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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
XXVIII - ENESIDEMO Y SEXTO EMPÍRICO
XXVIII - ENESIDEMO Y SEXTO EMPÍRICO
159. Al lado de las escuelas de Zenón de Elea y de Pirrón, se había
establecido la académica, que si bien no lo negaba todo, y aun admitía
la probabilidad, se guardaba de las afirmaciones como de cosa peligrosa
e indigna de un sabio. La nueva academia de Arcesilas, desenvuelta luego
en la novísima de Carnéades, se enlaza con el escepticismo puro, más
de lo que a primera vista pudiera parecer: quien no se atreve a afirmar
nada, no está lejos de dudar de todo, si es que ya no duda. El estado de
los espíritus en el siglo anterior a la era cristiana favorecía las
tendencias escépticas: las disputas filosóficas lo habían hecho
vacilar todo, sin asentar ningún sistema sobre cimientos sólidos.
Entonces apareció Enesidemo, contemporáneo de Cicerón. Era natural de
Creta; aficionado a las doctrinas de Heráclito, en cuyo provecho quiso
explotar el escepticismo, renovando los diez motivos de duda universal
que se atribuyen a Pirrón. La filosofía de Enesidemo continuó sin
grande importancia, hasta que, algún tiempo después, cayó en manos de
Sexto Empírico, que redujo a sistema las teorías escépticas. 160. Sexto Empírico se dedicó especialmente a distinguir entre lo
transcendental y lo fenomenal, o sea entre la realidad de la cosa en sí
misma y su apariencia con respecto a nosotros. No niega los fenómenos,
conviene en que tenemos ciertas apariencias, pero sostiene que ellas no
pueden conducirnos al conocimiento de la cosa en sí misma. Así es que
admite la posibilidad de las ciencias experimentales, con tal que se
ciñan al orden puramente fenomenal y prescindan del transcendental. 161. La raíz del escepticismo de Sexto Empírico es
su ideología
sensualista. No admitiendo en el alma otra cosa que sensaciones, es
peligroso el caer en el escepticismo. La sensación es un hecho
subjetivo, y por lo tanto no presenta al sujeto el objeto mismo: le
ofrece sólo una relación, o más bien una afección, nacida de no se
sabe qué.
Además, la sensación es contingente, varia, por lo que no puede conducir
a nada fijo, ni aun en el orden a que se limita. En tal caso, las
proposiciones universales pierden su necesidad absoluta, porque son el
simple resultado de inducciones que nunca podremos completar; y así el
espíritu humano flota entre un mundo de apariencias, como pluma ligera
que divaga por la atmósfera, sin posibilidad de fijarse en ningún punto. 162. Si se admite esta teoría sensualista, el argumento de Sexto
Empírico contra la posibilidad de la demostración es insoluble. La
demostración se ha de fundar en algo indemostrable, so pena de proceder
hasta lo infinito. Lo indemostrable no puede ser un hecho contingente;
por lo tanto, ha de ser un principio, un axioma, una proposición
universal; y como para llegar a esa universalidad hemos tenido que
partir de hechos individuales, pues la hemos formado por inducción,
resulta que lo llamado indemostrable se apoya en lo contingente, en
cuyo caso el edificio queda sin base. Es imposible deshacerse de esta
dificultad si no se sale de la estrecha esfera de la doctrina
sensualista y no se admite en el espíritu un elemento superior a los
sentidos, puramente intelectual, que se nutre de verdades necesarias,
independientes de la sensibilidad. Desde el momento que se reconoce un
orden intelectual puro, el argumento de Sexto Empírico se desvanece;
porque se arruina su fundamento, cual es el que las verdades
necesarias sean mero resultado de la inducción, y por tanto estriben en
una base contingente. 163. A la luz de la misma doctrina se suelta el otro argumento de Sexto
Empírico sobre la imposibilidad de un criterio. «Este criterio —dice— no
se encuentra en las sensaciones, pues que son contingentes, varias y
aun opuestas.» No lo negamos; pero sostenemos al mismo tiempo que se
le halla en la razón, la cual, siendo superior a las sensaciones, juzga
de los materiales que éstas le ofrecen. Pero el entendimiento, replica
Sexto Empírico, es una cosa desconocida; los filósofos no se han puesto
de acuerdo sobre su naturaleza. Concedemos lo último; pero negamos
que las cavilaciones de los filósofos puedan hacer vacilar la existencia
de un orden puramente intelectual, superior a los sentidos, y que todos
experimentamos en nuestra conciencia. 164.
Es verdad que el espíritu, para conocer, no sale de sí mismo, que hay
distinción entre el sujeto y el objeto, y que éste no se nos presenta
uniéndose por sí mismo al entendimiento; pero tampoco cabe duda en que
hay correspondencia entre la idea y la realidad, y que no podemos
suponer que el orden subjetivo está en contradicción con el objetivo, a
no ser que nos propongamos negar nuestra propia inteligencia,
sosteniendo que de nada sirve ni aun en el mismo orden subjetivo (V.
Filosofía fundamental, lib. I, cap. XXV). 165.
Los ataques contra la noción de causalidad, renovados en nuestros días
por Hume y Kant, se hallan en los sistemas de Enesidemo y Sexto
Empírico. Los argumentos de este último flaquean por dos puntos: 1º,
porque estriba en la ideología sensualista; 2º, porque no se eleva a
la verdadera idea metafísica de contener.
Claro es que si no concebimos otras relaciones que las puramente
materiales, tales como nos las representa la sensación por sí sola, no
hallamos en las cosas sino una serie de fenómenos en el espacio y en el
tiempo, sin que podamos pasar de la intuición puramente sensible. En
tal caso habrá contacto, movimiento después del contacto; pero si nada
añadimos no nos elevamos a la idea de causalidad.
El argumento de Sexto Empírico sobre la imposibilidad de que una
sustancia pueda producir algo que no esté contenido en ella, nos
recuerda el grosero sentido de la palabra contener, que hemos censurado
en Spinosa. (V. Ideología, cap. XI, y Teodicea, cap. X).
Otra dificultad propone Sexto Empírico, y es que el objeto debiera ser
posterior a la causa, lo que es imposible, porque entonces habría causa
sin efecto. No se concibe cómo semejante argumento se objeta seriamente.
La causa en cuanto causa en acto, es decir, ejerciendo su causalidad,
supone ciertamente que el efecto se produce; pero la causa, no
ejerciendo su acción productiva, sino reservando su actividad para el
momento de la producción, no exige la existencia del efecto. ¿Quién
encuentra dificultad en esta distinción?
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