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Historia de la
Filosofía - Jaime Balmes Capítulo
XXVI -
ACADEMIA NUEVA Y NOVÍSIMA
XXVI - LA ACADEMIA NUEVA Y LA NOVÍSIMA
144.
Ya hemos visto cómo la escuela de Platón recibió el nombre de
Academia;
pero con el mismo título se designaron otras, bien que añadiéndoles
los epítetos de vieja, media y nueva, o vieja, nueva y novísima, con
relación a tres épocas principales. 145.
La Academia vieja empieza en
Platón, o más bien en Sócrates, quien
inauguró el método de discutir en pro y en contra, absteniéndose de
afirmar y diciendo que sólo sabía una cosa, y es que no sabía nada.
Pero así por el
nombre, como por la forma, puede ser mirado Platón como el fundador de
la Academia, pues que con su talento, elocuencia y método constituyó una
verdadera escuela y organizó un sistema filosófico en todas sus
relaciones. La doctrina y método de Platón no se conservaron en
Aristóteles, que impugnó en varios puntos las teorías de su maestro, ni fue tan cauto como él en guardarse de afirmar o negar. Los fieles
discípulos de Platón fueron
Speusippo y
Xenócrates, quienes continuaron
la escuela académica enfrente de la peripatética. Sucediéronles
Polemón, Crates y
Crantor. 146.
Entre los discípulos de Polemón se contaba Zenón, el fundador de la
escuela estoica, quien, proponiéndose introducir nuevas doctrinas,
provocó la oposición de Arcesilas, resultando de aquí la
Academia media.
Según Cicerón, Arcesilas no disputaba por espíritu de contradecir, ni
por la vanidad de triunfar, sino movido por la oscuridad de las cosas,
oscuridad que había obligado a Sócrates a confesar su ignorancia, y
antes que a Sócrates, a Demócrito, Anaxágoras, Empédocles y a casi todos
los antiguos, quienes dijeron que nada podemos conocer, ni percibir,
ni saber; que los sentidos son limitados, el espíritu débil, la vida
corta; que estando la verdad oculta en un pozo profundo, según la
expresión de Demócrito, todo lo regían las opiniones y las convenciones; y que así no quedaba lugar a la verdad, y todo se hallaba cubierto de
tinieblas. Por lo cual Arcesilas negaba la posibilidad de saber algo;
ni aun aquello que Sócrates: «Sé que nada sé»; de donde infería que
nada se debía afirmar, que a nada se debía asentir; era necesario
suspender siempre el juicio, calificando de temeraria y torpe la conducta opuesta. Consecuente a su sistema, disputaba en pro y en contra
de todo, con la mira de que, apareciendo la igualdad de razones en
sentidos contrarios, fuera más fácil librarse de la tentación de
afirmar. El método de Arcesilas no encontró por de pronto mucho
séquito, pero se sostuvo con cierto brillo, merced a los talentos del
fundador, que se distinguía por su agudeza de ingenio y admirable
gracia en el decir. 147.
Sucedióle Lacides; éste tuvo por discípulo a
Evandro, quien fue maestro
de Hegésino, cuyas lecciones recibió el famoso
Carnéades, fundador de la
nueva o más bien novísima Academia, por los años de 180 antes de la era
vulgar. 148.
Era Carnéades hombre de talento extraordinario, de mucha facundia y
elegancia y versado en todas las partes de la filosofía, en lo cual
excedía al mismo Arcesilas. Sostuvo como éste que nada sabemos, ni aun
sabemos que no sabemos; y cuando Antípatro le objetaba que al menos
debíamos saber esto último, ya que en ello se fundaba la Academia,
respondía Carnéades que la regla era general, sin excepción de ninguna
clase; y por tanto, que en la ignorancia de todo quedaba también
envuelta la ignorancia de la ignorancia. Sin embargo, no se crea que
Carnéades estableciese la duda universal, a la manera de
Pirron;
admitía probabilidades; sólo negaba la certeza, en lo cual opinaba
tener lo bastante para la discusión filosófica y la conducta de la
vida. Además, parece que no llevaba su severidad hasta el punto de
Arcesilas: éste creía que el sabio no debe afirmar nunca.
Carnéades, a
veces, concedía que en ciertos casos la afirmación era permitida.
Carnéades, nonnunquam secundum illud dabat; assentiri aliquando (Cic.,
I. Acad., § 21). Esto era un paso importantísimo, y separaba mucho a
Carnéades de
Arcesilas. Cicerón no aprueba esta reforma, y se inclina a
creer que Carnéades no lo estableció así absolutamente, y que trazó la
cuestión sin resolverla: hoc magis ab eo disputatum quam probatum, puto (Ibid, 24). Y en verdad que no habría mucha lógica en esta
concesión de Carnéades, porque siendo doctrina fundamental de su
escuela el que no hay ninguna representación verdadera, que no pueda ser
imitada por otra falsa, no se concibe por qué se encontrarían casos en
que la afirmación fuese legítima, a no ser que se destruya el cimiento
de la Academia. 149.
La escuela de Carnéades combatía hasta la misma dialéctica, comparándola
con Penélope, porque deshacía a un tiempo la que había tejido en otro.
¿Qué se necesita, preguntaban, para formar un montón? ¿Bastan dos
granos? No. ¿Tres? No. ¿ Cuatro? No. Lo mismo, añadían, se puede
preguntar sobre la riqueza y la pobreza, la fama y la oscuridad, lo mucho
y lo poco, lo grande y lo pequeño, lo largo y lo corto, lo ancho y lo
estrecho; y así decían que no es posible fijar nada, pues que por una
gradación vamos retrocediendo delante de una serie de interrogaciones
que no nos dejan descansar. «Me pararé», respondía Crisipo. «Párate en
buen hora —replicaba Carneades—; respira, duerme si quieres; pero ¿de
qué te sirve el reposo? Te despertarán y te encontrarás de nuevo con las
preguntas.» «Pero haré lo que un buen conductor; detendré los caballos
si veo un precipicio; no responderé nada; callaré.» «Bien está; pero
callas lo que sabes o lo que no sabes; si lo que sabes, el silencio es
orgullo; si lo que no sabes, caíste en la red.» 150. La dialéctica establece que toda proposición es verdadera o falsa;
he aquí un ejemplo de las sutilezas con que Carnéades combatía este
axioma: «Si dices que mientes, y en efecto es así, mientes y dices
verdad; luego tenemos el sí y el no.» Esto es un juego de palabras,
porque en tal caso se dice verdad respecto a la afirmación de la
mentira, como un hecho anterior; el sí se refiere al acto de mentir;
el no, a la falta de verdad en lo afirmado por la mentira. 151.
Vivió Carnéades hasta edad muy avanzada, teniendo a su lado a su
discípulo Clitomacho, hombre muy aficionado al estudio, muy laborioso y
agudo como un cartaginés: acutus ut Poenus. La escuela académica
continuó por Philón y
Antíoco Ascalonita, a quienes oyó Cicerón, en cuyo
tiempo estaba casi abandonada en Grecia: quam nunc propemodum orbam
esse in ipsa Graecia inteIligo (De Natur. Deor., lib. I, § 5).
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