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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo XLIII -
RENÉ DESCARTES
XLIII - RENÉ DESCARTES
253.
Este hombre extraordinario nació en 1596, con las cualidades a propósito
para el papel que debía representar en el mundo. Necesitaba genio y lo
poseía en grado eminente; necesitaba conocimiento de su época, y lo
adquirió, no sólo en los libros, sino en sus viajes y en su carrera
militar; necesitaba verdadera pasión por la ciencia, y la tenía hasta
el punto de menospreciar los altos destinos con que le brindara la
sociedad, prefiriendo una vida solitaria dedicada exclusivamente a la
meditación filosófica, y de resignarse a vivir por espacio de más de
veinte años fuera de su patria, retirándose a Holanda en busca de
libertad y silencio. Sus talentos no se limitaban a la metafísica;
era eminente matemático, y aunque inclinado en demasía a hipótesis en
las ciencias físicas, mostraba un genio privilegiado para la observación
de la Naturaleza. 254.
Los puntos capitales de la doctrina de Descartes son: 1º, la duda
metódica; 2º, el principio: yo pienso, luego soy; 3º, el poner la
esencia del alma en el pensamiento; 4º, el constituir la esencia de
los cuerpos en la extensión. 255.
La duda de Descartes nació en su espíritu en vista del método
sistemático que dominaba en las escuelas: fue un grito de revolución
contra un gobierno absoluto: «La experiencia enseña que los que hacen
profesión de filósofos son frecuentemente menos sabios y razonables que
los que no se han dedicado nunca a esos estudios.» (Prefacio de los
principios de filosofía.) Estas palabras manifiestan el desdén que le
inspiraban las escuelas; así no es extraño que buscase otro camino. El
mismo nos explica cuál fue. «Como los sentidos —dice— nos engañan
algunas veces, quise suponer que no había nada parecido a lo que ellos
nos hacen imaginar; hay hombres que se engañan raciocinando aun sobre
las materias más sencillas de geometría y hacen paralogismos, juzgando
yo que estaba tan sujeto a errar como ellos, deseché como falsas todas
las razones que antes había tomado por demostraciones; y considerando,
en fin, que aun los mismos pensamientos que tenemos durante la vigilia
pueden venirnos en el sueño, sin que entonces ninguno de ellos sea
verdadero, me resolví a fingir que todas las cosas que habían entrado
en mi espíritu no encerraban más verdad que las ilusiones de los sueños.»
(Discurso sobre el método, p. IV.)
Por este pasaje se ve que la duda universal de Descartes era una
suposición, una ficción; así la llama él mismo, y por consiguiente no
una duda verdadera. Lo propio se manifiesta en su respuesta a las
objeciones recogidas por el P. Mersenne de boca de varios filósofos y
teólogos contra las Meditaciones. «En primer lugar —dice— me recordáis
que no de veras, sino por una mera ficción, he desechado las ideas o
fantasmas de los cuerpos, etc., etc.» Descartes no rechaza esto, antes
lo admite y continúa deshaciendo las dificultades. 256. Sea cual fuere el abuso que posteriormente se haya hecho del
método de Descartes en lo tocante a la religión, debemos confesar que el
ilustre filósofo concilió con espíritu de examen su adhesión al
catolicismo. Entre las máximas fundamentales que adoptó para seguir su
carrera sin peligro, figura en primer lugar la de «conservar
constantemente la religión en que por la gracia de Dios había sido
instruído desde la infancia... Después de haberme asegurado de estas
máximas y haberlas puesto aparte con las verdades de la fe, que han sido
siempre las primeras de mi creencia, juzgué que podía deshacerme
libremente del resto de mis opiniones». (Discurso sobre el método, p. III.)
257.
Parece que la duda de Descartes se reduce a una idea común a todos los
métodos; él mismo lo dice: «Cuando sólo se trata de la contemplación
de la verdad, ¿quién ha dudado jamás de que sea necesario suspender el
juicio sobre las cosas oscuras o que no son distintamente conocidas?»
(Respuesta a las objeciones recogidas por el P. Mersenne.) Sin embargo,
no diremos por esto que Descartes no introdujese en la filosofía un
método nuevo: la máxima de que conviene suspender el juicio cuando
todavía no se conoce la verdad era vulgarmente admitida; y ¿quién
pudiera no admitirla? Pero el mal estaba en dejarla sin aplicación, en
dar sobrada autoridad al nombre de Aristóteles, en recibir sin examen
las doctrinas comunes en las escuelas, no cuidando de inquirir sus
puntos débiles o falsos. 258.
Descartes empezó por dudar, pero continuó pensando; su método no era
puramente negativo; en todas sus obras se halla una doctrina positiva
al lado de la impugnación de la contraria. Esta es una de las causas de
su asombrosa influencia en cambiar la faz de la filosofía; se propuso
edificar sobre las ruinas de lo que había destruído; no se contentó
con decir: «Esto no es verdad»; añadió: «La verdad es ésta.» 259.
El principio fundamental de Descartes: «Yo pienso, luego soy», nació
de su duda; su proclamación no fué otra cosa que la expresión del punto
donde se hallaba detenido en su tarea destructiva. «Pero desde luego
advertí —dice— que mientras quería pensar que todo era falso, era
necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y notando que esta
verdad: yo pienso, luego soy, era tan firme y segura que las más
extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de
conmoverla, juzgué que sin escrúpulo podía recibirla por el primer
principio de filosofía.» (Discurso sobre el método, p. IV.) 260. Algunos han creído que el principio de Descartes era un verdadero
entimema, y así le han objetado que del pensamiento no podía inferir la
existencia, en no suponiendo de antemano esta proposición: «Lo que
piensa, existe»; lo cual equivaldría a reconocer un principio más
fundamental que el otro. Pero la objeción estriba en un falso supuesto,
a que dio origen la enunciación en forma de entimema, y también algunas
palabras no bastante claras del filósofo. Mas en la realidad él no
quería hacer un verdadero discurso; sólo intentaba expresar un hecho de
conciencia, a saber: que al dudar de todo hallaba una cosa que se
resistía a la duda: el pensamiento propio. Las palabras que siguen son
terminantes: «Cuando conocemos que somos una cosa que piensa, esta
primera noción no está sacada de ningún silogismo; y cuando alguno
dice: yo pienso, luego soy o existo, no infiere del pensamiento su
existencia, como por la fuerza de un silogismo, sino como una cosa
conocida por sí misma, la ve por una simple inspección del espíritu,
pues que si la dedujera de un silogismo habría necesitado conocer de
antemano esta mayor: todo lo que piensa, es o existe. Por el contrario,
esta proposición se la manifiesta su propio sentimiento de que no puede
suceder que piense sin existir. Este es el carácter propio de nuestro
espíritu de formar proposiciones generales por el conocimiento de las
particulares.» (Respuesta a las objeciones recogidas por el P. Mersenne.)
261.
Cuando Descartes emplea la palabra pensamiento para expresar el hecho
fundamental en las investigaciones filosóficas, no la limita al orden
intelectual puro, sino que significa por ella todos los fenómenos
internos de que tenemos conciencia, ya pertenezcan al entendimiento, a
la voluntad o a la sensibilidad. «Por la palabra pensar —dice— entiendo
todo aquello que se hace en nosotros, de tal suerte que lo percibimos
inmediatamente por nosotros mismos; así es que aquí el pensamiento no
significa tan sólo entender, querer, imaginar, sino también sentir.»
(Principios de la filosofía, p. I, § 9.) 262.
Aunque Descartes ponía por primer fundamento de la filosofía la
conciencia propia, no rechazaba la legitimidad del criterio de la
evidencia; por el contrario, en sus escritos se halla expresamente el
principio que después se hizo tan famoso entre sus discípulos: lo que
está contenido en la idea clara y distinta de una cosa puede afirmarse
de ella con toda certeza. «Después de esto —dice— consideré en general lo
que se necesita para que una proposición sea verdadera y cierta, porque
ya que yo acababa de encontrar una que tenía dicho carácter, pensé que
debía saber también en qué consiste esta certeza; y habiendo notado
que en la proposición, yo pienso, luego soy, no hay nada que me asegure
de que yo digo la verdad, sino que veo muy claramente que para pensar
es precisa ser, Juzgué que podía tomar por regla general que las
cosas concebidas con mucha claridad y distinción son todas verdaderas, pero
que sólo hay alguna dificultad en notar cuáles son las que concebimos
distintamente.» (Discurso sobre el método, p. IV.) 263.
La legitimidad del criterio de la evidencia la funda Descartes en la
veracidad de Dios, que no ha podido querer engañarnos. La existencia de
Dios la prueba por la misma idea de Dios, empleando el argumento de San
Anselmo (Principios de la filosofía y Meditaciones, 3 y 5).. Por manera
que, según Descartes, hallamos en nuestra conciencia el pensamiento; en
éste hallamos la idea de Dios; en esta idea hallamos un argumento
demostrativo de la existencia del mismo Dios y de sus perfecciones; y
el conocimiento de la veracidad divina es para nosotros una firme
garantía de la legitimidad del criterio de la evidencia. 264.
«Aunque un atributo —dice Descartes— sea suficiente para hacernos conocer
la sustancia, hay, sin embargo, en cada una de ellas uno que constituye
su naturaleza y esencia, y del cual dependen todos los demás. La
extensión en longitud, latitud y profundidad constituye la esencia de la
sustancia corpórea; y el pensamiento constituye la naturaleza de la
sustancia que piensa.» (Principios de la filosofía, p. I.) Establecido
que la esencia del alma consiste en el pensamiento, Descartes se
hallaba precisado a sostener que el alma no deja nunca de pensar, pues,
de lo contrario, perdería su atributo constitutivo; y en efecto, admitía
la consecuencia. Contra esta doctrina ocurren varias objeciones: ¿Cómo
se prueba que el pensar sea la esencia del alma? ¿Cómo es posible que
un fenómeno que tiene todos los caracteres de modificación sea el
constitutivo de una sustancia? ¿Cómo se prueba que el alma piensa
siempre? ¿No parece que la experiencia enseña lo contrario? Conocemos
al alma por el pensamiento, es verdad; pero de aquí no se sigue que el
alma sea el pensamiento mismo. 265.
El defecto de Descartes en este punto consiste en tomar el fenómeno por
la sustancia en la cual se realiza; deseoso de fundar la filosofía
sobre nociones claras, se paraba en lo que veía claro, y decía: «no hay
más», en vez de decir: «no veo más». 266.
Una cosa análoga le sucede al tratar de la extensión. Al pensar en los
cuerpos, se nos ofrecen las dimensiones de los mismos en una intuición
clarísima: de lo cual infirió Descartes que la esencia de ellos era lo
representado en esa intuición. ¿Quién no ve que esto es confundir el
orden ideal con el real, y aun no tomando del ideal más que un solo
aspecto? 267.
Partiendo de este errado principio, infería Descartes que la extensión
del mundo es infinita: «Sabemos también —dice— que este mundo, o la
materia extensa que compone el Universo, no tiene límites; porque
dondequiera que nos propongamos fingirlos podemos imaginar más allá
espacios indefinidamente extensos, que no solo imaginamos, sino que
concebimos ser tales, en efecto, como los imaginamos; de suerte que
contienen un cuerpo indefinidamente extenso, porque la idea de
extensión que concebimos en todo espacio es la verdadera idea que
debemos tener de cuerpo.» (Princ. de la filosofía, p. II, 21.)
268.
El vacío es intrínsecamente imposible según la teoría de Descartes. Si
la extensión constituye la esencia del cuerpo, donde hay extensión hay
cuerpo; luego el vacío, esto es, una extensión sin cuerpo, es una idea
contradictoria (Ibid, § 18). 269.
Una de las doctrinas más singulares de Descartes fue la de negar el alma
de los brutos, sosteniendo que todo cuanto vemos en ellos es el
resultado de un puro mecanismo. Esta opinión no es nueva: entre los
antiguos la profesaron muchos estoicos, y también Diógenes, cínico,
según refiere Plutarco; y entre los modernos la defendió, antes que
Descartes, Gómez Pereira en su obra titulada Antoniana Margarita, que vio la luz en 1554. El nombre de Descartes le
dio importancia en lo
sucesivo; pero en la actualidad está casi abandonada. Difícilmente se
sostiene lo que está en contradicción con el sentido común. 270. Buscando la razón que pudo inclinar a Descartes hacia una opinión
tan singular, la hallamos en su teoría de las dos esencias
fundamentales, cuerpo y espíritu: el cuerpo es la extensión, el
espíritu es el pensamiento; ¿dónde se coloca un ser que no sea ni lo
uno ni lo otro? En ninguna parte. Luego todos los fenómenos de los
brutos deben explicarse, no como efectos de una percepción sensitiva,
sino como resultados puramente mecánicos. Así era preciso convertir los
brutos en autómatas y excogitar varios sistemas para explicar el
mecanismo; y en caso apurado, apelar a la infinita sabiduría del
Supremo Artífice que había construído aquellas máquinas. 271.
Descartes distingue entre el orden sensible y el intelectual; sostiene
que no todos los conocimientos dimanan de los sentidos; pero no es
exacto que admita las ideas innatas como tipos preexistentes en nuestro
espíritu. «Nunca escribí ni creí —dice— que el entendimiento necesitase
de ideas innatas, que sean algo distinto de su facultad de pensar;
pero como notase que había en mí pensamientos que no procedían ni de
los objetos externos ni de la determinación de mi voluntad, sino de la
sola facultad de pensar, para distinguir a esas ideas o nociones de las
otras adventicias, o facticias, las llamé innatas...
»Observad que por ideas innatas nunca he entendido otra cosa sino que
por naturaleza tenemos una facultad con la cual podemos conocer a Dios;
pero el que estas ideas sean actuales, o no sé qué especies distintas de
la facultad de pensar, no lo he escrito ni opinado nunca, pues, por el
contrario, yo, más que nadie, estoy lejos de admitir la inútil retahila
de las entidades escolásticas» (Carta 99, t. 1.) 272.
El influjo de Descartes en cambiar la faz de la filosofía dependió de
varias circunstancias: 1º De su indisputable genio, cuya superioridad
no podía menos de ejercer ascendiente sobre los espíritus. 2º De que
había en los ánimos cierta fermentación contra las escuelas
predominantes, faltando únicamente un hombre superior que diese la
señal de insurrección contra la autoridad de Aristóteles. 3º De que
Descartes no sólo fue metafísico, sino también físico, astrónomo e
insigne matemático; con lo cual, al paso que apartaba a los espíritus
de las sutilezas de la escuela, los guiaba hacia los estudios positivos,
conformes a las tendencias de la época. 4.° Siendo Descartes
eminentemente espiritualista, atrajo los pensadores aventajados, a
quienes abría ancho campo para dilatarse por las regiones ideales. 5.°
Descartes fue un hombre que no escribió por razones de circunstancias,
sino por efecto de convicciones profundas. Retiróse a Holanda para
pensar con más silencio y libertad; sus sistemas son hijos de
meditaciones dilatadas: era un verdadero filósofo, un ardiente
apasionado por las investigaciones científicas.
(V. Filosofía fundamental, libs. I y III, y la Ideología y
Psicología.)
Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo XLIII -
RENÉ DESCARTES
Capítulo XLII - Bacon de Verulam
Capítulo XLIV - Gasendo |