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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes
LA FILOSOFÍA TRAS LA IRRUPCIÓN DE LOS BÁRBAROS
XXXII - TIEMPOS QUE SIGUIERON A LA IRRUPCIÓN DE LOS BÁRBAROS
177.
La invasión de los bárbaros destruyó en Occidente la civilización
romana, en cuyas ruinas envolvió las ciencias y las letras. Debióse al
clero, y muy en particular a los monjes, el que se conservasen los
antiguos manuscritos, y que no se perdiera del todo la sabiduría de los
siglos anteriores. Con la decadencia del imperio de Oriente, se
extinguían también las luces en la patria de Platón y de Aristóteles:
la escuela de Alejandría, ya debilitada bajo el emperador Justiniano,
acabó del todo en tiempo de León Isaurico. Apenas deberán contarse entre
las escuelas filosóficas algunos pálidos destellos que brillan acá y
acullá en aquella época de ruinas y desorden. Como excepción de esta
regla merecen ser nombrados con respeto, aun mirados simplemente como
filósofos, Boecio, Casiodoro, San Isidoro, el venerable Beda y San Juan
Damasceno; siendo tanto más de admirar la sabiduría de estos hombres
ilustres, cuanto que tenían que luchar con dificultades y obstáculos de
que nosotros apenas alcanzamos a formarnos idea. 178.
Es notable que ni aun en los tiempos más calamitosos dejaron de hacerse
tentativas para impedir la decadencia de las letras. Cartago, Roma,
Bolonia, Tréveris, Cambridge, tenían sus academias en el siglo VII; y
los estudios no debían de estar tan descuidados en nuestra península
cuando se formaban hombres como San Leandro, San Isidoro, San Ildefonso
y otros que ilustran el catálogo de la Iglesia de España. 179. Por aquellos tiempos era famosa la distinción del
trivium y
quatrivium, lo que comprendía las siete artes liberales. En el
trivium
incluían la gramática, la retórica y la dialéctica, y en el quatrivium,
la aritmética, la geometría, la música y la astronomía. 180. Europa, no obstante su decadencia, abrigaba un germen de vida que
se debía desarrollar con el tiempo; y así vemos que tan pronto como
disminuye algún tanto o da siquiera treguas la fluctuación de los
pueblos bárbaros, asoma la luz de las ciencias como la aurora de un
hermoso día. Es interesante el ver a Carlomagno llamando a Alcuin para
enseñar en su corte, fundando academias, promoviendo las luces,
reuniendo y protegiendo a los sabios ocho siglos antes que Luis XIV. Ya
se deja concebir que los adelantos no podían ser notables; pero así se
conservaba al menos la afición al estudio y se depositaba en los
espíritus el germen de curiosidad y de amor al saber, que tan óptimos
frutos debía producir en los siglos venideros. 181.
No parece sino que la afición a las ciencias estaba en proporción de su
decadencia; sería difícil en los tiempos presentes excitar un
entusiasmo igual al que en los siglos de hierro inspiraba el saber. No
se perdonaban sacrificios para conservar lo que había quedado y
aumentar el caudal.
Es curioso el ver anotado en las crónicas monásticas la adquisición de
un libro. como un suceso digno de conservarse en la memoria.
Al indicarse en ellas la llegada de un religioso al monasterio, se
añadía frecuentemente lo que había traído: alhajas, cálices, patenas,
libros.
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