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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
XVIII -
ARISTÓTELES
XVIII - ARISTÓTELES
91.
Al lado de Platón merece un lugar preferente su insigne discípulo
Aristóteles. Nació en Estagira de Tracia, por los años de 382 antes de
la era vulgar. Su nombre va unido al de Alejandro Magno, de quien fue
preceptor. Alejandro solía decir que a su padre le debía el vivir, y a
su maestro el vivir bien. 92.
Aristóteles fue discípulo de Platón por espacio de veinte años, y éste
le distinguía entre los alumnos; conociendo sus grandes talentos, llamábale la mente, el alma de su escuela. Su ingenio extraordinario no
era a propósito para seguir a ciegas el camino trazado por su maestro; fundó, pues, una nueva escuela llamada de los peripatéticos, porque
tenían la costumbre de enseñar paseando en un lugar llamado
Liceo. 93.
El genio de Aristóteles no era poético, como el de Platón; inclinábase
a lo positivo y práctico, y, por consiguiente, propendía a los términos
medios. Sus escritos son cultos, elegantes, modelo de estilo filosófico; pero carecen de aquellos arranques que distinguen a Platón
aproximándole a los poetas. Quizás contribuyó algún tanto a moderar el
espíritu y el estilo de Aristóteles el vivir mucho tiempo en una corte,
a la vista de negocios; tal realidad encierra escasa poesía.
Comoquiera, se nota en las obras de Aristóteles la especulación
metafísica combinada siempre con la observación; se eleva a la región
de las ideas, y allí excogita sus famosas categorías; pero no se
desdeña de bajar a la tierra y escribir la historia de los animales. La
diversidad de estas obras indica el espíritu de combinación
característico de Aristóteles. 94.
Probablemente ningún filósofo antiguo ni moderno ha ejercido una
influencia igual a la de Aristóteles, pues que ya desde su tiempo
modificó en gran manera el curso de las ideas, y ha venido conservando
su ascendiente hasta nuestros días. Sin embargo, podemos conjeturar con
harto fundamento que si él resucitase para revisar sus obras se quejaría
dé graves variaciones que en ellas se habrán hecho. Estropeadas por la
polilla y la humedad, a causa de haber estado ocultas ciento treinta
años, fueron restauradas y corregidas primero por Peyo Apellicon, y
después, en Roma, por Tirannio y Andrónico, en tiempo de Sila; ¿y quién
es capaz de decir lo que pudieron hacer manos extrañas, y que tal vez en
muchos casos no entenderían el manuscrito, ora por estar borrado, ora
por lo recóndito de su filosofía? Posteriormente, con el transcurso de
veinte siglos, han debido de sufrir considerables averías. Hay graves
dudas sobre varias obras que se le atribuyen y que algunos críticos
tienen por apócrifas, y, por otra parte, nos faltan algunos de sus
trabajos, cuya memoria nos ha conservado la antigüedad. Cicerón inserta
un magnífico pasaje de Aristóteles sobre la existencia de Dios, y que no
se halla actualmente en las obras de este filósofo. 95.
La ideología de Aristóteles se diferencia mucho de la de Platón. El
filósofo de Estagira no admite las ideas innatas, y, por consiguiente,
no explica el conocimiento como una reminiscencia. Asienta el principio
de que todos nuestros conocimientos vienen de las sensaciones: nada hay
en el entendimiento que antes no haya estado en el sentido: Nihil est
in intellectu quod prius non fuerit in sensu; y al alma, antes de
recibir sensaciones, la considera como una tabla rasa en que nada hay
escrito: sicut tabula rasa in qua nihil est scriptum. Sin embargo, Aristóteles no es un verdadero sensualista: su ingenio era demasiado alto para
contentarse con la filosofía de Locke y Condillac. 96.
Por medio de las sensaciones se despierta en el alma una actividad
independiente de ellas, de un orden superior al sensible, la cual eleva
los materiales de la sensación a la esfera intelectual y engendra las
ideas. El criterio de la verdad no está en los sentidos, sino en el
entendimiento; las reglas del mundo intelectual no se confunden con
los fenómenos sensibles. Cada sentido, de por sí, presenta el objeto
externo bajo el aspecto correspondiente; pero estos aspectos, a más de
estar limitados a la esfera del sentido que los percibe, son puramente
individuales, y de aquí la necesidad de un receptáculo donde se una y
coordine esta variedad de impresiones. A esto sirve el sentido o
sensorio común, facultad superior a los sentidos particulares y que
forma, por decirlo así, un conjunto de lo que éstos le transmiten por
separado. Mas con esta reunión no se ha llegado todavía a objetos
puramente inteligibles ni a la percepción intelectual de los sensibles; y he aquí la necesidad del entendimiento, facultad del alma que nos
hace conocer las cosas no sensibles y que nos da la percepción
intelectual de las sensibles. Estos conceptos puros versan sobre objetos
incorpóreos o corpóreos, sobre realidades o abstracciones; son las
ideas, las que se distinguen esencialmente de las sensaciones. Hay,
pues, una gravísima diferencia entre la teoría de
Aristóteles y la de
los sensualistas. Estos dicen: «Todo lo que hay en el alma es
sensación, actual o recordada, primitiva o transformada; pensar es
sentir»; aquél dice: «Las sensaciones son necesarias para despertar la
actividad del alma, pero esta actividad es muy superior a las facultades
sensitivas. Por ella conocemos lo no sensible, y percibimos
intelectualmente lo Sensible. El criterio de la verdad no está en los
sentidos, sino en el entendimiento; las reglas de los fenómenos
intelectuales son diferentes de las que rigen en los sensibles: el
sentido percibe lo individual, el entendimiento lo universal.» 96.
Aristóteles conviene con Platón en distinguir de las sensaciones
las ideas, y en poner en éstas el verdadero objeto del entendimiento;
pero no lleva las cosas hasta el punto de convertir las ideas en seres
subsistentes; las mira como productos de una actividad que obra con
sujeción a las leyes del orden intelectual. Respecto a los objetos
corpóreos, las sensaciones son la materia y los conceptos la forma;
respecto a los incorpóreos, las sensaciones no son la materia, sino
fenómenos excitantes de la actividad intelectual. 97.
La variedad de formas universales que la actividad intelectual
engendra, y que aplica a los objetos, se puede reducir a ciertas clases,
que Aristóteles llama categorías; son diez: sustancia, cantidad,
relación, cualidad, acción, pasión, lugar, tiempo, posición y hábito.
Según Aristóteles, se podían ofrecer sobre un objeto las cuestiones
siguientes: Quid est, quantum, ad quid (refertur), quale, quid agit,
quid patibur, ubi est, quando, quo situ, quo modo. Las ideas
correspondientes a estas cuestiones forman las categorías. 98.
Un filósofo que de tal modo analizaba las ideas debía inclinarse al
examen de las leyes del entendimiento; y he aquí por qué
Aristóteles
fue tan profundo y sutil dialéctico, llevando este arte a una altura
muy superior a la que tuvieran en las escuelas anteriores. Consideró la
lógica como el instrumento órgano de todas las demás ciencias,
ocupándose muy particularmente en explicar la naturaleza y las formas
del raciocinio, entre las cuales figura en primera línea el silogismo.
Según Aristóteles, hay en nosotros dos especies de conocimientos: uno
inmediato, otro mediato; el primero se refiere a los principios o
axiomas, verdades indemostrables, a que el entendimiento asiente sin
necesidad de prueba; el segundo tiene por objeto las verdades ligadas
con los axiomas, y cuyo enlace no se nos ofrece a primera vista, sino
que necesitamos sacarle por el raciocinio. Este se forma de juicios,
los que a su vez se componen de ideas; y así Aristóteles analiza los
juicios y las ideas para llegar al conocimiento completo del raciocinio.
Como las palabras tienen tan íntima relación con las ideas, el profundo
dialéctico no descuidó este ramo importante, examinando la expresión de
las ideas y de los juicios en los términos y proposiciones. Así, la
lógica de Aristóteles forma un completo cuerpo de ciencia, cuya
ingeniosa trabazón no han podido menos de admirar los filósofos que le
han sucedido. Sea cual fuere el juicio que se forme sobre su utilidad en
la práctica, siempre es necesario convenir en que éste es un monumento
que honra al entendimiento humano y que ha contribuido poderosamente a
los adelantos ideológicos. 99. La cosmología de
Aristóteles es también un sistema íntimamente
trabado, aunque deja mucho que desear bajo diferentes aspectos. Su
espíritu observador no podía satisfacerse con las teorías idealistas de
Platón, ni su elevado genio podía contentarse con las mecánicas
descripciones de Demócrito; así, ni admitió con el último la
combinación atomística, ni afirmó con el primero que el mundo corpóreo
fuese una imagen de las ideas en las cuales se encontraba la verdadera
realidad. Excogitó su materia y forma, y con ellas se propuso explicar
el mundo. 100. La materia no es, según Aristóteles, un conjunto de átomos; la
forma no es la disposición de éstos en el espacio; si tal fuera su
teoría se confundiría con la de Demócrito. La materia por sí sola no es
cuerpo, pero es un principio que entra en todos los cuerpos; carece de
actividad, pero en cambio es una potencia universal para recibir todas
las formas. La materia existe, mas no sola, sino en cuanto está unida a
la forma que le da el acto, y junto con ella constituye la naturaleza.
La forma es lo que actúa a la materia, la que uniéndose a ella la hace
ser, y ser tal cosa; la forma no existe separada de la materia; ella
en sí no es más que acto de la materia, de la cual necesita como de un
fondo, de un substratum, donde se asiente y a que comunique su
actualidad. Esta es la que se llama forma sustancial, a diferencia de
las accidentales, que consisten en cierta disposición de las partes o en
otras modificaciones que no afectan la íntima naturaleza del cuerpo. La
tierra, combinada con otros elementos, da una planta; ésta se transforma
en madera; ésta, en carbón; éste, en ascua; ésta, en ceniza: el fondo
común que va pasando sucesivamente por las naturalezas de tierra, de
planta, de carbón, de fuego, de ceniza, es la materia; el acto que da a
esa potencia la naturaleza de las cosas en que se va convirtiendo, es la
forma sustancial. El resultado es el cuerpo. Sin alterarse la naturaleza
de la madera es capaz de recibir la figura de escaño, mesa o silla; puede estar en quietud o en
movimiento, húmeda o seca, caliente o fría; estas modificaciones se
llaman accidentes o formas accidentales, a diferencia de la sustancial,
que lleva consigo una naturaleza nueva. 101. Esta teoría es menos idealista que la de Platón
y menos mecánica que
la de Demócrito. Aristóteles no hace de las formas unas ideas
subsistentes en sí mismas, pero tampoco considera los cuerpos como
simples conjuntos de partes. La diferencia entre ellos no resulta de la
de una forma ideal, separada y subsistente en sí; pero tampoco consiste
en el diverso modo de la colocación de los átomos. Los cuerpos, aun
suponiéndoselos con una disposición idéntica de partes, se distinguen
por sus esencias particulares que resultan de la respectiva forma
sustancial. 102. Al renacer en Europa la filosofía atomística o corpuscular, fue
muy ridiculizado el sistema de Aristóteles; sin embargo, la reflexión
y la experiencia han enseñado que tampoco se explica el mundo por la
diversa posición de los átomos. Leibnitz observó que las teorías
mecánicas no bastaban a las necesidades de la física; y en nuestros
tiempos, lejos de que gana terreno la filosofía corpuscular, hay una
tendencia hacia las teorías dinámicas, las que, exageradas, conducen al
idealismo. 103.
De la unión de la forma con la materia resultan los cuerpos; pero entre
éstos hay un orden: los unos son primitivos, los otros son compuestos;
aquéllos son los elementos; éstos, el resultado. Los elementos son
cuatro agua, aire, tierra y fuego. La tierra y el agua son pasivos; el
aire y el fuego, activos. Todos los cuerpos sublunares se forman de la
combinación de estos cuatro elementos; mas para los celestes se
necesita otro superior, del cual se componen los astros. 104.
Según Aristóteles, el mundo es eterno, no sólo en cuanto a la materia,
sino también a su forma, bien que dependiente de Dios en su movimiento.
105.
El alma humana es distinta de los cuerpos: y la llama entelechia,
palabra griega que, según Cicerón, viene a significar moción continua y
perenne; quasi quamdam continuatam et perennem motionem (Tusc., lib.
I). Parece que Cicerón, tan versado en la lengua griega, y que tuvo la
ventaja de conocerla viva, debió comprender el genuino sentido de la
palabra entelechia; no obstante, son muchos los críticos que no lo creen
así, y opinan que no significa movimiento, sino cosa que es fin, o
finalidad; por manera que Aristóteles quiso expresar que el alma es un
ser completo, acabado, fin del cuerpo, y que preside a su organización.
Comoquiera, es cierto que Aristóteles consideraba el alma como un ser
distinto del cuerpo; no como un resultado de la organización, sino como
un principio de la misma; la materia no le daba nada, lo recibía todo
de ella. 106. ¿Admitía Aristóteles la inmortalidad del alma? Desde luego se
puede asegurar que, según las doctrinas de este filósofo, la muerte del
cuerpo no implica la del alma, pues que no la miraba como el resultado
de la organización, sino como el principio de la misma. Pero esto no
basta para dejar en salvo la verdad; y según parece, no está bastante
clara sobre este punto la mente del filósofo. Pretenden algunos que
Aristóteles no admitía la personalidad del alma sino durante la vida
actual, y que en terminando ésta se confundía en no sé qué entendimiento
universal, como una gota de agua en el Océano. Esta es una explicación
que me parece indigna de un genio tan eminente; pero la experiencia
enseña que la razón, abandonada a sí sola, cae en los mayores
extravíos. 107. Al fin de sus días Aristóteles fue perseguido como sospechoso de
impiedad, por lo cual tuvo el disgusto de morir fugitivo de su patria.
Fácil es comprender que un entendimiento como el de
Aristóteles no se
satisfacía con la religión idólatra; pero sería injusto acusarle de
ateísmo. Sabido es que probaba la existencia de Dios por la necesidad
de un primer motor; y aunque no siempre se exprese con debida claridad,
resulta de sus obras que miraba a Dios como un ser necesario,
inteligente, distinto del universo y causa del movimiento. Si tuviésemos
completas las obras de Aristóteles conoceríamos su mente con mayor
certeza; mas por lo que de sí arroja un precioso pasaje que de ellas
nos ha conservado Cicerón, se deja
entender qué las ideas de este filósofo sobre Dios, como ordenador y
gobernador del mundo, eran muy claras y fijas. He aquí sus palabras:
«Si hubiese debajo de la tierra gentes que hubieran vivido en cómodas y
espléndidas habitaciones, adornadas con estatuas y cuadros y provistas
de cuanto suelen disfrutar los que son tenidos por dichosos; y que,
sin haber salido nunca a la faz de la tierra, y habiendo oído hablar de
dioses, salieran a esta superficie en que nosotros moramos, al ver la
tierra, el mar, el cielo, la magnitud de las nubes, la fuerza de los
vientos, el tamaño y la hermosura del sol, su fuerza activa, la
difusión de su luz por el firmamento; y de noche la bóveda celeste
tachonada de astros, las fases de la luna, ora creciente, ora
menguante, y todos estos movimientos periódicos, ordenados,
permanentes, inmutables; por cierto que al contemplar semejante
espectáculo dirían que hay dioses, y que el universo es obra de los
dioses» (De Nat. Deor., libro II).
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