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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
XXIV -
EPICÚREOS
XXIV - EPICÚREOS
122.
La doctrina cirenaica dio sus frutos: el hedonismo de Aristipo quedó
como una mala simiente para emponzoñar a las escuelas. Su más famoso
propagador es Epicuro, que vivía por los años de 300 antes de la era
cristiana. 123.
La filosofía de Epicuro tuvo muchos secuaces; nada más natural: es
cómoda. El mérito de este filósofo era escaso; si se hubiese dirigido
al entendimiento, no habría sido capaz de fundar escuela; pero ¿quién
no la funda si quiere halagar las pasiones? 124.
Epicuro, que tal preferencia daba a los sentidos, era, sin embargo, muy
ignorante en las ciencias físicas: totus alienus (Cic., De fin., lib.
I). Siguió a Demócrito en la teoría de los átomos o corpuscular; pero,
queriendo mejorarla, la estropeó; ut ea quae corrigere vult, mihi
quidem depravare videatur (Ibid). No podía ser buen físico quien
desdeñaba la geometría y aconsejaba a su amigo Polieno que procurase
olvidarla. (Ibid.) Se gloriaba de no haber tenido maestro; para ser
ignorante, no se necesita. 125. La lógica de Epicuro no era una ciencia; era un conjunto de reglas:
cánones; por esto no la llamó dialéctica, sino canónica. Como no
admitía más que sensaciones, toda su lógica se limitaba a dirigir
éstas. El criterio de la verdad lo ponía en los sentidos. Epicuro no
reconoce orden intelectual. 126.
Algunas veces habla de los dioses; pero en tal filósofo este lenguaje
es un sarcasmo. Para él sólo hay materia y movimiento; lo demás es
nada. Los negaba en la realidad; los dejaba de palabra: Re tollens,
oratione relinquens Deos (De Nat. Deor., lib. I). 127.
Comoquiera, Epicuro tuvo buen cuidado de negar la Providencia de los
dioses, para el caso que existieran. «Un Ser eterno y feliz, dice, ni
tiene pena ni la da; ni se indigna, ni ama» (Cic., De fin., lib. I).
Con esta doctrina fácilmente se infiere a qué se reduce, según
Epicuro,
la vida futura: a nada; la muerte es el fin de todo. 128.
La moral corresponde a la metafísica; el edificio al cimiento. Para
Epicuro el bien es el placer; el mal, el dolor; gozar del primero y
huir del segundo: he aquí toda su moral. Honesto, deshonesto, lícito,
ilícito, deber, obligación, virtud, vicio; todo se convierte en
palabras sin sentido. El filósofo las usa algunas veces, y hasta parece
que intenta encubrir lo repugnante de sus doctrinas, encomiando a la
virtud; pero pronto se olvida de su designio y cae de nuevo en el lugar
que le corresponde: el lodo. 129.
¿Qué importa el recomendar la templanza cuando esta recomendación no
tiene más objeto que el placer mismo? El epicúreo dice: «Gozad con
moderación para
que podáis gozar por más tiempo y mejor»; pero el destemplado dirá:
«Si no hay más regla que el placer, quiero calcular a mi modo el valor
de su cantidad y calidad»; y es temible que muchos, aun cuando conozcan
que abrevian su vida con el desorden, repitan la famosa frase: corta y
buena. Además, suponiendo que Epicuro llegase a formar un sabio a su
manera, el tipo de su perfección ideal sería un buen calculador en todo
lo que atañe a salud y comodidades; así los hombres morales por
excelencia serían les más sanos y gordos: Epicuri de grege porcos,
dijeron con verdad los antiguos. 130. El íntimo amigo de
Epicuro, su discípulo predilecto, fue
Metrodoro.
Este, según nos dice Cicerón, se indignaba contra su hermano Timócrates,
porque dudaba de que toda la felicidad consistiese en el vientre; quod
dubitet omnia quoe ad beatam vitam pertinent ventre metiri (De Nat.
Deor., lib. I, § 4o).
Para oprobio de la escuela de Epicuro se ha conservado en las obras de
Plutarco un fragmento de la carta a que alude Cicerón: «¡Oh qué gozo,
qué gloria para mí el haber aprendido de Epicuro el modo de contentar
mi estómago! Porque en verdad, ¡oh Timócrates!, el bien soberano
del hombre está en el vientre.» Quien tales cosas escribía a un
hermano, ¿qué diría al estar en libertad entre sus amigos? 131.
El ilustre romano se indignaba contra esta doctrina; su grande alma no
podía ni tolerarla siquiera; y como además estaría viendo los estragos
que hacía en las costumbres, agota contra ella los tesoros de su
elocuencia; para formarse idea de Epicuro y su sistema es preciso
leer a Cicerón. Tan pestilente doctrina debió de contribuir a la
decadencia de Roma, pues sabemos por Cicerón que el retrato de Epicuro
se hallaba en cuadros, en vasos y hasta en las sortijas. Cujus
imaginen non modo in tabulis nostri familiares, sed etiam in poculis
et in annulis habent (De fin., lib. V). 132.
El epicureísmo práctico es la obra de las pasiones; el teórico es un
servicio que el entendimiento les presta; he aquí por qué le hemos
visto resucitar en los tiempos modernos.
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