual cuerpo, como
aire, agua, fuego, etc.; pero ella en sí misma es una potencia con
respecto al ser, esse, pues que en todos los seres finitos distinguían
entre la esencia y la existencia. El ser acto puro, en que la existencia
se identifique con la esencia, sólo conviene a Dios. En todas las
criaturas hay la diferencia entre el quod est y quo est: lo primero
expresa la esencia, lo segundo la existencia (1 p., q. 75, art. 5 ad 4).
207.
De aquí resultaba que en las cosas materiales había una doble
composición: la de materia y forma, y la de naturaleza y ser (ibid.);
la materia y la forma unidas constituían la esencia, la naturaleza de un
cuerpo; pero esta esencia no incluía en sí propia el último acto, que
era el ser; de aquí la necesidad de la creación, esto es, la necesidad
de una causa que redujese al acto de existir eso mismo que, aun después
de concebido como tal o cual cosa, no implica la existencia. Inferían
de ahí que el no admitir los antiguos filósofos la necesidad de la creación, provenía de que no consideraban a los cuerpos sino bajo una
razón particular, en cuanto son tal o cual cosa; sin elevarse a
mirarlos bajo la razón general de seres, donde se halla la necesidad de
que hayan sido sacados de la nada (q. 44, artículo 2). 208. La materia es determinada por la forma; y
la forma es limitada por la
materia; la materia, abstraída de la forma, es una pura potencia,
susceptible de todas las formas; la forma, abstraída de la materia, es
un acto que puede unirse a cualquier porción de materia, dándole el ser
de una nueva especie. La forma, sin embargo, no es un acto puro, pues
que está en potencia para el ser: así es que su ilimitación es
puramente abstracta, y aun concibiéndola sin materia, sin limitación a
un objeto, todavía la hallamos como una cosa pasiva si la comparamos con
la existencia. Esto sucede en todas las formas, inclusas las
espirituales, en cuyo sentido se explica aquel dicho: intelligentia
est finita superius et infinita inferius. Es infinita inferiormente, o
por bajo, en cuanto no es recibida en la materia, a la manera de las
formas corporales; es finita superiormente, o por arriba, en cuanto
recibe de un ser superior el acto de ser, o la existencia. 209.
Una cosa empieza a ser o por unión de la materia y la forma o bien porque
es producida en su totalidad, siendo sacada de la nada: lo primero se
llama generación, lo segundo creación. Una cosa deja de ser o porque la
forma se separa de la materia o porque pierde la existencia misma: lo
primero es corrupción, lo segundo aniquilamiento. Hay combustible, se
le une la forma de fuego: he aquí la generación del fuego. No hay nada; y Dios dice: haya fuego, y hay fuego; he aquí la creación del fuego.
En un objeto que arde, la combustión cesa; la forma de fuego desaparece
y queda la ceniza: he aquí la corrupción del fuego. Hay fuego, y Dios
dice: no haya fuego, y desaparece todo, sin quedar ceniza ni nada: he
aquí el aniquilamiento del fuego. 210. Como las mudanzas en las cosas corpóreas se hacen por
transformaciones o cambios de formas, y dos de éstas no pueden estar a
un mismo tiempo en un mismo compuesto, resulta que cuando se adquiere
una se pierde otra. Como la materia, al perder su forma, no se aniquila,
y por otra parte no puede existir sin alguna forma, resulta que cuando
pierde la una adquiere por necesidad otra. El fuego desaparece, la
materia del objeto que ardía no se reduce a nada, sino que permanece
tomando forma de ceniza, o de líquido, o de vapor, etc., etc.; así,
pues, cuando se destruye un compuesto se presenta otro; cuando para la
materia hay pérdida de una forma, hay adquisición de otra; cuando se
corrompe una cosa se engendra otra; he aquí el famoso principio generatio
unius est corruptio alterius, y corruptio unius est generatio
alterius. 211.
Aquí se halla también la diferencia esencial entre las formas
sustanciales y las accidentales: la adquisición o la pérdida de
aquéllas constituye la generación o la corrupción; así como de la de
éstas sólo resulta alteración. La forma sustancial da el ser en acto:
simpliciter ens actu; la accidental da el ser tal cosa: ens actu hoc
(1 p., q. 66, art. 1). 212.
La generación y la corrupción no afectan directamente a la materia ni a
la forma, sino al compuesto de ambas; pues que no son ellas las que
tienen el ser, sino que el compuesto lo tiene por la unión de ellas;
así la generación y la corrupción llegan a la materia y a la forma por
medio del compuesto; esto es, se dice que se engendran o corrompen,
según que el compuesto se forma o se disuelve. 213.
Los cuerpos, así como por su forma sustancial tienen un acto, están
dotados también de verdadera actividad. Los escolásticos no son
ocasionalistas. Dicha actividad está radicada en la forma sustancial,
pero su ejercicio se verifica por medio de formas accidentales,
qualitates, que por ser muchas veces ignoradas las llamaban ocultas.
Así, en el fuego, el calor no es la forma sustancial, sino accidental; ésta se funda en la sustancial, y le sirve como de instrumento para
calentar. La acción de unos cuerpos sobre otros no se ejerce por solo
movimiento local, sino por la educción de la potencia al acto.
214.
La idea dominante de esta teoría es el establecer que el mundo físico no
se explica por la mera extensión, como han pretendido algunas escuelas,
sino que examinada la naturaleza corpórea en el tribunal de la
metafísica, reclama la admisión de actualidades y fuerzas, que no
pueden medirse por simples principios geométricos. Con la geometría se
explica una fase de los fenómenos; pero quedan muchas cosas de que sólo
se puede dar razón apelando al dinamismo, o teoría de fuerzas, de
actividades. 215.
Leibnitz, juez competente, como metafísico, como físico y como geómetra,
dice lo que sigue: «Tanto dista que ningún filósofo haya dado la
ponderada demostración de que la esencia de los cuerpos consista en la
extensión, o en llenar una parte determinada del espacio, que, por el
contrario, parece que se puede demostrar sólidamente que si bien la
naturaleza del cuerpo exige el ser extenso, a no ser que Dios ponga
óbice, sin embargo, la esencia del cuerpo consiste en la materia y forma
sustancial; esto es, en un principio de pasión y de acción, pues que es
propio de la sustancia el poder obrar y padecer (agere et pati). Así, la
materia es la primera potencia pasiva, y la forma sustancial la primera
potencia activa; las cuales han de ocupar un lugar con cierta magnitud; pero esto por lo que pide el orden natural, no por una necesidad
absoluta» (Systema theologicum, edic. de Emery, 1819). 216.
Pero lo más curioso en este punto es que Leibnitz dice haber sido
conducido a esta opinión por los estudios matemáticos y por la
observación de la Naturaleza; de suerte que una opinión tan combatida
en nombre de las matemáticas y de la física, es rehabilitada
posteriormente en nombre de ambas ciencias por el hombre que en los
tiempos modernos no reconoce superior ni en la física ni en las
matemáticas. 217.
Vico, cuyos estudios no tenían, por cierto, una dirección escolástica,
da también mucha importancia a las virtualidades, y se inclina a admitir
una virtualidad de extensión como de otras cosas. Y sabido es que en
los últimos tiempos, Kant y otros alemanes, lejos de satisfacerse con la
teoría corpuscular, han sostenido que la materia, tal como se nos
presenta en los fenómenos sensibles, es una manifestación de
las fuerzas de la Naturaleza. 218.
Absteniéndome de emitir juicio sobre la doctrina metafísico-física de
los escolásticos, hago estas indicaciones para demostrar cuán
aventurado es el juzgar los sistemas sin haberlos estudiado a fondo, y
que el reírse con demasiada facilidad suele ser una prueba de
ignorancia. En los dos últimos siglos se creyó que la filosofía
escolástica era un conjunto de sutilezas puramente arbitrarias, especie
de excrecencia del cuerpo de la filosofía, sin ninguna relación con sus
principios vitales. En la actualidad ya se reconoce la injusticia; y
los que escriben la historia de la filosofía dedican largas páginas a la
escolástica, confesando que en medio de aquellas sutilezas, y de un
fárrago indigesto, se hallan graves cuestiones, las mismas que agitaron
las escuelas de Platón, de Aristóteles y de todos los siglos. Esto, que
lo hemos manifestado en lo tocante a la física, tendremos ocasión de
evidenciarlo todavía más al tratar de los otros ramos de la filosofía.
Continuemos. 219.
El constar de materia y forma conviene a todo cuerpo, pero la forma es
diferente según el acto que ha de comunicar a la materia. Así, no es la
misma la de los seres sensitivos que la de los insensitivos, la de los
animados que la de los inanimados. 220.
Entre los cuerpos los hay vivientes: éstos son los que, puestos en su
disposición natural, tienen dentro de sí el principio del movimiento.
Los graves se dirigen al centro por un principio de actividad propia;
pero ésta sólo se desenvuelve cuando están fuera de su centro; por el
contrario, el viviente se mueve aun en su estado más natural, y su
movimiento es tanto mayor cuanto más abunda en principio de vida. En los
vivientes, el movimiento es una función natural, una condición de
existencia, un desarrollo espontáneo que dimana de lo interior; en
los no vivientes, el movimiento dimana en ciertos casos de un principio
interno, pero entonces es sólo
un esfuerzo para volver al estado natural: cuando el cuerpo le
adquiere, el movimiento cesa. 221.
Todos los cuerpos son susceptibles de movimiento; y éste, como acto,
dimana de la forma. El movimiento es un cierto acto; mas por lo mismo
que es movimiento, se encamina a adquirir algo: luego el ser que le
tiene se halla en potencia de lo que ha de conseguir: hay, pues, en el
ser que se mueve un acto, esto es, el movimiento; y este acto implica
la falta de una cosa para la cual se está en potencia: he aquí lo que
significa la famosa definición del movimiento: actus entis in potentia,
prout in potentia ad actum perfectum.
Por donde se ve que los escolásticos no entendían sólo por movimiento el
cambio de lugar, pues aplicaban este nombre a todo acto que introducía
mudanza en el ser, encaminándole a la adquisición de una nueva forma,
sustancial o accidental. Así son movimientos la generación, la
corrupción y toda alteración. 222.
Hay cuatro clases de vivientes. Unos tienen sólo el movimiento interior,
para la nutrición y generación, como las plantas; otros que sienten,
como las ostras; otros que, además, se mueven de lugar, como los
cuadrúpedos, las aves, los reptiles; otros que añaden a esto la
inteligencia: tal es el hombre. Los que sólo tienen el movimiento de
nutrición y generación se dirigen a la adquisición de las formas
ciegamente: su guía es la Naturaleza. Los dotados de sensación buscan
su forma no ciegamente del todo, sino por medio de otra percepción:
así el animal busca el alimento que ha visto u olido. Según que esta
percepción sensitiva es más perfecta, se le ha dado al animal un
movimiento mayor; los que tienen sólo el tacto se mueven únicamente por
dilatación o contracción; pero los que poseen vista, olfato u otros
sentidos para percibir objetos distantes, se mueven de lugar para
buscarle: como se ve en los cuadrúpedos y aun en los reptiles. Así, la
Naturaleza proporciona a cada ser lo que necesita según el grado que
ocupa en la escala del Universo. 223.
Los brutos, aunque perciben el objeto por los sentidos, no conocen en
él la razón de fin ni la relación de éste con los medios, ni ellos se lo
proponen, sino que toman necesariamente el que les da la Naturaleza.
Pero el viviente intelectual no sólo percibe el objeto por los sentidos,
sino que le conoce, sea o no sensible, y en él distingue la razón de
fin y las relaciones con los medios; y no lo acepta determinado por
necesidad, sino que se lo propone y varía según bien le parece. 224.
Todo viviente encierra un principio de operación; pero ésta depende de
diferentes condiciones, según la especie de vida. Los vegetales o los
que sólo tienen movimiento de nutrición y generación, operan por
órganos corpóreos y por medio de calidades corpóreas; los sensitivos
operan por medio de órganos corpóreos, mas no por calidades corpóreas;
así el alma sensitiva ha menester de cierto calor y humedad en los
órganos; pero estas calidades son condiciones para la debida
disposición del órgano, mas no medios de acción para el ejercicio de la
sensibilidad. Sin embargo, aunque la sensación no dimane de las
calidades corpóreas, se ejerce por órgano corpóreo: a diferencia de
las operaciones intelectuales, que ni se ejecutan por calidades
corpóreas ni por órgano corpóreo. 225. El órgano de la sensibilidad es viviente; concurre a la sensación; pero este carácter vital-sensitivo no le viene de las calidades
corpóreas, sino de la forma sensitiva que le anima. 226.
Hay cinco especies de facultades vitales, incluyendo en esta
denominación todos los grados de la vida. Vegetativa, la que tiene por
objeto la nutrición y la generación. Sensitiva, la que siente.
Apetitiva, la que inclina a lo sentido. Motiva secundara locum, la que
comunica movimiento de lugar. Y, por fin, la superior, que es el
entendimiento; a ésta corresponde una inclinación de su misma especie: la voluntad racional.
227.
Los órganos de la sensibilidad son diferentes según la potencia o
facultad sensitiva a que han de servir; pues que para todas las
sensaciones hay una potencia en la cual radica la facultad de
experimentarlas. 228.
La facultad sensitiva es pasiva: «El sentido es una potencia pasiva,
ordenada a recibir las impresiones de lo exterior sensible: Est autem
quoedam potentia passiva quoe nata est immutari ab exteriori sensibili»
(V, S. Th., p. I, q. 78, art. 3). 229. La impresión o mudanza,
immutatio, causada en el sentido, no es
puramente corpórea; tiene algo de espiritual; pues si bastase una
mudanza corpórea cualquiera, todo lo corpóreo sentiría. Para la
impresión orgánica sensible se requiere una mudanza espiritual por la
cual «la intención de la forma sensible se haga en el órgano del
sentido»; immutatio spiritualis, per quam intentio formae sensibilis
fiat in organo sensus (íd., ibíd.). Para cuya inteligencia se debe
advertir que hay dos clases de impresiones, immutationes: una natural,
por la cual se comunica a lo inmutado la forma de lo que inmuta, según
su estado natural, como el calor de lo que calienta se transmite a la
cosa calentada; otra espiritual, en la que la forma de lo que inmuta se
comunica según un modo de ser espiritual, como el color a la pupila,
que no por esto se hace coloreada. Así, pues, hay entre el ser sensitivo
y los objetos corpóreos una comunicación verdadera; y éstos tienen
ciertas calidades o virtudes para enviar a aquél sus formas en un
estado intencional o espiritual; formas que reducen al acto la
potencia sensitiva. 230. Entre las calidades sensibles, unas lo son primo et per se, porque
afectan directamente a la facultad sensitiva, como el color, el sabor,
etc.; otras no afectan el sentido por sí mismas, sino por medio de las calidades sensibles, como la extensión no es vista en sí misma, sino
bajo la calidad de un color; a esto llamaban sensibilia communia,
porque eran una especie de calidades comunes a varias calidades
sensibles especiales; así una magnitud determinada puede ofrecérsenos
bajo muchos colores. Todos los sensibles comunes se reducen a la
cantidad, porque la figura es una calidad de la cantidad, pues consiste
en la terminación de la cantidad; y el movimiento se nos hace sensible
sólo por la diversa posición de los objetos movidos, lo cual se refiere
a distancia, o bien a cantidades geométricas. 231. A más de los sentidos externos hay los internos, sin los cuales el
ser sensitivo no podría percibir sino lo presente. Esto da origen a
varias facultades. 232.
Cada sentido externo tiene su objeto propio, característico, de cuya
esfera no sale; así es que la unidad de la conciencia sensitiva sería
imposible si no hubiese un centro donde fuesen a parar todas las
sensaciones, y que, percibiéndolas todas, pudiese compararlas entre sí.
Esta facultad perceptiva de las varias sensaciones, y que es como la
raíz común y principio de los sentidos exteriores, se llama sentido
común, palabra que expresa aquí una cosa muy diferente de lo que
significa cuando se trata de los criterios de verdad. 233.
La sensación externa ni la interna puramente actuales no bastan; es
preciso que haya medio de conservarlas; la facultad conservadora de
estas formas, quasi thesaurus quidam formarum per sensus acceptarum,
se llama imaginación. 234.
En los objetos sensibles el animal percibe algo que no corresponde a una
sensación particular: la oveja huye del lobo, no por su fealdad, sino
porque le cree dañoso; el ave busca las pajuelas, no por su hermosura,
sino porque le sirven para el nido. La facultad de percibir estas
cosas, estas razones, intenciones, como las llamaban, que no caen bajo
el sentido especial, se apellida estimativa. Esta facultad se halla en
los animales con un carácter meramente instintivo, y tiene el nombre de
vis estimativa natural; pero en el hombre no es instintiva, sino
comparativa (collativa), y así se llama cogitativa, o razón particular:
razón, porque participa ya de la razón, por cierta afinidad o refluencia;
particular, porque no versa sobre lo universal, como el entendimiento.
235.
Entre las intenciones que forman el objeto de la estimativa se incluye
la razón de pretérito, aunque ésta corresponde de un modo más especial
a la memoria, que es la facultad de retener las especies sensibles y las
intenciones no sensibles. En los brutos se llama simplemente
memorativa; pero en el hombre se denomina reminiscencia, porque tiene
la fuerza no sólo de recordar, sino de buscar el mismo recuerdo con una
especie de inquisición racional. 236.
Hay en el alma una facultad llamada entendimiento; por él conocemos el
mundo superior al sensible y percibimos en el sensible razones generales
que no caen bajo la jurisdicción de la sensibilidad. No posee ideas
innatas. Las ideas son formas que reducen el entendimiento al acto; el
nuestro se halla en potencia; y antes de que recibamos impresiones
sensibles es como una tabla rasa en que nada hay escrito: sicut tabula
rasa in qua nihil est scriptum. 237.
El entendimiento es distinto del sentido en sí y en su objeto; pero no
empieza sus operaciones sino excitado por el sentido. El modo con que
esto se hace es el siguiente: los cuerpos, influyendo sobre los
órganos, producen la sensación, transmitiendo las formas sensibles, no
en su estado natural, sino en el espiritual o intencional. Pero esas
formas, ni aun tales como están en la imaginación, no son inteligibles,
porque representan objetos singulares y corpóreos, lo cual no es objeto
del entendimiento. ¿Cómo se hace, pues, el tránsito? ¿Cómo se pone en
comunicación el orden intelectual con el sensible? Hay en el espíritu
una fuerza que toma, abstrae, de las especies imaginarias las formas
intelectuales, y nos las hace inteligibles. Esta fuerza se llama
entendimiento agente. Las formas abstraídas de los fantasmas son ya
inteligibles; la capacidad receptiva de estas formas se llama
entendimiento posible. Así, pues, el acto intelectual se realiza cuando
la forma, hecha inteligible, se une con el entendimiento posible y le
reduce al acto o le hace inteligente en acto. 238.
Por donde se ve que, si bien los escolásticos hacían dimanar de los
sentidos el conocimiento y admitían el principio nihil est in intellectu
quod prius non fuerit in sensu; no obstante distinguían entre el orden
intelectual y el sensible con tanto cuidado, que para salvar la
distancia tuvieron que excogitar la actividad que llamaron
entendimiento agente. Lo sensible no podía ni siquiera acercarse al
entendimiento, sino despojado de sus formas groseras, pasando por el
crisol del entendimiento agente; allí, con aquella luz, que así le
llamaban, adquirían las especies el carácter de inteligibilidad;
siendo notable que esta conversión de sensible en inteligible la hacían
consistir en la abstracción que eliminaba las condiciones particulares: esto era lo que
inmaterializaba las especies sensibles, a que llamaban
fantasmas, y las hacía capaces de ser entendidas. 239.
A más de esa fuerza transformadora de las especies sensibles hay una
actividad perceptiva de las verdades universales y necesarias, a las
cuales asiente el entendimiento tan pronto como se le ofrecen. Estas
son las que se llaman per se notae, y también principios y axiomas. De
ellos los unos se refieren a la especulativa; otros, a la práctica,
siendo estos últimos el cimiento de la ciencia moral. Así, pues, no hay
ideas innatas, es decir, formas preexistentes a la sensación; pero hay
innata una actividad intelectual pura, y que se desarrolla en el
momento en que la verdad se le pone delante. 240.
El fundamento de la verdad está en Dios: aunque en las cosas haya
muchas esencias o formas y, por tanto, muchas verdades individuales, la
verdad de todas ellas estriba en Dios. La verdad de nuestro
entendimiento depende de su conformidad con las cosas; pero la
verdad de las cosas nace de su conformidad con el entendimiento divino.
241.
El alma juzga de la verdad de las cosas por la verdad primera, la cual
se refleja en nuestro espíritu a la manera que la luz en un espejo. Esto
se realiza por la facultad que se nos ha dado de conocer los principios
tan pronto como se nos ofrecen.
Así se explica cómo la verdad es eterna. No lo es si se la considera
únicamente en cuanto está en nuestro entendimiento; pero lo es en
cuanto se funda en el entendimiento divino. Si no hubiere un
entendimiento eterno, no habría verdad eterna. 242.
De esta teoría resulta claro lo que debe pensarse de la cuestión sobre
las ideas que dividió a las escuelas de Platón y de Aristóteles. La
esencia divina incluye la representación inteligible de todas las cosas; así, pues, las ideas de
todo están en Dios, o más bien hay en Dios una idea infinita que
equivale a todas las reales y posibles. La idea en Dios no es otra cosa
que la esencia divina. De aquel manantial de luz dimana por la creación
la fuerza intelectual de todos los entendimientos finitos: el convenir
todos estos puntos en las primeras verdades prueba la
existencia de un entendimiento superior que a todos los ilumina. 243.
Decían los escolásticos que el entendimiento se hace de la cosa
entendida; pero no querían significar con esto lo que los modernos
panteístas, quienes identifican el sujeto y el objeto y pretenden que
todo emana del yo; sólo se valían de esta expresión para explicar el
modo con que se ejecuta el acto intelectual, esto es, uniéndose con el
entendimiento la idea o la forma inteligible, de lo cual resulta no
identidad, sino inherencia de un accidente a un sujeto. 244.
El alma no se conoce a sí misma por su esencia, esto es, viéndose
intuitivamente, sino por sus fenómenos. Este conocimiento es de dos
modos: por conciencia y por discurso. Por conciencia, en cuanto todos
experimentamos que hay en nosotros un principio intelectual; por
discurso, en cuanto de los fenómenos del alma deducimos cuál es la
naturaleza de la misma. 245.
Podemos conocer a Dios por la razón natural, elevándonos de lo
contingente a lo necesario, del efecto a la causa; pero la verdad de la
existencia de Dios, aunque se puede demostrar con argumentos
irrefragables, no pertenece a la clase de las proposiciones que se
llaman per se notae, quoad nos. Es cierto que tenemos idea de Dios,
pero esta idea, por sí sola, no basta para la demostración de su
existencia. En Dios la existencia se identifica con la esencia, por lo
cual si viésemos la esencia de Dios veríamos que implica la existencia
por necesidad absoluta; pero como esta esencia no la vemos, mientras
estamos en esta vida, es preciso que si queremos conocer a Dios por la
razón natural, echemos mano del discurso. Así es que los escolásticos
no admitían el argumento de San Anselmo, que propuso también Descartes.
Todo cuanto han dicho de sólido contra este argumento los filósofos
modernos, incluso Kant, lo había expresado con suma claridad y brevedad
Santo Tomás de Aquino: «Aunque concediéramos —dice— que cualquiera
entendiese por el nombre Dios lo que se expresa, a saber, lo más
perfecto que se puede pensar, no se sigue que debiera entender que lo
significado por el nombre existe en la realidad, sino únicamente en la
aprehensión del entendimiento. Ni se puede deducir que exista realmente,
en no suponiendo que existe en la realidad lo más perfecto que se puede
pensar: la cual no admiten los que niegan a Dios.» Dato etiam quod
quilibet intelligat hoc homine Deus, significari hoc quod dicitur,
scilicet illud quo majus cogitari non potest; non tamen propter hoc
sequitur quod intelligat il quod significatur per nomen, esse in rerum
natura, sed in apprehensione intellectus tantum. Nec potest argui quod
sit in re, nisi daretur quod sit in re aliquid quo majus cogitari non
potest: quod non est datum a ponentibus Deum non esse (1. p., q. 2,
art. 1 ad 2). 246.
Excusado es añadir que las doctrinas escolásticas sobre Dios y sus
atributos eran conformes a las cristianas; supuesto que esos filósofos
eran casi todos católicos, y en su mayor parte eclesiásticos. Lo propio
diremos de su doctrina moral: cualesquiera que fuesen las cuestiones
que mezclasen en la ética, sus principios fundamentales eran los de la
Iglesia católica. 247.
El dar cuenta de las varias doctrinas que surgieron entre los
escolásticos exigiría volúmenes; afortunadamente no hay necesidad de
conocer semejantes pormenores. Citaré únicamente a San Buenaventura,
insigne también por su sabiduría, y a quien llamaron el doctor
seráfico; al agudísimo Juan Duns Scot, de la Orden de San Francisco,
apellidado el doctor sutil y que fundó la escuela de los escotistas; y
a Guillermo de Occam, que renovó la teoría nominalista. 248.
La filosofía escolástica, que de suyo propendía a la sutileza, fué
degenerando entre las disputas de las escuelas. Conocidas son las
cuestiones inútiles y hasta extravagantes que se llegaron a suscitar,
y que consumían un tiempo que se hubiera empleado harto mejor en
estudios más positivos; comoquiera, es cierto que aquella especie de
gimnástica intelectual en que por tanto tiempo se ejercitaron los
espíritus fortificó el arte de pensar, preparando el camino a
ulteriores adelantos, cuando se empleasen otros métodos.
Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
XXXIX - FILOSOFÍA ESCOLÁSTICA
Capítulo XXXVIII - Santo Tomás de Aquino
Capítulo XL - Roger Bacon |